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Relatos Ardientes

Lo que pasó con Remedios al bajar de la ermita

Me llamaron Pilar toda la vida y nunca me casé. En el pueblo decían que se me había pasado el arroz, que era de las que se quedan para vestir santos. Lo decían con esa lástima andaluza que es mitad cariño y mitad chisme. No sabían nada. No supieron nada hasta el día que enterré a Remedios y aparecí en el cementerio con una pulsera de hilos de colores en la muñeca.

Pero voy a contarlo desde el principio.

Remedios y yo nacimos el mismo año, en la misma calle, en lo alto del pueblo. Una casa pegada a la otra, con la cal blanca pelándose en invierno y los geranios rojos colgando del balcón en agosto. Jugábamos en la calle empedrada, robábamos higos del huerto del cura, nos bañábamos en el arroyo escondidas porque nuestras madres no querían. Ella tenía los ojos del color de la miel y yo siempre supe que esos ojos iban a ser el problema de mi vida.

A los diecisiete me presentaron a un tal Antonio, hijo de la familia de las viñas. Buen partido, decían. Le dejé que me agarrara la mano dos veces y a la tercera me pidió que fuéramos al pajar. Allí entendí que aquello no era para mí. No quería saber nada del peso de un hombre encima, ni de su aliento a vino, ni de sus manos secas en mi piel, ni de la polla dura que me apretaba contra el muslo por encima del pantalón. Salí del pajar como una gata en un baño de agua y al día siguiente le dije a mi madre que no habría boda. Ella lloró. Mi padre no me habló durante un mes. Y yo me quedé en casa cuidándolos a los dos hasta que se fueron, uno detrás del otro.

Mientras tanto, Remedios se casó con José. Un hombre bueno, de los de antes. De los que trabajaban de sol a sol, iban al casino los domingos por la tarde y no preguntaban demasiado. Le dio tres hijos: dos varones y una hembra. Yo iba a las bodas, a los bautizos, a las primeras comuniones. Le hacía los pasteles para los cumpleaños. La miraba desde la otra punta de la mesa y aprendí a sonreír sin que se me notara nada.

Una vez, solo una vez en aquellos años, me dijo algo. Estábamos las dos en su cocina, ella amasando pan y yo sentada en una silla de enea. Tenía harina en los antebrazos, hasta los codos. Me miró sin levantar la cabeza y me dijo: «Pilar, hay cosas que una sabe y que se calla». No contesté. Le serví otro café. Pero esa noche, en mi cama, me toqué pensando en ella por primera vez. Tenía treinta y cuatro años y nunca me había tocado pensando en nadie. Me subí el camisón hasta la cintura y me metí la mano entre las piernas. Encontré el coño empapado, chorreando, más mojado de lo que había estado en mi vida. Me froté el clítoris con dos dedos pensando en la boca de Remedios, en sus tetas balanceándose bajo la bata mientras amasaba, en cómo sería meterle la lengua entre los muslos y beberme lo que le saliera. Me metí los dedos dentro del coño y los saqué brillando de flujo espeso. Volví a meterlos, esta vez más al fondo, follándome yo sola con rabia, apretando el otro puño contra la boca para que no me oyera el vecino. Me corrí mordiendo la almohada, con espasmos que me sacudieron toda la cadera y las piernas y me dejaron temblando bajo la manta. Me quedé llorando hasta el alba, mitad de vergüenza y mitad de alivio.

***

Los años pasaron como pasan en los pueblos, sin prisa. Las viñas se vendieron, los hijos se fueron a la capital. José murió de un infarto, sin avisar, una tarde de agosto regando el patio. Remedios enviudó a los cincuenta y ocho y se le quedó la casa demasiado grande para una sola.

Empezó a subir a la ermita. La ermita estaba arriba del cerro, a veinte minutos andando, y desde allí se veía todo el valle hasta el mar. Iba a misa cada domingo y, los días entre semana, subía sola a sentarse en el banco de piedra del patio. Yo la veía pasar por mi puerta a las nueve de la mañana.

Un día me dijo: «Pilar, ¿te subes conmigo a la ermita?». Y subí. Y al día siguiente me lo pidió otra vez. Y subí. Y al cabo de unos meses ya no me lo pedía: subíamos juntas y se acabó.

Caminábamos del brazo. Las dos de negro, ella porque era viuda y yo porque siempre lo fui de luto sin que nadie supiera por quién. Andábamos despacio, al mismo ritmo, sin hablar. Su cadera rozaba la mía en cada paso. Cincuenta años después de habernos conocido, su cadera rozaba la mía y a mí se me aceleraba el corazón como si tuviera quince.

