La mejor amiga de su hija la tenía perdida
Camila tenía perdida a la madre de su mejor amiga, y Marisol lo sabía mejor que nadie. No perdía una sola oportunidad de verla cuando aparecía por la casa. Solo tenía sonrisas para ella, la saludaba con un beso en la mejilla, le tomaba las manos un segundo de más, le buscaba conversación. Marisol perdía el control apenas la veía entrar. Para ella había sido algo parecido al amor a primera vista, y todavía recordaba con nitidez la primera tarde que aquella muchacha cruzó el umbral de su sala.
No es que Camila fuera una belleza de revista. Era una chica de lo más común, de esas que pasan inadvertidas en un grupo. Su mayor atractivo estaba en los ojos: oscuros, ligeramente rasgados, con un aire de misterio que invitaba a quedarse mirándolos demasiado tiempo. Era fácil perderse en esa mirada. Tenía la piel canela, una estatura media, el pelo negro y lacio rozándole los hombros. El cuerpo ancho sin ser grueso, los pechos pequeños, las piernas firmes.
Vista por encima, no era una mujer que detuviera el tránsito. Pero se vestía con una sensualidad descuidada que la hacía irresistible: vestidos cortos, espaldas al aire, casi nunca un pantalón. Y tenía una voz ronca, baja, que sonaba a confesión incluso cuando hablaba del clima. Era inteligente, conversadora, con una risa contagiosa y unos dientes muy blancos, los dos del frente apenas más largos que el resto, de modo que sus labios nunca terminaban de cerrarse y siempre parecía a punto de sonreír.
Nadie habría sabido explicar qué le veía Marisol, pero se le caía la baba. Camila era charlatana, y como Marisol la trataba como a una reina, le daba conversación cada vez que podía. Y Marisol se quedaba en una especie de trance, escuchándola hablar de cualquier cosa. Apenas la chica ponía un pie en la casa, se desbordaba en atenciones: le ofrecía jugo, café, y si llegaba a la hora del almuerzo ni preguntaba, le servía un plato y la sentaba a la mesa.
—¿Por qué eres tan atenta con ella y no con mis otras amigas? —le preguntó un día su hija, entre divertida y desconfiada.
—Le tengo un cariño especial —respondió Marisol sin mirarla a los ojos—. La quiero como a una hija.
Mentira que repetía a cualquiera que se atreviera a preguntar.
***
Lo cierto es que Marisol era una mujer casada y, en secreto, estaba enamorada de la mejor amiga de su hija. Quería tenerla entre sus brazos, recorrerla entera, cubrirla de besos de la cabeza a los pies. Disfrutaba de ese sentimiento como quien guarda un tesoro imposible, aunque no del todo imposible: cada vez que Camila la buscaba para conversar, la hacía sentir importante, y esa atención mínima le bastaba para alimentar la esperanza.
Al contrario de la muchacha, Marisol era una mujer hermosa, una latina de manual. Tenía más curvas que una carretera de montaña, todo en su justa proporción. Alta, la piel siempre bronceada, el pelo castaño claro cayéndole hasta media espalda, los ojos grandes color miel. Los labios gruesos, provocativos, y unos hoyuelos que aparecían cuando se reía. Los pechos generosos, salpicados de pecas que le gustaba exhibir con escotes amplios, la cintura estrecha, las caderas anchas. Vestía ropa ajustada porque le encantaba provocar miradas, y las provocaba.
No era, sin embargo, una lesbiana reprimida. De joven había tenido una sola aventura con una amiga, una noche de tragos que recordaba apenas, borrosa y placentera, y que nunca repitió. Se casó muy pronto y le había sido fiel a un solo hombre toda su vida, feliz con su esposo, sin pretender traicionarlo, por más pretendientes que le sobraran. Pero por Camila sí lo haría. Por Camila habría tirado todo por la borda.
Al principio el sentimiento la confundía y la acompañaba una culpa sorda que la entristecía. Después puso la cabeza en orden y se entregó a aquel amor sin discutirlo más. No le obedecía a la razón sino a algo más viejo y más terco. Y cuando por fin dejó de pelearse con él, sintió algo parecido a la liberación.
