La rubia de la fiesta no esperó ni un día
La fiesta en el bar terminó de madrugada y salimos contentas, agotadas, con esa risa floja que deja una noche bien aprovechada. No salimos desnudas, aunque la idea me cruzó más de una vez por la cabeza. Hacía frío y a esa hora el aire cortaba, así que me abroché la chaqueta hasta arriba y busqué las llaves en el bolso.
Lorena se vino conmigo hasta el estacionamiento. No había traído auto y yo le quedaba de camino. Tenía la cara de quien ha disfrutado demasiado: una mezcla de satisfacción y de sueño, con ganas de dormir una semana entera.
Estábamos llegando a mi coche cuando Bianca se acercó a despedirse. Era una de las pocas con las que no había pasado nada esa noche, y eso, de algún modo, la volvía más interesante que el resto.
—Creo que las dos estuvimos bastante ocupadas —dijo, sonriendo—. Pero me encantaría verte otro día. En lo que tú quieras, Fabiana.
—Claro que sí —le respondí—. Llámame y nos ponemos de acuerdo.
Me dio un beso en la mejilla y se alejó. La seguí con la mirada un segundo de más. Bianca era una rubia preciosa, con un cuerpo que pedía ser tocado despacio. Me habían gustado sus pechos, la forma de sus caderas, la manera en que se movía sabiendo que la miraban. Por lo que había visto en la fiesta, prometía mucho. Pero eso, todavía, tenía que comprobarlo.
Dejé a Lorena en su casa y manejé hasta la mía pensando solo en mi cama. Estaba de vacaciones; podía dormir todo el día siguiente si me daba la gana. Llegué, lancé los zapatos a un rincón, me tomé un vaso de leche y entré a mi cuarto medio dormida ya. Me desnudé, me dejé caer sobre las sábanas y el sueño me ganó antes de poder pensar en nada más.
***
Desperté casi ocho horas después, descansada por primera vez en días. Me estiré largo en la cama, disfrutando de no tener nada que hacer. Fui a la cocina, puse café aunque ya era media tarde, y mientras lo bebía decidí que pasar un rato en la alberca era la mejor forma de seguir sin hacer nada. Busqué un bikini negro, me lo puse y salí al patio con la taza y un libro.
Me senté bajo la sombra, con el calor ya cediendo, y me dejé llevar por la lectura. El libro me atrapó tanto que perdí la noción del tiempo. Cuando levanté la vista había pasado una hora entera. Dejé la novela boca abajo sobre la silla y me metí al agua. Nadé un rato, sin prisa, hasta que sonó el teléfono dentro de la casa.
Salí goteando a contestar. Era Bianca. No esperaba que me llamara tan pronto.
—Hola, Fabiana. ¿Cómo estás? Espero no molestar.
—Para nada —dije, secándome el hombro con una toalla—. Aquí, aprovechando estos días libres.
—¿Ah, sí? Pues mejor todavía. Ven a mi casa, la vamos a pasar bien. Compro lo que quieras: vino, cerveza, lo que se te antoje.
—Suena tentador. —Sonreí sola en la cocina—. Acepto. Con un buen vino me conformo.
Quedamos en vernos en una hora. Colgué y me metí a la regadera con una sonrisa que no se me iba. El agua tibia me caía por la espalda mientras me imaginaba lo que podía pasar esa noche. En la fiesta solo la había visto desnuda de lejos, sin tocarla. Ahora tenía la oportunidad de tenerla entera para mí.
Me puse un pantalón ligero, sandalias y una blusa sin sostén, con apenas una tanga debajo. Quería sentirme cómoda y, sobre todo, quería sentirme disponible. Tomé las llaves, activé la alarma y salí rumbo a su casa.
***
El camino fue corto. Estacioné, caminé hasta la puerta y toqué el timbre. Los segundos que esperé se me hicieron eternos, hasta que abrió. Estaba deslumbrante: un vestido verde corto, ajustado, con un escote que me robó la mirada antes de poder disimularlo. Bianca se dio cuenta y no le molestó en absoluto.
—Pasa —dijo, haciéndose a un lado.
La casa era más pequeña que la mía, pero estaba decorada con un gusto que se notaba pensado. Me sirvió una copa de vino tinto y nos sentamos en el sillón de la sala, una frente a la otra.
—Me alegra que vinieras —dijo, jugando con el pie de su copa—. Tenía ganas de verte. En el bar no se dio la oportunidad.
—Yo también quería verte —admití—. Aunque me sorprendió que fuera tan pronto. Apenas anoche fue la fiesta y ya estamos aquí.
Hablamos con una soltura rara, como si nos conociéramos de antes. Me contó que era contadora, que había abierto su propio despacho hacía un año y que, aunque a veces el trabajo la desbordaba, le gustaba lo que hacía. Le gustaba viajar cuando podía, jugar tenis, descansar. El panorama me convencía.
En algún momento, como era inevitable, llegamos al tema del sexo. Me confesó que las mujeres le atraían desde los veinte y que su primera vez había sido a los veintidós, con una compañera de la universidad. Estaban tomadas, las venció la calentura y terminaron en la cama. La otra chica se arrepintió después y prácticamente desapareció de su vida, pero Bianca siguió adelante y nunca le faltaron aventuras.