***

La tarde que pasó lo que tenía que pasar fue un domingo de octubre. Habíamos bajado de misa, empezó a llover de golpe y la calle se quedó vacía. Su casa estaba más cerca de la cuesta y entramos las dos a secarnos. Yo me quité el pañuelo de la cabeza. Ella se quitó la chaqueta. Tenía el pelo blanco recogido en un moño bajo, suelto por la lluvia. Le caían mechones por la nuca.

—Voy a preparar café —dijo.

—Espera —dije yo.

No supe de dónde me salió la voz. La agarré por la muñeca, la giré hacia mí y la besé en la boca. Llevaba esperando ese momento desde que tenía siete años. Ella no se movió. No me apartó. No me devolvió el beso al principio. Y luego sí.

Se me echó encima como si pesara la mitad de lo que pesaba. Me puso las manos en la cara, me llevó hacia atrás contra la pared del recibidor y me besó como me había besado a mí misma en sueños cien veces. Le temblaban los labios. Le olía el cuello a jabón de glicerina y a romero seco. Yo le saqué las horquillas del moño una a una y se le derramó el pelo blanco sobre los hombros. Le metí la lengua hasta el fondo de la boca y ella me la chupó con un hambre de sesenta años, gimiéndome dentro. Le agarré una teta por encima del vestido negro y le noté el pezón duro debajo de la tela, pidiendo guerra. Le pellizqué el otro y ella soltó un quejido bajo. Me subió la falda con una prisa que no era de vieja, me metió la mano por debajo de las bragas y me encontró el coño empapado ya, hinchado, esperando. Me tocó por primera vez allí de pie, contra la pared del recibidor, mientras yo le mordía el hombro para no gritar. Tenía los dedos secos y ásperos de amasar pan toda la vida y me raspaban el clítoris de una manera que no me había raspado nadie, que me tiraba una descarga por la espalda hasta la nuca.

—Estás chorreando, Pilar —me susurró al oído—. Estás toda mojada.

—Sí —dije—. Llevo cincuenta años así.

—Sube —me dijo en el oído.

Subimos al dormitorio que había sido de ella y de José. Cerró la puerta con pestillo aunque no había nadie más en la casa. Se sentó en el borde de la cama y se desabotonó el vestido negro despacio, mirándome a los ojos. Le vi los pechos por primera vez en sesenta años de conocerla. Caídos, blandos, surcados por las venas azules de las que han amamantado. Me parecieron lo más hermoso que había visto en mi vida. Los pezones oscuros y grandes como higos maduros, ya duros del deseo. Se sacó las bragas negras por debajo del vestido y las tiró al suelo con el pie. Se recostó y se abrió de piernas encima de la colcha sin ninguna vergüenza, con el coño peludo y gris a la vista, brillando de lo mojada que estaba.

—Ven —me dijo—. Ven aquí que llevo toda la vida esperándote.

Me desnudé yo también. Me quité el vestido, la combinación, las medias, las bragas. A los cincuenta y ocho años me presenté delante de ella por primera vez con todo lo que tenía. Ella me miró de arriba abajo, despacio, con la boca entreabierta.

—Dios mío, Pilar —dijo—. Dios mío qué guapa eres.

Me arrodillé delante de ella. Le besé el ombligo, las caderas anchas, la cicatriz de la cesárea del tercero. Le mordí el interior de los muslos, primero uno y luego el otro, subiendo despacio hasta que la oí gemir bajito, como quien tiene miedo de que la oigan los vecinos aunque los vecinos estén a treinta metros. Le abrí los labios del coño con los dedos y le vi el clítoris hinchado, rojo, latiendo entre el vello gris. Le metí la cara entre los muslos y le pasé la lengua entera de abajo arriba, saboreándola por primera vez. Ella soltó un quejido largo y me agarró la cabeza con las dos manos. Tenía un sexo poblado, gris ya, y un sabor a hierro y a sal y a tierra recién mojada. Le chupé el clítoris despacio, como quien saborea una fruta madura, y luego a lametones más fuertes, más rápidos, hasta que empezó a jadear. Le metí la lengua dentro del coño y noté cómo se le contraía, cómo apretaba, cómo me chorreaba jugo espeso sobre la barbilla. Le metí dos dedos mientras le seguía mamando el clítoris y ella empezó a moverse contra mi cara, a follarme la boca sin pudor, a jadear más fuerte.

