La lectora de mis relatos quiso conocerme en persona
Andaba por la tercera entrega de una serie que estaba publicando cuando llegó su mensaje. Un correo breve, casi tímido, felicitándome por el último relato y contándome con detalle qué partes le habían erizado la piel. Le respondí por cortesía, sin más intención que la de agradecer. No imaginaba que ese intercambio se convertiría en una costumbre.
Empezamos hablando de tonterías. Del clima, del trabajo, de series que las dos veíamos a deshoras. Tengo que confesar que me caía bien desde el principio: era divertida, leída, con una manera de decir las cosas que me hacía sonreír frente a la pantalla. Estuvimos así cerca de mes y medio, escribiéndonos casi sin pausa.
Por esos días me enfermé, una gripe de las que te dejan tirada en la cama tres jornadas seguidas. Ella estuvo pendiente de mí todo el tiempo, preguntándome si había comido, si me había tomado el jarabe, si necesitaba algo. Me agradó muchísimo, porque la verdad es que pocas personas lo hacen.
Sin darme cuenta, me acostumbré a despertar y encontrar ya un «buenos días» suyo esperándome. Lo mismo al apagar la luz por la noche. Acostumbrarse a esos detalles es facilísimo, y más cuando vienen de alguien que te gusta. Y ella me gustaba. Tanto que pronto me sorprendí extrañándola en los huecos del día, contando las horas para volver a leerla.
Nuestras charlas, de tanto en tanto, se calentaban. Una frase con doble sentido, una insinuación, y de golpe alguna de las dos frenaba, quizá por miedo a arruinar lo que teníamos. Hasta que una noche cruzamos el punto sin retorno. Tuvimos nuestra primera vez por el chat, escribiéndonos cada cosa que nos haríamos si estuviéramos en la misma habitación.
Fue más excitante de lo que cabía esperar de unas líneas de texto. Estuve casi dos horas con el teléfono en una mano, imaginando su voz, su boca, su peso sobre mí. Esta mujer quema, pensé, mordiéndome el labio mientras leía lo que me escribía. Esa noche no dormí, y no me importó.
Después de aquello, todo fluyó distinto. Se nos cayó la vergüenza de encima y ya no había tema vedado entre nosotras. Avanzamos tanto, tan rápido, que terminamos quedando en vernos. Una cita de verdad, las dos, cara a cara.
Esperé ese día con una mezcla de ansiedad, nervios y un terror sordo. ¿Y si después de todo esto no le gusto?, me repetía. ¿Y si lo que funciona en la pantalla se apaga en persona?
***
El día llegó. Había sido una jornada agotadora en el trabajo, así que apenas crucé la puerta de casa me metí a la ducha y me vestí con lo mejor que tenía colgado en el armario. Quería impresionarla. Quería que, al verme, no se arrepintiera de haber salido de su casa esa noche.
Cuando llegué al bar y la vi sentada junto a la ventana, me quedé clavada en el sitio. Sabía que era guapa, había visto sus fotos decenas de veces, pero lo que mi cabeza había construido se quedaba corto frente a la mujer que tenía delante. Renata me llevaba siete años y se notaba en cada gesto: la seguridad de quien sabe lo que vale, el porte de quien se cuida. Tenía un escote que parecía a punto de rendirse, y juro que necesité un esfuerzo sobrehumano para sostenerle la mirada en los ojos cada vez que me descubría bajando la vista.
Ella también me reconoció. Se levantó, vino hacia mí y dejé un beso suave en su mejilla, aprovechando para inhalar su perfume. Olía a algo cálido, a madera y a piel limpia, y ese solo detalle me revolvió por dentro.
—Eres todavía más guapa que en las fotos —dijo, y noté que lo decía en serio.
La cena estuvo deliciosa, pero más lo estuvieron las miradas furtivas que cruzamos sobre los platos, cargadas de una intención que las dos entendíamos sin nombrarla. Una mujer de treinta y cuatro y otra de cuarenta y uno, sentadas frente a frente, sabiendo perfectamente a qué habíamos ido. Esa noche alguien no iba a dormir en su propia cama, y ninguna de las dos fingió lo contrario.
Después de cenar fuimos a un local pequeño a tomar una copa y a bailar. El alcohol aflojó lo poco que quedaba de timidez. Entonces sonó una canción, una de esas lentas que parecen escritas para empujar a la gente, y nos encontramos mirándonos fijo a los ojos, muy cerca.
Nos besamos. Empezó como un roce, apenas labios buscándose. Pero enseguida se convirtió en otra cosa, una pelea suave de lenguas en la que cada una intentaba dominar a la otra. Cuando nos separamos fue por falta de aire, no por ganas de parar. Nos miramos. No hicieron falta palabras: las dos sabíamos qué necesitábamos.
***
Salimos de ahí casi corriendo. Subimos a mi coche y arranqué, pero no sin antes besarnos de nuevo, esta vez con las manos sueltas. Las mías treparon hasta sus pechos, los apreté por encima de la tela y luego me colé bajo el escote para sentir, por primera vez, la dureza de su pezón entre mis dedos.
En un movimiento rápido, Renata se pasó al asiento del conductor, encima de mí, encajada entre mi cuerpo y el volante. Eché el asiento un poco hacia atrás para que estuviera cómoda y le bajé el escote hasta liberarle los pechos. Verlos así, a la luz tenue de la calle, me volvió aún más loca.
