La bailarina del bar me enseñó a no resistirme
Ese año me trasladaron a otra sucursal del local donde trabajaba. La anterior había sido un café tranquilo; esta era un bar nocturno, y la diferencia me golpeó el primer día. Había bailarinas, música a todo volumen y una clientela que no se iba nunca. A mí me pusieron detrás de la barra, preparando tragos, y aunque el ritmo era una locura, el horario me convenía: trabajaba de jueves a domingo, lo que me dejaba la semana libre para estudiar.
Allí conocí a Camila. Era hermosa en todo el sentido de la palabra: cursaba veterinaria, igual que yo había elegido una carrera larga, y bailaba como si el escenario le perteneciera. Era la favorita del dueño, y pronto entendí por qué. Esa certeza me arrastró a una aventura que todavía recuerdo con la piel erizada.
La veía poco. Mi puesto en la barra no me daba tregua, pero siempre robaba un instante para mirarla mientras bailaba. Como las dos éramos las únicas que estudiábamos entre tanto personal, hicimos amistad rápido. Camila era divertida, ocurrente, con una risa que se escuchaba por encima de la música. Lo que no imaginaba era la faceta suya que terminaría volviéndome loca.
Camila bailaba y después se encerraba en la oficina del dueño. Entre los empleados circulaban comentarios sobre lo que pasaba ahí dentro una vez que se cerraba la puerta, pero nadie podía probar nada. Hasta una noche en particular. Ella terminó su número, se metió en la oficina y desapareció. Esa sucursal tenía baños con ducha para el personal, y recuerdo perfectamente que entré a refrescarme.
La encontré ahí.
Camila estaba sentada en la banca frente a los lavabos, con las piernas abiertas y el sexo expuesto, acariciándose despacio con los ojos cerrados. Me quedé de pie, sin saber qué hacer, sorprendida por lo que veía. Ella abrió los ojos. No se inmutó. Siguió tocándose, pero esta vez con la mirada clavada en mí.
—Lo siento —murmuré, avergonzada por haberme quedado mirándola.
Pero ella no me daba ninguna salida. Me acerqué al lavabo fingiendo que iba a lavarme las manos y no pude dejar de observarla por el espejo. Al final me di vuelta.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
—Mmmm.
Ese sonido fue suficiente. Me arrodillé frente a ella, que mantuvo las piernas abiertas y retiró la mano. Empecé a tocarla con suavidad. Camila cerró los ojos y se dejó llevar. Abrí sus labios con los dedos, encontré la entrada y dibujé círculos lentos antes de tomar su clítoris entre los míos. Lo solté, pasé la lengua de abajo hacia arriba y sus gemidos se volvieron más hondos. Metí dos dedos mientras seguía con la boca, y ella me sujetó la cabeza para que no se me ocurriera apartarme. No es que tuviera ganas de hacerlo. De pronto su respiración se quebró, el orgasmo la sacudió entera, y nos miramos a los ojos antes de empezar a besarnos.
Escuchamos pasos cerca y nos asustamos. Camila se metió de inmediato en un cubículo y yo entré detrás de ella. Era otra compañera que venía al baño, así que nos quedamos en silencio. Yo me senté sobre la tapa del inodoro y ella se acomodó encima de mí, con los pies en alto, de modo que desde afuera solo se vieran los míos. Sentía su calor. Me pasó las manos por el pelo y volvimos a besarnos, despacio, su lengua acariciando la mía mientras yo luchaba por no dejar escapar un gemido que nos delatara. La compañera salió sin sospechar nada.
Camila me besaba el cuello cuando la detuve.
—Espera, Camila, que nos pueden descubrir.
—Pero te gusta, ¿verdad que te gusta? Sé que me miras cuando bailo. Sé que te gusto.
—Mmmm —seguía besándome el cuello—. Espera, por favor, no pueden vernos.
—¿De verdad quieres que pare?
—No. Realmente no.
***
Ella se levantó, buscó su bolso y empezó a cambiarse. Salí detrás de ella, y antes de volver al salón me dio un beso en los labios y me dijo que a la una de la madrugada, cuando yo terminara mi turno, me esperaba en el estacionamiento.
