Lo que pasó cuando la decana cerró la puerta con llave
Renata recibió el correo un martes por la mañana. Asunto breve, sin saludo previo: «Pase por el despacho de la decana este miércoles a las tres en punto». Lo leyó dos veces, cerró el portátil y supo que lo de la pelea con la chica de diseño no iba a quedar en nada.
El despacho quedaba en el último piso del edificio de Criminología, al fondo de un pasillo donde el sol entraba inclinado por una claraboya antigua. Renata llegó cinco minutos antes y se quedó parada frente a la puerta, repasando mentalmente lo que iba a decir. Que la otra había empezado. Que no se arrepentía de nada. Que si le hubiesen dejado ignorarla desde el principio, ninguno de esos empujones habría existido.
Tocó dos veces. Una voz del otro lado le pidió que entrara.
—Buenas tardes —dijo Renata, asomando la cabeza.
—Pasa. Y cierra con llave, por favor.
Renata frunció el ceño, pero obedeció. La cerradura hizo un chasquido seco que la incomodó más de lo que esperaba.
Beatriz Aldana estaba sentada detrás del escritorio, con las manos cruzadas sobre una carpeta de tapa dura. Era una mujer de unos cincuenta y tantos, con el pelo cano cortado a la altura de la mandíbula y unos ojos grises que parecían no parpadear nunca. Llevaba un traje oscuro sin adornos y una sola sortija de plata en el meñique. Renata la había visto antes en actos oficiales, siempre con la misma expresión: la de alguien que ya decidió antes de que abras la boca.
—Siéntate.
Renata se sentó frente al escritorio. Cruzó las piernas, las descruzó, volvió a cruzarlas. Beatriz la observó hacer todo eso sin decir nada, con la paciencia de quien tiene tiempo de sobra.
—Imagino que sabes por qué estás aquí —dijo al fin la decana—. La pelea con Maite Iriarte. Empujones en el pasillo, un labio partido, un escándalo en la cafetería que llegó hasta el rectorado.
—Ella empezó —respondió Renata, casi por reflejo.
—Eso no me interesa. A ella ya la cité ayer. Está suspendida dos semanas.
—¿Y a mí?
—A ti, no.
Renata levantó la vista, sorprendida. Esperaba que viniera el «pero». Vino otra cosa.
—Eres mi mejor expediente de la promoción —continuó Beatriz, sin que su voz cambiara de tono. Seguía siendo la misma voz plana, precisa, casi indiferente—. Vas a ser una excelente criminóloga si nadie te tuerce el camino. Suspenderte sería un desperdicio que no estoy dispuesta a permitirme.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía. He pensado un castigo distinto para ti.
Renata sintió un pinchazo en la nuca. La palabra «castigo» en boca de Beatriz Aldana no sonó como un trámite administrativo. Sonó como otra cosa, como una promesa que todavía no entendía del todo.
—¿Qué tipo de castigo? —preguntó, con la boca repentinamente seca.
—Levántate.
Renata se quedó quieta un segundo. Después se levantó. La silla rozó el suelo con un chillido que en otro contexto habría sido cómico.
—Quítate la ropa.
Por un instante pensó que había escuchado mal. Miró a la decana esperando una corrección, una sonrisa, una explicación. No vino nada de eso. Beatriz seguía mirándola con la misma calma, las manos todavía cruzadas sobre la carpeta.
—¿Cómo dijo?
—Lo que escuchaste. Quiero ver tu cuerpo. Toda la ropa, una prenda a la vez. No tengo prisa.
Hubo un silencio raro en el despacho. Por la claraboya entraba un cuadrado de luz que caía exactamente sobre la moqueta, entre las dos. Renata escuchó su propia respiración. Después escuchó otra cosa, más interna: una corriente cálida que le bajaba por el estómago y se instalaba entre las piernas sin pedir permiso.
No estoy obligada a hacer esto, pensó. Puedo levantarme, abrir la puerta y salir.
Pero no lo hizo. Empezó por el suéter.
Se lo pasó por la cabeza despacio y lo dejó doblado sobre el respaldo de la silla. Después la blusa, botón por botón, mirando a Beatriz a los ojos. La decana no movió ni una pestaña. Renata sintió que el aire de la habitación se ponía más denso. Se desabrochó los vaqueros, se los bajó y los plegó encima del suéter. Las medias. El sujetador. Por último, la ropa interior.
Cuando quedó completamente desnuda, se quedó de pie en medio del despacho con los brazos un poco separados del cuerpo, sin saber qué hacer con las manos.
