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Relatos Ardientes

En la cabaña aprendió lo que era desear a una mujer

Caminaron una hora entre los árboles antes de avistar la cabaña. El sol ya se había hundido tras la cordillera y la única luz que les quedaba era la de una luna creciente que tardaba en abrirse paso entre las ramas. Marisol llevaba al niño dormido contra el pecho, envuelto en una manta color hueso, y cada paso suyo dibujaba el balanceo lento de unas caderas que el vestido gris no terminaba de disimular.

Detrás iba Aurora, agarrando con ambas manos un ramo de violetas silvestres que había cortado al borde del sendero. Los dedos le temblaban de frío y de algo más que todavía no sabía nombrar. Tenía diecinueve años, un vestido amplio que el viento le pegaba al cuerpo en cada ráfaga, y una manera de caminar que aún no había terminado de aprender.

Durante el trayecto, ninguna de las dos habló. El bosque ya hacía bastante ruido por su cuenta: el crujido de las hojas secas, el ulular distante de un búho, alguna rama que cedía bajo el peso de un animal pequeño. Pero el silencio entre ellas no era el del bosque. Era otro, más cargado.

Aurora levantaba la vista de vez en cuando y se quedaba mirando la nuca de Marisol, donde el cabello recogido dejaba al descubierto una línea de piel pálida que la última luz del atardecer convertía en algo casi luminoso. Cuando Marisol giraba la cabeza para comprobar que la joven seguía detrás, Aurora bajaba los ojos de golpe y apretaba las violetas contra el pecho.

Marisol también miraba. La sorprendió hacerlo más tiempo del que correspondía: el cabello castaño suelto, desordenado por el camino, una gota de sudor bajando despacio por el cuello, los hombros estrechos y todavía angulosos de quien acaba de dejar de ser una niña. Apartó la vista hacia el sendero y se concentró en no tropezar.

Llegaron a la cabaña cuando ya era de noche cerrada. Era una construcción humilde, de troncos oscurecidos por la lluvia, con una sola ventana en la fachada por la que escapaba una luz cálida. Marisol empujó la puerta con el hombro, cuidando de no despertar al niño, y el interior se reveló: un cuarto único, una cama tendida con una colcha tejida a mano, una mesa pequeña arrimada a la pared, un hogar de piedra donde el fuego seguía crepitando porque la vecina había venido a avivarlo. El aire olía a leña, a romero seco, a manta calentada al sol.

—Pasa —dijo Marisol—. Cierra la puerta, que entra frío.

Aurora obedeció. Dio dos pasos hasta el centro del cuarto y se quedó quieta, sin saber qué hacer con las flores. Marisol acomodó al bebé en una cuna de mimbre que tenía junto al fuego. Cuando se inclinó para arroparlo, el escote del vestido cedió apenas un dedo y dejó entrever la curva del seno derecho, blanca y tensa por la leche acumulada. Aurora desvió la mirada al instante. Marisol no se dio cuenta. O fingió no darse cuenta.

—Las violetas. —La mujer se irguió y le sonrió por primera vez desde que la había encontrado en el camino—. Déjalas en la mesa. Mañana las pondré en agua.

Aurora asintió. Cruzó los tres pasos que la separaban de la mesa y depositó el ramo con un cuidado excesivo, como si pudiera romperse algo entre los pétalos. Cuando se volvió, Marisol seguía mirándola.

—¿Tienes hambre? No es mucho. Tengo leche, un poco de pan que horneé esta mañana y unas galletas que guardé para una visita que nunca llegó.

—Lo que sea —murmuró Aurora.

Se sentaron frente a frente. La mesa era estrecha, y las rodillas de una rozaban por debajo las de la otra cada vez que alguna se acomodaba en la silla. Aurora aprendió pronto a no moverse. El candil que ardía entre ellas dibujaba sombras movedizas sobre los rostros, y cada vez que la llama se inclinaba por una corriente de aire las facciones de Marisol cambiaban: ahora dulces, ahora serias, ahora otra cosa que la joven no había visto nunca en una mujer.