—Ay, Pilar, así, no pares, así, mi vida.

Me quedé allí hasta que se le doblaron las rodillas y me tiró del pelo para que subiera a besarla. Se corrió con un temblor que le sacudió toda la barriga blanda y las piernas viejas, apretándome la cabeza contra su coño mientras yo le seguía lamiendo la corrida que le salía a borbotones, tragándomela, no queriendo perder ni una gota.

—Pilar —me dijo con la voz quebrada, todavía jadeando—. Pilar, llevo toda la vida.

—Yo también —dije—. Yo también.

Subí a la cama y me tumbé a su lado con la boca todavía húmeda de ella. Se recuperó un momento, con el pecho blanco subiendo y bajando. Luego se puso de lado, me miró, me limpió con el pulgar el jugo suyo que me chorreaba por la comisura y se lo llevó a la boca.

—Ahora tú —dijo.

Me pasó la mano por la barriga, me arañó los pezones despacio, me los pellizcó hasta que se me pusieron duros como piedras. Bajó hasta el coño y me abrió las piernas con la rodilla. Me metió los dedos despacio, mirándome a la cara para no perder ni un gesto. Primero uno. Luego dos. Me llenó el coño y empezó a follarme con la mano, sin prisa, sacando y metiendo, buscándome un punto por dentro que yo no sabía que tuviera. Con el pulgar me frotaba el clítoris al mismo tiempo, haciendo círculos lentos. Yo me agarré a la sábana con las dos manos y empecé a mover la cadera contra su mano, a subirle el ritmo, a pedirle sin palabras que me diera más fuerte.

—Más —le dije al final—. Más, Remedios, por Dios.

Ella entendió. Me metió tres dedos hasta el fondo y me la clavó como si fuera una polla, con la palma golpeándome el pubis a cada embestida. Yo me corrí en su mano con un quejido que era medio carcajada medio llanto. Se me contrajo el coño alrededor de sus dedos, apretándolos, latí y latí durante lo que me parecieron minutos enteros, empapándole la muñeca de flujo hasta el codo. Cuando por fin sacó los dedos, me los puso en la boca y yo me los chupé enteros, saboreándome a mí misma por primera vez.

Después le devolví el favor con calma. La puse boca arriba y le lamí las tetas caídas una y otra, le chupé los pezones oscuros hasta que gimió, le pasé la lengua por el cuello y por las axilas todavía saladas de la caminata. Bajé otra vez al coño y le metí tres dedos mientras le buscaba el mismo punto que ella me había buscado a mí. Con la otra mano le seguí frotando el clítoris a círculos. Ella se mordió la sábana para no gritar y me clavó las uñas en el hombro. Se corrió otras dos veces así, una detrás de otra, chorreándome la mano entera y la sábana blanca debajo del culo. Después nos quedamos tumbadas, desnudas, sudadas, mirando el techo, sin hablar, con las manos cogidas como dos niñas.

—¿Tú sabes cuántas tardes he soñado con esto? —dijo al rato.

—Las mismas que yo —dije.

Bajé a mi casa al anochecer con las piernas todavía temblándome y las bragas empapadas en el bolso. La gata me esperaba en la puerta. Le serví leche, me senté en el sillón y me puse a llorar de felicidad. Tenía cincuenta y ocho años. Por fin había empezado mi vida.

***

Durante doce años fuimos lo que nunca habíamos podido ser. Nadie supo nada. En el pueblo seguíamos siendo la viuda de José y la solterona de la calle Alta. Subíamos juntas a la ermita, bajábamos juntas a misa, tejíamos baberos para los nietos por la tarde en su camilla. Y por las noches, cuando los nietos volvían a Málaga, ella corría el pestillo y yo me quedaba.

