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Relatos Ardientes

Lo que el disfraz de zombie escondía esa noche

Ilustración del relato erótico: Lo que el disfraz de zombie escondía esa noche

Mariana acababa de cumplir veintidós cuando le llegó la invitación a la fiesta de disfraces. Le venía perfecta. Llevaba una semana cargando un secreto que le pesaba en el pecho: había descubierto que su novio la engañaba. Mensajes, una foto, el perfume equivocado en una camisa. Él todavía no sabía que ella lo sabía, y esa ventaja la hacía sentir extrañamente poderosa.

Decidió ir sola. No para llorar en un rincón, sino para beber, bailar y, si se daba la ocasión, pagarle con la misma moneda. Que él disfrutara su engaño creyéndose intocable; ella iba a darse el gusto de elegir a alguien esa noche.

Por la tarde se encerró en su cuarto y se transformó. Eligió un disfraz de conejita: un short de licra blanco que apenas le cubría las nalgas, medias de red del mismo color y una blusa de tirantes que dejaba el ombligo al aire. Se pintó la cara de blanco, las mejillas y la nariz de rojo, y con un delineador se dibujó unos bigotes finos. Se acomodó las orejitas y se miró en el espejo.

Si él me viera ahora, se moriría.

Era una chica de piel clara, de pechos medianos que el escote realzaba sin esfuerzo, caderas firmes y piernas torneadas que las medias de red volvían imposibles de ignorar. Sonrió. Esa noche no iba a pensar en nadie más que en sí misma.

Manejó hasta la casa donde era el festejo y entró sin avisar a nadie. Como era de esperarse, abundaban los disfraces de siempre: monjas, diablitas, enfermeras. Música alta, luces de colores y un calor de cuerpos amontonados. Mariana se sirvió un trago y se dejó llevar por el ritmo.

Mientras bailaba, lo notó. Alguien disfrazado de zombie, con la ropa rasgada y manchas de sangre falsa, la miraba desde el otro lado del salón. Bajo el maquillaje verdoso se adivinaban rasgos finos, casi delicados. Entre miradas y sonrisas que iban y venían, Mariana decidió que ese zombie era el indicado.

Se acercaron casi al mismo tiempo, como si los dos hubieran tomado la decisión por separado. Se saludaron sin dar nombres todavía, brindaron y empezaron a hablar a los gritos por encima de la música. Reían con facilidad. Había algo en esa compañía que la hacía sentir cómoda, ligera, sin la armadura que arrastraba desde el descubrimiento.

—Oye, ¿y cómo te llamas? —preguntó al fin Mariana.

—Dani —respondió el zombie, acercándose para que lo escuchara—. ¿Y tú?

—Mariana. Mucho gusto.

Siguieron bailando, cada vez más cerca, hasta que Dani le habló al oído con una voz baja y ronca.

—Eres preciosa. Tienes un cuerpo que me dan ganas de tocar y de probar entero.

Mariana se sonrojó tanto que no encontró palabras. Solo sintió cómo la piel se le erizaba bajo la blusa.

La tensión creció entre las dos respiraciones. Dani acercó los labios a los suyos, pero no la besó; en cambio, desvió la cara y le dejó un beso suave en la mejilla mientras sus manos recorrían los costados de Mariana. Ella ya empezaba a temblar.

Dani la tomó de la cintura y la pegó a su cuerpo con firmeza. Le lamió despacio el borde de la oreja, le mordió el lóbulo y fue bajando por el cuello, besándolo y mordisqueándolo. Mariana cerró los ojos, lo abrazó y se entregó a la sensación, ajena a todo lo que la rodeaba.

Cuando volvieron a mirarse, no hizo falta hablar. Acercaron los rostros lentamente, Mariana entreabrió los labios y el beso llegó por fin: profundo, salvaje y a la vez extrañamente tierno. Las lenguas se buscaron y se enredaron. Había algo distinto en esos labios, algo más fino y suave de lo que ella estaba acostumbrada, y eso la encendía sin que supiera explicar por qué.

Mientras se besaban, Dani le acarició la espalda por debajo de la blusa. Las manos bajaron hasta sus nalgas y las apretaron de un modo que la hizo querer más. Una de esas manos le levantó una pierna y, por la postura, rozó la tela tensa de su entrepierna. Mariana sintió la punta de unos dedos jugando justo donde ya estaba húmeda.

Se separó de golpe, agitada, y se miraron fijo. Dani le dio un beso en la mejilla y le susurró al oído.

—¿Nos vamos en tu auto o en el mío?

—En el mío —respondió Mariana, todavía sin aliento—. Pero manejas tú.

Le puso las llaves en la mano. Dani la tomó de la muñeca y caminaron juntas hacia la puerta. Mariana notó que algunas chicas las seguían con miradas de asombro, casi divertidas.

—¿Por qué nos miran así? —preguntó.

—Ni idea. Envidia, supongo —rió Dani—. No les hagas caso.