—Siéntate en el escritorio —dijo Beatriz, con la misma voz neutra—. Sobre la madera, no en la silla. Y abre bien las piernas. Quiero verte entera.
***
Renata caminó los tres pasos que la separaban del escritorio. La madera estaba fría contra los muslos. Apoyó las manos atrás, arqueó la espalda y abrió las rodillas hasta que sus pies colgaron a cada lado del cajón superior. Beatriz seguía sentada en su silla, ahora a la altura justa para mirar lo que tenía delante.
—Muy bien —murmuró—. Realmente eres preciosa.
Hasta entonces la voz de la decana había sido neutra. Ahora había una grieta en ella, una vibración baja que Renata reconoció enseguida. Era la primera señal de que Beatriz tampoco estaba indiferente a la escena.
La decana se inclinó hacia un bolso de cuero negro que tenía al costado del escritorio. Buscó algo dentro, lo sacó y lo dejó sobre la madera, junto al muslo de Renata. Era un consolador de silicona, grueso, oscuro, con la forma reconocible de un pene en erección y una base ancha.
—Tómalo.
Renata lo agarró con la mano derecha. Pesaba más de lo que parecía. Era tibio al tacto, como si hubiera estado guardado contra el cuerpo de alguien.
—Métetelo —ordenó Beatriz—. Despacio al principio. Quiero ver cómo entra. Si necesitas saliva, úsala.
Renata se llevó la punta del juguete a los labios y lo lamió de la base a la punta. Estaba más excitada de lo que estaba dispuesta a admitir. Los pezones se le habían puesto duros sin que se diera cuenta. Cuando lo apoyó entre los muslos, descubrió que apenas necesitaba la saliva: ya estaba húmeda.
Empujó la base hacia adentro con la respiración entrecortada. La silicona se abrió paso despacio, llenándola por dentro. Soltó un sonido a medio camino entre el suspiro y el quejido. Beatriz no le quitó los ojos de encima ni un instante.
—Otra vez —dijo la decana—. Más despacio. Quiero ver cómo lo recibes.
Renata lo sacó casi entero y lo volvió a empujar, esta vez controlando el ritmo. La sensación era exactamente la mezcla de incomodidad y placer que necesitaba para olvidarse de dónde estaba, de quién la estaba mirando, de las consecuencias.
En algún momento Beatriz se levantó y caminó hasta colocarse detrás de ella. Renata sintió las manos de la decana primero en los hombros, después bajando por los costados, hasta llegar a los pechos. Le rodeó los pezones con los pulgares, con una precisión sin prisa, como si los estuviera estudiando.
—Sigue —le dijo al oído—. No pares por mí.
Le besó el cuello, en el hueco bajo la oreja, y después un poco más abajo. Renata empujó el consolador hasta el fondo y giró las caderas. La voz de Beatriz le hervía sobre la piel.
—¿Te gusta tu castigo?
—Sí.
—Quiero oírte decirlo con todas las palabras.
—Me gusta —dijo Renata, casi sin voz—. Me gusta muchísimo.
—Dilo otra vez. Más fuerte.
—Me encanta. Me encanta que me haga esto.
Beatriz le mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Una mano siguió en el pecho izquierdo, la otra bajó por el estómago hasta encontrar el lugar donde los dedos de Renata se cruzaban con la base del juguete.
—Más rápido. Como si fuera lo único que importa en este despacho.
Renata aceleró. La respiración se le había vuelto irregular. Beatriz le rodeaba el clítoris con la punta del índice mientras ella se penetraba a un ritmo cada vez más errático. No tardó mucho. Cuando llegó el primer orgasmo, fue corto y eléctrico, casi violento; tuvo que apoyarse hacia atrás con la palma libre para no caerse del escritorio. La silicona quedó brillante.
***
Beatriz le agarró la muñeca con suavidad y le hizo sacar el consolador. Lo levantó delante de los ojos de Renata, lo examinó un instante y se lo llevó a la boca. Lo chupó de la base hasta la punta, sin apuro, como quien prueba un postre que llevaba tiempo esperando. Renata la miró hacer eso con una mezcla de fascinación y vergüenza.
—No hay nada que valga más que esto —dijo Beatriz, dejando el juguete sobre el escritorio—. Lo que acabas de regalarme.
Después se enderezó y empezó a desabotonarse el blazer. Lo hizo con la misma calma con la que había hecho todo lo demás. La camisa blanca cayó sobre el respaldo de la silla. La falda recta, los zapatos, las medias. Por último, la ropa interior color hueso. Renata la miró desnudarse sin moverse, todavía sentada al borde del escritorio.