Yo le conté lo mío. Le llamó la atención que mencionara un romance que tuve de adolescente con una profesora —esa historia merece contarse aparte— y la forma tan libre en que había vivido mi sexualidad desde entonces. Hablamos durante un buen rato, bebiendo vino y picando algo de fruta, sin dejar de cruzar miradas. Las manos se rozaban cada vez con menos disimulo, en caricias suaves que ninguna de las dos detenía.
De pronto nos quedamos calladas. Nos acercamos un poco más, y el primer beso llegó sin que ninguna lo decidiera del todo. Fue lento, delicioso, una sensación que me recorrió entera. Poco a poco las lenguas se fueron buscando, y aquel beso se volvió hondo, húmedo, mejor de lo que había esperado.
Las caricias se hicieron más firmes. Me tocó los pechos por encima de la blusa y descubrió que no llevaba nada debajo. Sonrió con malicia, me besó otra vez y me sacó la blusa con un movimiento limpio. Se quedó mirándome un instante antes de inclinarse a besarme, atrapando mis pezones, ya duros, con la boca.
Me levanté para quitarme el pantalón y la tanga, y volví a sentarme sobre ella, desnuda del todo. Sus manos recorrían mi espalda y bajaban hasta mis nalgas, apretándolas mientras me besaba el cuello. Yo ardía. Le quité el vestido y comprobé que no llevaba nada más debajo. Su cuerpo era hermoso. No hicieron falta palabras: bastaba con la manera en que nos mirábamos.
Junté de nuevo su piel con la mía. Me encantaba sentir sus pechos contra los míos. Empecé a besarla por todos lados: de la boca pasé al cuello, del cuello a los pechos, donde me entretuve un rato largo. Bajé más, despacio, hasta llegar entre sus piernas.
—¿Quieres que siga? —murmuré contra su muslo.
—Sigue —dijo con la voz quebrada—. Quiero comprobar si de verdad eres tan buena como pareces.
No tuvo que repetirlo. Me hundí entre sus piernas con la lengua mientras le acariciaba los muslos. Ella se apretaba los pezones, arqueaba la espalda, me pedía más con gemidos cada vez más fuertes. No le di tregua. Tuvo, creo, tres orgasmos seguidos, uno detrás de otro, hasta que ya no pudo más y me tiró del pelo para que subiera.
Volví a su boca y la besé con ganas. Me tenía hechizada esa mujer.
—Vamos a mi cuarto —dijo, todavía agitada—. Quiero seguir.
***
Tomó mi mano y me guio por el pasillo. Caímos sobre la cama besándonos otra vez. La volteé boca abajo y empecé a recorrerle la espalda con los labios, despacio, algo que la hizo estremecerse entera. Fui bajando hasta sus nalgas, las abrí con las manos y la besé sin pudor. Bianca se retorcía, hundía la cara en la almohada, mientras yo le metía dos dedos por delante, donde ya estaba empapada. La llevé hasta el límite así, con la lengua y los dedos, hasta que se desplomó temblando sobre la cama.
—No tienes idea de lo bien que haces eso —dijo entre jadeos, riéndose—. De verdad, nunca me habían tocado así.
—Me encantó hacerlo —le respondí, subiendo a abrazarla por la espalda—. Tú lo provocas.
Nos quedamos un rato así, recuperando el aliento, sus dedos perdidos en mi pelo. Me confesó que tenía curiosidad por probar con juguetes. Le dije que en mi casa guardaba algunos y que la próxima vez, si quería, los estrenábamos juntas.
—Ahora me toca a mí —dijo, empujándome con suavidad para que me tendiera de espaldas.
Bajó besándome el cuerpo entero. Me chupó los pechos mientras una de sus manos se deslizaba entre mis piernas, jugando, acariciando, midiendo cuánto la deseaba. Cuando llegó con la boca a mi clítoris, yo ya estaba al borde. Tenía una lengua precisa, paciente, que sabía exactamente dónde insistir. Me sostenía las caderas para que no me escapara, y cada movimiento me arrancaba un gemido nuevo. Acabé con fuerza, agarrada a las sábanas.
No me dio tiempo de bajar. Me pidió que me volteara y, sin decir nada, abrió mis nalgas y siguió besándome por detrás, con la lengua y dos dedos hundidos en mi sexo. Yo solo atinaba a pedirle más. Estaba fuera de mí, perdida en lo bien que se sentía cada cosa que hacía.
El orgasmo me sacudió de arriba abajo. Grité contra la almohada, temblando, y caí rendida. Ella me abrazó por detrás, pegándose a mi espalda. Las dos sonreíamos sin necesidad de decir nada. No hacía falta.
Nos quedamos abrazadas un buen rato, acariciándonos apenas con la punta de los dedos. Afuera ya era noche cerrada.
—Quédate —murmuró contra mi nuca—. La cama es grande, cabemos bien las dos.
No trabajaba al día siguiente. Tenía toda la noche por delante y a una rubia preciosa pegada a mi cuerpo. Le dije que sí, claro que sí, y supe que aquello apenas empezaba.