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Relatos Ardientes

La mamá de mi novio me encontró desnuda

Me llamo Valeria, tengo veintiún años y estudio Comunicación en la universidad. Soy delgada, con pocas curvas y mucho cabello castaño que me cae por la espalda. Nada que llame la atención a primera vista. Pero hay algo que la gente no sabe cuando me ve: tengo un apetito sexual que rara vez logro calmar del todo, y desde los dieciséis años supe que ese apetito no distingue entre hombres y mujeres.

Mi vida amorosa es, digamos, variada. No tengo pareja estable, no la busco con urgencia. Lo que tengo son encuentros que me gustan mientras duran y que dejo ir cuando terminan. No me avergüenza. Es simplemente lo que soy.

Así estaban las cosas cuando conocí a Andrés.

***

Lo de Andrés fue, en cierto modo, un acuerdo entre madres. La señora Marcela —su mamá— era amiga de la mía desde el instituto. Se conocían desde que tenían quince años, estudiaron la secundaria juntas, y aunque la vida las llevó por caminos distintos, siguieron siendo amigas con esa fidelidad tranquila que tienen ciertas amistades de la infancia.

Marcela llegó una tarde a nuestra casa con el pretexto de un café y acabó hablando durante dos horas de su hijo: que era muy serio, que trabajaba en diseño gráfico, que llevaba un año sin salir con nadie. Mi madre la escuchaba con una sonrisa que yo conocía muy bien. Yo intentaba no mirar el escote de Marcela mientras fingía leer en el sofá.

Porque eso era lo que pasaba: Marcela me resultaba irresistible.

Tenía cuarenta y cuatro años y un cuerpo que la ropa no conseguía contener del todo. Morena, de pelo oscuro y liso, con caderas anchas y unos pechos que parecían desafiar la gravedad. Su voz era suave, con un acento colombiano que aún conservaba después de veinte años viviendo aquí. Sus labios eran carnosos y ella tenía la costumbre de humedecerlos cuando pensaba, lo cual hacía con frecuencia.

Cuando me enseñó fotos de su hijo en el teléfono, yo asentí mirando la pantalla, pero mi cabeza estaba en otra parte.

***

Andrés resultó ser exactamente como Marcela lo había descrito: sociable, simpático, sin mucho misterio pero sin aburrimiento tampoco. Nos agregamos en redes, hablamos varios días seguidos, y una semana después ya nos estábamos besando en el sofá de su cuarto. Al día siguiente de ese primer beso, me estaba empujando contra el cabecero de su cama.

Esa primera noche fue intensa. Nos desnudamos sin rodeos, sin ese período incómodo que a veces existe entre dos personas que no se conocen del todo. Él era seguro, directo, sabía lo que hacía. Me penetró despacio al principio y luego con más fuerza, con las manos en mis caderas, y yo me dejé llevar sin esfuerzo. Me aferré a las sábanas y dejé que los gemidos salieran solos, sin filtrarlos, porque la vergüenza es lo último que tengo en esas situaciones.

Me corrí dos veces antes de que él acabara.

Empezamos a vernos casi todos los días. Follábamos en su habitación, en la mía, en la ducha, en el coche. Era una rutina agradable que ninguno de los dos nombraba demasiado para no tener que definirla. Lo único que me distraía, cada vez que iba a su casa, era saber que en algún momento Marcela podía aparecer.

Y cuando aparecía, yo tenía que hacer un esfuerzo para no quedarme mirándola.

***

El martes por la mañana me desperté en su cama con el sol ya alto.

Andrés se había levantado temprano. Me dio un beso en la frente antes de irse, me dijo que tenía que estar en el trabajo a las ocho, que me quedara el tiempo que necesitara. Escuché la ducha, sus pasos, la puerta cerrándose. Luego silencio.

Me quedé tumbada mirando el techo durante un rato. Afuera cantaba un pájaro. El ventilador del techo daba vueltas despacio.

Cuando el hambre me ganó, me levanté. Encontré mi ropa en el suelo —camiseta, bragas— pero decidí dejarla donde estaba. Marcela tenía turno en la clínica dental donde trabajaba los martes por la mañana. Lo había escuchado mencionar alguna vez, sin importancia.