***

Subieron al auto y, antes de arrancar, se besaron con un hambre nueva. Dani encendió el motor y enfilaron hacia un hotel cercano. En un semáforo en rojo, a pesar de la madrugada vacía, frenó y esperó.

Mariana la miraba con la cara encendida de deseo. Se soltó el cinturón, se inclinó y buscó con las manos el botón del pantalón de Dani, queriendo complacerla mientras conducía.

—Espera, tranquila —la detuvo Dani con suavidad—. No queremos terminar esto antes de tiempo.

Mariana insistió, pero un empujón delicado la frenó. Se cruzó de brazos, fingiendo enojo, y se acomodó en el asiento.

—No te enojes. Solo no comas ansias.

El auto era automático, así que Dani aprovechó la mano libre. Le acarició la pierna desde la rodilla y fue subiendo despacio. Mariana apretó los muslos por instinto, pero los dedos siguieron su camino: subieron por su abdomen firme y luego se deslizaron bajo el elástico del short.

Sintió la yema de esos dedos rozar sus vellos, bajar un poco más y encontrar el inicio de sus labios. Pequeños círculos en esa zona bastaron para que ella, casi sin darse cuenta, separara las piernas y dejara de fingir resistencia.

Dani la observó de reojo: los ojos cerrados, la respiración profunda, el labio atrapado entre los dientes. Bajó más la mano y la encontró tibia y mojada. Con dos dedos recorrió cada centímetro de su intimidad, presionando sin llegar a entrar, y Mariana empezó a soltar gemidos cortos que el ruido del motor apenas tapaba.

—Estás ardiendo —murmuró Dani.

Tras unos segundos retiró la mano. Se miró los dedos brillantes a la luz del semáforo y los acercó a la boca de Mariana. Le recorrió los labios y los metió despacio. Ella no estaba acostumbrada a probarse a sí misma —lo había hecho solo un par de veces, años atrás—, pero estaba tan prendida que los chupó como si fueran un caramelo.

***

En cuanto se cerró la puerta de la habitación, Dani la abrazó por la espalda y le besó el cuello mientras le apretaba los pechos por encima de la blusa. La tomó de los hombros, le bajó los tirantes y de un tirón la dejó solo con el sostén. Volvió a amasarle los senos, jaló las copas hacia abajo y los dejó libres, coronados por unos pezones de un marrón claro, tan duros que la areola entera se veía hinchada.

La hizo girar de frente y se lanzó a besarla con fuerza, las manos recorriendo su espalda desnuda. Después bajó por el cuello y los hombros hasta los pechos. Chupaba, lamía y mordía un pezón mientras con la otra mano apretaba el otro en los puntos exactos que la hacían estremecer.

Mariana descubrió por primera vez cuánto placer podían darle solo los pechos: un cosquilleo eléctrico que le subía por la espalda. Sintió que volvía a mojarse sin que nadie la tocara ahí.

Dani lamió el surco entre sus senos, ya enrojecidos, y siguió bajando por el abdomen hasta el ombligo, donde dejó un beso. Cayó de rodillas, tomó el short y empezó a deslizarlo junto con la ropa interior, milímetro a milímetro, descubriendo sus vellos húmedos y sus labios hinchados. Cuando la tela cedió, un fino hilo de fluido se estiró un instante antes de romperse, y la ropa terminó en el suelo.

Mariana la miraba desde arriba, entregada. Dani le abrazó las piernas y empezó a besar su intimidad con besos pequeños, lamiendo despacio alrededor de los labios. Ella echó la cabeza hacia atrás, respirando hondo, y empezó a tocarse los pechos, a pellizcarse los pezones. Las piernas le temblaban; sentía espasmos suaves que la mojaban cada vez más.

Dani notó que estaba a punto y subió las manos por la parte de atrás de sus muslos hasta las nalgas. Las apretó, las separó y entonces hundió la lengua entre los labios, buscando el clítoris. Lo encontró enseguida y lo lamió y lo chupó hasta arrancarle un gemido largo.

—Así… sigue, por favor —jadeaba Mariana, apretándose los senos con desesperación.

Cuando Dani le mordió con suavidad el clítoris, Mariana estalló. El orgasmo le sacudió todo el cuerpo y casi la hace caer; tuvo que sostenerse de los hombros de Dani mientras unas gotas le resbalaban por las piernas. Quedó exhausta, asombrada de que algo así fuera posible solo con la boca de otra persona, aunque todavía no terminaba de entender qué la había llevado tan lejos.

Dani se puso de pie y la besó, dejándole probar su propio sabor. Bajó una mano y la masturbó en círculos sobre la carne aún palpitante, y sin aviso le metió dos dedos. Mariana quería gemir, pero el beso se lo impedía. Justo cuando sentía que iba a correrse de nuevo, Dani retiró los dedos y la dejó al borde, temblando.

