Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La cala secreta que nos cambió la tarde entera

—Joder, están todas las playas a reventar. Es de locos —resopló Carla desde el asiento del copiloto, abanicándose con un folleto del hotel.

—Mira en TikTok, a ver si alguien ha colgado algún sitio menos turístico —respondí, intentando no perder la curva.

—Nada. Lo de TikTok es un timo. ¿Y si nos vamos a una piscina y olvidamos lo de la arena?

—Vaya idea de mierda, Sofi. Yo quiero playa. Me he traído el bikini nuevo y nadie lo ha visto todavía.

—Pues piensa tú, lista. ¿Y si nos metemos por aquel pinar? Igual hay alguna calita escondida detrás.

Carla me miró como si le hubiera propuesto bajar al infierno en chanclas, pero a falta de algo mejor terminó por ceder. Aparqué el coche en el arcén, agarramos las toallas y nos adentramos en aquella maraña de pinos retorcidos. El suelo estaba lleno de piñas secas y el aire olía a resina caliente.

—Espero que merezca la pena. Si me corto un dedo del pie te juro que te dejo aquí tirada —protestó Carla, tropezando por enésima vez con una raíz.

—Calla y camina, princesa.

Tras unos diez minutos de zigzaguear entre arbustos, el pinar se abrió de golpe y apareció ante nosotras una cala minúscula, apenas treinta metros de arena fina encajados entre dos paredes de roca. El agua era de un turquesa tan limpio que parecía pintado. No había sombrillas, ni neveritas, ni gritos de niños. Solo el rumor de las olas y, en un rincón del lateral derecho, dos chicas tumbadas sobre toallas de colores.

Desnudas.

—Hostia, Carla, mira eso —susurré agarrándola del brazo.

Mi amiga frenó en seco y soltó una de sus risitas nerviosas.

—Tía, qué suerte la nuestra. De verdad.

Las dos chicas debían tener nuestra edad, veintipocos como mucho. La de la izquierda era alta, con curvas generosas y una melena negra que le caía hasta media espalda. Llevaba unas gafas de pasta que le sentaban tan bien que casi parecían parte del bikini que no tenía puesto. Su sonrisa era ancha, divertida, sin un gramo de vergüenza por estar como estaba.

La otra era otra cosa. Otra cosa completamente. Morena, de pelo liso y largo, ojos de un verde casi imposible y un cuerpo dibujado con compás. Estaba sentada con las rodillas dobladas hacia un lado, apoyada en un brazo, y cuando giró la cabeza para mirarnos sentí que algo dentro de mí se desplazaba unos cuantos centímetros.

—¡Hola, chicas! —saludó la primera, agitando la mano—. Bienvenidas a nuestro paraíso particular. Yo soy Daniela, y esta de aquí, la guapa oficial, es Renata.

—Anda ya, Dani. Encantada —dijo Renata, y su voz era ronca y baja, de las que se quedan pegadas.

—Yo soy Carla… y ella, Sofía —presentó mi amiga, claramente desbordada—. Lo siento si os hemos invadido el rincón.

—Nada de invadir —contestó Daniela—. Solo os pedimos un favor: no se lo contéis a nadie. Lleva tres veranos sin gente y queremos que aguante otros tres más, ¿sabéis?

—Eso por descontado —prometí, intentando no quedarme demasiado fija en Renata. Lo conseguí más o menos un segundo y medio.

—¿Hace falta quitarse el bañador? —preguntó Carla, que ya estaba toqueteando el nudo de la espalda.

—Obligatorio no es —rio Renata—. Pero la primera vez que pruebas la arena en la piel entera entiendes por qué nosotras no nos lo volvemos a poner.

—Pues yo me lanzo —solté antes de pensarlo. Bajé el tanga, dejé caer la parte de arriba sobre la toalla y me quedé ahí, las dos manos en las caderas, fingiendo una seguridad que solo estaba a medias.

—Hala, pues si te quitas tú no voy a ser yo la única tonta vestida —se rindió Carla, peleándose con el lazo del cuello.

Y así nos plantamos las cuatro, cuatro cuerpos distintos en treinta metros cuadrados de arena, sin más pacto que el de no mirar más de la cuenta. Pacto que ninguna íbamos a cumplir, evidentemente.

