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Relatos Ardientes

Los mensajes de mi suegra me quitaron el sueño

Llegué a casa todavía con el cuerpo flojo, como si me hubieran desarmado pieza por pieza y vuelto a montar mal. La tarde con Renata seguía pegada a mi piel: su boca en mi coño, sus manos abriéndome las nalgas, la forma en que me había mirado desde abajo mientras me deshacía a lengüetazos hasta arrancarme una corrida que todavía sentía chorreándome por dentro del muslo. Renata era la madre de mi marido, y esa tarde habíamos cruzado una línea que ninguna de las dos pensaba mencionar nunca en voz alta.

Me tumbé en la cama dispuesta a perderme en cualquier tontería del teléfono, a fingir que era una mujer normal con una vida normal. No duró ni un minuto. La pantalla se llenó de notificaciones, y todas tenían su nombre.

Abrí los mensajes y sentí que se me secaba la boca. No eran palabras de despedida ni de arrepentimiento. Eran promesas. Me contaba, con un detalle que me hizo apretar las piernas, todo lo que pensaba hacerme la próxima vez que me tuviera a su alcance: cómo iba a chuparme el coño hasta dejármelo hinchado, cómo iba a metérmela con los dedos y con juguetes, cómo iba a hacerme mamar los suyos empapados de mí. Leí el primero, luego el segundo, y para el tercero ya tenía la mano metida por el pantalón, presionando el clítoris con dos dedos y notando lo mojada que estaba otra vez.

—Renata, ¿cómo se le ocurre escribirme estas cosas? —tecleé, aunque sabía perfectamente por qué lo hacía.

—¿En serio te sorprende? —respondió ella casi al instante—. Después de comerte el coño esta tarde me quedé con hambre. No fue suficiente. Todavía tengo tu sabor en la lengua y quiero más.

Me mordí el labio. Yo también quiero más, pensé, y me dio vergüenza lo rápido que lo había pensado.

—Me dejó temblando hace un rato —escribí—. Todavía me arde el clítoris de cómo me lo chupó. Ojalá pudiéramos repetirlo ahora mismo.

—Vente mañana, tú sola —contestó—. Dile a tu marido que su padre lo necesita para un trabajo fuera. Yo me encargo de mandar a mi esposo a revisar la casa del campo. Tendremos toda la tarde para follar sin apuro.

Dudé. Esa misma mañana mi marido me había notado rara, distante, con la mirada en otro lado. Algo sospechaba, aunque jamás imaginaría qué.

—¿No será demasiado obvio? —pregunté—. Andrés me vio nerviosa hoy. Creo que se dio cuenta de algo.

—Déjalo que sospeche —respondió ella, y casi pude oír su risa—. Lo último que va a imaginar es que su madre le comió el coño a su mujer hasta dejarla sin voz y con las bragas mojadas en la cocina.

***

Esa frase me encendió de una manera que no supe controlar. Dejé el teléfono un segundo sobre el pecho, respiré hondo y volví a tomarlo. La conversación ya no tenía marcha atrás, y la verdad es que yo no quería que la tuviera.

—Me tiene mal —confesé—. Me estoy tocando pensando en cómo me agarró esta tarde. En cómo me abrió las piernas contra la mesa y me metió la lengua entera, sin avisar. Solo de acordarme se me pone la cabeza en blanco y el coño me chorrea.

—¿Ah, sí? —escribió—. Enséñame. Quiero saber qué tengo que arreglar mañana.

Me bajé el pantalón y las bragas de un tirón, sin pensarlo. Estaba empapada, más de lo que creía; el vello del pubis se me había pegado a la piel y los labios del coño brillaban abiertos, hinchados, con un hilo de flujo espeso corriéndome hacia el ano. Separé bien los muslos, me abrí con dos dedos y saqué una foto de todo el coño abierto, con el clítoris rosado asomado entre los labios. Se la mandé antes de arrepentirme, con el corazón golpeándome el cuello.

—Mira nada más lo que me espera —respondió—. Tienes el coño de una guarra con hambre. Si supieras lo que tengo planeado meterte, no dormirías esta noche.

