La enfermera me convirtió en su esclava
Llegué al hospital pasadas las dos de la tarde, con el estómago vacío por las indicaciones del cirujano y los nervios apretándome la garganta como un cinturón mal ceñido. El médico me había explicado que la intervención era de las sencillas, un asunto intestinal sin complicaciones que me retendría apenas cuatro o cinco días en la habitación. Aproveché la pausa de septiembre, cuando los catálogos de invierno ya estaban cerrados, para entrar y salir antes de que arrancara la temporada de bodas.
Me llamo Marina. Tengo veintiocho años y me mantengo a flote con dos oficios que se solapan: estudio el último curso de arquitectura y, desde hace seis años, fotografío bodas los fines de semana. Es un trabajo duro, de pie hasta la madrugada, pero paga la matrícula y me deja tiempo para los planos durante la semana.
Soy alta, mido un metro setenta y dos, con piernas largas y una espalda recta de tanta cámara colgada. Llevo el pelo castaño cortado por encima de los hombros porque, entre las bodas y las maquetas, no me sobra paciencia para secadores. Estuve casada un año, justo después de la carrera anterior que no terminé. Él quería hijos pronto y una casa en las afueras; yo quería volver a la universidad. No hubo manera de cuadrar las dos cosas.
A las cuatro ya estaba en mi habitación, una de esas individuales con vistas al patio interior del hospital. Me sacaron sangre, me hicieron las últimas placas y me dejaron sola con un libro de Hertzberger sobre escuelas. Leí tres páginas. Releí las mismas tres páginas. A las siete entró una chica con un carrito metálico y una sonrisa demasiado tranquila para la hora.
—Soy Lola, estudiante de enfermería —dijo, cerrando la puerta con el pestillo—. Vengo a prepararte para mañana temprano. Te toca el rasurado y un enema. Así nadie entra cuando no toca.
Fruncí el ceño y ella sonrió de medio lado, como si ya hubiera pasado por ese gesto cientos de veces.
—Lo sé. Es desagradable. Pero son órdenes del doctor Morales.
La estudié mientras colocaba los utensilios en la bandeja. Era menuda, no llegaría al metro sesenta, con el pelo castaño cobrizo recogido en una coleta baja, ojos verdes y un puñado de pecas dispersas sobre la nariz. Aparentaba diecisiete, aunque después me confesaría que tenía veintidós y cursaba el tercer año en la facultad. Había que mirarla con atención para descubrir que, debajo del uniforme blanco y del flequillo torcido, era una belleza precisa, casi quirúrgica.
—Tendrás que ponerte una bata —dijo señalando el armario—. El camisón guárdalo para después de la operación.
Salió a buscarla y volvió con uno de esos paños horribles que se cierran por la espalda con tres lazos imposibles. Mientras me cambiaba, ella fue al baño a llenar la palangana. Agradecí en silencio el detalle.
—Túmbate y separa bien las piernas —pidió al volver—. Y cuéntame algo. Lo que sea. Va más rápido si hablamos.
Me hizo preguntas sobre la carrera, sobre la última boda que había fotografiado, sobre si era feliz. Yo respondía a medias mientras ella me subía la bata hasta la cadera y empezaba a recortar el vello con unas tijeras pequeñas y precisas. La voz era suave, profesional, pero sus manos tenían una autoridad que no encajaba con esa apariencia de adolescente.
Cuando aplicó la crema de afeitar y deslizó la cuchilla por primera vez, contuve el aliento. No por el miedo a cortarme; por algo distinto, una corriente caliente en el bajo vientre que no había anticipado. Una fotógrafa de bodas no es precisamente pudorosa, y antes había sido modelo de catálogos. Pero esto era otra cosa. Una desconocida me estaba afeitando entre las piernas y yo me estaba humedeciendo.
—Quieta —murmuró cuando notó que mis muslos temblaban—. Casi termino.
Se tomó su tiempo. Se demoró más de lo necesario en el pliegue donde el muslo se une al pubis, pasó la cuchilla con una paciencia minuciosa y al final me limpió con una toalla tibia que olía a manzanilla. Bajé la mirada y me vi lisa, sin un solo vello, como hacía años que no me veía. Algo dentro de mí se contrajo de manera deliciosa.
—Ahora el enema —dijo, levantándose para colgar la bolsa del soporte del suero—. ¿Lo prefieres boca arriba con las rodillas al pecho, o boca abajo, en cuatro?
Dudé y ella adelantó la respuesta.
