El secreto que Carolina confesó cuando se quedaron solas
Carolina llevaba diez años casada con el hermano mayor de Mariela, y aunque nunca habían sido íntimas, se llevaban bien. En las últimas semanas habían hablado más de lo habitual, porque Carolina se había instalado unos días en casa de Mariela mientras su marido terminaba un viaje de trabajo por Europa.
Carolina tenía veintinueve años. Era de estatura media, delgada, de piel canela y pelo castaño oscuro. Tenía los ojos grandes, color miel, y una boca de labios carnosos que parecía hecha para sonreír de lado. Lo más llamativo de ella era esa belleza un poco exótica que atrapaba sin que uno supiera bien por qué. Le gustaban los jeans ajustados y las blusas escotadas, y sabía perfectamente el efecto que causaba.
Mariela era más joven y más callada. Tenía el cabello negro y liso, los ojos azules y unas curvas que disimulaba mal bajo los leggings que usaba a todas horas. Quien la veía por primera vez la tomaba por una chica tímida y reservada, y en cierto modo lo era. Pero esa timidez tenía truco.
Desde que Carolina se había mudado a la casa, las dos se habían vuelto algo más cercanas. Compartían la misma debilidad por las novelas de la tarde y se sentaban juntas frente al televisor hasta que terminaban. Después, Mariela salía a caminar por el barrio y Carolina se le pegaba, hablando sin parar. Carolina hablaba por las dos, y Mariela había descubierto que le gustaba escucharla: tenía el don de convertir cualquier anécdota en una historia que enganchaba.
Lo que Carolina no sabía era que Mariela tenía una vida secreta. Entre sus amigas, la chica tímida desaparecía: se volvía habladora, descarada, incapaz de quedarse quieta. Su tema favorito era el sexo, y no tenía pudor en contar con detalle cada una de sus aventuras. Salía de fiesta y casi siempre terminaba en un hotel con alguna desconocida. No le interesaban las relaciones ni las parejas; le interesaba el deseo nuevo, el cuerpo que todavía no conocía, esa primera vez que no se repetía dos veces con la misma persona.
En su casa, en cambio, nadie sospechaba nada. Sus padres y sus hermanos estaban convencidos de que era una muchacha recatada que aún no había tenido novio. Mariela prefería que siguieran creyéndolo. Llevaba esa doble vida con una facilidad que a veces hasta a ella misma la sorprendía.
Carolina cargaba con un secreto parecido, aunque ninguna de las dos lo imaginaba. Antes de casarse había tenido una vida sexual intensa, casi febril, como si nunca lograra saciarse del todo. Pasaba noches enteras buscando algo que ningún hombre parecía darle. Cuando conoció a su marido, por primera vez sintió que encontraba a alguien que le seguía el ritmo, y por eso decidió quedarse con él. Pero había un deseo que jamás se había atrevido a confesarle: desde que en el colegio una compañera la había besado a escondidas, soñaba con estar con una mujer.
El fin de semana, los padres de Mariela se fueron a una finca y la casa quedó entera para ellas dos. Carolina, que siempre era la más entusiasta, propuso comprar un par de botellas de buen vino y aprovechar la noche. A Mariela, que también disfrutaba de beber, no hubo que insistirle.
Se sentaron en la sala, pusieron música y empezaron a tomar. Como siempre, la conversación arrancó con tonterías, pero las dos sabían que tarde o temprano iba a derivar hacia el pasado de Carolina. Las horas pasaron, las botellas se vaciaron y, cuando ya estaban las dos bastante mareadas, Carolina se quedó mirando su copa con una sonrisa distinta.
—¿Te puedo contar algo muy personal? Algo que tienes que guardarme como un secreto —dijo, midiendo cada palabra.
—Cuéntame lo que quieras. Soy una tumba —prometió Mariela.
Y Carolina habló. Le contó la verdad sobre su pasado, sobre los años en que nada le alcanzaba, sobre la sensación de ser distinta a las demás. Mariela no la interrumpió ni una sola vez. La dejó desahogarse, sorprendida de tener tan cerca a alguien que se parecía tanto a ella sin saberlo.
—¿Y qué piensas de mí después de todo esto? No seas dura conmigo —preguntó Carolina.