—Ya no voy a dormir igual —escribí, y sentí el calor subirme por el pecho—. La necesito aquí. Mis dedos no alcanzan, no llegan a donde llega su lengua.

—Los míos sí —contestó—. Mañana no solo voy a usar la boca. Voy a meterte tres dedos hasta el fondo, después cuatro, y cuando estés a punto de correrte te voy a sacar todo y te voy a dejar suplicando. Voy a entrar en ti hasta que me pidas que pare, y aun así no voy a parar.

Me incorporé en la cama, me apoyé contra el cabecero y dejé que la mano hiciera lo que quería. Empecé por el clítoris, dando círculos lentos con el dedo medio ya bañado en mi propio flujo. Después bajé dos dedos y me los metí de golpe, sintiendo cómo el coño se me contraía alrededor. Pensar en sus dedos, en su voz baja diciéndome cosas que ninguna otra persona se había atrevido a decirme, me llevaba al borde sin esfuerzo. Con la otra mano me pellizqué un pezón, tirando fuerte, como me imaginaba que ella lo haría.

—No me diga más —tecleé con torpeza, con la mano libre pegajosa sobre el teléfono—. Me va a hacer correr solo con esto. Ya tengo tres dedos metidos.

—Entonces córrete —respondió—. Quiero saber que te lo provoco yo, aunque esté a kilómetros. Móntame los dedos como si fueran los míos y grita mi nombre bajito.

***

Empujé los dedos hacia arriba, buscando ese punto que ella había encontrado sin dudar unas horas antes, y sentí cómo se me hinchaba por dentro. La palma se me quedó apoyada sobre el clítoris, presionándolo con cada embestida. En pocos segundos me arqueé sobre la cama, con la boca abierta contra la almohada, y me corrí apretando los muslos alrededor de la mano, mordiéndome el brazo para no gritar. El flujo me chorreó por la muñeca hasta el codo.

Le mandé una segunda foto, esta vez de espaldas, con las nalgas separadas y el coño empapado brillando entre ellas, mostrándole exactamente cuánto la deseaba. Se veía hasta la marca de mis dedos y el reguero que me bajaba por el perineo. Tardó un poco en contestar, y esa pausa me pareció eterna, hasta que llegó una imagen suya: tenía la falda subida hasta la cintura, el coño maduro y peludo abierto por su propia mano, y dos dedos hundidos dentro hasta el nudillo, brillantes de humedad. Se le veía el clítoris grueso, salido, y en el ángulo alcanzaba a distinguir el pezón oscuro asomado por el escote de la camisa.

—Para que no te sientas sola —escribió—. Mira cómo me tienes tú a mí, con el coño chorreando al lado del imbécil de mi marido.

Me quedé mirando esa foto más tiempo del que debería admitir. Amplié la imagen para ver mejor cómo se le metían los dedos, cómo los labios se le pegaban a los nudillos cada vez que los sacaba un poco. Renata tenía casi veinte años más que yo, y sin embargo había algo en su seguridad, en la forma en que dominaba cada gesto, que me hacía sentir como una cría descubriendo el deseo por primera vez. Con ella no había que fingir nada. Ella mandaba, y yo, para mi propia sorpresa, no quería otra cosa.

—Me tiene a mil —le escribí, y me llevé los dedos otra vez al coño, esta vez más despacio—. Daría lo que fuera por tenerla aquí ahora mismo, sentada encima de mi cara, para chupársela hasta que se corra en mi boca.

—Paciencia —respondió—. Mañana vas a comerme el coño hasta que me tiemblen las piernas, y después voy a hacerte lo mismo. Te voy a dejar tan follada que no vas a poder ni cruzar las piernas sin acordarte de mi lengua.