—Tienes unas tetas increíbles —murmuré.
—Son tuyas —respondió ella, agarrándome la cabeza—. Cómetelas.
—Eres preciosa —dije contra su piel.
—Trátame mal —susurró entonces, con la voz rota—. Trátame como a una cualquiera.
Yo nunca había hecho eso, nunca había insultado a nadie en la cama. Pero a ella le encendía algo, lo veía en cómo le temblaban los muslos, y quién era yo para negarle nada a esa mujer dispuesta a todo esa noche.
—Eres una descarada —le dije, probando, sintiéndome torpe—. Mi descarada.
—Sí —jadeó—. Sigue.
Solté un par de frases más, algunas me salieron rígidas, sin gracia, pero a ella la excitaban igual. Metí la mano bajo su ropa interior y encontré su clítoris ya hinchado. Lo acaricié en círculos, despacio primero, más firme después, hasta que su respiración se descontroló y se corrió contra mi mano, mordiéndome el hombro para no gritar.
La cosa no terminó ahí. Cuando se calmó, me bajó el pantalón y se acomodó como pudo en el espacio imposible del coche para buscarme con la boca. La postura era incomodísima para ella, pero aun así llegaba a donde tenía que llegar, y la combinación de su lengua y lo prohibido de la situación me hizo terminar en pocos minutos. Después subió, me besó con mi propio sabor en los labios, y arranqué de nuevo hacia mi casa. La noche prometía.
***
Llegamos, nos servimos otra copa y nos besamos en el salón. Renata me pidió que pusiera música. Lo hice, y entonces me empujó hasta sentarme en el sofá y empezó a bailar para mí, un baile lento y deliberado que me dejó hipnotizada. Fue quitándose la ropa prenda a prenda mientras yo hacía lo mismo desde mi sitio, incapaz de apartar los ojos.
Cuando las dos quedamos desnudas, se sentó a horcajadas sobre mí y por fin no hubo nada entre su piel y la mía. Me encantaba su olor, así que bajé hasta su cuello y me quedé ahí un buen rato, sintiendo sus gemidos directos en mi oído. Esa era la mejor música de la noche.
Se puso de pie sobre el sofá y acercó su sexo a mi boca. La recibí con ganas, lamiéndola de abajo hacia arriba, demorándome en su clítoris mientras dos de mis dedos jugaban en su entrada, trazando círculos sin llegar a hundirse. Ella enredó los dedos en mi pelo para que no me moviera de ahí. No tardó en gritar, y sentí su humedad bañándome la cara.
Cuando bajó y volvió a sentarse, tenía las mejillas encendidas, los ojos perdidos, la respiración entrecortada. Estaba preciosa así, deshecha.
Me levanté con ella en brazos y la llevé hasta mi cama. La tendí boca arriba, acomodé mi sexo contra el suyo y empecé a moverme con un ritmo lento que fue ganando fuerza. Desde arriba veía su cara descompuesta de puro placer. Le levanté una pierna, le alcancé el pie y le lamí cada dedo despacio, uno por uno, y eso la encendió de una forma que no esperaba: gemía, gritaba, me pedía más, y yo le susurraba esas cosas sucias que tanto le gustaban.
Sacó fuerzas de algún lado y cambiamos de postura. Ahora ella estaba arriba, brillante de sudor, moviéndose sobre mí con una entrega salvaje. Unos minutos después nos corrimos casi a la vez, y se dejó caer a mi lado, boca abajo, agotada.
—Esto es increíble —dijo entre jadeos—. Estoy muerta y quiero más.
—No hemos terminado —le contesté.
Del cajón donde guardo mis cosas saqué un par de juguetes. La preparé despacio, alternando la boca y las manos, escuchándola gemir cada vez más alto. Después me coloqué yo, y cuando estuvo lista se subió encima. Yo, sentada en la cama, la sujetaba por las caderas con un pezón suyo en mi boca mientras ella cabalgaba sin freno.
La cambié de posición, de espaldas a mí, y la imagen de su cuerpo recibiendo cada embestida, sumada a los insultos que ella misma me pedía, me llevó al límite. Terminamos las dos otra vez, ya sin aire, y se desplomó sobre mí entre risas y temblores.
***
La arropé. A los pocos minutos se había quedado dormida, y a mí me parecía irreal estar ahí, con una lectora de mis relatos respirando despacio contra mi pecho.
A la mañana siguiente me despertó su boca entre mis piernas. No tardé nada en correrme. Después subió, me dio unos besos perezosos y me deseó los buenos días como si lleváramos años haciéndolo.
Nos quedamos un rato conversando en la cama. Me dijo que la noche le había encantado, y por supuesto fue recíproco. Me habló de sus gustos, de sus fantasías, y entre ellas había una que le brillaba especialmente en los ojos: le encantaba que la miraran y que la insultaran mientras gozaba. Me confesó que soñaba con que alguien la viera entregarse así.
Renata es una mujer fascinante, y no pienso cerrarle la puerta a ninguna de esas fantasías. Tengo mucho que aprender de ella, de lo que la enciende, de lo que la rinde, y estoy más que dispuesta a hacerlo. Porque, si de mí depende, esto va para varias temporadas.
Nos duchamos juntas, la acaricié bajo el agua hasta dejarla temblando otra vez, nos vestimos y salimos a desayunar fuera. Luego la dejé en su casa, no sin antes despedirnos con un beso largo que sabía a promesa.