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Relatos Ardientes

El masaje que despertó a mi amiga embarazada

Ilustración del relato erótico: El masaje que despertó a mi amiga embarazada

A Mariana la quise desde mucho antes de saber que la quería de ese modo. Éramos amigas desde el colegio, de esas amistades que sobreviven a todo, y siempre me pareció la mujer más bonita que conocía. Una vez, cuando teníamos veinte y pico, me animé a tirarle los perros. Ella me cortó con dulzura: las mujeres no le iban, nunca le habían ido. No insistí. Por suerte, aquella torpeza mía no rompió nada entre nosotras y seguimos siendo inseparables hasta hoy.

Llevaba cinco años casada con Andrés y, por esos meses, esperaba a su primera hija. Estaba feliz. Ser madre era uno de esos sueños que había acariciado desde siempre, y por fin se le hacía realidad. Vivíamos en el mismo edificio, ella en el cuarto, yo en el sexto, así que la visitaba casi a diario y se nos iban las tardes hablando de cualquier cosa.

Como sabía que yo era lesbiana, Mariana era el único oído al que le contaba mis líos: los nombres, los detalles, lo bueno y lo desastroso. Ese era mi tema favorito. Ella, en cambio, sobre su intimidad no soltaba prenda. Todo en su vida giraba alrededor del embarazo, y yo entraba ahí encantada. La acompañaba a las ecografías —esperaba una niña—, a las clases prenatales, a caminar por las tardes. La ayudé a elegir el nombre, a recorrer tiendas mirando cunas y ropita diminuta, a ordenar el cuarto del bebé. Hacía, en el fondo, todo lo que Andrés no hacía, porque él salía de madrugada y volvía de noche, reventado. Yo no tenía pareja ni grandes ocupaciones, y como ella me gustaba tanto, ocupar ese lugar no me costaba nada. Lástima que para una cosa no podía reemplazar al marido.

Por esos días yo andaba sola. Varios meses sin novia, lo cual era raro en mí. Había conocido a un par de mujeres por una aplicación, pero en persona se desinflaba la cosa. Como siempre, me desahogué con Mariana. Le conté lo triste que me ponía esa soledad, lo cansada que estaba de citas que no llevaban a ningún lado. Le solté un monólogo larguísimo, de esos que solo se le sueltan a alguien de mucha confianza.

Ella me escuchó callada. Y de un momento a otro, sin venir a cuento, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, asustada—. Cuéntame.

—No es nada —dijo, secándose con el dorso de la mano—. Una bobada. No me hagas caso.

Pero las lágrimas no paraban. Insistí, le pedí que confiara en mí como yo confiaba en ella, y se cerró todavía más. Llegué a enojarme.

—No puede ser, Mariana. Yo te cuento absolutamente todo y tú no eres capaz de decirme qué te pasa.

El reproche la frenó en seco. Se quedó mirándome y al fin habló. Me dijo que se sentía sola, que Andrés solo tenía cabeza para el trabajo, que llegaba, comía y se acostaba con la excusa de la madrugada del día siguiente. Que nunca le preguntaba cómo se sentía, que el embarazo parecía darle igual. Yo intuí que faltaba algo, que había una pieza que no quería poner sobre la mesa. La abracé y dejé que llorara en mi hombro.

—Suéltalo todo —le murmuré—. Lo que sea.

Estuvo un rato en silencio. Después lo dijo, con la voz rota.

—Me siento la mujer más horrible del mundo. Andrés no me toca desde que quedé embarazada. Ni un beso. Nada. Y yo… yo cada día estoy más necesitada, no aguanto la frustración. Quiero saber qué tengo de repugnante para que me trate así.

***

Le sostuve la cara entre las manos y le dije la verdad: que no tenía nada de repugnante, que el embarazo la había puesto más hermosa todavía, que Andrés era un idiota que no sabía lo que tenía en casa. Mientras se lo decía, una idea fea y deliciosa me cruzó por dentro. Era la oportunidad que llevaba media vida esperando.

