Mi amiga y los vecinos que nos miraban desde la ventana
Marina llegó a la casa rural con la sensación de que llevaba meses conteniendo la respiración. Habían trabajado sin descanso desde marzo, y aquellos cinco días en la sierra, lejos del piso, eran el premio que ella y Carolina se habían prometido en enero. Una casa con piscina propia, vallada, rodeada de pinos y de un silencio que se sentía en la piel.
—Está mejor de lo que prometía la foto —dijo Carolina, soltando la maleta en el porche.
—Te dije que valía la pena pagar de más —contestó Marina, abriendo de un empujón las puertas correderas del salón.
Tenían veinticuatro años y la independencia recién estrenada que se pagaba con turnos dobles. Las dos compartían piso desde la universidad y, desde hacía algo más de un año, compartían también la cama, aunque ninguna se atrevía todavía a llamarlo una relación. Decían amigas. Decían amigas con muchísima paciencia.
Mientras Carolina deshacía la maleta y llamaba a sus padres para avisar de que habían llegado bien, Marina salió al jardín. El sol pegaba fuerte y la piscina reflejaba un azul casi insolente. Se quitó el vestido por encima de la cabeza y se quedó en el bikini amarillo que se había comprado esa misma semana, dos tallas más ajustado de lo que aconsejaba la dependienta.
No vine aquí a esconderme, pensó.
Tenía el cuerpo delgado, la cintura marcada y un pecho que llenaba la tela con justicia. El trasero era lo que más la hacía sentir poderosa: redondo, alto, con esa forma que la obligaba a caminar diferente cuando sabía que alguien la miraba. Allí, en aquel jardín privado al borde del monte, lo único que la observaba era el reflejo del agua.
Saltó de cabeza. El frío le subió por la espalda hasta el cuero cabelludo, y soltó un suspiro largo cuando salió a flote. Llevaba semanas pensando en ese momento exacto.
—¡Voy al baño un segundo! —gritó Carolina desde la cocina—. Esa gasolinera me ha dejado tonto el estómago.
—¡Vale, no tardes! —contestó Marina entre risas, dejándose llevar boca arriba.
Empezó a nadar de espaldas, despacio, mirando el cielo. Y entonces lo notó. Una sensación en la nuca, ese cosquilleo concreto que el cuerpo aprende antes que la cabeza. Alguien la estaba mirando.
Giró la cara con disimulo hacia la valla de la izquierda. La casa de al lado, la que el anuncio del alquiler aseguraba que estaba cerrada todo el verano, tenía la ventana del primer piso entreabierta. Detrás del visillo, dos siluetas. Dos hombres mayores, no había ninguna duda. Uno apoyado en el marco, el otro sentado a su lado. Y los dos, con la mano dentro del pantalón.
***
Marina podría haberse cubierto. Podría haber entrado en la casa, podría haber cerrado la sombrilla y haber esperado a Carolina dentro. Pero esa no era ella. Nunca lo había sido.
Se incorporó muy despacio en el agua, salió por la escalerilla y, en lugar de coger la toalla, se quedó de pie al borde de la piscina, escurriéndose el pelo con las dos manos. Sabía perfectamente lo que estaban viendo desde la ventana: la curva de la cintura, el bikini empapado pegado al pubis, el trasero arqueado mientras se inclinaba a mirar dentro del bolso. Tomó tiempo. Demasiado.
Después se acercó a la ducha exterior, abrió el grifo y dejó que el agua le cayera por la frente. Se pasó la mano enjabonada por los pechos, por la barriga, por la cara interna de los muslos. Lo justo. Sin mirar la ventana, pero sintiendo cómo respiraban allí dentro.
—Joder —murmuró para sí misma, con el corazón acelerado—. Pero qué cerdos…
Le ardía la piel y no era por el sol. Saber que dos desconocidos se la estaban casqueando a escondidas, que estaban a punto de tener un infarto por culpa de su trasero, le producía un placer que llevaba años intentando explicarle a Carolina sin éxito. Y la única que conocía esa parte de ella era precisamente Carolina.
—¿Estás aquí fuera? —oyó la voz de su amiga desde el porche.
