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Relatos Ardientes

Mi fan me siguió al baño en la fiesta de disfraces

Esto me pasó el verano pasado y todavía no se lo conté a casi nadie.

En mi ciudad hay una costumbre que se repite cada febrero: una fiesta de carnaval enorme, abierta, con disfraces obligatorios y un boliche distinto cada año. Es una excusa para perderse entre la gente sin que nadie sepa muy bien quién es quién, y para los que vivimos un poco a contramano, una fecha sagrada.

Yo me anoto siempre. Me encanta disfrazarme. Me encanta el juego de ser otra durante seis o siete horas, animarme a hacer cosas que sobria y a cara descubierta no haría. Bajo una máscara, todo se siente menos definitivo.

Esa noche elegí ir de vampiresa. Capa larga, corsé negro, lentes oscuros, el pelo recogido y los labios pintados de rojo sangre. Me veía irreconocible, o eso quise creer.

Lo importante esa noche era no ser yo. No quería que nadie me identificara con la cuenta de relatos que llevo desde hace unos años, esa que ya tiene varios miles de seguidoras curiosas y un par de miles de hombres que escriben pidiendo cosas que nunca contesto. Quería tomar, bailar y revolcarme con mi pareja sin que nadie me etiquetara después.

Llegamos pasada la medianoche. El boliche estaba reventado. Había de todo: dos Jokers compitiendo por el mismo rincón, una Blancanieves abrazando a un Capitán América, un grupo de cuatro enfermeras que parecían venir de la misma despedida, un Mario Bros con bigote falso besando a una Princesa Peach que claramente no era princesa. La pista era una mezcla de pelucas, plástico, sudor y reguetón.

Me sentí segura. Camuflada. Anónima.

A eso de las dos de la mañana subí al baño a retocarme. El lápiz se me había corrido un poco con el último beso largo en la pista. Estaba inclinada sobre el espejo cuando vi en el reflejo que una chica entraba detrás de mí y se quedaba parada, mirándome.

Llevaba un disfraz de gatita: orejas peludas, body de licra, medias rotas. Pelo negro, lacio, hasta los hombros. Sonreía como si me conociera de toda la vida.

—Disculpá —me dijo, todavía desde la puerta—. ¿Vos sos Vera, la escritora?

Me quedé tildada un segundo. Después solté una risa nerviosa y asentí.

—Sí. Soy yo. Pero no se lo digas a nadie.

—¿Me sacás una foto?

—¿En el baño?

—En el baño. La voy a subir mañana, te lo juro. Esta noche no.

El disfraz no me había servido de nada.

Le dije que sí. Acepté porque me dio ternura su descaro, porque me halagó que me hubiera reconocido entre tanto pelucón, y porque, no voy a mentir, me caldeó un poco la idea.

Nos sacamos la primera foto pegadas al espejo, ella detrás, con los brazos sobre mis hombros. La segunda con su cabeza apoyada contra la mía. La tercera fue idea suya: me dio vuelta y me besó en la mejilla, muy cerca de la boca, mientras se sacaba la selfie. Sentí su perfume y el roce de sus orejas de gata contra mi sien.

Lo que pasó después no lo había planeado ninguna de las dos.

En el lapso de cinco minutos, el baño se fue llenando de chicas. Algunas también me conocían y se sumaban con gritos cómplices; otras simplemente venían a hacer pis y se contagiaban del clima. Las fotos se pusieron más atrevidas. Una bruja me agarró de la cintura desde atrás. Una Harley Quinn me robó un piquito mirando a cámara. Una pirata muy alta me hizo morderle el cuello del disfraz mientras otra grababa.

Cuando salí del baño con los labios temblándome, hacía rato que había dejado de pensar en mi pareja.

***

Él me estaba esperando contra una columna, con un vaso en la mano y cara de no entender por qué tardaba tanto. Me vio venir caminando hacia él con la sonrisa torcida y se le iluminó la cara antes de saber por qué.

Le conté todo, a los gritos para que me escuchara por encima de la música. Le hablé de Mica, la gatita. Le conté de las fotos, de los besos al aire, de la pirata, de la Harley Quinn. Mientras le hablaba, le iba clavando los dedos en el pecho.

