El masaje que mi mujer me regaló por reyes
Con la llegada de las navidades, nuestra vida cambiaba por completo. Los hijos volvían a casa con sus parejas, la familia se juntaba y todo lo demás quedaba en pausa. No nos molestaba en absoluto: tenerlos a todos bajo el mismo techo nos llenaba de una felicidad que ninguna otra cosa igualaba.
Lo que sí cambiaba era nuestra intimidad. Lorena y yo, acostumbrados a maratones largos y sin horario, nos veíamos reducidos a algún polvo nocturno y silencioso. Intensos, eso sí, pero contados. Mi mujer, cuando no aguantaba más, se paseaba por la casa con sus bolas chinas puestas, buscando excusas para arrastrarme un minuto al baño o al trastero. Esos calentones furtivos nos encantaban a los dos.
Nuestros hijos son de buen dormir, así que mi rutina mañanera seguía intacta. Iba al gimnasio temprano, a esa hora en la que coinciden las madres que aprovechan que los abuelos cuidan de los niños para entrenar un rato, charlar y tomarse un café antes de volver a la rutina. A casi todas las conocíamos, de ella, mías o de los dos. A Lorena le divertía provocarlas conmigo delante, presumir de marido y reírse de los calentones ajenos.
Una de aquellas mujeres era Pilar, amiga de mi mujer y masajista de profesión. Llevaba años tratando a Lorena por unas sobrecargas musculares que arrastraba. Casada, madre ejemplar, de constitución grande, con un atractivo difícil de explicar y un pecho enorme. Lo que más destacaba en ella era su simpatía. Le gustaba bromear con que algún día me tendría en su camilla.
El día de reyes repartimos los regalos. El de mi mujer me hizo gracia: un vale para un masaje relajante con Pilar, con fecha y hora ya escritas. Entendí que la masajista, al final, se había salido con la suya.
***
Llegó el miércoles siguiente, a primera hora. Pilar me recibió encantadora, con la naturalidad de siempre, y me pasó a la sala. Trabajaba sola en el pequeño piso que usaba de consulta. Me señaló un cambiador y me dejó un tanga azul oscuro, diminuto y prácticamente transparente, para que me lo pusiera. Cuando me miré en el espejo, comprendí que no había nada que adivinar: se me veía todo. Y, con la situación, empecé a notar que la sangre se me iba donde no debía.
La luz bajó, sonó una música suave y ella me repasó de arriba abajo, deteniéndose más de la cuenta en el bulto del tanga. Me ayudó a tumbarme boca abajo, vertió aceite tibio en mi espalda, mi culo y mis piernas, y empezó. En silencio fue recorriéndome el cuerpo entero, con un tacto delicado pero cargado de intención.
De la espalda pasó a las piernas, y de ahí a la cara interna de los muslos. Sus manos se colaban hacia el centro y rozaban mis huevos, no sé si por descuido o a propósito. Le dedicó un buen rato a esa zona. Para entonces yo ya tenía una erección que empujaba contra la tela, intentando escapar. Tuve que moverme para acomodarme, nervioso, sin saber cómo reaccionaría ella al darme la vuelta.
Volvió a la espalda unos minutos, pero la cosa no se calmaba. Cuando me pidió que me girara, fue imposible que aquel trozo de tela tapara nada. Me disculpé. Ella me dijo que tranquilo, que Lorena ya la había avisado de que con esos tangas siempre había «problemas». Recordé entonces las risitas de mi mujer esa misma mañana, deseándome que disfrutara. Estaba claro que lo habían tramado entre las dos. Lo único que me inquietaba era cómo terminaría todo aquello.
Empezó de nuevo por los pies, subiendo por las piernas hasta rozar otra vez mis huevos. Mi polla cobró vida propia y se puso completamente dura, llegándome casi al ombligo, con el glande brillante por el líquido que ya asomaba. Pilar no se detenía, y yo decidí dejarme llevar. Si a ella no le incomodaba, a mí menos.
