Los mensajes de mi suegra me quitaron el sueño
Llegué a casa todavía con el cuerpo flojo, como si me hubieran desarmado pieza por pieza y vuelto a montar mal. La tarde con Renata seguía pegada a mi piel: su boca, sus manos, la forma en que me había mirado mientras me deshacía. Renata era la madre de mi marido, y esa tarde habíamos cruzado una línea que ninguna de las dos pensaba mencionar nunca en voz alta.
Me tumbé en la cama dispuesta a perderme en cualquier tontería del teléfono, a fingir que era una mujer normal con una vida normal. No duró ni un minuto. La pantalla se llenó de notificaciones, y todas tenían su nombre.
Abrí los mensajes y sentí que se me secaba la boca. No eran palabras de despedida ni de arrepentimiento. Eran promesas. Me contaba, con un detalle que me hizo apretar las piernas, todo lo que pensaba hacerme la próxima vez que me tuviera a su alcance. Leí el primero, luego el segundo, y para el tercero ya tenía la mano apoyada sobre el pantalón, presionando despacio.
—Renata, ¿cómo se le ocurre escribirme estas cosas? —tecleé, aunque sabía perfectamente por qué lo hacía.
—¿En serio te sorprende? —respondió ella casi al instante—. Después de lo de esta tarde me quedé con hambre. No fue suficiente. Quiero más.
Me mordí el labio. Yo también quiero más, pensé, y me dio vergüenza lo rápido que lo había pensado.
—Me dejó temblando hace un rato —escribí—. Ojalá pudiéramos repetirlo.
—Vente mañana, tú sola —contestó—. Dile a tu marido que su padre lo necesita para un trabajo fuera. Yo me encargo de mandar a mi esposo a revisar la casa del campo. Tendremos toda la tarde.
Dudé. Esa misma mañana mi marido me había notado rara, distante, con la mirada en otro lado. Algo sospechaba, aunque jamás imaginaría qué.
—¿No será demasiado obvio? —pregunté—. Andrés me vio nerviosa hoy. Creo que se dio cuenta de algo.
—Déjalo que sospeche —respondió ella, y casi pude oír su risa—. Lo último que va a imaginar es que su madre le comió a su mujer hasta dejarla sin voz.
***
Esa frase me encendió de una manera que no supe controlar. Dejé el teléfono un segundo sobre el pecho, respiré hondo y volví a tomarlo. La conversación ya no tenía marcha atrás, y la verdad es que yo no quería que la tuviera.
—Me tiene mal —confesé—. Me estoy tocando pensando en cómo me agarró esta tarde. Solo de acordarme se me pone la cabeza en blanco.
—¿Ah, sí? —escribió—. Enséñame. Quiero saber qué tengo que arreglar mañana.
Me bajé el pantalón sin pensarlo. Estaba empapada, más de lo que creía. Tomé una foto y se la mandé antes de arrepentirme, con el corazón golpeándome el cuello.
—Mira nada más lo que me espera —respondió—. Si supieras lo que tengo planeado para ti, no dormirías esta noche.
—Ya no voy a dormir igual —escribí, y sentí el calor subirme por el pecho—. La necesito aquí. Mis dedos no alcanzan.
—Los míos sí —contestó—. Mañana no solo voy a usar la boca. Voy a entrar en ti hasta que me pidas que pare, y aun así no voy a parar.
Me incorporé en la cama, me apoyé contra el cabecero y dejé que la mano hiciera lo que quería. Pensar en sus dedos, en su voz baja diciéndome cosas que ninguna otra persona se había atrevido a decirme, me llevaba al borde sin esfuerzo.
—No me diga más —tecleé con torpeza—. Me va a hacer terminar solo con esto.
—Entonces termina —respondió—. Quiero saber que te lo provoco yo, aunque esté a kilómetros.
***
Le mandé una segunda foto, esta vez de espaldas, mostrándole exactamente cuánto la deseaba. Tardó un poco en contestar, y esa pausa me pareció eterna, hasta que llegó una imagen suya: su propia mano entre las piernas, su piel brillante, los dedos perdidos dentro de ella.
—Para que no te sientas sola —escribió.
Me quedé mirando esa foto más tiempo del que debería admitir. Renata tenía casi veinte años más que yo, y sin embargo había algo en su seguridad, en la forma en que dominaba cada gesto, que me hacía sentir como una cría descubriendo el deseo por primera vez. Con ella no había que fingir nada. Ella mandaba, y yo, para mi propia sorpresa, no quería otra cosa.
—Me tiene a mil —le escribí—. Daría lo que fuera por tenerla aquí ahora mismo.
—Paciencia —respondió—. Mañana vas a ver de lo que soy capaz. Te voy a dejar tan delicada que no vas a poder ni cruzar las piernas sin acordarte de mí.