—Boca abajo es más cómodo. Y son tres litros. El doctor quiere que estés limpia del todo.
Cuando volvió con la bolsa cargada, le dije que no.
—He cambiado de opinión. No quiero enema.
Lola dejó la bolsa colgando y se acercó despacio hasta la cama. Apoyó las manos en el colchón, una a cada lado de mis caderas, y se inclinó hasta que su cara quedó a un palmo de la mía.
—Túmbate boca abajo, Marina.
—No.
—No me obligues a ponerme dura contigo.
Sonreí. Fue un error.
—¿Vas a quejarte? —preguntó, y la voz se le había vuelto firme, sin asomo de la suavidad anterior—. ¿Vas a contarle a la jefa de planta que una estudiante de tercero te puso un enema y te dio unos azotes por portarte mal? Adelante. Hazlo. Yo te ayudo a redactar el parte.
Tenía razón. La sola idea de explicarlo en voz alta me ardía en las mejillas. Y, sin embargo, no era solo vergüenza lo que sentía. Era expectación.
Me agarró la muñeca con una llave que ni siquiera vi venir. Más tarde me contaría que se la había enseñado su hermano, guardia civil. Antes de que pudiera protestar, ya estaba de pie, descalza sobre las baldosas frías, y ella me había llevado hasta una de las dos sillas tapizadas que había junto a la ventana.
—Con la otra mano, desátate la bata —ordenó al sentarse.
Negué con la cabeza. Lola me torció la muñeca un grado más y un dolor seco me hizo ponerme de puntillas.
—Por favor —jadeé—. Lo hago.
Tiré de los lazos. La bata cayó al suelo con un rumor mínimo. Segundos después, estaba tumbada boca abajo sobre sus rodillas, una mujer adulta entregada al regazo de una desconocida de veintidós años. Esto no me está pasando a mí, pensé. Pero sí me estaba pasando, y la humedad entre mis piernas era la prueba más honesta de todas.
—Te voy a azotar hasta que me pidas tú misma el enema —dijo, acariciándome la espalda como quien tranquiliza a un caballo nervioso.
—Ni hablar —murmuré entre dientes.
Se rió, suave, casi cariñosa.
—Ya veremos.
La primera palmada me arrancó un quejido que mordí a tiempo. La segunda me hizo girar la cabeza contra su muslo. A la quinta ya estaba llorando sin disimulo, con las lágrimas calientes resbalándome hasta la barbilla. Lola no aflojaba. Daba con la mano abierta, con ritmo, sin compasión, alternando una nalga y otra como si llevara la cuenta interna de algún metrónomo despiadado.
Perdí la cuenta a los veinte. A los veinticinco, me derrumbé.
—Por favor —sollocé—. Para. Ponme el enema. Por favor.
Se detuvo en seco. Su mano, todavía ardiente, se posó en mi nuca con una ternura que me confundió aún más.
—Buena chica —susurró—. A la cama.
Caminé hasta la cama con las nalgas latiéndome y un calor humillante entre las piernas que no podía justificar con nada que no fuera la verdad. Me coloqué boca abajo, apoyé las rodillas y elevé las caderas. Lola se acercó, me separó las nalgas con una mano y deslizó la boquilla lubricada en mi ano con una precisión clínica. Empujó solo lo justo para que no se saliera.
Soltó la pinza. El agua tibia empezó a subir.
—Respira hondo. Despacio.
Su mano libre recorrió mi espalda en círculos lentos, bajó por mi cintura, volvió a subir. Me hablaba sin parar, en voz muy baja, una letanía de elogios y órdenes mezclados que se me clavaban en algún sitio que yo no había visitado nunca.
—Así está mejor, ¿verdad? Te estás portando bien. Quieres portarte bien, ¿no es cierto? Contéstame, Marina.
Giré apenas la cara.
—Sí, Lola. Quiero portarme bien.
Y lo más perturbador era que era verdad. Lo quería con una claridad que no me había sentido capaz de tener nunca.
—Esto te avergüenza —dijo, sin pregunta.
Asentí contra la sábana.
—Pero te gusta. La vergüenza. La pérdida del control.
Lo pensé un segundo. Solo un segundo.
—Sí.
—Dilo entero.
—Me gusta no tener el control. Me gusta que tú me controles.
Suspiró, como si la respuesta la hubiera complacido más de lo que esperaba. Siguió acariciándome hasta que la bolsa quedó vacía. Movió la boquilla apenas un par de veces antes de retirarla. Cuando lo hizo, gemí, y me sorprendió escuchar mi propia voz.
