Tres semanas de mensajes y una noche juntas
Marina llegó al hotel con veinte minutos de adelanto. Se quedó parada en la recepción, mirando la pantalla del teléfono donde tenía la última conversación con Renata. Tres semanas de mensajes, fotos, audios de voz a medianoche y dos videollamadas que siempre terminaban más tarde de lo que cualquiera de las dos había planeado. Ahora estaba aquí, en el lobby de un hotel pequeño del centro, con el corazón acelerado y el bolso apretado contra el cuerpo.
Se había puesto la blusa azul. No por nada especial, sino porque la noche anterior había probado cinco combinaciones frente al espejo y esa era la única que no la hacía sentir que estaba intentando demasiado. Renata le había dicho en algún momento que el azul le favorecía el tono de piel. Marina no recordaba haberle enviado ninguna foto con esa blusa, así que no sabía cómo lo sabía. Pero así era Renata: decía cosas que parecían casuales y luego resultaban exactas.
La habían conectado a través de una aplicación de citas. Renata fue la primera en escribir, con un mensaje que no tenía nada de los «hola, qué tal» habituales. Le preguntó directamente qué era lo que más le gustaba del otoño. Marina tardó tres horas en responder porque no encontraba la manera de sonar interesante sin esforzarse demasiado. Al final escribió: «Que la gente tiene excusas para quedarse en casa». Renata respondió en segundos: «Exacto. Aunque yo prefiero tener compañía».
El ascensor se abrió en el tercer piso. Marina caminó por el pasillo con pasos deliberadamente lentos, contando las puertas. El teléfono vibró:
«Ya estoy dentro. La llave está en el marco si tardas más».
Apretó el paso.
***
La habitación era pequeña y cálida, con una lámpara de pie encendida junto a la cama y una botella de vino tinto en la mesita. Renata estaba de pie junto a la ventana, con una copa en la mano y la misma sonrisa que en sus fotos, solo que más real. Tenía el cabello oscuro suelto sobre los hombros y llevaba un vestido burdeos que le llegaba a la rodilla.
—Llegaste —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Sí. —Marina cerró la puerta tras de sí—. Estaba abajo desde hace rato.
—Lo sé. Te vi en la cámara del lobby.
Marina parpadeó.
—¿Hay cámara?
—Hay una pantallita en el teléfono de la habitación. Te quedaste parada como diez minutos mirando el celular.
—Cinco —corrigió Marina—. Fueron cinco minutos.
Renata se rio. No era la risa que Marina había escuchado en los audios, más contenida y cuidadosa. Esta era más franca, más directa, y le aflojó algo en el pecho que llevaba semanas tenso.
—¿Quieres vino? —preguntó Renata.
—Mucho.
Renata sirvió una copa y se la acercó sin moverse del sitio, obligándola a dar los pasos que faltaban. Marina los dio. Tomó la copa, los dedos de ambas rozándose apenas, y bebió un sorbo antes de decir nada más.
—Eres distinta —dijo al fin.
—¿Distinta a qué?
—A las fotos. —Marina la miró—. Más... no sé. Más presente.
—Las fotos son recortes. —Renata inclinó la cabeza—. Esto es todo.
Todo era una palabra grande para una habitación pequeña. Marina pensó eso y no lo dijo. Bebió otro sorbo de vino y se permitió mirar a Renata sin el filtro de la pantalla: la manera en que apoyaba el peso en una cadera, las pulseras en la muñeca izquierda, el pequeño lunar que en ninguna foto se veía pero que ahora, de cerca, estaba justo debajo del labio derecho.
—¿En qué piensas? —preguntó Renata.
—En que tienes un lunar que no había visto.
Renata no respondió de inmediato. Se quedó mirándola con esa calma que Marina había aprendido a reconocer en sus mensajes: el silencio que venía antes de algo importante. Dejó su copa en la mesita con un movimiento lento. Luego extendió la mano y tomó la copa de Marina también, y la dejó junto a la suya.
—Ven aquí —dijo.
***
El primer beso fue más tranquilo de lo que Marina esperaba. Renata le puso una mano en la mandíbula, con el pulgar justo debajo de su mentón, y la besó despacio. Sin prisa. Sin urgencia. Solo la presión de sus labios y el olor a algo cítrico en su piel.
Marina exhaló contra su boca.
Renata lo tomó como lo que era: una señal. Profundizó el beso lentamente, y su mano libre encontró la cadera de Marina y la acercó. Marina dejó caer los brazos sobre los hombros de Renata, soltando el bolso al suelo sin pensar en ello.
—Llevábamos semanas —murmuró Marina entre beso y beso.
—Lo sé. —Renata le mordió el labio inferior, suave—. Por eso no voy a apurarme.
Se movieron hacia la cama sin separarse demasiado, tropezando con los zapatos que se iban quitando. Renata se sentó primero y tiró de Marina hasta tenerla a horcajadas sobre ella, con las manos firmes en su cintura.