Unos segundos después llegó una nota de voz. Dudé en escucharla con los auriculares puestos, como si alguien pudiera oírla conmigo. Su voz salió grave, lenta, sin una pizca de pudor. Me describió con todo detalle lo que pensaba hacerme y me llamó cosas que, dichas por cualquier otra persona, me habrían ofendido. En su boca, en cambio, me derritieron. Terminé el audio temblando, con la respiración entrecortada, y tuve que morderme la mano para no hacer ruido.
—Me hizo terminar con su voz —le confesé después, cuando recuperé el aliento.
—Y eso que me estoy conteniendo —respondió—. Mi esposo duerme a mi lado. Si no estuviera aquí, te habría dicho cosas mucho peores.
—No creo que exista algo mejor que ese audio —escribí, todavía mareada.
—Mañana te demuestro que sí —contestó.
***
Pensé que ahí terminaría la noche, pero Renata no había acabado conmigo. Me mandó un video corto: ella sola, en penumbra, usando el mango de un cepillo para mostrarme lo que se imaginaba haciéndome. Me quedé sin palabras. Nunca había deseado tanto que llegara el día siguiente.
—Qué rico, Renata —escribí—. Se ve deliciosa así.
—Así te voy a tener mañana —respondió—. En cuanto tu suegro salga por la puerta, no vas a tener un minuto de descanso. Te voy a comer como una leona se come a su presa.
—Espero que la leona no me lastime demasiado —le contesté, medio en broma, medio rogando que lo hiciera.
—No prometo nada.
Me reí sola en la oscuridad de mi cuarto, con el cuerpo encendido y la culpa muy lejos, demasiado lejos para alcanzarme. Andrés roncaría tranquilo en cualquier otra habitación del mundo mientras su madre y yo planeábamos volver a perdernos. Y lo peor —o lo mejor— era que no sentía remordimiento. Solo ganas.
—Si supiera cómo estoy ahora mismo —le escribí.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien caliente y con los dedos cansados de tanto pensar en usted.
—No te canses de más —respondió—. Quiero encontrarte con ganas mañana, no agotada. Lo de hoy fue solo el aperitivo.
***
—¿Qué me pongo? —pregunté, ya rendida a la idea—. Para ir preparada.
—Una falda corta, sin nada debajo, y una blusa negra —ordenó, y la palabra «ordenó» es la única que describe el tono—. Quiero poder llegar a ti sin perder tiempo.
—Está bien —escribí—. Pero cúmplame todo lo que me dijo. Ya me ilusioné demasiado.
—Te tengo una sorpresa para que vayas haciéndote una idea —respondió.
Llegó una última foto: un vibrador, una cuerda fina enrollada con cuidado y un frasco de lubricante al lado, dispuestos sobre la cama como si fueran las herramientas de un plan largamente pensado.
—Renata, ¿de dónde sacó todo eso? —pregunté, entre la risa y el asombro.
—Eso no importa —contestó—. Lo que importa es lo que pienso hacer contigo. La pregunta es si vas a aguantar.
—No tengo idea —admití—. Pero por usted aguanto lo que sea.
—Suenas desesperada por un poco de atención —escribió, y esa burbuja de superioridad me prendió todavía más.
—Lo estoy —respondí, sin orgullo que defender—. Hace mucho que nadie me hacía sentir así.
—Pues deja que tu suegra se encargue de eso —contestó—. Mañana te agarro y no te suelto hasta que me ruegues. Por ahora, descansa. Lo vas a necesitar.
—Hasta mañana, Renata —escribí—. Y no se preocupe por su hijo. Yo no digo una palabra, mientras usted siga ocupándose de lo que él dejó de atender.
—Con eso no tengo ningún problema —respondió—. Hasta mañana. No sabes lo que te espera.
***
Esa noche apenas dormí. Me quedé con los auriculares puestos, repitiendo el audio y volviendo a ver el video una y otra vez, con la mano entre las piernas y la cabeza llena de ella. Terminé tantas veces que perdí la cuenta, y aun así, cuando por fin se me cerraron los ojos, ya cerca de las cuatro de la mañana, seguía caliente. No por lo que había pasado esa tarde, sino por todo lo que ella me había prometido para el día siguiente.
Soñé con falda corta y manos firmes. Soñé con una voz grave diciéndome al oído lo que iba a hacerme. Y cuando desperté, lo primero que hice fue mirar el teléfono, por si acaso, por si había escrito algo más.
No había nada nuevo. Solo la última línea de la noche anterior, brillando en la pantalla como una cita pendiente. Sonreí, me estiré en la cama y supe, sin la menor duda, que esa tarde iba a ser mucho mejor que la anterior. Y vaya que lo fue.