El cuerpo de Beatriz tenía la marca de los años, pero también una densidad que Renata no había imaginado. Los pechos eran más pequeños de lo que sugería la ropa, con los pezones oscuros. La cintura, marcada. Las caderas, anchas. Algunas estrías en los muslos. Renata pensó, con sorpresa, que esa mujer le resultaba mucho más deseable así, sin la armadura del traje.
Beatriz volvió al bolso y sacó algo más. Un arnés de cuero con un consolador todavía más grande que el anterior, más oscuro y con un acabado mate. Lo ajustó alrededor de sus caderas con la práctica de alguien que lo había hecho muchas veces.
—Bájate del escritorio —le dijo a Renata—. Quiero que vengas hasta aquí.
Renata se bajó. Caminó los pocos pasos que la separaban de Beatriz, descalza sobre la moqueta. La decana se sentó en su silla y le hizo un gesto con la barbilla. Renata entendió.
Se sentó a horcajadas, las rodillas apoyadas en el cuero del asiento. La punta del juguete encontró sola el camino. Renata bajó despacio, dejando que la silicona la fuera abriendo, con los brazos enredados al cuello de Beatriz. La decana le mordió el hombro.
—Muévete.
Renata empezó a moverse. Pequeñas bajadas al principio, después más amplias, después con todo el peso del cuerpo. La silla crujía con cada empuje. Beatriz le clavó los dedos en las nalgas, marcando el ritmo, obligándola a bajar más fuerte cada vez. Renata escondió la cara en el cuello de la mujer y mordió la piel salada y tibia.
—Quiero verte la cara —dijo Beatriz, sujetándole el mentón—. Quiero ver lo que te hago.
Renata levantó la mirada. Estuvieron así unos minutos largos, frente contra frente, mirándose mientras una entraba en la otra. Renata pensó que nunca lo había hecho mirando tanto a nadie.
***
—Levántate —dijo después Beatriz—. Apoya las manos en el escritorio.
Renata obedeció. Caminó hasta el escritorio, separó los pies y se inclinó hacia adelante hasta que las palmas tocaron la madera. Sintió a Beatriz colocarse detrás. Una mano le rodeó el estómago. La otra le dio una palmada seca en la nalga izquierda, lo bastante fuerte como para dejarle la piel ardiendo.
—Esto también es parte —dijo la decana, casi en un susurro.
Volvió a entrar en ella, esta vez desde atrás. Renata bajó la frente hasta apoyarla en la madera fría. Las embestidas eran más rítmicas, más contundentes, y a cada una le seguía otra palmada en distinto lugar de los glúteos. Renata sintió el ardor mezclarse con el resto y volverse, en algún punto, indistinguible del placer.
—Tócate —ordenó Beatriz—. Mientras te embisto, quiero que te toques.
Renata pasó la mano derecha por debajo del cuerpo y se buscó. Encontró su propio clítoris con dos dedos y empezó a frotarlo en círculos pequeños. La doble sensación —la silicona empujando, sus dedos arriba— la hizo gemir más fuerte. Beatriz aceleró las embestidas. La piel chocaba contra piel. La silla rodaba unos centímetros con cada empuje.
El segundo orgasmo fue distinto del primero: más largo, más profundo, más lento en llegar y más lento en irse. Cuando terminó, Renata se quedó apoyada contra la madera, sin aire, con el sudor cayéndole entre los hombros.
Beatriz salió de ella con cuidado y le besó la nuca, casi con ternura. Después se desabrochó el arnés y lo dejó sobre el escritorio, encima de los papeles que nadie había vuelto a mirar en la última hora.
—Vístete —le dijo, con la voz otra vez tranquila—. Tómate tu tiempo.
Renata se vistió despacio, todavía un poco mareada. Beatriz hizo lo mismo, a su ritmo, sin hablar. Cuando las dos estuvieron de nuevo presentables, Renata caminó hasta la puerta. Antes de abrir, giró la cabeza.
—¿Y si vuelvo a pelearme con alguien? —preguntó, con una sonrisa que le costó disimular.
Beatriz, ya sentada de nuevo en su silla, levantó apenas la vista.
—Entonces volverás a este despacho. Y la puerta volverá a cerrarse con llave.
Renata abrió, salió al pasillo y cerró sin hacer ruido. Mientras bajaba las escaleras, decidió que iba a buscar motivos. Muchos motivos. Todos los que hicieran falta.