Marina la miró desde arriba. Renata le devolvió la mirada con esa calma que la desarmaba.
—Nunca había hecho esto —dijo Marina.
—¿Venir a un hotel?
—Con una chica.
Renata le pasó los dedos por el cabello, apartándole un mechón de la frente.
—¿Quieres parar? —preguntó, sin ningún tono de juicio.
—No. —Marina bajó la cabeza para besarla otra vez—. Para nada.
***
Renata le desabotonó la blusa con una paciencia que Marina no sabía si agradecerle o reprocharle. Cada botón, una pausa. Cada centímetro de piel descubierto, una mirada. Marina sintió el calor subirle al cuello, no por vergüenza sino por expectativa: el cuerpo adelantándose a algo que todavía no había llegado.
Renata le pasó las manos por los hombros y deslizó la blusa hacia atrás. Luego inclinó la cabeza y besó la curva de su cuello, el borde de la clavícula, la piel suave entre los omóplatos cuando Marina giró para que le desabrochara el sujetador.
—Así —dijo Renata en voz baja, sin terminar la frase.
Marina no preguntó qué quería decir. Entendió el tono.
Se tumbaron en la cama, Renata encima, y durante un buen rato no fue más que eso: bocas, manos, piel. Marina aprendía sobre la marcha lo que le gustaba a Renata, y Renata aprendía lo mismo de Marina con una atención que la hacía sentirse observada de la mejor manera posible. Como alguien que realmente miraba.
—Aquí —dijo Marina en un momento, guiando la mano de Renata hacia donde la quería.
—Aquí —repitió Renata, y presionó.
Marina soltó el aire que llevaba retenido.
***
Renata bajó despacio por su vientre, besando la línea que marcaba sus costillas, el ombligo, la cadera. Marina tenía los ojos cerrados y los dedos enredados en las sábanas. Cuando Renata le abrió las piernas con cuidado y la miró desde abajo antes de hacer nada, Marina sintió que el tiempo se hacía más lento.
—¿Bien? —preguntó Renata.
—Sí —dijo Marina. Y luego, porque era verdad—: Muy bien.
Lo que siguió fue una exploración sin apuro. Renata sabía lo que hacía: la presión justa, el ritmo correcto, la pausa cuando Marina se tensaba demasiado pronto. Marina aprendió a decir lo que necesitaba en voz alta, sin pensarlo dos veces, y Renata respondía a cada señal con una precisión que la dejaba sin palabras.
La respiración de Marina fue volviéndose más corta y entrecortada. Sus caderas comenzaron a moverse solas, sin que ella lo decidiera. Enredó los dedos en el cabello de Renata y no la soltó.
Cuando llegó, llegó de golpe: una ola que la recorrió entera y la dejó temblando, con una risa involuntaria que escapó antes de que pudiera contenerla.
Renata subió hasta quedar junto a ella, apoyó la cabeza en su hombro y esperó en silencio.
—Dios —dijo Marina cuando pudo hablar.
—Sí —respondió Renata, y sonó divertida.
Marina se giró hacia ella. Le tomó la cara entre las manos y la besó despacio, saboreando la sensación de tenerla tan cerca después de semanas de pantallas y distancia.
—Ahora tú —dijo Marina.
Renata arqueó una ceja.
—¿Segura?
—Tres semanas escribiéndonos —dijo Marina—. Sé perfectamente lo que quiero.
Renata sonrió. Esta vez no fue la sonrisa tranquila y calculada de antes. Fue algo más abierto, más genuino, que le llegó a Marina directamente al pecho.
—Entonces —dijo Renata—, muéstrame.
***
Más tarde, con las luces apagadas y el vino a medias en la mesita, Marina estaba tumbada boca arriba con la vista en el techo. Renata tenía una pierna sobre las suyas y dibujaba círculos distraídos en su brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Renata.
—Nada. Estoy pensando que no sé cómo se supone que termina esto.
—¿Esta noche?
—No. —Marina giró la cabeza para mirarla—. Esto.
Renata se quedó callada un momento. Luego dijo:
—¿Tienes hambre? El menú del hotel tiene sándwiches hasta las dos.
Marina soltó una carcajada.
—No. Bueno, sí. Pero no es lo que preguntaba.
—Lo sé. —Renata se incorporó apoyándose en el codo y la miró—. Pero tampoco hay que decidirlo esta noche.
Marina la observó. Renata tenía el cabello revuelto y los ojos tranquilos, y había algo en esa combinación que le parecía exactamente lo que había imaginado durante semanas y también algo completamente distinto y mejor.
—Pide los sándwiches —dijo Marina.
Renata alcanzó el teléfono de la habitación.
—¿Queso o jamón?
—Los dos.
Renata marcó el número sin dejar de mirarla, con una media sonrisa que Marina ya empezaba a reconocer como suya.
Marina cerró los ojos y se quedó así, escuchando el sonido de su voz pidiendo comida en un hotel a medianoche. Pocas cosas le habían parecido tan íntimas como eso.