—No pienso nada malo. Solo intento ponerme en tu lugar e imaginar lo difícil que debe ser no encontrar nunca la calma —respondió Mariela.
—Gracias por no juzgarme. No te imaginas las ganas que tenía de contárselo a alguien. Eres la primera persona que lo sabe.
Hasta ese momento, a Mariela no se le había cruzado por la cabeza la idea de tocar a su cuñada. Pero algo en el aire había cambiado.
—¿Y todavía te sientes así, con esas ganas todo el tiempo? —preguntó.
—Sí. Casi siempre —admitió Carolina.
—¿Y ahora? —insistió Mariela, bajando la voz.
—Ahora también —confesó ella, sosteniéndole la mirada.
Mariela se quedó callada un instante. La sola idea de tener al lado a una mujer encendida, a punto, tan cerca, le provocó un cosquilleo que reconocía bien. Le pareció casi injusto no hacer nada al respecto.
—¿Te puedo contar otro secreto? Ya que empecé, quiero terminar de soltarlo todo —dijo Carolina.
—Suéltalo. Va conmigo a la tumba —repitió Mariela.
—Hay un deseo que me consume desde hace años y que nunca pude cumplir. Quiero estar con una mujer. Lo siento desde aquel beso en el colegio, y nunca se me fue.
La confesión golpeó a Mariela en el lugar exacto. Lo que un rato antes ni se le habría ocurrido, de pronto se le presentó como algo que tenía que pasar. ¿Cómo iba a dejar a su cuñada con ese deseo a medio camino, justo esa noche, justo con ella?
—Carolina, escúchame bien —dijo, acercándose un poco—. Sé que estás encendida y sé que ese deseo te pesa desde hace demasiado tiempo. No me voy a quedar de brazos cruzados pudiendo hacer algo. Quiero estar contigo esta noche. ¿Te animas?
Carolina no respondió enseguida. La propuesta la tomó por sorpresa y se quedó pensando, insegura. Pero entonces algo encajó en su cabeza: Mariela ya conocía todos sus secretos, era la única que los conocía. No había nadie más seguro para cumplir su fantasía, nadie de quien estuviera tan tranquila de que jamás se lo contaría a otra persona.
—También lo pensé —dijo al fin—. Y creo que eres la persona correcta. Sí, yo también quiero.
—Tranquila. Esto solo lo vamos a saber tú y yo —murmuró Mariela.
***
Mariela se inclinó y la besó. Fue un beso lento, apenas una presión de sus labios sobre los de ella, una promesa de lo que vendría. Carolina cerró los ojos y se dejó llevar; ese roce suave la devolvió de golpe al recuerdo de aquel beso del colegio, el que lo había encendido todo. Mariela tenía experiencia de sobra y pensaba usarla entera: quería que la primera vez de su cuñada fuera un recuerdo imposible de borrar.
Cuando el beso se volvió insuficiente, Mariela bajó la boca hasta el cuello de Carolina y dejó que su lengua lo recorriera despacio. Carolina echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro largo. Esa sola reacción le bastó a Mariela para saber que iba por buen camino.
La tomó de la mano y la llevó hasta su habitación. Allí le quitó la blusa y el sostén sin prisa, la recostó en la cama y se acomodó encima de ella. Esta vez el beso fue distinto, profundo, con la lengua buscando la suya. Bajó otra vez por el cuello, siguió hasta los pechos y atrapó un pezón entre los labios.
Carolina gimió por primera vez. Tenía los pezones hinchados y sensibles, y cada succión le mandaba una corriente que le recorría el cuerpo entero. Se sentía rara y maravillada a la vez: por fin estaba pasando, y estaba pasando con una mujer tan hermosa que le costaba creerlo.
Mariela la fue desnudando del todo. Le bajó los jeans, después la ropa interior, y se tomó un momento para mirarla de arriba abajo. Antes de seguir, le levantó un pie y lo llevó hasta su boca; pasó la lengua por el empeine, por los dedos, sin apuro, mientras Carolina la observaba con una mezcla de sorpresa y excitación que no había sentido nunca.