—¿Cómo terminaste sola? —preguntó Marisol, sin mirarla directamente, partiendo un trozo de pan—. Si no quieres contarlo, no hace falta.

Aurora bajó la vista al plato.

—Mi madre murió hace un año. Fiebre. Tres días de fiebre y se nos fue. —Tragó saliva—. Era todo lo que me quedaba. A mi tío no lo conocí nunca, solo de cartas que mi madre guardaba en una caja de hojalata. Decía que era buen hombre, pero callado. Cuando supe que también había muerto, no sé… algo me empujó a venir. No me parecía justo no conocer la casa donde había vivido el hermano de mi madre.

Marisol dejó el pan sobre la mesa y la miró largo, como quien acaba de reconocer una voz familiar en una multitud.

—Tu tío era exactamente eso. Callado y bueno. Hablaba poco, pero cuando hablaba no decía nada de más. —Sonrió a medias—. Yo perdí a mi marido, que era él. Y ahora estoy aquí, en esta cabaña, con un hijo que todavía no ha cumplido el año y la sensación de que el silencio de esta casa se me va a comer viva.

Aurora levantó la vista. Por primera vez en mucho tiempo, había alguien al otro lado de una mesa que parecía conocer la forma exacta del hueco que llevaba dentro.

—Lo siento —dijo en voz baja.

—Lo sé.

Las manos de las dos estaban sobre la mesa, no demasiado lejos. Marisol movió la suya y rozó con la yema del meñique el dorso de Aurora. El gesto duró menos de un segundo, pero a la joven se le erizó la piel del antebrazo hasta el codo. Marisol retiró la mano y disimuló acercándola al candil, como si quisiera calentarse los dedos.

—Es tarde —dijo—. Deberías descansar.

***

El niño rompió a llorar antes de que ninguna pudiera levantarse. Era un llanto agudo, hambriento, el de un bebé al que no le importa la hora. Marisol se puso en pie con un movimiento que Aurora reconoció como practicado mil veces: pasos rápidos hasta la cuna, manos seguras al levantarlo, una voz suave que ya estaba consolando antes de tocarle la cabeza.

—Disculpa un momento —dijo—. Tiene que comer.

Volvió a sentarse, esta vez con el niño en brazos. Aurora pensó que se retiraría a un rincón, que tal vez giraría la espalda. Pero Marisol se sentó en el mismo sitio, frente a ella, y con la naturalidad de las cosas que se hacen todos los días desató el lazo del corpiño. La tela cedió y se deslizó por el hombro hasta dejar al descubierto el seno izquierdo. La piel era pálida, surcada por una vena fina, y el pezón estaba oscurecido y firme, listo. El niño se prendió con avidez. Hubo un instante de quietud y luego solo se oyó el sonido apagado de la succión.

Aurora dejó de respirar. No literalmente, pero casi. Tenía los ojos clavados en el pecho de Marisol y no podía levantarlos. Sintió la sangre subiendo por el cuello, las orejas ardiendo, una corriente que le bajaba por la espalda y se le quedaba latiendo entre los muslos, un calor sólido y nuevo que le empapaba la ropa interior sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo. Apretó las manos sobre las rodillas. Miró las violetas. Miró el techo. Volvió a mirar a Marisol. Sentía el coño palpitando, hinchándose contra la costura del calzón, cada latido del corazón repetido más abajo con una insistencia que no había conocido nunca.

No podía evitarlo.

Marisol no estaba mirando al niño. Marisol la estaba mirando a ella. Y la mirada no era de pudor. Era de constatación, como quien se da cuenta de algo que ya sospechaba.

—Es bonito verlo así —balbuceó Aurora, porque tenía que decir algo o iba a estallar—. Tan cerca de ti.

—Sí. —La voz de Marisol salió un poco más grave que antes—. Es bonito.

