Mi captora me ordenó bañarme frente a ella
La curiosidad fue lo que casi me cuesta la vida.
Cualquiera con dos dedos de frente se aleja cuando huele el peligro. Yo me quedé. No sé si fue terquedad, ese ego mío de querer controlar algo por una vez, o el chorro de adrenalina que me nubló cualquier rastro de sentido común.
Da igual. La razón ya no importa. Lo que importa son mis brazos atados a la espalda, el escozor en los tobillos por las gasas que me amarran a la silla y la venda que me tapa los ojos. Todo eso me recuerda, una y otra vez, en qué demonios estaba pensando cuando dije que sí.
Han pasado dos o tres horas. El miedo me sube por la garganta como bilis. Lo único que me sostiene es la promesa de mi padre.
Me llamo Camila, tengo veintitrés años recién cumplidos y, hasta hace una semana, vivía con él. Ni soy delgada ni soy rellenita, estoy en el medio, aunque mis pechos siempre fueron lo primero que veía la gente. Mi madre murió en el parto, mi padre era veinticinco años mayor que ella y me crió como pudo: con cariño y con mano dura, a la antigua. Mi vida entera estuvo decidida por lo que él consideraba bueno para mí. Aun cuando ya tenía edad y trabajo para irme, no me animaba a dejarlo solo. Si a eso le sumamos mi pésima puntería para elegir hombres, era natural que me quedara en mi rincón cómodo.
Lo que no supe hasta hace tres días era que mi padre, ese hombre santo que nunca levantaba la voz, llevaba años hundido hasta el cuello en apuestas. Le debía dinero a gente que no negocia. Cuando vinieron a buscarlo, fui yo quien abrió la puerta. Cuando lo iban a moler a golpes delante de mí, fui yo quien se ofreció como garantía. Brillante, lo sé.
Escucho pasos acercándose por el pasillo. Una voz grave, de hombre, da una orden.
—Llévatela contigo. No confío en estos animales.
—Jefe, estoy con lo del sur. No tengo tiempo para hacer de niñera —responde otra voz. Es de mujer. Ronca, áspera, fastidiada.
—No te estoy preguntando, DM. Te las arreglas.
—Sí, señor.
El corazón se me dispara. Hablan de mí como si fuera un mueble que estorba. Lo único que me consuela, y de qué poco me sirve, es que sea una mujer la que se hace cargo.
—Camina, mocosa —me dice empujándome por el hombro.
Las piernas me tiemblan, pero no quiero darle motivos para que esto empeore. Me dejo guiar a ciegas hasta un auto. Adentro, el silencio es peor que cualquier amenaza. Maneja como si la autopista fuera de su propiedad. Intento contar curvas, memorizar giros, pero a los cinco minutos pierdo la cuenta. En las películas parecía mucho más fácil.
Cuando llegamos, me tira sobre algo blando. Un colchón que cruje, viejo, hundido en el medio.
Me arranca la venda de los ojos solo para usarla como mordaza.
Frente a mí hay una mujer alta, de hombros marcados y brazos que se adivinan duros incluso debajo de la campera. Lleva el pelo recogido en una coleta tirante. Sus ojos no transmiten nada que se parezca a la piedad.
Me agarra de la barbilla y me obliga a mirarla.
—Escúchame bien, mocosa. Si pensaste que conmigo ibas a estar a salvo, te equivocaste. Te puedo hacer lo mismo que cualquier hombre, o peor. Así que no me tientes. Una sola estupidez y la pagas. ¿Entendido?
Asiento con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—Perfecto.
Me suelta las manos, me saca la mordaza. Su tacto, cuando me roza la mandíbula al desatarme, me eriza la piel de un modo que no entiendo. Y cuando se inclina, su olor —algo entre cuero y limón— me envuelve por completo. Una mezcla de miedo y de algo más caliente me sube desde el estómago. ¿Qué diablos me está pasando?
***
Cuando me dejan sola, repaso la habitación. No está tan inmunda como esperaba. Un colchón en el suelo, una luz amarilla que da dolor de cabeza, algo parecido a un inodoro en una esquina, ni una ventana, y una puerta con tres cerrojos. Pienso en cuántas personas habrán estado en este cuarto antes que yo y cómo habrán terminado. Pienso en mi padre. Pienso en DM.