***
Era realista. Sabía que las posibilidades de conquistar el corazón de Camila eran casi nulas. Pero en lugar de deprimirse, decidió ser feliz con los retazos de tiempo que podía compartir con ella, que no eran pocos: la chica vivía metida en su casa, prácticamente la veía a diario. Se colaba en la cocina mientras Marisol cocinaba y le hacía conversación, y Marisol la escuchaba embelesada.
Lo que Marisol no sabía era que Camila también sentía algo distinto por ella. Nunca se molestó en analizarlo —no era de las que racionalizaban sus afectos—, pero le gustaba cómo aquella mujer la trataba, las atenciones, la manera en que la escuchaba sin interrumpir, como si lo que decía importara de verdad. Ni los novios que había tenido la habían mirado así. A su modo, Camila también la quería, y Marisol ocupaba un lugar que nadie más había ocupado.
Una tarde la muchacha llegó y se encontró con que Marisol estaba sola. Su hija había salido a resolver un asunto urgente y no volvería hasta la noche. Camila decidió quedarse de todos modos. Era una oportunidad que nunca habían tenido: casi siempre la buscaba en los huecos, mientras la amiga se bañaba o se arreglaba, y a los pocos minutos volvía a dejarla sola. Esa tarde la tenía entera, sin interrupciones.
Se sentaron en la sala a conversar. Marisol la miraba a los ojos en silencio mientras ella hablaba, perdida en esa mirada oscura. Así pasaron casi una hora. En algún momento Marisol dejó de oír las palabras y empezó a mirarle los labios, esos que nunca terminaban de cerrarse. La idea de besarla se le clavó en la cabeza y ya no la soltó. Si no era ahora, ¿cuándo? Y si la rechazaba, al menos quedaría tranquila, sabiendo que lo había intentado.
Se acercó despacio, midiendo la distancia. Calculó cuánto tendría que inclinarse para alcanzar esa boca y, sin pensarlo dos veces, tomó impulso y la besó.
Camila no se apartó. Al contrario, le devolvió el beso. Sin saberlo, también lo deseaba. Nadie la había tratado nunca con esa devoción, y por eso, cuando los labios de Marisol se posaron en los suyos, le nació responder en lugar de huir. Fue un beso largo, lento, que ninguna de las dos se atrevía a romper.
Marisol le tomó las manos y se las acarició con la yema de los dedos. No dijeron una palabra. Era un momento frágil, y ninguna sabía qué venía después. Volvió a besarla, ahora con más hambre, un beso más largo que el anterior, las lenguas buscándose. Marisol le subió las manos hasta los pechos y Camila hizo lo mismo, apretando los suyos con suavidad. Para Marisol fue la señal definitiva: la chica también estaba encendida, y ninguna se animaba a romper el hechizo hablando.
La tomó de la mano y la llevó hasta su habitación. La acostó, se subió encima y volvió a besarla. Camila la rodeó con los brazos y empezó a subirle la blusa. Se incorporaron apenas lo justo para quitársela, y Marisol le devolvió el gesto, desabrochándole el sostén con dedos torpes. Quedaron las dos a medio desnudar, mirándose.
Marisol no terminaba de creerlo. Jamás había imaginado tenerla así, real, tibia bajo sus manos; la pensaba inalcanzable, un amor de los que se aman de lejos. Y ahí estaba. Camila, por su parte, solo se dejaba llevar. Con aquel primer beso había entendido de golpe cuánto la quería, y el deseo había hecho el resto.
***
Se quitaron el resto de la ropa y volvieron a quedar bloqueadas, sin saber por dónde seguir. Ninguna de las dos tenía experiencia con otra mujer. Marisol, en teoría, debía saber algo, pero de aquella noche de juventud solo le quedaba una neblina de alcohol. Volvieron a besarse, y Marisol decidió guiarse por lo único que conocía bien: lo que a ella misma le gustaba que le hicieran.
Bajó la boca hasta los pechos de Camila y le pasó la lengua por los pezones, una y otra vez, hasta sentirlos endurecerse. Los chupó despacio, atenta a cada reacción. La muchacha empezó a gemir bajito, y esos sonidos fueron para Marisol la mejor de las brújulas. Mientras seguía con la boca ocupada, deslizó la mano entre las piernas de Camila y la encontró empapada. Recorrió con los dedos toda esa humedad y empezó a acariciarle el clítoris en círculos lentos. Los gemidos subieron de tono.