El bebé seguía mamando. Marisol le acariciaba la cabeza con la mano libre, despacio, dibujando círculos en la pelusa rubia. Aurora ya no miraba al niño. Miraba la mano. Miraba la curva del seno que el niño no ocupaba, blanca y llena, con una gota lechosa asomando en el otro pezón que resbalaba lenta por la piel hasta perderse bajo el vestido caído. Miraba la línea que iba desde la clavícula hasta el hombro desnudo. Tragó saliva tan fuerte que estuvo segura de que la otra mujer lo había oído.

—Aurora —dijo la mujer.

—¿Sí?

—No tienes que apartar la vista. Si quieres mirar, mira.

Aurora no respondió. No sabía cómo. Sintió las mejillas ardiendo y los muslos apretándose por su cuenta, sin que ella diera la orden, frotándose despacio uno contra el otro para calmar el latido que le crecía entre las piernas. Marisol no se movió. Siguió alimentando al niño con la misma calma de antes, pero ahora había algo distinto en cómo lo hacía, una conciencia, una manera de ofrecerse a la mirada que era casi una invitación.

Pasaron así varios minutos. El niño se durmió antes de soltar el pezón. Marisol lo apartó con un dedo, le besó la frente y se levantó para devolverlo a la cuna. Cuando volvió, no se cerró el vestido. Se sentó frente a Aurora con el seno todavía al aire, hinchado y con la gota de leche brillando bajo la luz del candil, como si hubiera decidido no fingir más.

—Ven aquí —dijo en voz baja.

Aurora se levantó sin pensarlo. Dio la vuelta a la mesa con piernas que no le respondían bien. Cuando estuvo delante de Marisol, la mujer le tomó las manos y las apoyó sobre sus propias rodillas. Las manos de Marisol eran tibias y un poco ásperas, manos de quien acarrea leña y lava ropa en el río.

—Estás temblando —dijo—. ¿Tienes miedo?

—No sé.

—¿Quieres irte?

—No.

Marisol le subió una mano por el brazo, despacio, hasta el codo. Se quedó ahí. Aurora cerró los ojos. Sentía el roce, el calor de la palma sobre la piel, y aquel pulso nuevo entre las piernas que llevaba toda la noche creciendo y que ahora ya era imposible ignorar. Notaba el coño empapado, los labios inferiores hinchados apretándose el uno contra el otro cada vez que respiraba hondo.

—¿Habías estado alguna vez con una mujer? —preguntó Marisol.

—Nunca.

—¿Con un hombre?

Aurora negó con la cabeza.

Marisol la atrajo hacia sí. No con prisa. La sentó de lado sobre sus rodillas, como se sienta a alguien que pide consuelo. Le acomodó la cabeza contra el hombro desnudo y le pasó una mano por el cabello, peinándola sin peine. Aurora sentía el seno tibio de la otra mujer contra el costado, la piel todavía húmeda de leche, y un olor dulce, vegetal, que le mareaba.

—Esta noche no va a pasar nada que tú no quieras —dijo Marisol contra su oído—. Pero si quieres que pase, va a pasar. Eso lo decides tú.

Aurora levantó la cara. La boca de Marisol estaba a tres dedos de la suya. Se quedó ahí unos segundos, mirándola sin saber si tenía permiso para reducir esa distancia.

—Quiero —dijo al fin.

Marisol no se movió.

—¿Estás segura?

—Sí.

La mujer le acarició la mejilla con el pulgar, despacio, y luego, cuando estuvo segura de que la respuesta no iba a cambiar, le inclinó un poco la barbilla. Cuando los labios se tocaron fueron suaves, casi una pregunta, y solo cuando Aurora respondió presionando un poco más, abriendo la boca apenas, entendió Marisol que la respuesta era sí. Sí. Sí.

El beso se hizo hondo enseguida. Aurora no había besado nunca a nadie de esa manera, pero el cuerpo sabía lo que las palabras no le habían enseñado. Sintió la lengua de Marisol entrar despacio, buscar la suya, enredarse con ella, y luego menos despacio: la mujer la estaba comiendo la boca, chupándole el labio inferior, mordiéndoselo hasta hacerla gemir dentro del beso. Una mano grande se le deslizó desde la nuca hasta media espalda, los dedos abriéndose contra la tela del vestido, y la otra le subió por el muslo por debajo de la falda, sin permiso pero sin dudar, hasta detenerse en el hueco caliente de la cadera.

