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Relatos Ardientes

Camila la besó cuando todo se derrumbaba

Mariana se quedó sola en la camioneta cuando los demás bajaron del cementerio. Las primeras gotas empezaron a resbalar por el parabrisas como si el cielo hubiera decidido acompañar lo que ella ya cargaba por dentro. El silencio del vehículo pesaba, interrumpido solamente por su respiración entrecortada.

El celular vibró en el asiento del copiloto. No le hizo falta mirar la pantalla para saber quién llamaba. Dudó un instante. Sus dedos temblaron sobre el vidrio, pero al final deslizó el ícono verde. Bermúdez era insistente, y ella conocía perfectamente lo que se venía si no atendía: tres mensajes, cinco llamadas perdidas, una visita inesperada a su edificio al día siguiente. Mejor terminar la conversación de una vez.

—¿Mariana? —la voz del doctor sonó más suave de lo habitual, casi paternal, aunque ella ya reconocía el filo escondido debajo—. ¿Dónde estás? Llevo horas tratando de ubicarte.

Mariana apretó la mandíbula. Tenía que sonar convincente.

—Estoy en camino a casa, doctor. El tráfico está imposible y no puedo avanzar más rápido.

Un silencio breve, calculado. Después, la puñalada.

—Me hubieras esperado para acompañarte. Que andes sola por ahí no le habría gustado a tu madre, ¿no crees? Ella siempre te cuidó tanto… y mira cómo la decepcionas ahora. ¿O acaso vas con alguien?

Las palabras le atravesaron el pecho. Sintió un nudo en la garganta, como si el aire se negara a entrar en sus pulmones.

—No… voy sola. Pero me estoy cuidando bien —susurró, aunque él no buscaba respuestas. Solo sembrar veneno, como siempre.

—Recuerda que yo estoy aquí para ti —continuó Bermúdez—. Nadie te entiende como yo. Nadie sabe cuidarte como yo lo hago. Nadie tiene la menor idea de lo que necesitas.

Mariana no respondió. La sensación de repudio crecía dentro de ella como una marea oscura. Reconocía de memoria el tono, la insinuación, el reclamo disfrazado de cariño. Lo que no terminaba de entender era cómo se había enterado de la muerte de su madre antes que nadie. La habían llamado del hospital a las seis de la mañana, y a las seis y media él ya le escribía consolándola, como si hubiera estado esperando la noticia detrás de una puerta.

¿Cómo lo supiste? ¿Cómo lo supiste antes que yo?

Pero el duelo le nublaba el raciocinio. No lograba ordenar las piezas; ni siquiera quería intentarlo. Cuando la llamada por fin terminó, dejó caer el teléfono en el asiento y se cubrió el rostro con ambas manos. El llanto brotó con una violencia que la asustó. Lloró hasta que los sollozos se volvieron jadeos débiles y, agotada, se dejó vencer por el sueño, hundida en el mismo asiento que parecía tragársela.

***

No supo cuánto tiempo pasó hasta que unos nudillos golpearon el vidrio. Abrió los ojos con dificultad y vio la silueta de Camila inclinada del lado del conductor, con el ceño fruncido por la preocupación.

Mariana le abrió la puerta. Camila la encontró con los párpados hinchados y los labios partidos por las lágrimas secas. No preguntó nada. Solo se inclinó y le besó la frente, despacio, como quien apoya una mano sobre una herida.

—Ven… no te quedes ahí. Pásate al asiento del copiloto.

Mariana parpadeó, confundida, y se movió en silencio. Camila se acomodó al volante, encendió el motor y arrancó sin decirle a dónde iban. La carretera se abrió paso entre colinas húmedas y árboles oscuros. El cielo estaba cubierto de nubes pesadas, y ese gris envolvía todo con una calma extraña, casi piadosa.

Después de un trayecto largo, Camila detuvo la camioneta en un mirador solitario sobre la sierra. Desde allí se veía la ciudad extendida bajo un manto de neblina, con las luces titilando como estrellas caídas en una sopa de algodón. El viento traía olor a tierra mojada y a piedra fría.