Me incorporé con la barriga hinchada y un calambre amable subiéndome por los costados.
—La próxima vez te pondré cuatro litros —dijo, pasando una mano por mi vientre como si estuviera midiendo melones en el mercado.
Me acompañó al baño, me sentó en el inodoro y se plantó delante de mí, de pie. Me acarició el pelo. Me apartó los mechones que se me pegaban a las sienes por las lágrimas.
—Aguanta hasta que yo te diga.
Le besé las palmas de las manos. Le lamí los nudillos. Estaba húmeda hasta los muslos y ya no me importaba que ella lo supiera.
—Por favor, Lola. Déjame.
Se agachó. Me separó las rodillas con suavidad. Me miró desde abajo y me sonrió con una crueldad nueva, recién aprendida o quizá muy antigua. Sus dedos subieron por mis muslos, encontraron mis pechos, me pellizcaron los pezones con la fuerza exacta que yo ni siquiera sabía que necesitaba.
—¿Qué quieres, Marina?
—Que me toques. Por favor. Cuando vuelva a la cama. Por favor.
—Cuando estés limpia y de vuelta en la cama —repitió—. Ahora expulsa. Y mírame mientras lo haces.
Cerré los ojos por instinto. Me pellizcó otra vez, más fuerte.
—Mírame.
Los abrí. Le sostuve la mirada mientras me dejaba ir. Fue la cosa más humillante que había hecho en mi vida. Fue también la más libre.
Lola se levantó cuando terminé, me dijo que me duchara y volviera a la cama. Antes de salir, añadió, casi al pasar:
—Si te portas bien, vuelvo más tarde a tocarte.
***
Me desperté con su mano en la frente. La habitación estaba en penumbra y el reloj de la mesilla marcaba poco más de las nueve. Habrían pasado noventa minutos, quizá dos horas. Volví la cara hacia ella y le lamí la palma sin pensarlo, como un acto reflejo recién instalado.
—¿Estás bien?
—Sí. Todo está bien.
Hablamos un rato. Me preguntó si tenía miedo de la operación. Le dije que sí, que aunque fuera menor, todo lo que pasaba en un quirófano me daba vértigo. Le dije, también, que su presencia me ayudaba a sostenerme. Que me gustaba sentir sus dedos en la cara.
—Por favor —susurré después de una pausa que se hizo larga—. Hazlo ahora.
Asintió. Bajó la sábana hasta mis rodillas, me subió el camisón hasta la cintura. Acarició mis muslos hasta que los abrí sin resistencia.
—¿Y cuando salgas del hospital? —preguntó.
La miré. No había pensado en eso. No había hecho falta. La respuesta estaba ya formada en algún sitio del cuerpo que no era el cerebro.
Le tomé la mano izquierda entre las mías. Le besé el dorso. Le lamí la palma.
—Depende de ti. Soy tuya.
Se inclinó y me besó en los labios. Fue un beso pequeño, casi casto, que contenía sin embargo todo lo que iba a venir.
—No lo olvides —murmuró contra mi boca—. Ahora eres mía.
Su mano derecha se deslizó entre mis piernas. Cerré los ojos. Acarició mi clítoris con la yema del pulgar, despacio primero, después con una insistencia precisa que me obligó a arquear la espalda. Cuando introdujo dos dedos, gemí más fuerte de la cuenta. Lola apoyó la palma de la otra mano sobre mi boca para tragarse el sonido.
El orgasmo me llegó de golpe, sin previo aviso, como un derrumbe controlado. Mordí su mano. Ella la mantuvo firme contra mis labios hasta que dejé de temblar.
Después me limpió los dedos en mi propia lengua. Yo los lamí sin resistencia, agradecida.
***
A la mañana siguiente, cuando bajé al quirófano, Lola estaba esperándome en la puerta de la habitación con el uniforme planchado y la coleta recién hecha. Me acompañó hasta el ascensor. Dentro, sacó del bolsillo una pulsera de oro muy fina, con un disco pequeño grabado.
«Esclava de Lola», decía.
Le tendí el tobillo. Ella me la abrochó con dedos firmes y se inclinó para besarme la rodilla por encima de la bata.
Cuatro días después, salí del hospital con el alta firmada y el tobillo todavía adornado. Lola me esperaba en la puerta del estacionamiento, apoyada en un coche pequeño. Abrió la puerta del copiloto, me ayudó a acomodarme con cuidado y arrancó sin decirme adónde íbamos.
No hizo falta que me lo dijera.