Aprendimos a follar despacio, como solo las viejas pueden hacerlo. Sin prisa. Con la luz encendida porque ya no había nada que ocultarse. Le besaba las arrugas de la frente, los pechos cansados, las manos manchadas por el sol. Le abría las piernas y me pasaba horas mamándole el coño hasta que se corría tres o cuatro veces seguidas, agotada, riéndose de placer, pidiéndome que parara y que siguiera a la vez. Ella me metía los dedos hasta el fondo mientras me chupaba las tetas, o me sentaba encima de su cara y me hacía cabalgarle la boca hasta correrme sobre sus labios, o nos poníamos las dos de lado, cada una con una pierna entre las de la otra, y frotábamos los coños uno contra el otro hasta correrarnos juntas, boca con boca, tragándonos los gemidos. Aprendimos a comernos el culo también, a lametones lentos que nos hacían temblar de vergüenza y de gusto. Aprendimos a meternos los dedos por detrás mientras la otra chupaba el clítoris. No nos dejamos nada por probar en doce años. Todo lo que las dos habíamos soñado a solas en cincuenta años lo hicimos hasta gastarlo. Ella me mordía el hombro cuando se corría y yo le tapaba la boca con la mía para que no se le oyera por la ventana abierta.

A veces, después, nos quedábamos hablando hasta el alba. Me contaba cosas de José que nunca le había contado a nadie: que no la tocaba nunca, que se corría en dos minutos y se dormía, que había parido tres veces sin haber sabido lo que era una corrida de verdad hasta esa tarde de octubre en el dormitorio. Yo le contaba cosas del pajar, de Antonio, del miedo que tuve a los diecisiete, de las noches solas en las que me tocaba pensando en ella. Nos prometimos que la siguiente vida la viviríamos juntas desde el primer día. Las dos sabíamos que mentíamos. Pero qué bonito mentir agarradas.

***

Los achaques llegaron como tenían que llegar. A Remedios primero. El corazón, los riñones, una pierna que dejó de obedecerle del todo. Las tardes de cama dejaron de ser de placer y empezaron a ser de cuidados. Yo le ponía las medias de compresión, le daba las pastillas, la llevaba al baño. Lo hacía contenta. Era todo lo que siempre había querido hacer y nadie me había dejado.

Una tarde de noviembre, después de cenar dos huevos pasados por agua, me cogió la mano por encima del hule.

—Pilar.

—Dime.

—¿Te he dicho alguna vez lo que quiero?

—Cada mañana que abres los ojos, lucero.

—Por eso.

Cayó la noche. Le di las pastillas, le acomodé la almohada, me senté en el sillón de orejas a su lado. La gata se subió a sus pies. Yo la miraba dormir y le miraba la cara, las manos, el pelo blanco sobre la funda blanca. Cerré los ojos un momento y, cuando los abrí, ya había amanecido. Remedios no respiraba.

***

El entierro fue el martes. La nieta mayor, la que más se parecía a ella, lloraba en silencio agarrada del brazo de su madre. Sus hermanos llevaban el ataúd. Yo iba detrás, sola, vestida toda de negro como había ido siempre. En la muñeca derecha, debajo del puño de la blusa, llevaba una pulsera de hilos de colores. Arcoíris. Me la había puesto Remedios el día que cumplimos cinco años juntas. «Algún día —me dijo entonces—, algún día me gustaría que la enseñaras».

En el cementerio, antes de cerrar la caja, me acerqué. Le dejé un beso en la frente, delante de todos. Nadie dijo nada. Era la tita Pilar, la amiga de toda la vida. Pero cuando levanté el brazo para santiguarme, se me subió el puño de la blusa y la pulsera quedó al aire. Vi cómo la nieta mayor la miraba. Vi cómo entendía. Vi cómo se le rompió la cara en un dolor distinto del que ya tenía. Y luego, despacio, la vi sonreír entre las lágrimas y asentir con la cabeza.

Aquella noche, cuando volvió a casa de su abuela a buscar las cosas que quería guardar, llamó a mi puerta. Me abrazó largo, sin decir nada. Y antes de irse, me dijo al oído: «Tita Pilar, te veré pronto».

—Sí, mi niña —dije yo—. Pronto.

Y aquí sigo. Esperando.

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Comentarios(7)

CuriosaYoli

Que hermoso... me llegó directo al corazon. Pocas veces un relato tan cortito te deja pensando tanto.

Romi_23

SEGUNDA PARTE POR FAVOR!!! jaja me dejó con un querer saber mas que no aguanto

Flor_nocturna

Que bien contado, se siente todo tan real. La cocina, la lluvia, ese momento... perfecto.

NocheRosa22

me recordó algo que viví hace mucho tiempo, jaja. Gracias por compartirlo, en serio.

Luciana_pq

Increible relato. Breve pero intenso, justo como tiene que ser. Sigue escribiendo!

Karen931

se hizo cortisimo!!! quiero saber que pasó después :)

Pato_MZA

Buenísimo. Distinto a los de siempre, con mucho sentimiento. Saludos

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