Mariana bajó despacio, frotándose los brazos por encima del abrigo.

—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó, apenas audible.

Camila no la miró de inmediato. Se apoyó en la baranda del mirador, respiró hondo y dejó salir el aire en una nube blanca que el viento se tragó enseguida.

—Porque necesitabas aire. Y porque… yo también lo necesito.

El silencio se extendió entre ellas, roto solo por el murmullo lejano del viento entre los árboles. Mariana se acercó, insegura, y cuando Camila la sintió tan cerca giró para mirarla. En los ojos de Mariana había dolor, pero también un rastro de algo que se parecía mucho a la esperanza.

Camila alzó la mano y, con torpeza, le apartó un mechón húmedo de la frente.

—No tienes que fingir conmigo.

Mariana cerró los ojos. Ese gesto sencillo le derrumbó las últimas defensas. Se inclinó apenas, buscando el calor que la sostenía. Y ahí, bajo el cielo gris, Camila la rodeó con sus brazos. No hubo promesas, ni explicaciones. Solo el silencio compartido de dos mujeres que, por un instante, encontraban refugio en la fragilidad de lo que se estaba abriendo entre ellas.

Mariana se quedó en ese abrazo más tiempo del que creía posible. Sentía el latido de Camila contra su propio pecho, acompasado y firme, como si de pronto todo lo roto dentro de ella encontrara un ritmo al que aferrarse. Cuando se separaron unos centímetros, sus miradas se encontraron en un silencio denso, cargado de algo que ya no podían negar.

Camila deslizó los dedos por la mejilla húmeda de Mariana y se detuvo justo en el borde de sus labios. No dijo nada; no le hacía falta. Mariana avanzó lo que faltaba, y el primer beso nació torpe, quebrado por las lágrimas todavía frescas, pero tan real que a las dos les ardió la piel.

El viento helado las obligó a retroceder. Camila tomó la mano de Mariana y la guió de vuelta a la camioneta antes de que el aguacero las empapara por completo. Cerró las puertas, y de golpe quedaron envueltas en un silencio íntimo, con el golpeteo de la lluvia sobre el techo como único testigo.

***

Mariana buscó su rostro otra vez. Esta vez con una urgencia distinta, dejando que la tensión reprimida durante meses se desbordara en un beso profundo, hambriento, cargado de algo que ya no se podía guardar. Camila respondió con la misma intensidad. Deslizó las manos por la espalda de Mariana y la atrajo contra sí hasta que no quedó espacio entre ellas.

Se pasaron al asiento trasero casi sin pensarlo. Las respiraciones se entrecortaban. Sus rodillas chocaban con torpeza, y cada roce parecía indispensable. Camila acarició el rostro de Mariana como si quisiera memorizar cada línea antes de recorrerla con los labios. Mariana respondió con un gemido bajo, aferrándose a su ropa con la misma desesperación con la que se aferra a la vida quien siente que la vida se le va.

La lluvia golpeaba con más fuerza, aislándolas del mundo. Dentro del vehículo solo existían las manos que se buscaban, las pieles tibias debajo de la ropa fría. Camila bajó la cabeza hasta el cuello de Mariana y dejó un rastro de besos lentos que le erizaron toda la espalda, mientras Mariana arqueaba el cuerpo y se entregaba sin resistencia.

—Te necesito —susurró Mariana, apenas audible, entre jadeos.

Camila alzó la mirada, con los ojos encendidos.

—Siempre te necesité —respondió antes de besarla otra vez, más profundo, más firme.

Las barreras de tela fueron desapareciendo entre caricias apresuradas. Pronto no hubo más que piel contra piel, calor contra calor. No era un encuentro perfecto ni planeado, pero sí real, cargado de una ternura feroz. Camila la sostuvo con cuidado, como si cada movimiento fuera un acto de consuelo, mientras Mariana buscaba con hambre, como si quisiera llenar con las manos todos los vacíos que la muerte había dejado esa misma mañana.