Se me encendieron todas las alarmas. Me dio un último beso y cada una volvió a su puesto. Las dos horas que faltaban se me hicieron eternas. Cuando por fin marcaron la una y tuvimos todo listo, fui hacia el estacionamiento. La vi parada en una esquina, casi vacío ya el lugar.
—Vámonos, guapa —dijo.
Nos subimos a su auto, y apenas cerré la puerta me tomó de la nuca y nos besamos. Era una pelea salvaje de besos: ella intentaba dominarme y yo intentaba dominarla, pero era demasiado hábil y aquello se sentía demasiado bien. Encendió el motor y arrancamos. Como yo vivía sola, le propuse ir a mi casa. Aceptó.
Estaba increíblemente sexy. Llevaba una camiseta de tirantes sin sostén, y los pezones se le marcaban contra la tela. En un semáforo tomó mi mano y la llevó entre sus piernas. La muy descarada no tenía nada debajo de la falda, y me encontré de golpe con su humedad.
—Mira cómo me tienes —susurró—. Tócame.
La acaricié mientras ella conducía y lo disfrutaba. Me incliné, le bajé un poco la camiseta, le saqué un pecho y empecé a chuparlo aprovechando el rojo del semáforo. La solté cuando volvió a poner primera.
Llegamos a mi casa y ella parecía algo más calmada, pero yo sentía que me quemaba por dentro. Fui a la cocina a preparar algo de beber. Camila apareció detrás de mí, me hizo girar y nos besamos. Soltó el beso, bajó por mi cuello y fue directo a desabrocharme el pantalón. Cuando me quitó la ropa interior, sentí como si algo muy húmedo se despegara de mi piel. Estaba empapada.
—Ohhh, alguien está muy mojada —dijo con una sonrisa.
Como una experta, metió la lengua entre mis labios, encontró el clítoris y empezó a chuparlo. Se me erizó toda la piel y empecé a gemir, agradeciendo en silencio el vivir sola. Lo hacía lento, asegurándose de que disfrutara cada lametazo, cada caricia.
La hice levantarse y nos pasamos al sofá, donde terminamos de desnudarnos. Su cuerpo era un poema, con cada cosa en su lugar. Me pidió que confiara en ella. Yo solo quería comérmela, hacerla gritar, pero decidí dejarme llevar.
Tomó su bufanda y me vendó los ojos. Sentí que se levantaba, me daba un beso y se iba a algún lado de la casa. Lo descubrí cuando volvió: había ido a la cocina, donde yo preparaba las bebidas, y se trajo el recipiente del hielo. Con un trocito empezó a recorrer mis pezones, que se endurecieron todavía más. Bajó por mi vientre y sentí cada pliegue de mi piel reaccionar. Me hizo acostarme. Al no poder ver, todo se amplificaba.
—Quiero que disfrutes.
—Quiero verte —protesté.
—Quiero que sientas todo. Te voy a chupar entera.
Y así lo hizo. Pero justo cuando estaba por llegar, se detuvo. Me cambió de posición y volvió a poner la boca en mi sexo, esta vez rozando apenas mi entrada trasera. Otra vez, segundos antes del orgasmo, paró. Le reclamé. Ella solo me puso un dedo en los labios y me besó. Repitió aquello un par de veces más, hasta que yo estaba desesperada por arrancarme la venda y mirarla.
Por fin me dejó. Acomodó su sexo contra el mío y empezamos a movernos en un vaivén delicioso, los clítoris tocándose, los labios rozándose. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Nos acomodamos hasta que todo nuestro cuerpo pudo tocarse, sus pezones contra los míos, y como si nos hubiéramos sincronizado, sentimos los espasmos al mismo tiempo. Le rogué que no parara. Ella me pidió que dejara de respirar, y cuando el orgasmo me alcanzó, las sensaciones fueron mucho más intensas.
Camila se desplomó sobre mí, agitada, y juntas buscamos la manera de recuperar el aliento.
***
Eran cerca de las tres de la mañana y nos estábamos dando una ducha. Le dije que podía quedarse a dormir. Como al día siguiente era sábado y ninguna tenía universidad, aceptó. Le presté ropa limpia para después del baño, aunque no hizo falta: al rato estábamos en mi cama gritando de placer otra vez.