Pienso en DM demasiado.
***
A la mañana siguiente, la puerta se abre y un golpe seco me despierta: una hamburguesa envuelta en papel grasiento y una botella de agua. DM se sienta en la silla, cruza las piernas y me mira comer sin pestañear. Tarda dos minutos en parpadear y siento cada uno de ellos.
La rutina se repite. Dos días de almuerzos en silencio, ella observando, yo masticando. El silencio entre nosotras empieza a tener forma propia.
El tercer día algo cambia.
—Levántate, caramelito.
—¿Mi padre…? —titubeo—. ¿Ya pagó?
—Ja. Cuánta inocencia. A ese viejo le quedan los días contados. Mejor ve olvidándote de la libertad.
Trago saliva. La amargura me sube por la garganta como un veneno.
—Toma. Toalla y ropa limpia. Báñate. Tómate el tiempo que necesites, que falta te hace.
—¿Pero te vas a quedar acá?
—¿A dónde más pretendes que vaya? De aquí no me muevo hasta que termines. Empieza.
—No… por favor, así no… —Mi voz sale rota.
No alcanzo a terminar la frase. La bofetada me parte el labio. El sabor metálico de la sangre me llena la boca antes de que entienda lo que pasó. Las lágrimas salen sin permiso.
—Cuando te ordeno algo, lo haces sin chistar. ¿Está claro, caramelito?
—Me llamo Camila —murmuro, y no sé de dónde saqué las fuerzas.
—Te llamo como se me antoje, mocosa.
La segunda bofetada me acierta cerca del ojo. Suelto un gemido y entiendo, en ese instante, que esta pelea no la voy a ganar. La opción es clara: o me convierto en su saco de boxeo, o hago lo que me pide y me ahorro el dolor.
***
Me desvisto despacio, con la cabeza baja. La corriente de aire frío me eriza los pezones antes de que pueda meterme bajo el chorro de la ducha. La vergüenza me arde más que el labio. Intento ignorarla, pretender que está mirando la pared, pero su respiración —más agitada de lo que debería— delata otra cosa.
—De frente. Quiero verte. —Esta vez no grita. La voz le sale contenida, casi áspera.
Obedezco.
—No te lavaste los pechos. Báñate bien. No me hagas perder el tiempo.
Respiro hondo. Agarro la esponja y empiezo a pasarla por mí misma, lentamente, sintiendo cómo la espuma se desliza por los pezones erizados. Es una tortura. Y ella lo sabe.
—Buena chica. Mírame mientras lo haces.
La miro. Hay una sonrisa torcida en su cara y un brillo en los ojos que me acelera el pulso. Me muerdo el labio sin querer, justo donde me golpeó. La sangre vuelve a brotar. Me llevo los dedos a la boca para limpiarme y, cuando levanto la vista, DM ya está adentro de la ducha conmigo. Vestida, empapada, peligrosa.
—Tranquila. —Me pasa el pulgar por la herida y se chupa el dedo con un ruidito que me derrumba.
Mi cerebro se desconecta.
Me quita la esponja. Sigue ella el trabajo que yo dejé a medias. Me restriega los brazos, el cuello, el abdomen, los costados de los pechos sin tocar los pezones. Me está provocando y se nota que disfruta cada segundo.
Cuando la esponja baja por fin entre mis piernas, no puedo evitar un gemido. Pequeño, ahogado, traidor.
Ella reemplaza la esponja por los dedos. La delicadeza se evapora. Los círculos sobre mi clítoris son lentos, calculados, hasta que dejan de serlo.
—Espera… esto no está bien —balbuceo.
—¿Y esto? —Me penetra de golpe—. ¿Te parece bien?
—Ahhh…
—Ya veo que sí.
No estaba bien. Me estaba violando, ¿no? Me estaba violando. Y yo estaba empapada, no por la ducha. Sus dedos resbalaban con una facilidad obscena dentro de mí. Mete y saca, mete y saca, mientras con el pulgar dibuja círculos sin tregua sobre mi punto más sensible.
