Mi compañera de piso creía que yo dormía
Renata y yo compartíamos un piso pequeño cerca de la facultad desde hacía casi dos años. La confianza entre nosotras era de esas que no necesitan permiso: entrábamos a la habitación de la otra sin tocar, nos prestábamos la ropa, dormíamos en la misma cama cuando alguna tenía una mala noche. Nunca había habido nada raro en eso. Por eso lo que pasó aquella tarde me sigue pareciendo increíble, incluso ahora que lo escribo.
Llegué reventada de la universidad. Había tenido dos parciales seguidos y lo único que quería era tirarme a dormir hasta el día siguiente. Abrí la puerta de mi cuarto y la encontré a ella, acurrucada sobre mi colcha, respirando despacio. No le di importancia. Me quité los vaqueros y la blusa, me quedé en ropa interior y me deslicé a su lado intentando no despertarla.
Me dormí casi al instante. No sé cuánto tiempo pasó hasta que un sonido me sacó del sueño. Un suspiro. Después otro, más largo, más hondo.
¿Está soñando?, pensé al principio, todavía con los ojos medio cerrados.
Pero no era un sueño. Renata ya no estaba a mi lado en la cama. Se había bajado al suelo, sobre la alfombra, y desde mi posición, con la mejilla pegada a la almohada, la veía perfectamente a contraluz de la ventana.
Tenía la mano metida dentro de las bragas y se acariciaba muy despacio, con una suavidad que me cortó la respiración. Me quedé congelada, sin saber qué hacer. Lo más sensato habría sido carraspear, fingir que me despertaba en ese momento, darle la oportunidad de parar. No hice nada de eso.
Me quedé mirándola.
Sentí cómo, casi sin permiso, mi propio cuerpo respondía. Una punzada tibia entre las piernas, un calor que subía despacio. Cerré un poco los ojos para que ella creyera que seguía dormida, pero los dejé entreabiertos, lo justo para no perderme nada.
Era extraño verla así. La conocía de mil maneras distintas: estudiando con el pelo recogido y un lápiz entre los dientes, riéndose a carcajadas en el sofá, llorando por algún chico que no la merecía. Pero nunca la había visto de esta forma, entregada del todo, sin público, creyendo que estaba sola. Había algo profundamente íntimo en presenciar lo que ni siquiera sabía que estaba mostrando.
Me fijé en cada detalle como si fuera a tener que recordarlo el resto de mi vida. La manera en que se mordía el labio. El pelo pegado a la frente por el sudor. La forma en que la mano libre subía a apretarse un pecho por encima de la camiseta. Y lo peor de todo: lo bonita que estaba en ese abandono, mucho más que en cualquier otra de las mil versiones de ella que yo conocía.
Sus movimientos se fueron volviendo más intensos. Abría las piernas cada vez más, las caderas se le elevaban buscando su propia mano, y los suspiros se le escapaban entre los dientes apretados, como si tratara de contenerlos para no despertarme. En un momento se apartó la tela hacia un lado y la vi entera, completamente depilada, brillante, el clítoris hinchado entre los labios húmedos.
Tuve que morderme el labio para no gemir yo también.
Quería tocarme. Lo necesitaba con una urgencia que no había sentido nunca. Pero si movía la mano, si la cama crujía, ella se daría cuenta de que la estaba espiando y todo se acabaría. Y yo no quería que se acabara. Quería verla llegar hasta el final.
Mi ropa interior estaba tan empapada que se me pegaba a la piel. Cada latido lo sentía ahí abajo, espeso, insistente. Apreté los muslos uno contra otro buscando algo de alivio, sin hacer ruido, conteniendo la respiración cada vez que ella suspiraba.
Entonces Renata se detuvo de golpe.
Se incorporó, se acercó a la cama y, antes de que yo pudiera reaccionar, me dio un beso suave en la comisura de los labios. No me moví. Mantuve los ojos cerrados, el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que estaba segura de que ella podía oírlo. Se apartó despacio.
Se acabó, pensé, entre el alivio y una decepción que no esperaba sentir.
Pero no se acabó.
La oí abrir el cajón de su mesilla, que había traído a mi cuarto vaya a saber cuándo. Cuando volví a entreabrir los ojos, tenía un consolador en la mano y le estaba colocando un preservativo con una calma que me pareció obscena y fascinante a la vez.
***
Se colocó otra vez en el suelo, esta vez de rodillas, apoyando el pecho contra la alfombra y levantando las caderas. Desde mi sitio veía su espalda arqueada, la curva de su trasero en el aire, y cómo empezaba a introducirse el juguete muy despacio, centímetro a centímetro.
Ya no podía más. La tensión me tenía el cuerpo en carne viva, cada músculo apretado, la piel ardiendo. Sin pensarlo, me removí en la cama para verla mejor y mi rodilla golpeó el cabecero. El ruido fue mínimo, pero en aquel silencio sonó como un disparo.