Pasó a los brazos, al pecho, al vientre, a la zona del pubis. Para llegar bien tenía que apartar mi polla con la mano una y otra vez, sin el menor reparo, y cada vez que lo hacía me sonreía. Al final rompió el tanga sin más, para tener mejor acceso, dijo. Y ahí empezó lo que me temía.
Me confesó que mi mujer le había pedido algo especial, que ella nunca hacía ese tipo de tratamiento y que yo era la única excepción. Me untó la polla y los huevos con aceite tibio y comenzó a masajearlo todo. Con el pulgar de una mano jugaba con el glande mientras con la otra me acariciaba los huevos. Me la apretaba, me la trabajaba a dos manos, alternando ritmos. Intenté aguantar todo lo que pude, pero la habilidad de aquellas manos me llevó al límite enseguida.
Mi cuerpo se tensó y empecé a correrme con fuerza. El primer chorro, el más potente, fue a parar a su cara; el resto, sobre mi cuerpo y la camilla. Intenté no hacer ruido, pero no lo conseguí del todo. Me quedé sin fuerzas mientras ella me limpiaba con calma y luego se limpiaba la cara. Le pregunté si podía hacer algo por ella. Me contestó que Lorena le había dado «carta blanca» y que disponía de poco más de una hora hasta su siguiente cliente.
***
Por un momento pensé en mi mujer. ¿Me había entregado a una de sus mejores amigas? No sabía si solo quería que pasara aquello una vez o si buscaba algo más a largo plazo. Me incorporé y la hice sentarse en la camilla. Le desabroché la camisa botón a botón. Debajo llevaba un sujetador deportivo que apenas contenía aquellos pechos enormes. Al liberarlos, dos masas pesadas y suaves cayeron casi hasta sus muslos, con unas areolas grandes y oscuras y unos pezones pequeños y muy duros. Me los llevé a la boca, los lamí y los mordisqueé mientras ella gemía bajito.
La tumbé y le quité el pantalón. Llevaba unas bragas blancas, coquetas y casi transparentes, con la entrepierna ya empapada. Se las quité también y la tuve desnuda delante de mí, un cuerpo nuevo que descubrir.
Pilar tendría unos cincuenta y cuatro años, alta, cerca del metro ochenta y cinco, con algo de sobrepeso pero sorprendentemente ágil. Pelo moreno, ojos oscuros, ese atractivo raro suyo. Las tetas, descomunales, le caían hacia los lados. El coño, depilado del todo, de labios pequeños, apenas una línea. Caderas anchas, piernas gruesas pero bonitas, manos grandes y suaves. Se notaba que se cuidaba.
La acerqué al borde de la camilla, le flexioné las piernas, se las abrí todo lo que daban y hundí la cara entre sus muslos. Olía bien, estaba muy mojada. Pasé la lengua de abajo arriba y su coño se abrió como una flor. Dio un respingo y gimió mientras me decía:
—Lorena me ha entregado a ti. Ahora soy tuya.
Aquellas palabras me terminaron de convencer de que esto era exactamente lo que mi mujer quería.
Empecé a explorarla con la lengua. Tenía la entrada rosada y muy abierta, y un clítoris hinchado y sensible. Le metí un dedo, estaba empapada por dentro. Levanté la vista y la vi frotándose las tetas una contra otra. Encontré una zona algo rugosa en su interior que la hizo temblar: ese era su punto. Me concentré ahí mientras le lamía el clítoris. Su excitación subió rápido, jadeaba sin parar, hasta que con un grito enorme tensó todo el cuerpo y se corrió en mi boca al mismo tiempo que un chorro potente me salpicaba toda la cara y me bajaba por el pecho.
Nunca había visto nada igual en todos mis años. Cuando me eché atrás, seguía goteando. En cuanto se calmó y vio cómo me había dejado, no paraba de pedirme perdón. Yo le decía que me había encantado.
