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Relatos Ardientes

La esteticista que me hizo mucho más que la cera

Ilustración del relato erótico: La esteticista que me hizo mucho más que la cera

El centro de estética quedaba justo enfrente de mi edificio, a no más de cuatro metros si cruzaba la calle en diagonal. Era de esas comodidades que terminan cambiándote la vida sin que lo sepas. Yo me hacía la cera desde siempre, aunque dolía y nunca me acostumbré del todo, porque me duraba muchísimo más que afeitarme y odiaba la sensación de la cuchilla.

La chica que me atendía se llamaba Marina. Y Marina, sencillamente, estaba buenísima.

No era solo el cuerpo, aunque también. Era la manera en que se movía dentro de aquella sala pequeña, segura, sin prisa, como si cada gesto suyo tuviera un motivo. Yo nunca me había considerado lesbiana, ni siquiera bisexual, pero con ella algo se me encendía por dentro que no había sentido con ninguna otra mujer. Y creo que lo notaba.

Entre nosotras siempre había habido una tensión rara. Hablábamos de todo mientras me arrancaba la cera, y la conversación terminaba derivando, no sé cómo, hacia el sexo. Me contaba lo que hacía con su novio, yo le contaba lo del mío, y nos reíamos con una complicidad que no era del todo inocente. Salía de allí caliente, y más de una vez, al llegar a casa, me toqué pensando en sus manos.

Un día me tocaba cita y la llamé.

—Mañana tengo un hueco a media tarde —me dijo—. Ven a esa hora, que no voy a tener a nadie después. Estaremos más tranquilas.

No le di mayor importancia. O quise no dársela.

***

Al día siguiente crucé la calle con esa mezcla de nervios y curiosidad que no sabía explicarme. Marina me hizo pasar directamente a la sala del fondo, cerró la puerta y me explicó que la clienta anterior le había cancelado, así que teníamos hora y media para nosotras solas.

—¿Te hago lo de siempre? —preguntó.

—Sí —contesté, y entonces me animé—. Pero si tienes tiempo, ¿no me darías también un masaje? Te lo pago igual, ando con la espalda destrozada.

Marina sonrió de una forma que no le había visto antes.

—Por el mismo precio —dijo—. Pero desnúdate del todo, que trabajo con aceite y no quiero mancharte la ropa.

Me quité todo sin pensarlo demasiado, aunque sentí su mirada recorrerme un segundo de más mientras dejaba la ropa sobre la silla.

***

Empezó por la cera. Tumbada, con ella inclinada sobre mí, la tensión en la sala era tan densa que casi se podía tocar. Cada vez que sus dedos estiraban mi piel para retirar la tira, yo apretaba los labios para no delatarme. Estaba mojada y ella no podía no haberlo visto. Pero no pasó nada. Terminó, limpió los restos con un algodón tibio y me pidió que me pusiera boca abajo.

El masaje empezó suave, profesional. Hombros, cuello, la zona alta de la espalda. Tenía unas manos firmes que sabían exactamente dónde apretar. Fue bajando despacio, vértebra a vértebra, hasta la cintura, y de ahí a las piernas. Subió por los muslos. Y cuando llegó al borde de mis nalgas, se detuvo.

—¿Sigo hacia arriba? —preguntó en voz baja.

Me quedé callada unos segundos. El corazón me iba a mil.

—Sí —dije al fin—. Haz lo que quieras. Estoy muy estresada.

Las dos sabíamos que no hablaba de estrés.

***

Empezó a tocarme las nalgas poco a poco, con cuidado, como tanteando hasta dónde la dejaba llegar. Yo me dejé llevar. Sus manos fueron ganando seguridad, amasando, separando apenas, y a mí eso me gustaba demasiado. No subía. Se quedaba ahí, insistiendo en la misma zona, y poco a poco descendía un dedo, rozándome justo donde yo quería que me rozara.

Lo notaba. Notaba que ella quería más y que solo esperaba la señal. Sin decir nada, separé un poco las piernas, dejándola pasar.

Fue todo lo que necesitó. Empezó a acariciarme por encima, apenas una caricia, fingiendo todavía que era parte del masaje. Yo no dije una palabra; al contrario, hundí la cara en la camilla y dejé escapar un suspiro. Cuando comprobó que no la frenaba, dejó de disimular. Sus dedos resbalaron entre mis pliegues, despacio, y de pronto sentí uno entrar.

—¿Te gusta? —susurró.

—Sí —jadeé—. No pares.

Metió un segundo dedo. Entonces giré la cabeza, busqué su cara y la encontré encendida, con la respiración agitada igual que la mía.

—No, así no —le dije—. Date la vuelta para que pueda verte. Me está encantando.

***

Me coloqué boca arriba. Marina se quitó la bata sin que se lo pidiera y siguió, ahora con tres dedos, que entraban sin ningún esfuerzo entre lo mojada que estaba y el aceite que aún tenía en la piel. Yo gemía sin contenerme, agarrada al borde de la camilla.