Después le abrió las piernas. Recorrió con la lengua la cara interna de los muslos, primero uno, luego el otro, acercándose de a poco, alargando la espera a propósito. Cuando por fin llegó a su sexo y lo rozó con la punta de la lengua, Carolina dejó escapar un grito ahogado y apretó las sábanas con las dos manos.
Mariela mojó los dedos y los apoyó sobre el clítoris mientras la lamía. Carolina no paraba de gemir; el placer le llegaba en oleadas, desde abajo hacia todo el cuerpo. De vez en cuando, Mariela le daba un mordisco suave que la hacía temblar. Luego cambió los dedos por la lengua y empezó a recorrerla entera, sin dejar un solo rincón.
—Voy a venirme —avisó Carolina con la voz quebrada, retorciéndose.
Mariela no se detuvo. Al contrario: apretó la lengua contra el clítoris y empezó a penetrarla con los dedos, entrando y saliendo al ritmo de sus gemidos. Carolina arqueó la espalda y se quedó así varios segundos, atrapada en el orgasmo más largo de su vida, incrédula de que otra mujer la hubiera llevado hasta ahí.
Cuando por fin se relajó, todavía temblaba. Mariela no le dio tregua; sabía que con un poco más la haría venir de nuevo, y no se equivocó. Pocos minutos después, Carolina volvió a tensarse y a dejarse ir, esta vez con un gemido más grave.
Mariela sacó los dedos y se los llevó a la boca; después se acercó y la besó para que las dos compartieran el sabor.
—Me hiciste sentir cosas que no sé ni cómo describir —dijo Carolina, recuperando el aliento—. Fue increíble.
—¿Y quedaste satisfecha, o sigues con ganas? —preguntó Mariela con una sonrisa.
—Satisfecha, sí. Pero ahora quiero la otra mitad de mi fantasía. Quiero probarte yo a ti. No te imaginas las ganas que tengo.
—Me encanta que sea el mío el primero que pruebes —dijo Mariela, y se dejó caer de espaldas.
Carolina se arrodilló entre sus piernas con una seguridad nueva, como si llevara años esperando ese momento. Empezó por la boca, después bajó a los pechos y jugó con los pezones de Mariela hasta hacerla gemir. Cuando por fin llegó a su sexo, se detuvo un segundo a mirarlo, fascinada de estar a punto de hacer algo que había imaginado mil veces.
Puso la lengua en el clítoris y la movió en círculos, primero con torpeza y enseguida con instinto. Mariela empezó a gemir y eso solo la animó más. La recorrió entera, queriendo sentir todo de ella, mientras los gemidos de Mariela le confirmaban que lo estaba haciendo bien.
—Méteme los dedos —pidió Mariela.
Carolina la penetró mientras seguía con la lengua, y con la mano libre buscó los pezones. Mariela empujaba las caderas contra su mano, cada vez con más fuerza, hasta que el placer la desbordó y se vino en la boca de su cuñada, apretando todo el cuerpo.
—Me hiciste gozar como pocas veces —confesó Mariela, atrayéndola para besarla.
—Y tú no sabes lo realizada que me siento yo —respondió Carolina—. Esperé años por esto.
Lejos de detenerse, siguieron buscándose. Mariela hizo que Carolina se arrodillara, se colocó detrás de ella y le acarició el clítoris mientras le besaba la espalda y la nuca. Carolina dejó caer la cabeza hacia atrás y se entregó otra vez, sintiendo escalofríos con cada beso, hasta que un nuevo orgasmo la sacudió contra el cuerpo de Mariela.
Después se acomodaron frente a frente y juntaron sus sexos. Se movían despacio, una contra la otra, completamente entregadas, sin dejar de besarse. El placer subía en oleadas cada vez que sus cuerpos se rozaban, y ninguna de las dos quería que terminara. Mariela fue la primera en venirse esta vez, apretándose contra Carolina en mitad de un beso.
Más tarde, agotadas y todavía desnudas, volvieron a la sala. Sirvieron las últimas copas de vino y se quedaron hablando, esta vez sin secretos entre ellas, contándose hasta el último detalle de aquello que durante tanto tiempo habían creído que las hacía únicas. Se rieron de lo cerca que habían estado, sin saberlo, de alguien igual. Y siguieron así, conversando, hasta que la primera luz del amanecer entró por la ventana.