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Relatos Ardientes

La mañana que terminé en la cama de mi amiga del gimnasio

Hace cuatro años, cuando cumplí los treinta y dos, me cambié a un gimnasio nuevo cerca de la oficina. Iba siempre a la primera clase de la mañana, esa de las siete, donde solo aparecía un grupito de señoras y yo. Al principio me miraban con cierto recelo, como evaluándome, y yo entrenaba sola en mi rincón sin hacerles caso. A la segunda semana, una de ellas se acercó al final de la clase para preguntarme dónde había comprado las mallas, y eso bastó. Desde ese día me integré al grupo.

La que más me llamó la atención desde el principio fue Marlene. Era la típica señora bien conservada, escandalosa, malhablada, de esas que entran a un lugar y todo el mundo gira la cabeza. Me llevaba doce años, aunque parecían cinco. Piel muy blanca, ojos color café oscuro, el pelo teñido de rubio cobrizo, una boca grande pintada siempre de rojo y un par de pechos enormes que ella misma se encargaba de mencionar cada vez que tenía oportunidad. Tenía cintura, no era flaca pero tampoco le sobraba nada, y un trasero respingado de alguien que había pasado por un quirófano discreto.

Yo soy lo contrario. Piel pálida, pelo castaño largo, ojos verdes. Toda la vida usé faja para mantener la cinturita, y tengo la mala costumbre de hacer demasiadas sentadillas, así que las caderas se me notan. Los pechos me los regaló un novio en mi cumpleaños número veintisiete, una talla que nunca le había pedido y que terminé agradeciéndole.

No voy a contar paso por paso cómo Marlene y yo nos hicimos íntimas, porque resulta aburrido. Compartíamos cosas. Ambas éramos coquetas hasta el ridículo, no salíamos al gimnasio sin maquillaje ni sin las uñas pintadas, vivíamos en tacones fuera del horario de entrenamiento, nos comprábamos lencería que después nos enseñábamos en los vestuarios entre risas. Ella estaba en pleno divorcio, ya dormía sola en el departamento que le quedó tras el acuerdo, y yo acababa de salir de una relación larga que me había dejado con ganas de hacer todo lo que no había hecho.

Después de entrenar nos metíamos a las regaderas a la par. Hablábamos por encima de los azulejos de su día, del cabrón de su marido, de la cena de la noche anterior, de cualquier cosa. Cuando salíamos a secarnos, las bromas iban subiendo de tono. Una nalgada por aquí. «A ver, enséñame esas tetotas para comparar.» «Cállate, traes la espalda divina.» Cosas así. Yo me reía, ella se reía, y nadie pasaba a más.

Hasta que un día, terminando de vestirnos, me agarró por la cintura desde atrás y me restregó los pechos contra la espalda.

—Ay, Marlene, ¿por qué me pegas esas cosotas?

—No te hagas, flaca, ya sé que te las quieres comer.

Lo dijo riéndose, pero me quedé mirando su reflejo en el espejo unos segundos de más. Ella también me miró. Yo desvié los ojos primero.

Esa misma tarde me acompañó al estacionamiento. Al despedirnos, en lugar del beso en la mejilla de siempre, giró un poco la cara y me rozó la comisura de los labios con los suyos. Apenas un segundo. Lo suficiente para que yo me quedara con el sabor de su labial el resto del día.

***

La semana siguiente, en las regaderas, se bajó el sostén deportivo y me enseñó los pezones.

—Mira los míos —me dijo—. Están bien gordos hoy. Como si los hubieran chupado mucho.

—Son unas fresas grandes —contesté, y no sé de dónde me salió la valentía—. Para morderlas.

Se rio fuerte, con esa risa de fumadora que tenía, y se cubrió de nuevo. Yo terminé de vestirme intentando que no se notara que el corazón se me había acelerado.

***

El sábado siguiente me invitó a desayunar a su departamento. Dijo que tenía una cafetera nueva y que quería estrenarla conmigo. Yo dije que sí antes de pensarlo. Cuando colgué la llamada, me di cuenta de que tenía las manos frías.

Nunca había estado con una mujer. Lo había pensado, claro. Veía videos a veces, me imaginaba escenas, terminaba sola en mi cama sintiéndome culpable de algo que ni siquiera había hecho. Pero esa mañana, mientras manejaba hacia su edificio, supe que iba a pasar. No sabía cómo, pero lo sabía.

Marlene me abrió en pants y una playera vieja, descalza, sin una gota de maquillaje. Nunca la había visto así. Estaba todavía más linda. Me dio un beso en la mejilla que duró un poco más de lo normal y me pasó a la cocina.

Tostó pan, sacó mermelada, sirvió café. Yo la miraba moverse de espaldas a mí y no escuchaba nada de lo que decía. Cuando se inclinó para sacar algo del refrigerador, me levanté del banco y le puse las manos en los pechos por detrás. Le apreté los pezones por encima de la playera.

—Ay, pinche flaquita —dijo sin girarse, con la voz baja—. A ver si a ti te gusta.

Se dio la vuelta y me agarró a mí. Estuvimos así unos segundos, riéndonos como dos adolescentes, hasta que la risa se le apagó. Me miró la boca. Yo le miré la boca. Y se acabó la broma.