***
Me miré la polla y la tenía otra vez dura. Desde que me jubilé, parece que ha rejuvenecido treinta años. Le pregunté si quería que la follara. Me dijo que sí, pero a su manera: por el culo, que sabía que me gustaba. Esta mujer conocía mis gustos mejor que yo, gracias a mi mujer.
Le levanté las caderas con una toalla enrollada, me indicó qué aceite usar, le puse las piernas sobre mis hombros y, apuntando con cuidado, se la metí entera casi sin esfuerzo. Le pregunté si lo hacía a menudo. Me contó que con su marido no, pero que en privado usaba dildos grandes. Un poco de acomodo y empecé a darle como me lo iba pidiendo.
No sé cómo disfrutaría por delante, pero por detrás era un espectáculo. No paraba de gemir y temblar, abría los brazos del todo, sus tetas colgaban de la camilla y volvía a cogérselas para morderse los pezones. Yo cada vez le daba más fuerte, se la sacaba entera y se la volvía a clavar de golpe. Entraba con una suavidad que nunca había sentido. Al rato, acariciándose el clítoris con firmeza, volvió a tensarse y se corrió de manera brutal, con otro chorro saliéndole del cuerpo. No pude aguantar: me corrí dentro de ella mientras seguía empujando.
Acabé empapado de su squirt, del pubis a los pies. Volvió a disculparse y yo le contesté que esto tenía que verlo mi mujer. Cuando salí, su culo quedó abierto del todo, dejando escapar todo lo mío. La ayudé a incorporarse y me abrazó dándome las gracias. Le dije que las gracias se las daba yo. Miró el reloj, se apresuró a recoger, se vistió, me despidió con un beso largo y me marché a casa.
Tenía varios mensajes de Lorena preguntando qué tal. Le respondí que se lo contaría en casa, pero que había sido digno de ver.
***
Esa noche, mi mujer me contó toda la historia de Pilar. Su vida sexual siempre había sido pobre. Se casó muy joven con un hombre diez años mayor que nunca fue gran amante, y ella se había acostumbrado a pensar que aquello era lo normal. Para colmo, sus orgasmos con chorro nunca le habían gustado a su marido, así que durante años renunció a correrse del todo para no incomodarlo.
La cosa empeoró hace unos siete años. Él perdió el interés y la capacidad, y con la llegada de la menopausia toda relación se apagó. Lo curioso es que a Pilar, pasados los peores momentos, el deseo se le disparó de tal forma que no pensaba en otra cosa. Intentó hablarlo con su marido, buscó ayuda, pero no hubo manera. Descartó la infidelidad desde el principio: ciudad pequeña, todos conocidos, demasiado miedo a romper su familia.
Así que se refugió en la masturbación. Convirtió su pequeño centro de masajes en su lugar de placer, aprovechando las horas muertas. Empezó con las manos y terminó con una colección entera de juguetes escondidos en la consulta. No solo se castigaba el coño: el culo también le daba placer, y lo trabajaba a menudo con consoladores grandes.
Por la confianza que tenía con mi mujer y las horas en su camilla, Pilar había terminado contándoselo todo un par de meses antes. Necesitaba un hombre en su vida y no sabía cómo sin destruir lo que tenía. Lorena, sin decirme nada, decidió que yo fuera la herramienta para darle ese placer y, de paso, intentar acercarla a nuestro pequeño círculo.
***
Al día siguiente, las dos quedaron a solas. La excusa era un masaje relajante para Lorena; en realidad, querían hablar con calma de lo ocurrido. Le aconsejé un conjunto que le había regalado y que tenía sin estrenar: blanco, transparente y mínimo. A ella le pareció excesivo, pero le di el argumento perfecto, que así estaría más cómoda para el masaje.
Mi mujer me lo contó después con todo detalle. Pilar se quedó impresionada al verla en ropa interior. Empezó el masaje y, entre el aceite tibio, las manos hábiles y la conversación sobre lo que habíamos hecho el día anterior, Lorena se fue poniendo cachonda. Cuando se dio la vuelta y dejó caer el sujetador, sus pezones estaban duros como piedras y la tela del tanga, empapada.
