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Relatos Ardientes

Seduje a la novia de un motero y no hubo vuelta atrás

Ilustración del relato erótico: Seduje a la novia de un motero y no hubo vuelta atrás

Ya había anochecido cuando entramos en el descampado donde se montaba la concentración. Nos gusta llegar así, con el motor rugiendo y los faros barriendo las tiendas, levantando cabezas a nuestro paso. La moto que compartimos Marina y yo es una bestia cromada que reluce incluso de noche, y sabemos perfectamente el efecto que provoca.

El segundo golpe de efecto lo da ella. Marina se baja despacio y rodea la máquina fingiendo comprobar que todo está en orden, cuando en realidad lo único que comprueba es que todos la miran. Viste un mono de cuero negro que se le ajusta como una segunda piel, y tiene un cuerpo que parece sacado de una portada. No exagero: los hombres dejan lo que están haciendo y esperan a que se quite el casco, por ver si la cara está a la altura del resto. Nunca se decepcionan.

Después las miradas vienen hacia mí. Todos sienten curiosidad por el afortunado que tiene una pareja semejante. Las chicas también observan, midiendo si «él» realmente lo merece. Y entonces me quito el casco y se hace el silencio incómodo de siempre.

Llevo el pelo muy corto, tengo facciones suaves y un porte que confunde. La gente no sabe dónde colocarme, y esa indefinición me divierte tanto como les desconcierta a ellos. La pregunta flota en el aire sin que nadie se atreva a formularla: ¿una mujer como Marina, con una chica como yo?

Aprovecho esos segundos de desconcierto para pasar revista a los presentes. Marina y yo formamos una pareja particular, hecha a nuestra medida. Ella es libre, va y viene con quien le apetece, hombres o mujeres. Yo lo tengo más sencillo: a mí solo me gustan las mujeres. Y vamos donde vamos ayudándonos la una a la otra, cada una buscando lo suyo, esquivando a los que se las dan de machotes y a las que no encajan con nuestra forma de entender el deseo. Casi siempre terminamos juntas, contándonos lo aprendido.

***

Dejamos la moto junto a una deportiva roja que resultó ser de una pareja, Bruno y Daniela. Él era fornido, atractivo, con esa barba de tres días que tanto le gusta a Marina. Ella tenía un cuerpo estilizado, caderas anchas y el pelo lacio recogido en una coleta que le daba un aire juvenil.

Cuando la miré de frente me fijé en un detalle: como sus muslos eran finos y las caderas amplias, entre la costura de las perneras del pantalón quedaba un hueco de dos o tres dedos. Reconozco que soy especial para esas cosas. Me gusta descubrir el cuerpo de las mujeres, todos distintos, todos con su encanto, y guardar cada uno en la memoria como quien colecciona algo valioso.

No pretendo dar una lección sobre anatomía. Solo digo que disfruto buscando en cada mujer ese punto concreto que la hace temblar, el resorte que dispara todo lo demás. Hay quienes lo tienen a flor de piel y casi no necesitan más; otras necesitan paciencia, dedos hábiles y tiempo. Yo quiero ser experta en encontrarlo, y Marina me ayuda buscando a las candidatas adecuadas.

Daniela era extrovertida, de las que hacen amigos en cinco minutos. Esa noche con quien más sintonizó fue con nosotras. Bruno andaba de tienda en tienda comentando las motos de los demás y aceptando todo lo que le ofrecían de beber.

—Marina, escucha —le dije en cuanto tuve ocasión—. Me gusta Daniela. Tienes que ayudarme con ella. Es un encanto, y mira qué bien lleva al novio.

—Hecho —respondió con esa seguridad suya—. Y creo que esta noche Bruno no va a quejarse de la compañía. Se le ve buen chico.

***

Entrada la noche, el campamento empezó a apagarse. La mayoría dormíamos en tiendas pequeñas; algunos, en furgonetas acondicionadas. Bruno y Daniela tenían una tienda de campaña amplia, y nosotras una iglú baja en la que apenas cabíamos.

—¿Daniela? Vamos a los baños —dijo Marina desde fuera de su tienda—. ¿Te vienes con nosotras?

—Sí, voy. Esperadme un segundo que me ponga las botas —contestó sin pensarlo.

Pasamos un buen rato las tres, entre cerveza y cerveza. Nos sinceramos bastante. Yo le tiré los tejos con cuidado y ella respondió mejor de lo que esperaba. Le quedaba la duda de qué hacer con Bruno, y ahí entró Marina al rescate. Me gusta seducir a las chicas como Daniela: enseñarles otra forma de mirar el placer, y una vez superado el reparo inicial, casi siempre lo consigo.

—Vuelvo enseguida, no te duermas sin mí —le dijo Daniela a su novio antes de salir a buscarnos.

Diez minutos después, Marina se había colado en la tienda de Bruno y Daniela venía conmigo. Estaba nerviosa y animada al mismo tiempo, como si la corriente ya la hubiera atravesado. Le había costado decidirse, pero una vez tomada la decisión no había nada que la detuviera.

Con las estrecheces de aquella tienda diminuta conseguimos desnudarnos a tientas, yo ayudándola a ella y ella a mí.

—Túmbate aquí —le dije cuando ya estábamos las dos sin ropa.

Ella boca arriba sobre la lona, yo medio incorporada sobre su cuerpo, mi pierna cruzada sobre la suya. Nuestras bocas se encontraron en la oscuridad y nos dimos un beso tímido. Luego otro más tierno. Y después uno que unió las lenguas y borró cualquier duda que aún le quedara.