De pronto, su mano libre me agarra el cuello. La presión aumenta. El aire se me empieza a ir. Cuando creo que me voy a desmayar, afloja, me deja respirar, y vuelve a apretar. La rabia con la que me domina debería darme asco. No me lo da. Me pone más caliente que cualquier cosa que recuerde haber sentido.
Las piernas se me convierten en gelatina. La cosquilla en el bajo vientre se vuelve insoportable. Me sostengo de su campera empapada, pego un grito que ni sé si es de placer o de pánico, y me derrumbo contra su cuerpo. Todo da vueltas. No quiero abrir los ojos. No quiero volver al cuarto, ni a la silla, ni a la idea de mi padre.
—Esto no se acabó, Camila —me susurra al oído.
Escuchar mi nombre me devuelve a tierra de un golpe.
***
Me lleva de la mano hacia otra habitación. Una más amplia, una cama de verdad, sábanas que parecen sábanas. La suya, supongo. Me tira sobre el colchón y, en cuestión de segundos, está desnuda. La ropa empapada queda hecha un bulto en el piso.
Se sube encima, me sostiene las muñecas por encima de la cabeza, me besa el cuello con una mezcla de mordiscos y lametones que me roban el aire. No tengo defensas. Vuelvo a caer en sus garras.
—Más… —se me escapa.
—¿Quieres más? —Sonríe, victoriosa.
—Sí.
—¿Cómo se dice? —Su lengua recorre uno de mis pezones como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Por… favor… más.
Se acomoda entre mis piernas y aprieta su sexo contra el mío. El calor, la humedad, los pliegues de ella ajustándose a los míos, ambas hinchadas, sensibles, urgentes. Es una sensación nueva para la que mi cuerpo no estaba preparado.
Cada vaivén suyo es preciso. El sonido húmedo del roce, nuestros jadeos sincronizados, todo arma una música que no sabía que existía. Por primera vez quiero darle yo a ella. Quiero que pierda el control igual que me lo hizo perder a mí.
La agarro de la cintura para forzar el ritmo. Sé que es biológicamente imposible, pero juro que quiero tenerla adentro.
Empiezo a moverme con ella. La cara que tiene ya no es de odio. Es de rendición. Las gotas de sudor le caen por la frente, los pechos le rebotan al compás. Termina haciendo más por mí que para sí misma. La que se viene de nuevo soy yo.
—Nooo… aaaghh.
—Uf, casi termino —dice agitada y se separa de golpe.
—No sé cómo aguantaste tanto —digo entre suspiros.
—No es que yo aguante. Tú no aguantas nada. ¿Hace cuánto que no te tocaban así? O mejor dicho, ¿alguna vez te tocaron como yo lo hice?
Mi silencio responde por mí.
—No me digas que fui tu primera mujer.
Mi silencio vuelve a contestar.
—Uf. Menos mal que dejé lo mejor para el final.
Sube por mi cuerpo. Su sexo queda a centímetros de mi cara. Siento un calor extraño en las mejillas. No tengo idea de qué hacer.
—Saca la lengua, caramelito. Y toma aire, porque te voy a ahogar.
Le hago caso, rezando para no morir en el intento. Me enreda el pelo en su puño y deja caer todo su peso. El sabor de las dos mezclado me sabe a algo prohibido y delicioso a la vez. Al principio me cuesta respirar y coordinar. Después, todo encaja.
Sus gemidos se vuelven graves. Echa la cabeza hacia atrás. La fortaleza que mostraba antes se desarma frente a mí. Por debajo de la cara dura hay una mujer que necesita algo más simple que dominar: necesita compañía. Calor. Que alguien la sostenga sin pedirle nada a cambio.
Esa idea me da combustible. Acelero la lengua, la succiono, le entierro las uñas en las nalgas. La siento desmoronarse en mi boca.
—Ahhh… mmh… qué zorrita me saliste —murmura antes de dejarse caer a mi lado.
Sonrío mirando al techo. El silencio vuelve, pero es otro. Está cargado. Hay cosas que no se han dicho. Cosas que tal vez no se digan nunca.
Mañana cumple el plazo de mi padre. Y yo, en lugar de pensar en cómo salir de aquí, estoy pensando en cuánto va a tardar DM en volver a la cama.
Algo me pasó en esa ducha. Algo que no voy a poder explicarle a nadie. Tampoco sé si quiero.
***
[continuará]