—Lo que necesitas es relajarte —le dije con el tono más inocente que pude—. Déjame darte un masaje. En las clases prenatales te toco todo el rato, esto es lo mismo.

Mariana aceptó sin sospechar. O eso creí yo entonces. Me senté contra el respaldo de la cama y ella se acomodó entre mis piernas, de espaldas a mí. Le subí la camiseta y se la saqué; quedó en sostén. Empecé por los hombros, despacio, dejando que las yemas de mis dedos reconocieran su piel antes de apretar. Subí al cuello, hundí los pulgares en la base de la nuca y noté cómo dejaba caer la cabeza hacia atrás. Buena señal.

—¿Te relaja? —pregunté contra su oído.

—Mucho —contestó, y la palabra salió más larga de lo necesario.

Era todo lo que quería oír. Me concentré en el cuello, que enseguida descubrí que era su punto débil: cada vez que mis dedos resbalaban por él, su respiración se hacía más honda. Recosté su cabeza en mi hombro para tenerla cerca, para escuchar cada cambio en su aliento. Metí los dedos entre su pelo, los dejé caer hasta las puntas, volví a empezar. No podía quedarme eternamente en el cuello sin delatarme, así que bajé por los brazos, rozándolos apenas, de los hombros a las muñecas y de vuelta. Se le erizó la piel entera.

—¿Sigo? —murmuré.

—Sí, no pares.

Acerqué la boca a su cuello sin tocarlo, solo para que sintiera mi respiración tibia ahí mismo. Le pedí que se quitara los leggings para masajearle las piernas. Lo hizo sin pensarlo. Ahora la tenía en ropa interior, su barriga redonda subiendo y bajando, y yo podía recorrerle los muslos con la punta de los dedos. Me acercaba a su entrepierna y me alejaba, subía por el vientre tenso, rozaba el borde de los pechos y volvía a bajar. Mariana empezó a suspirar, primero bajito, después sin disimulo.

Subí las manos al pecho. Mis dedos se colaron bajo el sostén, encontraron un pezón ya duro y lo acariciaron en círculos. Ella dejó escapar un murmullo entrecortado. Le solté el broche por la espalda y le tomé los dos pechos a la vez, mientras hundía la boca en su cuello y lo besaba despacio, dejando que la lengua resbalara por la piel. Sentí que se rendía. Le giré la cara hacia mí y la besé. Me devolvió el beso con una urgencia que llevaba meses guardada.

Bajé una mano por el vientre y la metí bajo la tela. Estaba empapada. Cuando le rocé el clítoris arqueó la espalda y se le escapó un grito corto, contenido. La acaricié así un rato, sintiendo cómo subía la tensión en su cuerpo, hasta que aparté la tela del todo y la penetré con dos dedos. Apretaba con una fuerza increíble, todo ese deseo represado de golpe.

—¿Quieres que te haga acabar así? —le pregunté al oído.

—No tienes idea de cuánto —jadeó.

Busqué el punto exacto, presionando hacia arriba, y cada vez que lo encontraba ella se cerraba sobre mis dedos. La empujé sin pausa hasta que se vino, mordiéndose el labio para no despertar al edificio entero, temblando contra mi pecho.

***

No quería que se le bajara. La recosté sobre la cama, le quité la última prenda y le separé las piernas. Llevaba años imaginando ese momento y por fin lo tenía delante. Bajé despacio, dibujando con la lengua todo el recorrido hasta el clítoris, y cuando llegué lo dejé bajo una presión suave, moviéndolo de un lado a otro. Mariana se aferró a las sábanas.

—Mírame —le dije, levantando los ojos sin separar la boca.

Ella bajó la vista, me encontró ahí entre sus piernas, y esa imagen pareció encenderla todavía más. Alterné la lengua plana con chupadas cortas y rápidas, leyendo en sus caderas qué le gustaba. Cuando empezó a empujarse contra mi cara entendí que estaba cerca. Cerré la boca sobre su clítoris, succioné con ganas, y se encorvó con un grito que esta vez no pudo contener. Me quedé pegada a ella hasta que dejó de temblar.