Se miraron. En los ojos de Mariana había una súplica. Llevada por el impulso, ella subió las manos al rostro de Dani y, sin pensarlo, tiró hacia arriba de la vieja camiseta manchada de sangre falsa hasta quitársela. Entonces se quedó helada.

Bajo la ropa de zombie, Dani llevaba un sostén que cubría un par de pechos pequeños.

—¿Eres… mujer? —tartamudeó Mariana.

—Sí —respondió Dani con calma—. Creí que lo sabías.

—Con razón me miraban raro cuando salimos de la fiesta —murmuró, llevándose una mano a la boca.

Dani solo sonrió. Mariana recogió su ropa del suelo, confundida, y dio un paso hacia el baño.

—Yo… yo tengo que irme.

—Todavía no terminamos —dijo Dani, tomándola del brazo y atrayéndola otra vez.

La besó. Mariana intentó resistirse, pero su propia excitación la traicionó y respondió al beso con una intensidad que la sorprendió a ella misma. Mientras le acariciaba la espalda, le desabrochó el sostén con una destreza que no se conocía y lo dejó caer, descubriendo esos pechos pequeños y suaves, de pezones rosados y firmes.

—Sabes que quieres tocarme —susurró Dani.

Con los dedos temblorosos, Mariana le acarició los senos. Eran delicados, cálidos, distintos a todo lo que conocía. Mientras lo hacía, le bajó el pantalón holgado del disfraz hasta el suelo. Dani se quitó las zapatillas, se deshizo de la ropa interior y quedó completamente desnuda.

—Jamás había visto a otra mujer así, en vivo —confesó Mariana, recorriéndola con la mirada.

Dani le tomó la mano y la guió entre sus piernas. Estaba tibia, suave, húmeda. Mariana sintió que algo dentro de ella cedía del todo.

—Desde que te vi con ese disfraz de conejita supe que eras una traviesa —le dijo Dani al oído—. Y mírate ahora.

Mariana se encendió aún más. Cuando tuvo los dedos mojados de los fluidos de Dani, ella se los llevó a la boca. El sabor era más delicado que el propio.

—¿Te gusta? —preguntó Dani.

Con los dedos en la boca, Mariana solo asintió.

***

Dani la llevó a la cama, se recostó y abrió las piernas.

—Ahora te toca a ti.

Mariana se acomodó entre sus muslos sin saber por dónde empezar.

—Solo dame besitos y lámeme —la guió Dani con paciencia.

Torpe e inexperta, hizo exactamente lo que le pedía: besos pequeños sobre los labios suaves y, después, la lengua entre ellos. No era experta, pero la situación la excitaba tanto que se entregó sin reservas. A Dani le encantaba enseñarle, sentir su torpeza nerviosa, hasta que decidió tomar el control de nuevo y le ordenó que se recostara.

Volvió a hundir la cara entre las piernas de Mariana. Esta vez lamió y la penetró con la lengua, y enseguida sumó los dedos. Cuando el orgasmo ya se acercaba, se detuvo otra vez, dejándola al borde.

—¿Por qué te detienes? —reclamó Mariana, con la voz quebrada.

Dani no contestó. Le tomó un tobillo y se lo apoyó en el hombro, acomodándose hasta que sus dos sexos quedaron uno contra el otro. Empezó a mover las caderas. Mariana sintió una corriente deliciosa cuando los fluidos de ambas se mezclaron; las dos gimieron a la vez. Dani le besaba el pie entre las cintas de los tacones que aún llevaba puestos, un gesto pequeño que la desarmó por completo —algo que su novio jamás había hecho.

Después de unos minutos, Dani se separó y volvió a bajar entre sus piernas.

—Te voy a dar el mejor orgasmo de tu vida.

Lamió y metió dos dedos a la vez. Con el pulgar de la otra mano le estimulaba el clítoris mientras movía los dedos en lo más profundo. Mariana se apretaba los pechos, incapaz de quedarse quieta. El cuerpo le temblaba, los espasmos se volvían más fuertes y seguidos, hasta que arqueó la espalda con violencia y un chorro de fluido escapó de ella. Era la primera vez que lo lograba, y la sensación fue arrolladora.

Quedó tendida, temblorosa, con la respiración entrecortada. Dani, con la mano empapada, le acarició la cara y le rozó los labios; Mariana volvió a chupar sus dedos sin reproches, ya rendida del todo.

Dani se acostó detrás de ella y la abrazó con fuerza. Las dos sentían el calor de la otra. Le besó el cuello y la nuca despacio, una y otra vez, hasta que las dos se quedaron dormidas, mientras afuera la noche terminaba de apagarse.

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Comentarios (4)

Caro_nocturnx

tremendo final jaja, no lo vi venir para nada!! me quede con la boca abierta

MarisolMdp

Por favor que haya una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue esto

PattyNorte

Me encanto el giro que le diste a la historia. Lo que parecia una venganza cualquiera termino siendo algo totalmente distinto. Muy original la idea

NikoBaires

excelente!!! uno de los mejores que lei en este sitio

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