Renata se levantó de un salto, todavía con una mano entre las piernas.
—Cami —dijo con la voz ronca—. ¿Lo has visto todo?
No fui capaz de hablar. Asentí con la cabeza, las mejillas ardiéndome.
Ella se rio bajito, sin un ápice de vergüenza. Se acercó al borde de la cama y se sentó a mi lado.
—¿Y estás más mojadita por verme? —preguntó.
No me dio tiempo a responder. Su mano se deslizó por encima de mi ropa interior y presionó justo donde yo llevaba tanto rato deseando que alguien me tocara. Solté un gemido que llevaba conteniendo demasiado tiempo. Fue como destapar algo.
—Estás empapada —murmuró contra mi oído—. ¿Quieres que te ayude?
Su aliento me rozó el cuello y se me erizó la piel entera. Llevaba dos años durmiendo a un tabique de distancia de esta mujer y nunca, ni una sola vez, había imaginado que su voz pudiera sonar de esa forma, tan baja y tan segura. Giré la cabeza para mirarla. Tenía los ojos brillantes y una media sonrisa que no le había visto jamás.
No dije nada. Solo abrí las piernas. Era toda la respuesta que necesitaba.
Me apartó el tanga hacia un lado y bajó la cabeza. Cuando su lengua me rozó por primera vez, arqueé la espalda contra el colchón. Llevaba tanto rato al límite que el primer contacto casi me hace acabar. Ella lo notó y fue despacio a propósito, lamiendo sin prisa, alargando cada pasada, mientras yo me acariciaba los pechos por encima del sujetador y sentía los pezones endurecerse bajo mis propios dedos.
—No pares —le pedí en un susurro—. Por favor, no pares.
Pero ella sí paró, solo para mirarme con una sonrisa.
—Ponte de rodillas en el sofá —me dijo, señalando el pequeño sillón que tenía bajo la ventana.
Le obedecí sin pensarlo. Apoyé los pechos contra el respaldo y abrí las piernas para ella.
—Voy a comerte enterita —dijo detrás de mí, y su voz me recorrió la espalda como una corriente.
Sentí sus manos abrirme las nalgas y su lengua empezar a recorrerme desde abajo hacia arriba, sin saltarse un solo rincón. Yo escondí la cara contra el respaldo para ahogar los gemidos, pero no servía de nada: se me escapaban igual, cada vez más altos. Jamás se me había pasado por la cabeza que algo así pudiera ocurrir entre nosotras, y sin embargo ahí estábamos, y yo no quería estar en ningún otro lugar del mundo.
Entonces noté algo distinto. El consolador que un rato antes había estado dentro de ella ahora empezaba a abrirse paso en mí, despacio, mientras sus dedos seguían trabajándome el clítoris en círculos lentos. La combinación me dejó sin aliento. Apreté el respaldo del sofá con las dos manos y empujé las caderas hacia atrás, pidiendo más sin palabras.
—Así, Cami —me dijo—. Mírate, todo este tiempo viviendo a un metro de mí.
***
Cuando creí que no podía aguantar más, ella se detuvo y me hizo girarme.
—Siéntate y abre las piernas —me ordenó, y había algo en cómo lo dijo que me encendió todavía más.
Lo hice. Renata se subió sobre mí, enredando una de sus piernas con las mías hasta que quedamos pegadas, su sexo contra el mío. Empezó a moverse despacio, frotándose, y el roce fue tan intenso que las dos soltamos un gemido a la vez. Nos miramos a los ojos por primera vez en toda la tarde, y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que terminó de derretirme.
Nos movíamos cada vez más rápido, buscándonos, sosteniéndonos la mirada, los gemidos mezclándose en el aire del cuarto. Yo le clavaba las uñas en la cadera, ella me sujetaba por la nuca. El calor entre nuestros cuerpos era insoportable y delicioso a la vez.
—No voy a aguantar —jadeé.
—Yo tampoco —respondió—. Acaba conmigo.
Y lo hicimos a la vez, temblando una contra la otra, las dos aferradas como si nos fuéramos a caer. Sentí el orgasmo recorrerme entera, largo y profundo, mientras ella se estremecía encima de mí repitiendo mi nombre.
Nos quedamos así un buen rato, recuperando el aliento, su frente apoyada en la mía. Ninguna decía nada. No hacía falta.
—Llevaba meses queriendo hacer esto —confesó al fin, casi en un susurro—. Hoy creí que dormías. Pensé que sería mi único momento.
Le sonreí y le aparté un mechón húmedo de la cara.
—Pues menos mal que me desperté —le dije.
Aquella tarde lo cambió todo entre nosotras. Seguimos compartiendo el piso, seguimos entrando a la habitación de la otra sin tocar. Solo que, desde entonces, casi nunca dormimos en camas separadas.