Ahí empezó el cortejo de verdad. Soy mujer, conozco mi cuerpo y el de muchas otras antes que el suyo. Era el momento del contacto sutil, del beso húmedo, de los dedos recorriendo la piel sin prisa. Busqué sus curvas, el relieve marcado de las caderas, el valle tibio que se hundía entre sus muslos.

Mis dedos viajaban despacio. Sabían lo que buscaban, pero no tenían ninguna prisa por llegar.

—Mmm… —se estremeció Daniela cuando posé la yema entre sus labios.

Seguí buscando. Asomaba apenas, escondida y tímida, una perlita pequeña entre los pliegues. Ahí estás, pensé. Qué bien te escondes. Un poco de saliva para envolverla, un roce muy leve para animarla a salir.

Daniela tenía un sexo estrecho, una línea vertical que respondía a mis caricias abriéndose apenas, dejando escapar el calor que guardaba dentro. El clítoris, escondido y temeroso. Por suerte estaba yo para tratarlo con el cuidado que merecía.

—Mmm… me matas… me matas —susurró abriendo las piernas para dejarme paso.

Llevé los dedos hasta mi propio sexo, ya húmedo, después hasta el suyo, y terminé subiéndolos hasta su boca.

—Chupa —le dije moviéndolos despacio entre sus labios.

Después los bajé de nuevo, los deslicé arriba y abajo, me hice sitio y los introduje poco a poco hasta que la palma tropezó con su cuerpo.

—Uff… uff —jadeó, intentando acostumbrarse.

Era de las que necesitan más tiempo del habitual para acomodarse. Así que retrocedí, volví a acariciar sus labios, busqué otra vez la perla escondida. Más saliva, más paciencia.

—Oh… oh —se aferró a mis hombros, como defendiéndose de algo que en realidad deseaba.

Entonces saqué uno de los juguetes de mi pequeño neceser de viaje, el que siempre me acompaña. Un torpedo vibrante que, bien manejado, hace milagros.

—No tienes que hacer nada —le dije al oído—. Solo deja que vibre. Tú me vas diciendo si quieres más o menos.

—Así… así está bien —respondió con la voz quebrada—. Delicioso.

—No te lo esperabas, ¿verdad? —le pregunté mientras paseaba el juguete sobre sus labios y, sobre todo, sobre ese clítoris que costaba encontrar—. No sabías que lo tenías tan sensible. Tienes que hablarlo con Bruno, que sea cuidadoso y constante. Tú necesitas tiempo y mucha suavidad. ¿Entiendes?

Más saliva, más vibración. Daniela empezaba a derretirse, y a mí me encanta justo eso: ver cómo caen los muros del pudor, cómo crece el orgasmo y cómo la mente termina por rendirse y desearlo.

—Cuando me lo digas, vamos a fondo —le susurré.

—Ya… ya… —gimió—. Me viene… ya, ya… ¡oh!

Daniela se abrazó a mí. No daba crédito a lo que acababa de pasarle. Un orgasmo. Un gran orgasmo. El mejor de su vida, y lo había tenido con otra mujer, con una desconocida, sin que hubiera habido penetración con nadie. ¿Cómo se explicaba eso? ¿Qué cambiaba a partir de ahora? ¿Y Bruno, qué papel le quedaba?

—Es solo un orgasmo, cariño —le dije acariciándole el pelo—. Uno muy bueno, pero solo eso. Con cariño y cuidado vas a tener muchos más en tu vida. Solo tienes que elegir bien con quién.

—Sí… sí, lo haré —respondió aún temblando—. ¿Y tú? ¿Qué quieres? ¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó de pronto, dándose cuenta de lo desigual que había sido el intercambio.

—Me ha gustado mucho ayudarte —contesté—. Me ha gustado descubrirte.

Me miró intrigada, porque ya estaba yo rebuscando bajo el montón de ropa.

—Ahora te presento a otro amigo que siempre acude al rescate —dije sacando un dildo de silicona blanda, flexible pero firme.

Era pequeño. Me lo llevé a la boca para humedecerlo y después lo guié entre mis piernas, empujando poco a poco. Cuando lo tuve dentro, lo moví adelante y atrás hasta que se acomodó a mí.

—Trae la mano —le pedí, llevándole los dedos hasta el juguete—. Yo te guío. Así, despacio. Tienes que aprender, porque cuando domines el movimiento serás un rival imbatible para cualquiera. Hoy aprendes conmigo. ¿Quieres?

En cuanto cogió el ritmo y la intensidad justos, la dejé sola con la tarea. Cerré los ojos en la oscuridad de la tienda y esperé, tranquila, a que ella me llevara hasta mi propio orgasmo. Afuera, el campamento dormía sin sospechar nada. Adentro, Daniela acababa de descubrir una parte de sí misma que ya no iba a poder ignorar.

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Comentarios (4)

PatriciaBA

Increible!! me quede sin palabras al final. Seguí subiendo relatos asi

Luz_nocturna

Por favor necesito una segunda parte, me quede con ganas de mas. Se hizo cortísimo

Carmen_Vidal

Que buena historia, tiene mucho suspenso al principio. Me gusto muchisimo como lo fuiste armando de a poco

SoledadM

Me recordo a algo que me paso hace años, ese momento de darte cuenta de que la otra persona tambien te mira diferente... tremendo. Muy bien contado

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