—Pero chica, qué te pasa, sois los dos iguales —rió Pilar.
—¿Te incomoda? —le preguntó mi mujer.
—Para nada, me hace gracia.
Entonces Lorena le confesó algo que Pilar no sabía: que era bisexual, que llevaban tiempo compartiendo cama con una vieja amiga, y que aquellas caricias la estaban encendiendo. Le pidió que le tocara las tetas, luego que bajara. Pilar dudaba, decía entre risas que nunca había estado con una mujer, que solo con su marido y conmigo el día anterior. Pero sus manos seguían avanzando, rozando el pubis, la entrepierna, sin llegar a tocar el centro.
Mi mujer no aguantó más. Apartó el tanga, agarró la mano de Pilar y se la colocó entre las piernas.
—Tócame como te tocas tú —le dijo.
La mano quedó quieta un instante, las dos en silencio. Después Pilar empezó a deslizar los dedos por toda la raja, acariciando los labios y el clítoris, mojándose, metiéndole uno, dos, tres dedos. Lorena se corrió enseguida, como siempre, entre espasmos, llenándole las manos.
—¿Lo he hecho bien? —preguntó Pilar.
—Muy bien. ¿Y tú, cómo estás?
—No sé... extrañamente excitada. Tengo las bragas empapadas. Pero esto es nuevo para mí y me asusta.
—¿Lo quieres intentar? Si en cualquier momento no estás cómoda, paramos. Nuestra amistad es lo primero.
Pilar asintió con un leve movimiento de cabeza.
***
Lorena le desabrochó la camisa despacio y le liberó esas tetas enormes, una primero, sujetándola para que no cayera de golpe, y luego la otra. Las levantó con las dos manos y le lamió los pezones hasta endurecerlos del todo. Le quitó el resto de la ropa, hundió la nariz en sus bragas y las olió antes de dejarla desnuda. Le preguntó si estaba bien. Pilar volvió a asentir.
De puntillas, sujetándola del culo, mi mujer se frotó contra ella, coño con coño, tetas contra tetas. La tumbó, le abrió las piernas y empezó a besarle el pubis. La miró a los ojos una vez más antes de bajar.
Lorena lamió su raja, abrió los labios con la lengua y exploró ese coño nuevo, tan dilatado que entraba sin esfuerzo. Recorrió cada rincón y terminó en el clítoris hinchado, lamiéndolo y succionándolo hasta volverla loca. Pilar no paraba de frotarse las tetas y morderse los pezones. La habitación se llenó de gemidos. Cuando mi mujer le metió un dedo y le masajeó el punto interior, como había aprendido conmigo, Pilar estalló.
—Me corro, joder, me corro —gritó, tirándose de los pezones.
Un chorro potente inundó la boca, la cara y el pecho de mi mujer hasta llegar al suelo. Lorena se quedó tan alucinada como yo el día anterior con aquel manantial.
—Lo siento, lo siento —repetía Pilar.
—Me ha encantado —le contestó mi mujer.
Mientras se calmaba, Lorena le fue preguntando por su primera vez con una mujer. Pilar, que no se sentía ni lesbiana ni bisexual, estaba feliz de todos modos. Recogieron, se limpiaron y se despidieron. Le quedaban muchas preguntas: lo mío lo entendía, siempre había sentido algo por mí, pero haberse entregado también a Lorena le daba vueltas en la cabeza. Lo único claro era que había disfrutado como nunca con los dos.
***
Al llegar a casa, como todos los jueves, Silvia ya estaba allí. No nos habíamos visto en toda la navidad y venía con ganas. Nos pilló en plena faena en el dormitorio, ella a cuatro patas y yo dándole duro por detrás.
—Cabrones, no me habéis esperado —dijo riendo.
Y se unió sin pensarlo dos veces.