—Ay, dios —jadeó Aurora cuando Marisol le mordió el cuello.

—Todavía no dije nada —susurró la mujer contra su piel, y se rió bajito—. Espera.

Marisol le tomó la mano y se la llevó al seno libre, el que el niño no había vaciado. La piel estaba caliente, dura, hinchada de leche. Aurora sintió la firmeza, el peso, la humedad del pezón contra la palma. Cerró los dedos despacio y Marisol cerró los ojos y soltó un suspiro que le salió del vientre.

—Así —susurró—. Apriétamelo. No tengas miedo, no me vas a romper.

Aurora obedeció. Apretó, y una gota de leche brotó del pezón y le corrió por el dorso de los dedos. Marisol le tomó la muñeca y le llevó los dedos manchados a la boca. Aurora los chupó sin pensarlo, con los ojos abiertos, y el sabor tibio y dulce le desató algo en la ingle que la hizo apretar los muslos otra vez.

—Baja la boca —dijo Marisol—. Chúpame el pecho. Como el niño, pero más despacio.

Aurora se deslizó de sus rodillas al suelo. Se arrodilló entre las piernas abiertas de la mujer, con el vestido de Marisol empujado hasta arriba de las rodillas, y acercó la boca al pezón hinchado. Lo tomó despacio, con los labios primero, luego con la lengua, y al cerrar la boca alrededor sintió la leche llenársela de golpe. Tragó. Marisol le sujetó la cabeza con las dos manos y la apretó contra el pecho.

—Sí, así, mama —jadeó—. Mama todo lo que puedas, se me hincha desde ayer, me va a estallar. Chúpame fuerte, Aurora, más fuerte.

Aurora chupó. Chupó hasta vaciarlo, con la lengua trabajándole el pezón, con los ojos cerrados y las manos aferradas a los muslos de Marisol por encima del vestido. La mujer le acariciaba la nuca, le arañaba suavemente el cuero cabelludo, gemía cada vez que la joven tiraba con la boca. Cuando el seno quedó blando, Marisol le levantó la cabeza y le lamió los labios manchados de leche antes de besarla otra vez, esta vez sí con hambre, con la boca abierta y la lengua sin pudor.

—Ven —dijo, tirando de sus manos—. A la cama. No quiero hacerte esto en una silla.

Cruzaron los cuatro pasos que las separaban del colchón. Marisol la fue desnudando de pie, sin prisa, deshaciendo cada nudo del vestido gris con dedos seguros. Cuando la tela cayó al suelo Aurora quedó en camisola. Marisol le levantó la prenda por encima de la cabeza y se quedó mirándola: los pechos pequeños, altos, con los pezones ya duros y rosados, la cintura estrecha, el vientre plano, y más abajo la mata de vello castaño oscuro entre las piernas que la joven intentó cubrir con las manos por reflejo.

—No —dijo Marisol, apartándole las manos con suavidad—. Déjame verte. No sabes lo linda que sos.

La mujer se desvistió a su vez, con una rapidez que a Aurora le pareció obscena y perfecta. El vestido cayó, la enagua cayó, y quedó desnuda frente a ella: los pechos grandes y llenos, uno todavía firme y el otro vaciado por el niño, el vientre con la línea oscura del embarazo aún visible, las caderas anchas, los muslos gruesos y pálidos y, entre ellos, un coño espeso de vello oscuro que a la joven le hizo la boca agua sin saber por qué.

—Acostate —dijo Marisol.

Aurora se dejó caer de espaldas sobre la colcha tejida. Marisol se subió encima de ella a horcajadas, y el peso caliente de su cuerpo la aplastó contra el colchón de un modo que la hizo gemir sin querer. Los senos de la mujer le colgaron sobre la cara. Marisol le acercó uno a la boca y Aurora lo tomó otra vez, con más confianza, chupándolo hasta que la leche volvió a salir. Con el otro pezón la mujer le rozó los labios, le pintó la boca de blanco, se rió bajito cuando la joven sacó la lengua para atrapar la gota.