Carolina apareció todavía con la mano en el estómago y la cara de quien acaba de hacer las paces con el mundo. Marina la esperó al borde de la ducha. Cuando llegó a su altura, la cogió por la nuca y la besó con la boca abierta, sin medirse. Carolina se dejó hacer un segundo y luego apartó la cara, riéndose.
—Pero qué te pasa hoy, criatura.
—Tenemos público —le susurró Marina al oído, mientras la guiaba con suavidad hacia la toalla extendida junto a la piscina—. Y yo soy mala persona.
Carolina giró la cabeza con la curiosidad mal disimulada, vio la ventana, vio las dos siluetas, y abrió la boca con una sonrisa lenta que Marina conocía muy bien.
—Eres lo peor —dijo, sentándose a horcajadas sobre ella.
—Ya lo sabías cuando aceptaste venir.
Se besaron tumbadas, sin prisa, con las manos buscándose el culo por encima de la tela. Carolina llevaba un biquini negro que se ataba a los lados. Marina tiró del nudo izquierdo y lo deshizo con dos dedos. Risas. Una nalgada con eco. Otro beso.
—Estás muy cachonda, ¿eh? —dijo Carolina, mordiéndole el labio inferior.
—Hace un mes que no estamos solas.
Marina se llevó las manos a la espalda y se desató el sujetador del biquini. Lo dejó caer a un lado. Sus pechos quedaron al sol, los pezones duros antes incluso de que Carolina se inclinara a cogerlos con la boca. Los chupó con calma, primero uno, luego el otro, alternando lengua y dientes. Marina arqueó la espalda y soltó un gemido que probablemente se oyó al otro lado de la valla. Mejor.
Detrás de la ventana, los dos hombres ya no disimulaban. El de la derecha tenía la mano fuera del pantalón y se la sacudía con desesperación. El otro había apoyado la frente contra el cristal, como si así estuviera más cerca.
Carolina bajó por el cuerpo de Marina con la lengua, paró un segundo en el ombligo y siguió hasta el biquini amarillo. Tiró de la tela hacia un lado con los dientes —despacio, sabiendo que las estaban mirando— y le besó el pubis depilado. Marina se agarró al pelo de su amiga y se dejó ir contra su boca, abriéndose lo justo para que cualquiera que mirara desde una ventana no tuviera ninguna duda de lo que estaba pasando.
—No pares —pidió, con los ojos cerrados—. Por favor, no pares ahora.
No paró. Carolina sabía exactamente cómo follársela con la boca: el ritmo lento al principio, la lengua plana sobre el clítoris, dos dedos dentro cuando Marina empezaba a temblar. Lo había aprendido a base de meses.
Cuando llegó al orgasmo, lo hizo con un grito largo, un grito que no le importó controlar. Por toda la finca quedó el eco. Detrás del visillo, el de la derecha pareció caerse hacia atrás. El otro seguía pegado al cristal, fascinado.
***
Marina se quedó tumbada, respirando despacio, mientras Carolina se ponía de pie. La vio caminar desnuda hasta el bolso de playa y revolver dentro con una sonrisa.
—¿Tú sabes lo que he traído? —preguntó.
—No quiero ni imaginarlo.
Carolina sacó el arnés. El cinturón negro, las correas y el dildo grueso y rosado que llevaban meses sin estrenar. Se lo abrochó allí mismo, junto a la piscina, mirando primero a Marina y luego, deliberadamente, a la ventana de los vecinos.
—Hoy te van a ver de todo, princesa.
Marina se mordió el labio. Se colocó boca arriba sobre la toalla, abrió las piernas y se las sujetó por debajo de las rodillas. Estaba todavía mojada de la boca de Carolina y se notaba a la legua.
—Venga, dame ya —pidió—. Sin tonterías.
—Lo que tú eres una cerda, Marina.
—Y tú me adoras igual.
Carolina se arrodilló entre sus piernas, se colocó la punta del dildo en la entrada y empujó despacio, mirándola a la cara. El primer empujón le sacó un gemido grave que arrancó del estómago. Marina solo había estado con dos hombres antes de saber que en realidad le gustaban las mujeres. Aquellos dos chicos no se podían comparar con lo que su amiga llevaba ahora entre las caderas.