Bajé descalza por las escaleras, crucé el pasillo y empujé la puerta de la cocina.

***

Ella estaba de pie junto a la ventana, con una taza de café entre las manos, mirando el jardín. Llevaba un vestido de algodón azul marino, sin maquillaje, con el pelo suelto todavía húmedo de la ducha. Debía haber cancelado el turno, o haberlo terminado antes de tiempo.

Giró la cabeza cuando me escuchó entrar.

No se sobresaltó. No apartó la vista. Solo me miró de arriba abajo con una calma que hizo que el aire de la cocina pesara de otra manera.

—Qué confianza —dijo, y en su voz no había reproche, solo una observación tranquila.

Me quedé paralizada en el umbral. Crucé los brazos instintivamente, aunque sabía que no servía de mucho.

—Perdona, pensé que no había nadie. Andrés me dijo que tú tenías turno esta mañana y... —Lo cancelaron a última hora. —Dejó la taza en la encimera—. Infección en una paciente, reprogramaron todo.

—Voy a buscar algo de ropa —dije, haciendo el amago de retroceder.

—No hace falta.

Se acercó despacio, con pasos tranquilos, como si hubiera mucho tiempo para todo. Cuando estuvo cerca, extendió la mano y me apartó el pelo de la cara. Su tacto fue suave, deliberado. Sentí el calor en mis mejillas antes de que pudiera controlarlo.

—Este cuerpo no tiene nada de qué avergonzarse —dijo.

No supe qué responder. Solo acerté a decir lo más honesto que me salió:

—El tuyo es mucho mejor.

Marcela sonrió. No la sonrisa cortés de una mujer que acepta un cumplido: algo más lento, más consciente, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.

—No digas eso. —Puso las manos en mis caderas y yo noté cada centímetro de ese contacto como si fuera electricidad—. Mira las nalgas que tienes. Tan redondas, tan firmes.

Las acarició despacio con las palmas y yo tuve que apoyarme en la encimera que tenía detrás.

—¿Y tu coño? —dijo en voz más baja, inclinando apenas la cabeza—. Tan bonito, tan bien formado.

—El tuyo debe de ser increíble —dije sin pensarlo.

—¿Quieres verlo?

Se acercó un paso más. Su cuerpo casi tocaba el mío. Acercó la cara lentamente, con esa pausa previa al beso que a veces es mejor que el beso mismo, y me besó.

Fue despacio. Sus labios eran exactamente como los había imaginado: carnosos, suaves, húmedos. Olía a café y a algo floral que no supe identificar. La besé de vuelta y puse mis manos en su culo, agarrándolo con las dos palmas, sintiendo su peso y su calor a través de la tela del vestido.

Nuestras lenguas se encontraron. Ella me mordió el labio inferior con suavidad y yo solté un sonido que no había planeado.

***

Me llevó de la mano a su habitación.

Las persianas estaban a medio bajar. La luz entraba en franjas y caía sobre la cama hecha. Se quitó el vestido y lo dejó doblado en la silla del escritorio, con una calma que me pareció la cosa más erótica del mundo. Debajo llevaba solo unas bragas negras de encaje, que se quitó también sin ceremonias.

Su cuerpo era exactamente lo que yo había imaginado en esas noches que no me enorgullecen demasiado: pechos grandes y firmes con pezones oscuros, caderas amplias, un vientre suave con la piel tersa, un pubis depilado y oscuro.

Se tumbó en la cama con las piernas abiertas y esperó.

Me acerqué a ella sin apuro. La besé en el cuello, en la clavícula, en el esternón. Me tomé su pezón en la boca y lo succioné despacio mientras la miraba desde abajo, y ella giró la cabeza hacia el techo soltando el aire lentamente, una mano flotando hacia mi cabello.

—Así —dijo en voz baja.

Bajé. Me coloqué entre sus piernas y la lamí con cuidado, buscando su ritmo. Cuando lo encontré, no lo abandoné. Sus caderas se movían apenas, siguiéndome. Sus gemidos eran contenidos al principio, como si no quisiera entregarse del todo todavía.