—Qué golosa me saliste —murmuró Marisol—. Con lo callada que parecías.

Empezó a bajar. Le besó la garganta, le mordió la clavícula, le chupó cada pezón despacio hasta que Aurora arqueó la espalda pidiendo más. Le lamió el vientre. Le hundió la lengua en el ombligo. Y siguió bajando, hasta que Aurora sintió el aliento caliente de la mujer entre las piernas y todo el cuerpo se le tensó de golpe.

—Abrí —dijo Marisol, empujándole las rodillas hacia los lados—. Abrí, Aurora, dejame verte.

Aurora abrió. Sintió las manos de Marisol separándole los labios del coño, sintió el aire fresco de la cabaña contra la carne mojada, y luego, sin aviso, la lengua. La mujer le pasó la lengua entera desde abajo hasta arriba, lenta, plana, chupándole todo, y Aurora gritó. Fue un grito corto, ahogado enseguida contra la propia mano porque el niño dormía a tres pasos, pero fue un grito.

—Callá —susurró Marisol contra su coño, y se rió, y volvió a lamer.

La lamió sin descanso. Le rodeó el clítoris con la punta de la lengua, primero suave, luego con más presión, dibujando círculos que le arrancaban a la joven espasmos en los muslos. Le metió la lengua adentro, tan adentro como pudo, y Aurora sintió por primera vez en la vida algo entrando en su cuerpo por ese lugar. Le chupó los labios, uno y otro, con la boca entera. Le mordió con los labios el capuchón del clítoris y tiró suavemente hasta hacerla gemir contra la manta.

—Marisol —jadeó Aurora—, Marisol, no sé qué me está pasando…

—Te vas a correr —dijo la mujer, levantando la cara empapada—. Es eso lo que te está pasando. Dejate.

Volvió a bajar la boca. Ahora chupaba solo el clítoris, con la lengua rápida y la boca cerrada alrededor, y a la vez le metió dos dedos adentro. Aurora sintió el estiramiento, un ardor breve, y después una plenitud caliente que le movió todo por dentro. Marisol le curvó los dedos hacia arriba y encontró algo, un punto, y empezó a apretar ahí, adentro, mientras la lengua no paraba afuera.

Aurora se corrió con los dientes clavados en su propio antebrazo. Se corrió durante lo que le parecieron minutos, las caderas subiendo y bajando solas, el coño apretándose contra los dedos de Marisol una y otra vez, mojándole la mano entera, mojándole la barbilla, la boca, el cuello. Cuando terminó estaba llorando y no sabía por qué.

Marisol subió a besarla. Aurora se sintió a sí misma en la boca de la mujer, ese sabor nuevo y salado, y se dio cuenta de que le gustaba. Le gustaba mucho.

—¿Estás bien? —preguntó Marisol contra su oído.

—Sí.

—¿Querés más?

—Sí.

—¿Querés probarme?

Aurora asintió sin hablar. Marisol se rió y le acomodó la cabeza para que quedaran de costado, frente a frente, con las piernas enredadas. Le tomó una mano y se la llevó al coño.

—Tocame primero —le dijo—. Sentí cómo estoy.

Aurora la tocó. Los dedos se le hundieron enseguida entre los pelos oscuros y encontraron una humedad tan espesa que la sorprendió. Marisol estaba empapada. El coño de la mujer era carnoso, abierto, los labios grandes y calientes, y en el centro Aurora encontró el clítoris hinchado, fácil de reconocer. Empezó a acariciarlo despacio, imitando lo que Marisol le había hecho a ella, y la mujer soltó un suspiro largo y le abrió más las piernas.

—Así, así —dijo—. Metelos.

Aurora le metió dos dedos, y luego, cuando Marisol le pidió más con un gemido, un tercero. La mujer era ancha por dentro, más caliente que la boca, y le apretaba los dedos con espasmos suaves cada vez que ella empujaba hondo. Aurora la miraba a la cara mientras la penetraba, hipnotizada por cómo se le arrugaba la frente, cómo se mordía el labio, cómo se le tensaba el cuello. Nunca había visto nada tan hermoso como una mujer a punto de correrse.

