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Relatos Ardientes

Crucé el portal de la tienda y ella me esperaba

«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia», eso dicen los manuales. Yo no entendí del todo esa frase hasta el día en que entré a una tienda de lencería del centro y salí, casi sin darme cuenta, a una calle que no figuraba en ningún mapa de mi mundo.

Llevaba meses como sujeto de pruebas del programa. El túnel era una tecnología que ni siquiera los científicos sabían explicar: una grieta entre realidades que abría paso a otros tiempos, a otros lugares o, a veces, a mundos que solo existían en libros o en películas. Mi trabajo consistía en cruzarlo, vivir lo que tocara vivir y volver a contarlo.

Aquella mañana no buscaba aventura. Solo quería un bikini nuevo antes de las vacaciones.

La tienda era pequeña, casi clandestina, con luz cálida y olor a lavanda. En cuanto empujé la puerta, la vi. Una chica subida a una escalera, ajustando un trikini a un maniquí. Llevaba una minifalda vaquera tan corta que, si se inclinaba un centímetro más, se le habrían visto las nalgas. La espalda desnuda, los hombros pecosos, el pelo recogido en una coleta despeinada. Tenía el tipo de cuerpo que obliga a apartar la mirada y volver a mirar enseguida.

Me entretuve fingiendo curiosidad entre los percheros mientras la espiaba de reojo. No me acerqué. No quería pasar por mirona el primer minuto, aunque la tentación de cruzar la tienda para comprobar lo que escondía esa falda fuera enorme.

Cuando por fin bajó de la escalera, vino hacia mí con una sonrisa que parecía ensayada de tanto repetirla.

—Hola, soy Hina. ¿Te puedo ayudar?

—Buscaba algo pequeño. Algo para el verano —dije, intentando que la voz no me delatara—. Cuanto más provocativo, mejor.

—Entonces tengo lo que necesitas. Sígueme.

Me condujo al fondo del local, a un rincón que no se veía desde la entrada. Allí, colgadas dentro de fundas transparentes, había prendas que yo solo había visto en revistas y en sex shops disimulados. Bikinis hechos de cuatro cordones, microbañadores que apenas cubrían los pezones, conjuntos de encaje pensados para no llevarse más de diez minutos puestos.

—¿Te gusta algo? —preguntó.

—Sí —contesté, mirándola a ella en lugar de a la mercancía.

Sonrió de medio lado.

—Eso no está a la venta. Pero podría prestarlo si me interesa la clienta.

Estaba a punto de contestar cuando la tienda entera se llenó de una luz azul, densa, vibrante, como si alguien hubiera encendido un relámpago dentro de las paredes. No fue mi cuerpo el que se iluminó, como las otras veces. Fue todo el local. Hina y yo nos miramos sin entender, y entonces, durante un instante muy breve, dejé de pesar.

***

Cuando abrí los ojos, la tienda seguía siendo la misma. Y a la vez no lo era.

Las paredes habían cambiado de textura, como si estuvieran dibujadas con un pincel gigante. Los colores eran imposibles: rosas demasiado rosas, azules que parecían vibrar. El maniquí del trikini tenía ahora ojos enormes, brillantes, y miraba al techo con una expresión de muñeca asustada.

Hina seguía a mi lado, pero también había cambiado. Su pelo, antes castaño, era ahora negro y largo, le caía como una cascada de tinta hasta la cintura. Sus ojos se habían vuelto inmensos, casi caricaturescos. La falda vaquera había mutado en un vestido de seda corto y ceñido, con un corte chino en el costado que dejaba a la vista todo el muslo.

Me giré hacia el espejo y casi grité. Yo también había cambiado. Mis pechos eran más grandes, los pezones se marcaban con descaro contra una camiseta de licra que el túnel había decidido ponerme sin pedirme opinión. Tenía la cintura imposible, las piernas larguísimas, los ojos enormes y la piel sin un solo defecto.

Esto es un anime. Me ha metido dentro de un anime.

Hina me cogió de la mano. Estaba temblando.