—¿Te quieres correr? —preguntó.

—Claro que sí —respondí—. Pero quiero tu lengua también. Aquí.

No protestó. Sin sacar los dedos, bajó la cabeza y empezó a lamerme el clítoris mientras me llenaba con un dedo más. Sentí la lengua moverse en círculos, presionando justo donde yo necesitaba, y la combinación me arrastró enseguida. Con la otra mano me apretaba un pecho, pellizcando el pezón, y entre eso y su boca me corrí una vez, y casi sin pausa una segunda, temblando entera sobre la camilla.

Solo entonces sacó los dedos y se los llevó a la boca, mirándome a los ojos mientras los chupaba.

***

No pude quedarme quieta. Me incorporé y me lancé a su boca. La besé con ganas, con una urgencia que no había sentido nunca, y todavía le quedaba mi sabor en los labios. Era la primera vez en mi vida que besaba a una mujer, y descubrí que me gustaba aún más probarme a mí misma en ella. Estuvimos así un buen rato, devorándonos, sin separarnos.

Cuando por fin me aparté, la desnudé del todo. Su cuerpo me encantó: tenía unos pechos parecidos a los míos, pero con los pezones más grandes, oscuros, duros, y verlos así me puso todavía más caliente. Empecé a chupárselos mientras la empujaba con suavidad hasta tumbarla sobre la camilla.

—Ahora la del masaje soy yo —le dije al oído—. Pero con la lengua.

Marina soltó un suspiro entrecortado y abrió las piernas.

***

Bajé despacio, dejando un rastro de besos por su vientre, y empecé a recorrerla con la lengua una y otra vez, sin prisa, escuchando cómo su respiración se volvía más rápida. Al rato me pidió que le metiera los dedos. Le metí dos, después tres, entrando y saliendo cada vez más rápido mientras seguía con la boca. La sentía contraerse a mi alrededor.

—Me corro —jadeó—. No pares, por favor, no pares.

Le hice caso. Apreté el ritmo, succioné con fuerza, y ella estalló entre gemidos, arqueándose, diciéndome cosas sucias al oído que solo me ponían más. Cuando se quedó quieta, saqué los dedos y me los llevé a la boca. El sabor de otra mujer era distinto, intenso, y me gustó muchísimo más de lo que esperaba.

***

Pensé que ahí terminaba, pero Marina se levantó, fue hasta su bolso y volvió con un consolador doble, largo, de esos pensados para dos. Me lo enseñó con una media sonrisa.

—¿Lo probamos juntas? —preguntó.

A esas alturas me daba todo igual. Estaba tan caliente que habría hecho cualquier cosa con ella. Me coloqué un extremo, ella el otro, y nos fuimos acercando hasta que nuestros sexos quedaron a un palmo, unidos por aquella cosa que nos llenaba a las dos a la vez.

Empezamos a movernos, a hacer la tijera con un ritmo que encontramos enseguida, y fue una sensación que no había vivido nunca, ni con ningún hombre. Cada empujón de ella me llegaba a mí, cada movimiento mío la hacía gemir. Nos sosteníamos la mirada, jadeando, insultándonos en voz baja como un juego, hasta que las dos nos corrimos casi al mismo tiempo, agarradas la una a la otra.

***

Sacamos el consolador y cada una limpió con la boca su mitad, riéndonos como dos crías. Todavía no teníamos suficiente. Nos tumbamos de nuevo, hicimos un sesenta y nueve, yo abajo y ella encima, y sentir sus pechos contra los míos y su sexo tan cerca de mi boca me volvió a encender por completo. Le metí los dedos de nuevo aunque me pedía solo la lengua; ella me hizo lo mismo. Así seguimos hasta que nos corrimos otra vez, perdida ya la cuenta.

Calculo que estuvimos cerca de una hora. Fue ella la que paró, mirando el reloj de la pared.

—Tengo que dejarlo todo listo —dijo, todavía con la respiración agitada—. La próxima clienta no tarda.

Mientras nos vestíamos, me confesó que no se esperaba que la cosa fuera así, que le había encantado y que quería repetir.

—La próxima vez no te cobro —añadió.

—Encantada —le dije—. Pero búscate un hueco tranquilo. Mi novio llega a casa sin avisar, y todavía no me atrevo a contarle nada.

Marina sonrió y me apartó un mechón de la cara.

—El día que te toque la cera, lo hacemos con calma —prometió.

Volvimos a quedar. Pero eso ya es otra historia, y la contaré en otro momento.

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Comentarios (4)

lectora_cba

Que buenisimo!!! me atrapó desde el primer parrafo y no pude parar hasta el final

ManuelaB

Por favor que haya segunda parte... quede con ganas de saber como siguio todo entre ellas. Muy buen relato!

Valentina_MZ

Esa tension de no saber si la otra siente lo mismo es lo mejor de este tipo de historias. Lo describiste perfecto, muy bien logrado

TomaCba

jaja tremendo relato, el principio es una joya. Sigue publicando!!

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