—Con la boca —jadeó Marisol—. Aurora, con la boca, por favor.

La joven bajó. Se acomodó entre las piernas gruesas y calientes de la mujer y le acercó la cara al coño. El olor era fuerte, salado, animal, y le gustó. Sacó la lengua y la pasó con miedo por los labios inferiores, y Marisol le puso la mano en la nuca y la apretó contra ella.

—Más adentro —dijo—. No tengas miedo. Chupá. Todo.

Aurora chupó. Aprendió esa noche a chupar un coño como quien aprende a leer un idioma del que solo conocía las vocales. Aprendió que si le pasaba la lengua plana por el clítoris con ritmo constante, Marisol gemía largo y sordo. Aprendió que si le metía la lengua adentro, la mujer le levantaba las caderas contra la cara. Aprendió que un dedo en el culo, deslizado con cuidado, con la humedad que sobraba, hacía que Marisol se le retorciera debajo como si le estuvieran arrancando el alma.

—Ahí —jadeaba la mujer, con una mano apretándole la nuca y la otra retorciendo la colcha—. Ahí, ahí, no pares, Aurora, hija de puta, no pares…

Marisol se corrió con las dos piernas cerradas contra la cara de Aurora, apretándole las orejas con los muslos hasta ensordecerla, mojándole toda la barbilla y el cuello. Cuando la joven se separó tenía la cara empapada y una sonrisa idiota, orgullosa, la sonrisa de quien acaba de descubrir para qué sirve la boca de verdad.

No terminaron ahí. Marisol la tumbó boca abajo y le besó la espalda entera, vértebra por vértebra, hasta llegar al culo. Le abrió las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua por en medio, y Aurora enterró la cara en la almohada para no gritar. Le lamió el ojo del culo lentamente, en círculos, hasta que la joven empezó a levantar las caderas por su cuenta pidiendo más. Y desde atrás, con Aurora arrodillada en cuatro patas y la cara contra la manta, Marisol le metió tres dedos en el coño y con la otra mano le siguió acariciando el clítoris hasta hacerla correrse por segunda vez, temblando, mordiendo la manta para no despertar al niño.

Terminaron abrazadas, sudadas, con la colcha tejida hecha un ovillo a los pies de la cama y los cuerpos pegados por el pecho, por el vientre, por los muslos. Marisol le acariciaba la espalda con la yema de los dedos. Aurora tenía la mano metida entre los muslos de la mujer, sin moverla, solo sintiendo el calor.

—Mañana te enseño más —murmuró Marisol contra su pelo—. Ahora dormí.

—No quiero dormir.

—Dormí igual. Todavía queda mucha noche.

El fuego ardía bajo en el hogar. El niño dormía en la cuna. La cabaña era pequeña y el mundo, esa noche, todavía más. En la mesa, junto al candil que ya empezaba a quedarse sin aceite, las violetas que Aurora había llevado todo el camino aguardaban en silencio el agua que ya nunca harían falta esa noche.

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Comentarios(9)

ViajeraDeNoche

increible relato, quede sin palabras. Gracias!!!

CarmenR22

Por favor una segunda parte! quede con ganas de saber como sigue todo

SofiaBA_22

ese momento del principio es tan potente, me llegó directo al pecho. Muy bien contado

DiegoBA_lector

Buenisimo! sigan publicando cosas asi

ElenaK_Baires

La forma en que esta narrado se siente real sin ser burdo ni exagerado. Espero que haya mas

LoboNorte83

El personaje quedó muy bien construido, se nota el trabajo puesto en la historia. Esperando el siguiente

MiriamPba

me hizo recordar esa etapa en que uno descubre cosas de uno mismo sin saber todavia como llamarlas jaja muy lindo relato

Rosi_Cba

hermoso!!! de los mejores que lei por aca

NahuC22

corto pero contundente, quiero mas

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