Metí dos dedos mientras seguía con la lengua y ella aspiró el aire con fuerza. La penetré despacio, profundo, manteniendo el ritmo. La sentí tensarse, aflojar, tensarse de nuevo. Sus muslos temblaron a ambos lados de mi cara.

Cuando llegó al orgasmo lo hizo con un gemido largo y grave que le salió del pecho, y sus caderas se sacudieron tres veces antes de calmarse.

Me separé y me lamí los dedos mirándola. Ella observó eso con los ojos todavía entrecerrados y una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Ven aquí —dijo.

***

Me subió hacia ella y me besó profundamente, sin importarle nada de lo que había en ese beso. Luego me hizo tumbarme y tomó su tiempo.

Me exploró despacio: el cuello, los pechos, el interior de los codos, el vientre. Cada lugar que tocaba con la boca tardaba un momento en enfriarse. No había prisa. Era como si disfrutara del recorrido tanto como del destino.

Cuando llegó entre mis piernas no hizo nada de inmediato. Levantó la vista y me miró desde abajo, con sus ojos oscuros y calmos, y yo ya estaba temblando antes de que me tocara.

Empezó a lamerme con una paciencia que me desesperó en el mejor sentido. Lenta, deliberada, sin apuro. Jugó con mi clítoris con la punta de la lengua hasta que tuve que morderme el labio para no gritar. Cuando por fin aumentó la presión, lo hizo de forma gradual, leyendo mis reacciones, ajustándose a lo que yo necesitaba sin que yo lo dijera.

Me corrí con una fuerza que me dejó sin habla. Las piernas siguieron temblando mucho después de que ella subiera a besarme, con mis propios fluidos en sus labios, y yo la recibí sin pensarlo dos veces.

***

Nos quedamos tumbadas en silencio, la una junto a la otra, mirando el techo. El ventilador giraba. Afuera, el pájaro de antes seguía cantando como si nada hubiera pasado.

—Marcela. —Dime. —¿Esto... ha pasado otras veces? Me refiero a, con otras personas.

Giró la cabeza y me miró con una expresión que mezclaba humor y algo más serio debajo.

—Sí —dijo simplemente.

—¿Con quién?

Hubo una pausa. No larga, pero sí deliberada.

—Con tu madre —dijo.

Me incorporé sobre un codo.

—¿Cómo?

—Desde hace años. —Su voz era tranquila, como si me estuviera contando algo sin demasiada importancia—. Desde antes de que ella se casara con tu padre, en realidad. Nunca lo dejamos del todo. No se lo cuentes, ¿vale? Ni a ella ni a él.

Lo procesé en silencio durante varios segundos. Mi madre. Esta mujer. Años de un secreto que nunca sospeché.

—Será nuestro secreto —dije al fin—. Con una condición.

Puse mi mano en su vientre y la deslicé hacia abajo, despacio.

Marcela bajó la vista a mi mano y luego me miró.

—Ya sé lo que quieres —dijo.

—Quiero que cada vez que estemos solas sigamos así. Sin que tenga que pedirlo.

Se acercó, tomó mi cara entre las manos y me besó despacio. Luego se separó apenas lo suficiente para hablar, con su boca rozando la mía.

—Cada vez que quieras, mi niña.

***

Me fui una hora después, con el pelo húmedo de la ducha que compartimos y una sensación extraña en el pecho que no sabía cómo nombrar del todo. No era culpa, exactamente. Era más bien la sorpresa de descubrir que una puerta que creías cerrada llevaba tiempo entreabierta, esperando que alguien empujara con suficiente ganas.

Andrés me escribió esa tarde. Me preguntó si había dormido bien, si quería quedar por la noche.

Le dije que sí, que muy bien.

No le mentía del todo.

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Comentarios (3)

Luli_Cordoba

me encanto!! uno de los mejores que lei en este sitio, en serio

Caro_Mdz

Por favor seguí! no se puede terminar asi, necesito saber qué pasó después

MiriamVG

jajaja me imagino la escena... tremendo el momento. Muy bien narrado!

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