Pero Camila quería su parte. Le levantó la cabeza tomándola del mentón y la besó. También quería probar esos pechos grandes, recorrer con la lengua las pecas que los cruzaban. Se quedó mirándolos un momento, insegura, sin saber por dónde empezar.
—Hazme lo que a ti te gusta que te hagan —le susurró Marisol.
Fue lo único que se dijeron. A Camila le pareció lo más sensato del mundo. Empezó por morderle apenas los pezones, porque a ella le encantaba que se los mordieran. Marisol arqueó la espalda. Después se los llevó a la boca y los chupó como a un caramelo, entrando y saliendo sin dejar de succionar. El placer le arrancó a Marisol un gemido largo, y no supo si era por lo que sentía o por las ganas de devolverlo.
Bajó otra vez la mano y deslizó los dedos por su propio sexo hasta hundirlos en él. Camila la imitó, penetrándola al mismo tiempo. Las dos se daban placer a la vez, las dos gemían sin pudor, aprendiendo en tiempo real lo que la otra disfrutaba.
Marisol, que había cargado con la fantasía durante meses, quería más. Quería saber a qué sabía. Se sacó los dedos, se los llevó a la boca y dejó que la lengua arrastrara todo el rastro de Camila. El sabor la enloqueció. Empujó a la chica sobre el colchón, le abrió las piernas y la miró de arriba abajo —qué hermosa se veía así, abierta y entregada— antes de bajar la cabeza y recorrerla entera con la lengua.
Estaba tan mojada que cada pasada arrastraba su humedad. Marisol repitió el movimiento varias veces, después atrapó los labios con la boca y los chupó, y por último buscó el clítoris y le dio pequeños mordiscos, igual que Camila había hecho con sus pezones. La muchacha gimió cada vez más fuerte, retorciéndose, las manos enredadas en las sábanas, hasta que no pudo más y se vino contra su boca con un temblor que le sacudió las piernas.
Marisol no habría podido estar más satisfecha. La había hecho llegar, había saciado por fin esa curiosidad de meses, la había tenido en sus manos. Pero Camila también quería probarla. Se levantó con la energía puesta en una sola cosa: acostarla y devolverle el favor.
Nunca había probado a otra mujer, ni siquiera a sí misma, pero había llegado el momento. Empujó a Marisol sobre la cama, se arrodilló en el suelo, le separó las piernas y chupó sus labios sin pensarlo, decidida a sentir el sabor que tanto la intrigaba. No los soltó hasta agotarlos. Le pareció un sabor fuerte pero agradable, dulce al final y un poco ácido al principio, algo que sin duda volvería a buscar.
Después fue por lo importante: hacerla gozar, conseguir que Marisol llegara como ella había llegado. Puso la boca sobre el clítoris y empezó a morderlo apenas, lo soltaba, pasaba la lengua y volvía a empezar, sin pausa, tal como le gustaba a ella misma. Marisol lo disfrutaba como nunca. Lo que más la encendía era saber que aquel placer venía de la boca de Camila, que cualquier cosa que viniera de esa boca iba a deshacerla.
La muchacha dejó de morder y empezó a succionar con fuerza. Marisol entendió el método: primero los mordiscos para volverlo todo sensible, después la presión para hacerlo estallar. Y mientras lo pensaba, las chupadas la arrastraron sin aviso. Se vino en la boca de Camila con un gemido ahogado, las caderas levantándose solas del colchón.
***
Se dieron un beso y se tendieron una al lado de la otra, en silencio, mirando el techo. Ninguna se atrevía a hablar, como si las palabras pudieran deshacer lo que acababan de hacer.
Para dos mujeres que no tenían la menor idea del sexo entre mujeres, lo habían hecho asombrosamente bien. Las dos habían aplicado lo único lógico: darle a la otra aquello que a cada una la hacía gozar, y dejar que el instinto dictara el resto. Afuera empezaba a oscurecer, y todavía faltaban horas para que la hija de Marisol volviera a casa.