—Dios —dijo cuando recuperó el aire—. Siempre quise saber qué se sentía contigo. Ahora quiero saber a qué sabes tú.

—No tienes que hacerlo —le dije, aunque me moría por ello.

—No me dejé seducir para quedarme con las ganas a medias.

Me desnudó con una torpeza encantadora y yo me tendí boca arriba. Empezó por los pechos, probando, sin saber muy bien la fuerza justa, y aprendiendo rápido. Después bajó y se quedó mirándome de frente.

—No sé cómo se hace —confesó, casi riéndose—. Es la primera vez que veo uno que no es el mío. Guíame.

—Solo hazlo como te gusta que te lo hagan a ti. Empieza pasando la lengua de abajo hacia arriba, hasta el clítoris.

Lo hizo. La sentí dudar al principio y soltarse después, con esa curiosidad de quien descubre algo nuevo y le gusta. Probó, se detuvo a oler, volvió. Cuando puso la lengua sobre el clítoris y la movió en círculos, gemí sin disimulo. Tantos años deseándola y ahí estaba, mi mejor amiga aprendiendo a darme placer, pidiéndome instrucciones entre caricia y caricia.

—¿Lo hago bien? —preguntó, levantando la cara un instante.

—De maravilla. Méteme los dedos mientras sigues con la boca.

Obedeció. Metió dos dedos y los movió al mismo tiempo que volvía a chuparme, dándome mordiscos suaves que me recorrían entera. Tengo el clítoris muy sensible, y cada uno de esos pequeños mordiscos me sacudía como una corriente.

—Mírame a los ojos —le pedí.

Levantó la mirada y la clavó en la mía sin dejar de moverse. Eso fue todo. Me vine en su boca mirándola, incapaz de aguantar el morbo de tenerla ahí.

***

Se acostó a mi lado, sudada y sonriendo, y me dio un beso largo en el que aún quedaba algo de mí.

—¿Para esto era el masaje? —preguntó, con una ceja levantada.

—Yo solo quería que te relajaras —contesté—. No es mi culpa que te excitaras.

—¿No es tu culpa? —se rió—. Te conozco como a la palma de mi mano. Supe para dónde iba la cosa desde que me tocaste el cuello.

—¿Y entonces por qué me dejaste seguir?

—Porque se sentía rico, y porque llevaba meses muerta de ganas. Me dejé llevar. Sabía que tú ibas a saber hacerme gozar; siempre supe que me deseabas.

—No lo voy a negar. Llevo media vida fantaseando con esto.

Se quedó callada un momento, acariciándose la barriga.

—Fue una experiencia distinta a todo —dijo al fin—. Tus manos, tu boca, todo se sentía tan suave. Nunca sentí tanto placer. Casi me arrepiento de no haberlo hecho antes.

—¿Y lo repetirías? —pregunté, sin atreverme a esperar nada.

—Mientras Andrés siga sin tocarme… —dijo, y dejó la frase a medias con una sonrisa que lo decía todo.

Apoyé la cabeza en su pecho y le pasé la mano por el vientre, despacio, sintiendo bajo la palma esa vida que crecía. Ella me enredó los dedos en el pelo. Y nos quedamos así un buen rato, en silencio, sin necesidad de aclarar nada, sabiendo las dos que aquella tarde no había sido la última.

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Comentarios (4)

SofiaVH

Increible, me dejo sin palabras!! hay segunda parte??

Romi_lec

Que lindo relato, quede con ganas de saber como sigue todo entre ellas. Por favor que haya mas!

Pamela_Ctba

Se siente tan real y a la vez tan tierno... no esperaba ese giro tan natural. De lo mejor que encontre en este sitio en mucho tiempo. Gracias por compartirlo

MartaCordobesa

buenisimo este, sin vueltas

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