Unos segundos después llegó una nota de voz. Dudé en escucharla con los auriculares puestos, como si alguien pudiera oírla conmigo. Su voz salió grave, lenta, sin una pizca de pudor. «Mañana te voy a abrir las nalgas, guarra, y te voy a chupar por delante y por detrás. Te voy a meter la lengua en el culo hasta que me pidas que pare, y cuando te esté chorreando por todos lados te voy a montar el coño con el vibrador hasta que te corras dos, tres, cuatro veces seguidas. Vas a mamarme los dedos con tu sabor. Vas a mamármelo todo». Me llamó zorra, calientaguarras, coño rico de mi hijo. Palabras que, dichas por cualquier otra persona, me habrían ofendido. En su boca, en cambio, me derritieron. Terminé el audio con dos dedos otra vez dentro, temblando, y me corrí en silencio por segunda vez, apretando los dientes contra el hombro para no despertar a nadie.

—Me hizo correr con su voz —le confesé después, cuando recuperé el aliento—. Dos veces. Tengo la mano empapada.

—Y eso que me estoy conteniendo —respondió—. Mi esposo duerme a mi lado. Si no estuviera aquí, te habría dicho cosas mucho peores. Te habría descrito cómo pienso escupirte el clítoris y darte azotes en el coño hinchado.

—No creo que exista algo mejor que ese audio —escribí, todavía mareada.

—Mañana te demuestro que sí —contestó.

***

Pensé que ahí terminaría la noche, pero Renata no había acabado conmigo. Me mandó un video corto: ella sola, en penumbra, con la camisa desabotonada y las tetas caídas y hermosas al aire, usando el mango redondeado de un cepillo del pelo para metérselo despacio en el coño. Se veía cómo entraba y salía brillante, y cómo con la otra mano se frotaba el clítoris en círculos rápidos. En el silencio del video se le oía respirar entrecortado y susurrar mi nombre. Me quedé sin palabras. Nunca había deseado tanto que llegara el día siguiente.

—Qué rico, Renata —escribí, con la boca hecha agua—. Se ve deliciosa así. Quiero chuparle ese cepillo cuando termine, con su sabor todavía.

—Así te voy a tener mañana —respondió—. Con las piernas abiertas y llorando por más. En cuanto tu suegro salga por la puerta, te levanto la falda en la entrada y te meto la lengua ahí mismo. No vas a tener un minuto de descanso. Te voy a follar hasta que se me canse la mano, y después te voy a montar la cara.

—Espero que la leona no me lastime demasiado —le contesté, medio en broma, medio rogando que lo hiciera.

—No prometo nada. Vas a acabar con el coño ardiendo, las tetas moradas de tanto chuparlas y las nalgas coloradas de las palmadas. Y me lo vas a agradecer.

Me reí sola en la oscuridad de mi cuarto, con el cuerpo encendido y la culpa muy lejos, demasiado lejos para alcanzarme. Andrés roncaría tranquilo en cualquier otra habitación del mundo mientras su madre y yo planeábamos volver a follarnos como dos putas en celo. Y lo peor —o lo mejor— era que no sentía remordimiento. Solo ganas.

—Si supiera cómo estoy ahora mismo —le escribí.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien caliente, con el coño chorreando sobre la sábana y los dedos cansados de tanto pensar en usted. Me acabo de correr otra vez oliéndome la mano.

—No te canses de más —respondió—. Quiero encontrarte con ganas mañana, no agotada, y con el coño mojado antes de que te toque. Lo de hoy fue solo el aperitivo. El plato fuerte te va a partir en dos.

***

—¿Qué me pongo? —pregunté, ya rendida a la idea—. Para ir preparada.

—Una falda corta, sin bragas, y una blusa negra sin sujetador —ordenó, y la palabra «ordenó» es la única que describe el tono—. Quiero poder llegar a ti sin perder tiempo. Levantarte la falda, meter la mano y encontrarte ya lista.

—Está bien —escribí—. Pero cúmplame todo lo que me dijo. Ya me ilusioné demasiado.

—Te tengo una sorpresa para que vayas haciéndote una idea —respondió.

Llegó una última foto: un vibrador grueso y morado, una cuerda fina enrollada con cuidado y un frasco de lubricante al lado, dispuestos sobre la cama como si fueran las herramientas de un plan largamente pensado. Al lado, apenas visible en la esquina, se veía un plug pequeño con base plana.