Las embestidas resonaron por todo el jardín. Marina se cogió los pezones y se los retorció mientras Carolina entraba y salía cada vez más rápido. La toalla se les arrugaba debajo. El sol empezaba a bajar. En la ventana, los dos hombres se habían rendido. Uno seguía sentado con la cabeza echada hacia atrás, la mano floja sobre el regazo. El otro había desaparecido del cristal.
Marina se corrió otra vez, esta vez más bajo, mordiéndose el dorso de la mano. Carolina se dejó caer encima de ella, sudada, y le besó el cuello.
—Vamos a bañarnos —dijo—. Y luego comemos algo, que me muero de hambre.
***
La siesta tras la comida fue de las que no se planean. Marina se durmió boca abajo sobre el sofá, en bragas y camiseta, y la despertó un ruido sordo desde la cocina. Un golpe, una silla arrastrada, la voz de Carolina diciendo algo seco que no entendió.
Bajó las escaleras descalza y se asomó. Carolina estaba de pie, de brazos cruzados, junto a la mesa. En el suelo, sentado de culo, había uno de los dos viejos de la ventana de enfrente. Tenía los pantalones bajados hasta los tobillos, la camisa abierta y las dos manos cubriéndose los huevos con cara de susto.
—¿Pero qué…? —empezó Marina.
—Este señor —cortó Carolina sin moverse— ha llamado al timbre pidiendo sal. Cuando le he abierto la puerta y me he girado a buscarla, se ha metido en la cocina y me ha intentado tocar el pecho.
El hombre intentó incorporarse y soltó un quejido. Carolina sonrió.
—Le he dado una patada donde más le duele. Y le iba a dar la segunda cuando has bajado tú.
El viejo gruñó algo, escupió en el suelo y empezó a recolocarse los pantalones. Se le veía la cara congestionada, los ojos pequeños y rabiosos.
—Putas. Las dos —masculló—. Os he visto antes en la piscina, eso es lo que sois. Lo que vosotras necesitáis es un buen rabo, no…
—No, lo que tú necesitas es una ambulancia —contestó Carolina, dando un paso hacia él—. ¿Quieres una segunda demostración?
El hombre se agarró de la mesa, se levantó como pudo y se llevó la mano a la entrepierna como si quisiera demostrar algo. No había nada que demostrar. Marina lo vio intentarlo y le dieron casi pena los segundos que tardó en darse cuenta de que aquello no iba a responderle ni con mil súplicas.
—Ya ni se te empalma, mira tú —se rió Carolina, apoyándose en el hombro de Marina—. Como vuelvas a pisar esta finca, llamo a la Guardia Civil. Y si te vuelvo a ver mirando por esa ventana, te juro que esta vez te quedas sin huevos.
El hombre las miró, se subió los pantalones del todo, escupió otra vez y salió por la puerta refunfuñando entre dientes. Marina cerró con llave detrás de él y se apoyó en la madera, todavía sin asimilarlo del todo.
—Bueno —dijo Carolina, soplándose un mechón de la frente—. Pues ya tenemos anécdota para el viaje de vuelta.
Marina la miró, le ordenó el pelo y la besó despacio.
—¿Tú sabías que estaban mirándonos antes? —le preguntó.
—Por supuesto que sí —contestó Carolina—. ¿Tú creías que yo no veo? Pero quería ver hasta dónde llegabas tú.
—Zorra.
—Pues tú igual, porque tampoco me dijiste nada.
—Touché.
Se rieron las dos. Marina la cogió de la mano y subieron las escaleras.
—Esta vez te toca a ti —dijo Marina, abriendo la puerta del dormitorio—. Y voy a dejar la ventana abierta de par en par.
—¿Por si vuelve?
—Por si vuelve y se acuerda toda la vida de lo que se ha perdido.
Carolina se rió bajito, entró delante de ella y se dejó tumbar sobre la cama. Desde la ventana, lejos, se intuía la silueta del otro hombre asomado todavía a su cristal. Marina cerró los ojos un segundo y supo que no le iba a quitar la vista de encima en toda la tarde.