A la mañana siguiente preparábamos el desayuno entre toqueteos y besos furtivos. Después pusimos una película en el living, pero ninguna le prestó atención. Sus labios me parecían mucho más interesantes que cualquier pantalla. Ella estaba sin camiseta, sentada sobre mis piernas, mientras nos besábamos, cuando sonó el timbre.
Pensé en quedarme quieta y en silencio hasta que esa persona se fuera. No tenía ninguna intención de moverme. Pero el timbre insistió, y al final me asomé.
Era Renata.
Camila se vistió a las apuradas y yo fui a abrir. Renata se sorprendió al verla detrás de mí y se disculpó por no haber avisado que vendría. La situación incomodó a Camila, que de pronto recordó un compromiso y dijo que tenía que irse. Un rato después ya no estaba, y me quedé a solas con Renata.
—¿Quién es esa chica? —preguntó.
—Una compañera del trabajo.
—¿Tienes algo con ella?
—¿Por qué la pregunta?
—Porque la encuentro aquí, con muy poca ropa, y todo en esta casa grita que hubo sexo.
—Pues es asunto mío, Renata.
—Vamos, mi amor, cuéntame. ¿Te gusta? Yo puedo compartir.
—Ese es justamente el problema. A ti te encanta compartir y a mí no.
—A ver, ¿y eso a qué viene?
—Nada, olvídalo. ¿A qué viniste?
—Te extraño.
—Para, Renata.
—Sabes que te deseo.
—Y tú sabes que me vuelves loca, que me vuelvo vulnerable contigo. Ese es el asunto.
Se acercó y atrapó mi labio inferior entre los suyos. Ese contacto me erizó la piel. Tenía el plan de no volver a acostarme con ella, pero ese solo roce derribó cada una de mis intenciones. La besé, y en segundos mi lengua estaba en su boca y la suya acariciaba la mía. La ropa empezó a estorbar y la fuimos quitando del medio camino a mi habitación. Renata se tumbó en la cama con las piernas abiertas, una mano acariciando su sexo y la otra trazando círculos sobre un pezón. Su mirada quemaba.
Esa era la vista que tenía mientras me colocaba el juguete: un consolador doble, sin correas, con un extremo que se introducía en mi propia vagina y sostenía la forma fálica que usaría para penetrarla. Me lo presentó una amiga hacía tiempo y se había vuelto mi favorito.
Me lancé sobre ella y la penetré. En esa posición la tomé con furia, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada embestida. Apenas llegamos al orgasmo me senté con la espalda contra el respaldo de la cama, y ella se montó encima, subiendo y bajando mientras yo le aferraba las nalgas con las manos. La escuchaba gemir junto a mi oído, y supe que sí, que la había extrañado.
Un rato después era yo la que mordía la almohada por la forma en que Renata me tomaba desde atrás. Mis pezones rozaban la tela y el placer crecía hasta que llegué al orgasmo como solo ella sabía provocarlo.
***
Quedamos tendidas en la cama, disfrutando de las caricias que vienen después.
—Deberíamos invitar a tu amiguita a un trío —dijo.
—No lo sé.
—Te extrañé.
—Yo también.
—Podrás tener a cuantas mujeres quieras en esta cama, pero me perteneces.
—¿Y por qué no dejas a mi padre y te mudas conmigo? —solté.
—Sabes que no puedo.
—Eso es algo que tienes que decidir tú —dije, sosteniéndole la mirada—. Puedes repetir mil veces que te pertenezco, pero no voy a esperarte toda la vida. Va a llegar el día en que me enamore y sea correspondida, y entonces ya no habrá lugar para ti. Y será por tu culpa, por rechazarlo todo con tal de mantener una vida de apariencias con mi padre. Un hombre al que no amas, que no te satisface en la cama.
Renata se enojó. Se vistió en silencio y se fue. Yo dormí un par de horas más, me levanté y me fui al trabajo. Allá me esperaba Camila. En un descuido nos metimos en el baño y nos dimos unos besos largos, de esos que prometen mucho más para después.