—Estás caliente —me dijo, sonriéndome con esa cara que pone cuando ya sabe cómo va a terminar la noche.

—Mucho.

Me agarró la cabeza con las dos manos y me besó como si quisiera hacerme olvidar todos los besos del baño. Largo. Hondo. Con la lengua dentro de mi boca y la cadera contra la mía.

Sin dejar de besarme, me bajó las manos hasta la cola. La capa de vampiresa no era larga, y por debajo solo tenía una pollera de cuero corta y una bombacha que ya estaba mojada. Sentí sus dedos por encima de la tela, presionando, separándome un poco. Se me escapó un gemido contra su boca.

Y en ese momento sentí otra mano. Más chica. En mi cintura.

—¿A mí no me das un beso? —me susurró alguien al oído.

Abrí los ojos y giré la cabeza. Era Mica. Estaba ahí, parada al lado de un pibe alto que la tenía agarrada del hombro y nos miraba con una sonrisa tímida pero firme.

—Le conté lo del baño —me dijo ella—. Vinimos a saludar.

—Hola —dijo él. Se llamaba Pablo. Tenía un disfraz simple, de pirata, con el parche en el ojo levantado.

Sin pensarlo, le agarré la cara a Mica con una mano y le di el beso que me había pedido. Más largo que el del baño. Con lengua.

Mi pareja, atrás mío, en lugar de soltarme, me apretó más fuerte la cola. Y Pablo, en vez de incomodarse, se rio bajito y nos puso una mano a cada una en la cintura, parándose entre las dos.

—Te presento a Mica —le dije a mi chico, separándome lo justo—. Es ella.

—Encantado —dijo él. Antes de poder estirar la mano, Mica se le tiró encima y lo besó. Sin saludarlo de otra forma.

Me reí, los miré, y entonces hice lo mismo con Pablo. Lo agarré del cuello y le metí la lengua en la boca. Sabía a fernet.

Estábamos los cuatro en una esquina oscura del boliche, manoseándonos sin orden. Las manos de Pablo subían por debajo de mi pollera. Las de mi chico ya estaban dentro del body de Mica. Ella y yo, mientras tanto, volvíamos a buscarnos cada dos minutos, como si los hombres fueran solo un puente entre nosotras.

En uno de esos besos, me agarró la mano y me la apretó.

—Vení —me dijo al oído.

Le hice una seña a mi chico, le agarré la otra mano a Mica y la seguí.

***

El baño todavía estaba lleno, pero había uno de los cubículos libre. Entramos, cerramos con pestillo, y antes de que pudiera respirar ella ya me había sacado la capa y me estaba bajando los tirantes del corsé.

Apoyé la espalda contra el azulejo frío. Mica se sacó las orejas de gata y las tiró al piso. Le bajé los breteles del body y le mordí el cuello. Bajé un poco más y le tomé un pezón con la boca. Era pequeño, duro, y respondía a cada lengüetazo poniéndose todavía más firme. Ella jadeaba bajito, con la cabeza echada para atrás contra la puerta.

Bajé. Le besé el vientre. Le bajé el body hasta las rodillas. No tenía bombacha. Olía a perfume y a humedad. Cuando le pasé la lengua por encima del clítoris por primera vez, se mordió el dorso de la mano para no gritar.

La tuve así, contra la puerta, dos o tres minutos. Después fue ella la que me agarró del pelo y me hizo subir.

—Ahora vos —me dijo.

Me dio vuelta. Me apoyó la nuca contra el azulejo y se arrodilló. Me subió la pollera de un tirón, me corrió la bombacha y me mordió la cara interna del muslo. Yo tenía las dos manos apoyadas en su cabeza y los ojos cerrados.

Cuando me empezó a chupar, supe que no iba a llegar entera al departamento.

—Pará —le dije, casi sin voz—. Pará. Acá no.

—¿Por qué?

—Porque quiero más espacio. Y quiero a los chicos cerca.

Me miró desde abajo, con la boca brillante.

—Está bien.

Nos vestimos rápido, riéndonos. Yo le acomodé las orejas de gata. Ella me ató el corsé de adelante. Salimos las dos despeinadas, sin disimular nada.