Me besó. Despacio al principio, midiéndome, y después con la lengua adentro de mi boca jugando con la mía como si llevara años queriendo hacerlo. Yo le bajé una mano a la entrepierna por encima del pantalón y se la apreté. Ella me agarró las nalgas con las dos manos y me empujó contra ella.

Nos separamos lo justo para respirar. Me acomodó un mechón detrás de la oreja.

—Llevo meses queriendo tenerte así —me dijo en voz baja—. ¿Quieres venir a la cama?

—Sí.

***

El departamento estaba en silencio. Caminamos por el pasillo agarradas de la mano. Yo iba descalza también, no me acuerdo en qué momento me había quitado los zapatos. En su habitación había una persiana medio cerrada y la luz entraba en franjas sobre la cama deshecha.

Nos desnudamos sin dejar de besarnos. Ella me sacó la blusa por arriba de la cabeza, yo le quité la playera y le solté el corpiño. Cuando vi sus pechos completos, libres, con los pezones erectos apuntándome, se me secó la boca. Eran más grandes que los míos y mucho más naturales. Le pasé la lengua por uno y se le erizó la piel del cuello.

—Así, nena. Muérdemelos. No me los rompas, pero muérdemelos.

Le mordí los dos. Suave, después más fuerte. Ella me apretaba la cabeza contra el pecho y respiraba pesado. Cuando me separé, tenía los pezones brillantes y enrojecidos. Me empujó hacia atrás con suavidad, me senté en el borde de la cama, y se arrodilló entre mis piernas.

—Abre. Quiero ver bien lo que tengo enfrente.

Abrí. Me bajó las bragas con los dientes, sin tocarlas con las manos, y me las sacó del todo. Me miró un segundo entero, sin decir nada, y después puso la boca donde nunca antes había estado la boca de una mujer.

Solté un gemido que me salió raro, casi un grito ahogado. Marlene sabía exactamente lo que hacía. Lamía despacio, dibujando círculos, parando justo antes de que yo terminara para volver a empezar. Cuando se dio cuenta de que iba a desesperarme, metió dos dedos. Los movió contra un punto que yo ni siquiera sabía que existía. Empecé a sudar.

—Marlene… —fue lo único que pude decir—. Marlene, no pares.

—No paro, princesa. No paro hasta que te vengas en mi cara.

Apreté los muslos contra su cabeza y le hundí los dedos en el pelo. Sentía cómo se le movían los pechos contra mis pantorrillas con cada vaivén de sus dedos. Le tiré un poco del pelo sin querer y ella respondió chupándome más fuerte. Cerré los ojos.

Cuando me vine, fue como caer. Largo, espeso, una sacudida que me dobló la espalda contra el colchón. Grité. Ella no se separó hasta que terminé de temblar. Cuando subió por mi cuerpo a besarme, tenía la barbilla mojada y los ojos brillantes.

—Te dije que ibas a terminar en mi cama —me susurró al oído.

—Cállate y bésame.

***

Después fui yo. Tenía menos experiencia, pero tenía instinto. Le hice todo lo que a mí me había gustado, y algunas cosas que se me ocurrieron en el momento. Ella me guiaba a veces, con una mano en mi nuca, susurrándome qué hacer, dónde apretar más, dónde aflojar. Se vino dos veces. La segunda, con tres de mis dedos adentro y mi pulgar arriba, me clavó las uñas en el hombro tan fuerte que al día siguiente todavía tenía las marcas.

Después nos quedamos tiradas en su cama, desnudas, fumando un cigarro entre las dos como en una película vieja. Yo no fumo, pero esa mañana fumé. Por la ventana entraba luz blanca y la cama olía a las dos.

—¿Te gustó, princesa? —me preguntó, peinándome el pelo con los dedos.

—Nunca había estado con una mujer.

—Ya me imaginé.

—Pero contigo sí. Cuando quieras.

Se rio bajito y me besó la frente.

***

Esa fue la primera. No fue la última, ni de cerca. Desde ese sábado, mi rutina del gimnasio cambió. En las regaderas seguíamos haciendo bromas, pero ahora había una en la que solo nosotras dos sabíamos que no era broma. Ella se inclinaba más de lo necesario, me rozaba al pasar por mi espalda, me dejaba mensajes con la mirada que las demás señoras no entendían.

Empezamos a salir a cenar entre semana, sin disimular tanto. Una copa de vino, dos, y de ahí a su departamento. A veces ella venía al mío. Aprendí a besar a una mujer, a saber dónde tocarla, qué decirle cuando se acercaba al final. Aprendí más con Marlene en dos meses que con cualquiera de los hombres con los que había estado en años.

No tengo planes de presentarla en mi casa, ni ella en la suya. Eso no es lo que tenemos. Lo que tenemos es esto: las regaderas del gimnasio, los sábados a media mañana, los sostenes que nos prestamos sabiendo que no nos van a quedar. Un secreto entre dos amigas guapas que se descubrieron de adultas.

Ya les contaré qué más pasó.

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Comentarios (5)

MartinaRosario

increible!!! me encanto de principio a fin

NocheDeMilán

Me trajo recuerdos de una amistad que tuve hace años... algunas amistades tienen su propia magia, jeje. Muy bien contado.

SilvinaW

Que natural se siente todo, nada forzado. Seguí así!

Gabriela_DF

Cuanto tiempo llevaban siendo amigas antes de que esto pasara? me quede con esa duda jaja

Camileta22

jaja la parte de la cocina me mato, tremendo momento

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