—Renata, ¿de dónde sacó todo eso? —pregunté, entre la risa y el asombro.

—Eso no importa —contestó—. Lo que importa es dónde te lo pienso meter. El vibrador en el coño, el plug en el culo mientras te como el clítoris, y la cuerda para atarte las muñecas al cabecero, para que no puedas cerrar las piernas cuando quieras huir de mi lengua. La pregunta es si vas a aguantar tres corridas seguidas sin descanso.

—No tengo idea —admití, con el coño palpitándome otra vez—. Pero por usted aguanto lo que sea. Y si me suplica, aguanto más.

—Suenas desesperada por una polla o por una lengua —escribió, y esa burbuja de superioridad me prendió todavía más—. Suerte que yo tengo las dos cosas: los dedos y el juguete, y mi boca.

—Lo estoy —respondí, sin orgullo que defender—. Hace mucho que nadie me follaba así. Andrés no me toca el coño desde hace meses. Usted me hizo correr más veces en una tarde que él en todo el último año.

—Pues deja que tu suegra se encargue de tu coño abandonado —contestó—. Mañana te agarro y no te suelto hasta que me ruegues. Vas a acabar tan follada que no vas a poder ni caminar derecho. Por ahora, descansa. Lo vas a necesitar.

—Hasta mañana, Renata —escribí—. Y no se preocupe por su hijo. Yo no digo una palabra, mientras usted siga ocupándose de lo que él dejó de atender ahí abajo.

—Con eso no tengo ningún problema —respondió—. Hasta mañana. No sabes lo que te espera. Deja las bragas en el cajón. No las vas a necesitar.

***

Esa noche apenas dormí. Me quedé con los auriculares puestos, repitiendo el audio y volviendo a ver el video una y otra vez, con la mano entre las piernas y la cabeza llena de ella. Me metí los dedos, me froté el clítoris hasta dejármelo hinchado como una uva, e incluso probé con el mango de mi propio cepillo, imitando lo que le había visto hacer, imaginándome que era su mano la que lo empujaba. Terminé tantas veces que perdí la cuenta —cuatro, cinco, seis corridas que fui espaciando y provocando de nuevo con las yemas mojadas—, y aun así, cuando por fin se me cerraron los ojos, ya cerca de las cuatro de la mañana, seguía caliente, con la sábana húmeda debajo de mí y el coño latiendo. No por lo que había pasado esa tarde, sino por todo lo que ella me había prometido para el día siguiente.

Soñé con falda corta y manos firmes abriéndome los muslos. Soñé con una voz grave diciéndome al oído que abriera bien las piernas, que era una guarra y que se lo iba a demostrar. Soñé con su lengua entre mis nalgas y con sus dedos empujando el vibrador dentro de mí. Y cuando desperté, con el pubis todavía pegajoso y los pezones duros contra la camiseta, lo primero que hice fue mirar el teléfono, por si acaso, por si había escrito algo más.

No había nada nuevo. Solo la última línea de la noche anterior, brillando en la pantalla como una cita pendiente. Sonreí, me estiré en la cama, me llevé los dedos una vez más al coño mojado de la noche y supe, sin la menor duda, que esa tarde iba a ser mucho mejor que la anterior. Y vaya que lo fue.

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Comentarios(7)

NocheSolitaria

Dios mio, que comienzo! Me engancho desde la primera linea.

ValentinaRS

El titulo ya me atrapo y el relato no decepciono para nada. Espero que haya mas de esta historia!

Lorena_CF

increible!!! quiero la segunda parte ya

Romi_23

Me encanto la tension del comienzo. Se siente real, como si le hubiera pasado a cualquiera de nosotras.

LectorDiscreto

Que buena pluma tenes. Cada frase tiene ritmo, no se hace pesado para nada. Ojalá publiques mas seguido.

Candela_sur

jaja la suegra manda! tremendo giro, no me lo esperaba

AndreaBaires

Me recordo situaciones propias donde el celular trae mas complicaciones que soluciones jajaja. Muy bueno el relato.

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