***

Los chicos estaban afuera del boliche, fumando uno al lado del otro, callados, como si ya hubieran arreglado algo entre ellos. Cuando nos vieron salir, se pararon derechos.

—¿Vamos? —preguntó Pablo.

—A mi casa —dije yo—. Está a diez cuadras.

Pedimos un auto. Los hombres adelante, nosotras atrás. Apenas arrancó, Mica me puso la mano en la rodilla y empezó a subirla. Yo hice lo mismo. Las dos teníamos las polleras subidas hasta la cintura antes de la primera esquina.

El conductor no dijo nada. Miraba al frente.

Mica me metió un dedo. Yo gemí bajito. Le devolví el favor. Estaba empapada. Mientras nos masturbábamos en silencio, escuchaba la respiración pesada de los dos hombres en los asientos de adelante. No miré, pero sé que se estaban tocando por encima del pantalón.

Cuando me vine, le mordí el hombro a Mica para no hacer ruido. Ella se vino unos segundos después, con la cara hundida en mi cuello.

Nos quedamos así, abrazadas, jadeando, hasta que el auto se detuvo en la puerta de mi edificio.

***

Subimos los cuatro a mi departamento. Serví fernets. Mica y yo seguíamos pegadas, riéndonos por lo bajo, todavía mareadas. Puse música y empezamos a bailar en el living: primero las dos solas, después con los chicos sentados en el sillón mirándonos como si no quisieran moverse para no romper el clima.

Nos fuimos sacando la ropa a pedazos. Primero las pelucas de cotillón, después las polleras. Ella se quedó solo con las medias rotas. Yo, con la capa caída sobre los hombros y nada más.

Mi chico tenía el pantalón abierto. Pablo también. No se miraban entre ellos, pero estaban claramente esperando que les diéramos la señal.

Mica caminó hacia mi chico y se le sentó encima a horcajadas, mirándome. Yo caminé hacia Pablo e hice lo mismo. Nos buscamos por encima de los hombros de ellos, primero solo con la mirada, después estirando las manos para tocarnos. Ellos nos agarraban de las caderas, marcando el ritmo, mordiéndonos los pezones a cada una.

Estuvimos así un buen rato. Cambiando, mirándonos, riéndonos cuando alguno hacía algún ruido que rompía la solemnidad. En algún momento Mica y yo terminamos otra vez sobre la alfombra, una arriba de la otra, mientras ellos se masturbaban al lado mirándonos sin tocarse.

No fue una noche para contar fácil. No hubo coreografía. Hubo cuatro personas calientes que se entendieron sin hablar mucho.

Cuando ya empezaba a aclarar, Pablo se levantó.

—Nos tenemos que ir.

Mica me besó largo en la puerta. Pablo me besó la mejilla y le dio la mano a mi chico, como si lo conociera de toda la vida. Se fueron.

***

Con mi pareja nos metimos en la ducha. No hablamos. Solo me apoyé contra él, dejé que me lavara la espalda y, cuando me dio vuelta, dejé que me cogiera ahí mismo, con el agua corriendo entre los dos. Fue rápido, intenso, casi tierno después de todo lo de antes.

Caímos en la cama desnudos, mojados, y dormimos hasta el mediodía.

***

A la mañana siguiente, cuando agarré el teléfono, tenía ochenta y dos pedidos de seguimiento nuevos. Mensajes directos, audios, capturas de pantalla. La foto del beso en el boliche había circulado entre amigas, después en grupos, después por fuera. Nadie sabía bien quién era la otra chica del beso, pero todas reconocían a la vampiresa.

Mica me escribió a la tarde. Me mandó la foto de las orejas de gata sobre el azulejo del baño, todavía tiradas en el piso. Me preguntó si estaba bien con todo. Le dije que sí. Que ojalá hubiera más fiestas así.

Quedamos en repetirlo. Tampoco soy de las que prometen nada. Pero para el próximo carnaval ya tengo disfraz nuevo, y esta vez no pienso esconderme.

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Comentarios (2)

NadiaBaires

Dios mio, que historia!! Me enganchó desde el primer párrafo y no pude parar.

Alexia18

Por favor seguila, quede con muchisimas ganas de saber como continua... se hizo muy corta!

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