—¿Qué nos está pasando? —susurró.

—Tranquila —dije, intentando creerme yo misma esas palabras—. No te va a pasar nada. Te lo prometo.

Salimos a la calle y la ciudad nos golpeó como una ola.

Era Tokio, pero un Tokio que no podía existir. Rascacielos imposibles junto a templos de madera. Colegialas con uniformes microscópicos cruzando la acera y mirando con curiosidad a un grupo de samuráis con armaduras de bambú. En la colina, a lo lejos, un robot enorme luchaba contra una criatura de tentáculos rojos. El cielo estaba teñido de un naranja imposible, y por encima de los tejados volaban siluetas que parecían dragones de papel.

Hina se aferró a mi brazo, asustada y excitada al mismo tiempo. Yo podía olerle el miedo en el cuello: un perfume dulce mezclado con sudor.

—Sé conducir una de esas —dije, señalando una moto futurista aparcada delante del local—. Súbete.

No sabía conducir nada parecido, claro, pero aquel mundo parecía tan dispuesto a complacerme que la moto arrancó al primer toque.

***

Recorrimos calles iluminadas por carteles que cambiaban de color cada segundo. Hina iba detrás, sus pechos apretados contra mi espalda, las manos en mi cintura. Al principio se agarraba como quien se agarra a la vida. Al cabo de unas cuadras, sus dedos empezaron a moverse. Subieron despacio, encontraron el borde inferior de la camiseta de licra, se colaron por debajo.

Sentí su lengua en la nuca. Una lengua tibia y curiosa que dibujaba círculos en mi piel mientras la moto seguía deslizándose por avenidas que ya no me molestaba en mirar.

Frené en una callejuela estrecha entre dos puestos de comida humeantes. Nadie nos prestó atención. Una pareja de chicas con kimonos minúsculos pasó comiendo helado, miró un segundo y siguió de largo, como si fuera lo más normal del mundo encontrar a dos desconocidas devorándose sobre una moto en mitad de la calle.

—Te deseo —le dije, y la voz me salió grave, distinta, como si en aquel mundo yo también fuera otra.

—Yo a ti también —contestó—. Desde el momento en que entraste en la tienda.

La besé. Tenía sabor a algo que no supe identificar: fruta, miel, alguna especia que no existía en mi mundo. Sus labios eran más blandos de lo que recordaba, más generosos. Le bajé el tirante del vestido y el pecho saltó hacia fuera, redondo, descarado, con un pezón ya endurecido que pedía atención.

Me incliné y lo cogí entre los labios. Hina suspiró largo, echó la cabeza hacia atrás. La luz roja de un cartel le pintó la garganta. Pasé la lengua por el otro pezón, lo mordisqueé sin saña. Ella me apretó la nuca y me pidió en silencio que no parara.

***

La tumbé sobre el asiento de la moto, que en ese mundo era ancho y mullido, como hecho a propósito para lo que íbamos a hacer. Le subí la falda. No llevaba ropa interior, o el vestido se la había tragado en algún momento, no quise pararme a pensarlo.

Tenía la vulva depilada, brillante de humedad. Me arrodillé en el suelo y le abrí las piernas con las dos manos. El olor era fuerte, dulce, mareante. Le pasé la lengua de abajo arriba, despacio, y la sentí estremecerse entera.

—Por favor —dijo, y fue lo único que dijo durante mucho rato.

Lamí con paciencia. Aprendí su ritmo. Le dibujé círculos en el clítoris con la punta de la lengua y, cuando notaba que estaba a punto, me apartaba, le besaba el muslo, le mordía suave la cara interna de la pierna. Hina jadeaba cada vez más fuerte. Sus quejidos rebotaban en las paredes de la callejuela y se mezclaban con el ruido de los carteles eléctricos.

Cuando por fin la dejé llegar, lo hizo con una intensidad que solo había visto en pantallas. El cuerpo se le arqueó sobre la moto, los muslos me apretaron la cabeza, y yo me quedé pegada a ella, lamiendo despacio mientras le bajaba la respiración.