Sentí un escalofrío recorrerme por dentro cuando me agaché a abrir la mochila. Algo cálido bajó por la cara interna de mi muslo y desapareció en la arena antes de que pudiera disimularlo. Levanté la vista de golpe y me topé con los ojos de Renata. Ella no dijo nada. Solo sonrió un poco de lado, como quien guarda un secreto que aún no piensa usar.

—¿Os apuntáis a un partidito de vóley? —propuso Daniela, señalando una red improvisada con dos palos clavados en la arena—. Lo montamos nosotras la semana pasada. Quedó cutre, pero funciona.

—Vamos —aceptó Carla.

Carla y yo en un campo, ellas en el otro. Jamás en mi vida había jugado al vóley desnuda, y jamás en mi vida había prestado tan poca atención al balón. Cada vez que Renata se estiraba para sacar, el sol le marcaba la línea de la cintura y mis ojos hacían el resto del trabajo. Carla me chillaba que despertase, que el balón iba para mí, que era inútil, y yo me reía con la boca abierta sin poder soltar el bobo encantamiento.

—Que sois unas patatas —se burló Daniela cuando perdimos por cuarta vez consecutiva.

—Y vosotras unas chulas —contraataqué.

—Y unas guapas —añadió Renata mirándome directa, sin pestañear. Sentí calor en sitios que el sol no podía alcanzar.

—¿Y si jugamos a verdad o reto? —se me escapó.

***

Volvimos a las toallas y nos sentamos en círculo, todavía agitadas por el partido. Daniela puso en el centro una botella de agua medio vacía y le dio el primer giro. El tapón se detuvo apuntándola a ella misma.

—Anda mira qué casualidad. Verdad.

—Dani, dime la verdad —pidió Renata con una cara muy seria—. ¿Es cierto que usaste el cepillo del pelo de tu prima como sustituto cuando se te rompió el otro?

—¡Eres una hija de…! —se rio Daniela, cubriéndose la cara con las manos—. Sí, vale, lo confieso. Pero el cepillo era nuevo, y mi prima nunca lo supo, así que no estoy traicionando a nadie.

—Eres una guarra, Dani —rio Renata.

—Como Sofía, vamos —metió cuchara Carla, traidora.

Le clavé los ojos prometiendo venganza y giré la botella yo misma. Cómo no, se paró señalándome a mí.

—Verdad —dije, porque elegir reto con Renata mirándome así me parecía demasiada responsabilidad.

—Sofía, Sofía —canturreó Renata, acercándose un palmo—. ¿Es verdad que te pongo?

El aire se me atascó en algún sitio entre el pecho y la garganta. Daniela soltó una risa contenida. Carla me miraba con las cejas levantadas, esperando.

—Eso… no es mentira —respondí con toda la dignidad que pude reunir, que no era mucha.

—A ver, no es para tanto —intervino Carla, partiéndose—. Renata, te has mirado un espejo últimamente, ¿no? Le pones a Sofía, me pones a mí y le pondrías a la estatua del paseo marítimo. No es noticia.

—Tonta —murmuró Renata, encantada con el cumplido. Hizo girar la botella ella misma, y el destino, que es un cabrón con buen gusto, la dejó apuntándose a sí misma.

—Reto, que no soy cobarde.

—Te reto —dije con un hilo de voz— a que me metas un dedo.

Carla soltó un «hostia» que se oyó en toda la cala. Daniela ladeó la cabeza, divertida y atenta a la vez. Renata me miró un segundo larguísimo, como midiendo si yo estaba de broma o no.

—Vale —contestó.

Se arrodilló frente a mí en la arena. Me apoyé sobre los codos hacia atrás, casi sin respirar. Su dedo corazón se hundió despacio, encontró el punto exacto a la primera y, antes de que pudiera procesar nada, mi cuerpo entero estaba apretado en torno a esa única sensación. Apenas hubo movimiento, apenas hubo tiempo. Mordí el dorso de mi propia mano para no gritar. Cuando retiró el dedo, lo levantó frente a las otras dos como si fuera un trofeo y se lo chupó muy despacio, sin apartar los ojos de los míos.

—Tu turno, Dani —dijo después.

Daniela giró la botella casi sin mirarla, demasiado pendiente de la escena. Se paró marcándome de nuevo a mí. Resoplé.