Los gemidos bajos, el roce de los cuerpos y el ritmo lento que encontraron entre ellas se mezclaron con el repiqueteo de la tormenta sobre el techo de la camioneta. Era amor y deseo fundidos en un mismo impulso. Una necesidad de sentirse vivas. De recordarse que todavía podían arder incluso bajo el cielo gris.

Camila la recorrió con los labios desde la clavícula hasta el vientre, deteniéndose en cada hueco, en cada pliegue, como quien estudia un mapa que no quiere olvidar. Mariana cerraba los ojos y sentía que cada beso era una palabra que nunca se habían dicho, una conversación pendiente desde hacía demasiado tiempo. Cuando los dedos de Camila la encontraron, suaves y precisos, ella mordió la tela del asiento para no gritar.

Pasaron así un tiempo que ninguna de las dos pudo medir. Las ventanillas se empañaron por completo. La lluvia seguía cayendo afuera, indiferente, y dentro de la camioneta el aire olía a sal, a perfume usado, a piel mojada. Cuando por fin quedaron exhaustas, se acomodaron juntas, respirando al unísono. Mariana apoyó la cabeza en el pecho de Camila, y ella la rodeó con los brazos, dejando que el sonido de la tormenta se mezclara con la calma recién encontrada.

Pero, en el momento exacto en que cerraba los ojos, un destello incómodo le atravesó la memoria: aquel beso impuesto, frío y amargo, que Bermúdez le había robado en el consultorio dos semanas antes. Por un instante sintió que la mancha regresaba, que ese hombre seguía persiguiéndola por debajo de la piel. Por puro instinto abrazó más fuerte a Camila, no por deseo, sino por miedo. Miedo de perderla si alguna vez se enteraba. Miedo de los celos que el doctor había sembrado en ella con tanta paciencia, semana tras semana, sesión tras sesión.

Camila sintió algo, aunque no supo qué. Un nudo extraño en el pecho, como si un secreto que no alcanzaba a nombrar pudiera arrebatársela en cualquier momento. La apretó más fuerte, jurándose en silencio que no la iba a dejar ir. Le besó la frente con una ternura que desarmaba.

—Aquí estoy contigo —dijo, casi en un susurro.

Y Mariana, con las lágrimas contenidas todavía picándole los ojos, entendió que ese beso, el verdadero, el que acababan de compartir bajo el cielo gris del mirador, tenía la fuerza suficiente para borrar todos los fantasmas que el doctor le había metido adentro durante meses.

Por primera vez desde la llamada del hospital, Mariana respiró hondo y se permitió pensar que tal vez no estaba sola. Camila era cuerpo tibio, mano firme, voz que no pedía nada a cambio. Lo opuesto exacto a Bermúdez. Y por primera vez en mucho tiempo, Mariana se dejó caer en ese pensamiento como quien se deja caer en una cama después de un día imposible.

Afuera, la lluvia empezaba a aflojar. Adentro, las dos seguían abrazadas, sin prisa por separarse. El cielo seguía gris, sí, pero ya no pesaba igual.

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Comentarios (6)

MalenaMdq

que relato mas hermoso!!! me llego al corazon de verdad

CafeYLluvia

ojalá haya continuacion, quedé con muchísimas ganas de saber como sigue entre ellas dos

Sofi_B

me recordó algo que viví hace tiempo. esa sensacion de estar destruida y que alguien aparezca sin hacer preguntas... muy bien narrado, gracias por compartirlo

NocheSinFin88

increible como transmitis la emocion, se siente muy real

PatriSur

es historia real? se nota que lo viviste, tiene esa autenticidad que los relatos inventados no tienen. muy lindo

VeronikaR_Sur

uno de los mejores que lei en esta pagina, la verdad. espero que sigas escribiendo, tenes mucho potencial

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