***

Ahora le tocaba a ella. Me empujó con suavidad contra el respaldo y se arrodilló entre mis piernas.

—Quieta —dijo—. Déjame agradecerte.

Me cogió un pie y se lo llevó a la boca. Me chupó los dedos uno a uno, con una mirada que era pura provocación. Después bajó por la pantorrilla, por la cara interna del muslo, lamiendo, mordisqueando, dejando un rastro de saliva tibia que el aire enfriaba al instante.

Cuando llegó a mi sexo, no fue suave. Me lamió con hambre. Hundió la lengua, me chupó los labios, me succionó el clítoris hasta que tuve que agarrarme al manillar de la moto para no caerme. En aquel cuerpo nuevo, todo era más intenso. Cada terminación nerviosa parecía haber sido subida de volumen.

Llegué dos veces seguidas, sin saber muy bien cómo. La primera, en silencio, mordiéndome los nudillos. La segunda, sin importarme quién pasara por la calle. Hina seguía pegada a mí, sus dedos dentro, su lengua sin descanso, hasta que tuve que apartarla porque ya no podía más.

***

No sé cuánto duró. En aquel mundo el tiempo se comportaba raro. Lo que en mi cabeza fueron horas, probablemente fueron minutos. Probablemente la moto, la calle y las luces se estaban reescribiendo a medida que nosotras lo vivíamos.

Volvimos a la tienda andando despacio, abrazadas, con el vestido de Hina arrugado y la licra de mi camiseta marcada por las huellas de sus manos. Sabía, en algún rincón de la cabeza, que el túnel iba a venir a buscarme. Siempre venía. Y sabía que ella no podría venir conmigo.

—Quédate un rato más —me pidió cuando entramos al local.

—No depende de mí —contesté, y por primera vez en muchos viajes me dolió decirlo.

La luz azul volvió a llenar la tienda. Esta vez sí, solo me rodeó a mí. La vi por última vez desde el otro lado de aquel resplandor: los ojos enormes llenos de algo que no era exactamente tristeza, una mano levantada en un gesto que podría haber sido una despedida o una promesa.

***

Aparecí de nuevo en la tienda de lencería del centro. La misma puerta, el mismo olor a lavanda, la misma luz cálida. Pero la chica que ahora estaba detrás del mostrador no era Hina. Era guapa, sí, sonreía con amabilidad, pero no era ella.

—¿Encontraste lo que buscabas? —me preguntó.

No supe qué contestar. Compré un bikini cualquiera para no irme con las manos vacías y salí a la calle. Mi calle. Mi mundo. El sol que conocía.

Pasé semanas haciéndome preguntas sin respuesta, hasta que una noche, cambiando de canal en el sofá, me detuve en uno de esos servicios de anime para adultos. Acababa de empezar una serie nueva. En el primer capítulo, una vendedora de lencería de pelo negro larguísimo y ojos enormes recibía a una clienta en su tienda.

Era ella.

En el segundo capítulo aparecía una mujer secundaria, voluptuosa, de mirada cómplice, que se parecía sospechosamente a mí. La trama copiaba, con leves cambios, lo que habíamos vivido entre las dos en aquella callejuela de Tokio.

Esa noche entendí por fin qué había pasado. Hina no había aparecido en mi mundo por accidente. Ella pertenecía a aquel otro, al de los dibujos imposibles y los robots gigantes. Mi túnel y el suyo se habían cruzado, nos habían intercambiado por un rato y después la habían devuelto a casa. Solo que su casa estaba dentro de una pantalla.

Apagué la tele cuando empezó la siguiente escena. No quería verla con otra. Preferí guardarme intacta la memoria de aquella moto, de aquella calle, de aquella boca que sabía a fruta que no existía. Algún día, me dije, el túnel volverá a abrirse en el sitio justo. Y entonces sí, voy a quedarme un rato más.

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Comentarios (1)

Silvana

excelenteeee!!! me encanto cada detalle

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