—Otra vez. Reto, entonces.

—Sofía —pronunció Renata mi nombre como si fuera una llave—, te reto a que me lo devuelvas.

Me levanté sin contestar. La toalla bajo mi cuerpo había quedado marcada con una mancha pequeña, redonda y húmeda. La vi y no me importó. Me arrodillé a su lado, busqué con cuidado, encontré, entré. Renata cerró los ojos y dejó escapar un sonido grave que no se parecía a nada que hubiera oído antes. Lo moví como ella lo había movido en mí. Cuando lo saqué, me lo llevé a la boca y aprendí, por primera vez, a qué sabía ella.

—Última ronda —pidió Carla con la voz pastosa—. Y para que conste, yo quiero verdad. Que llevo cinco minutos invisible.

—Carla… —empezó Renata—. ¿Te gustaría foll…?

No terminó la pregunta. Yo ya me había echado encima de ella, comiéndole la boca con el hambre acumulada de toda la tarde. Renata me devolvió el beso a la vez que volvía a meter el dedo, esta vez con la promesa de no sacarlo en un rato largo. Sentí, sin verlo, el peso cálido de Daniela apretándose contra mi espalda, sus pechos rozándome los omóplatos, sus manos buscando por delante.

—Pues va a ser verdad eso de que todos los caminos llevan a Roma —dijo Carla, antes de unirse al lío.

***

No sabría decir cuánto tiempo estuvimos rodando por la arena. La cala era pequeña, el sol bajaba despacio, y nadie tenía especial interés en mirar la hora. Renata me empujó tumbada sobre la toalla y se acomodó entre mis piernas con una calma que daba miedo. Su lengua trabajó sin prisa, dibujando el mismo círculo lento hasta que empecé a perder la noción de qué dedo era mío y qué dedo era suyo. El segundo orgasmo me llegó casi sin avisar, encajado contra el primero, y la oí reírse contra mí, satisfecha.

A mi lado, Carla había acabado a horcajadas sobre la cara de Daniela, agarrada al palo del vóley como si fuera la barandilla de un barco. Daniela tenía las manos clavadas en su culo, marcándole el ritmo, y mi amiga, que en la vida había mirado a otra chica con esos ojos, gemía sin pudor mirando al cielo.

Después fue al revés. Después fueron tijeras. Después fue Daniela quien me lamió a mí, con una técnica diferente, más golosa, más juguetona. Descubrimos, sin proponérnoslo, que Renata era multiorgásmica. Descubrimos también que la arena se mete por todos sitios y que las cuatro nos íbamos a estar quitando granitos durante días.

Cuando el cielo empezó a teñirse de naranja, las cuatro estábamos tumbadas en fila, con los pies en el borde del agua y la piel calentita pegada al cuerpo de la de al lado. Renata tenía la cabeza apoyada en mi hombro. Daniela jugaba a hacer dibujitos con el dedo en la barriga de Carla.

—Mañana volvemos —dijo Carla, mirando al techo de nubes rosas.

—Mañana volvéis —corrigió Daniela—. Las primeras en llegar montan el campamento.

—Y os esperamos —añadió Renata, girando la cabeza hacia mí—. ¿Verdad que sí?

No le contesté con palabras. Le di un beso lento, salado y muy serio.

***

Carla y yo nos vestimos cuando ya casi no se veía. Antes de irnos, las cuatro nos despedimos de la única manera que nos parecía sensata: con un dedo cada una, breve, casi una broma, casi una firma.

De vuelta al coche, atravesando el pinar a oscuras con la linterna del móvil, Carla soltó una risa nerviosa.

—Llevamos tres días seguidos mojando, Sofi. Tres.

—No te quejarás de las vacaciones.

—Por cierto, ayer te dejaste las bragas en mi casa. ¿Vienes a por ellas cuando lleguemos? Será un momento.

No fue un momento. Tampoco esa noche dormimos demasiado. Pero ya conocíamos el camino al pinar, y eso, en el fondo, era lo único que importaba para los días que venían.

Valora este relato

Comentarios (2)

CaroP

que calor hace leyendo esto!!!

CuriosaLect22

Por favor que haya segunda parte, no puedo quedarme asi...

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.