Lo que pasó después de la despedida de mi prima
Llovía con furia esa noche y el sonido distante de la tormenta me acompañaba mientras entraba en la habitación de la otra Lucía. Miré la fotografía sobre la cómoda y la reconocí enseguida. Para entenderla tuve que retroceder seis años, hasta la noche en que mi prima Carmen me invitó a su despedida de soltera.
Faltaban dos meses para su boda, pero ella adelantó la fiesta a un viernes cualquiera porque tenía la agenda llena. Me vestí con una blusa de seda oscura y una falda granate que combinaba con mi cazadora. Me pinté apenas los labios y me di un poco de color en las mejillas. Casi nunca me maquillo, pero esa noche me apetecía.
En total éramos doce o catorce mujeres: compañeras suyas del trabajo y un puñado de amigas viejas. Entre ellas estaba Renata, una sorpresa que no esperaba. La había conocido en los veranos de un pueblo de la costa cuando ambas rondábamos los veintidós, ya con la facultad empezada, y había perdido el contacto con ella hacía mucho. Seguía siendo esa mujer que ya se adivinaba desde joven: presumida, con una media melena rubia, mirada tranquila, esa sonrisa apenas torcida. Tenía dos pechos generosos que se insinuaban con descaro bajo el vestido y unas caderas anchas que rellenaban la tela. Se casó joven, sin hijos, y no había dejado de subir un poco de peso desde entonces.
Me senté a su lado durante la cena. Hablamos sin parar, repasando ausencias y reconstruyendo los años. Llegó la hora de los regalos y, como era de esperar, todo iba bañado de comentarios subidos de tono. Después nos repartimos en coches para ir a un club nocturno donde había shows de strippers. No era mi escena, pero no quise contradecir a mi prima. Me tocó subirme al coche de Lucía.
Era la primera vez que la tenía cerca, aunque la había observado durante toda la cena. Me ganaba en altura por unos tacones imposibles. Llevaba chaqueta de cuero negro, un vestido rojo cortísimo, medias oscuras y zapatos de aguja. La melena castaña le caía suelta y tenía los labios pintados de un rojo agresivo. Nos miró de arriba abajo cuando entramos en el coche, como si nos estuviera tasando.
El local tenía una mesa reservada casi pegada al escenario. Salió primero un chico con uniforme de mecánico, todo músculos y aceite simulado, bailando con esa lentitud forzada que se ve en las películas. Algunas del grupo le gritaban barbaridades. Vino después otro vestido de policía, menos musculado pero más atrevido. La música subió, la gente se calentó, y en algún momento subieron a dos mujeres al escenario. Una fue Renata. La esposaron como en una broma y todas reían y sacaban fotos. El chico se les restregó por la cara hasta que solo quedó un tanga ridículo cubriéndolo. Renata cambió la expresión en cuanto el bulto le pasó cerca de la boca, pero siguió el juego.
Yo me había retirado a una barra del fondo donde había menos jaleo. Tenía calor y sed. Lucía se acercó y se sentó frente a mí en un taburete alto. Le dije que el espectáculo no me interesaba demasiado. No le confesé que algo de ella me había atraído desde el principio y que empezaba a sentir frío, esa sensación que tengo cuando alguien me excita sin esperarlo.
La música obligaba a acercarse para hablar y, sin pedir permiso, posó la mano sobre mi muslo cada vez que se inclinaba hacia mi oído. En una de esas se quedó un segundo de más y me besó muy despacio en el cuello. Levantó su copa hacia la mía con una sonrisa que no necesitaba palabras.
Hoy, con el paso del tiempo, no recuerdo las frases exactas. Sí recuerdo los hechos.
—Brindemos por nosotras —dijo.
—Claro, encantada.
—¿Esperas a alguien o estás libre?
—¿A qué te refieres?
—A que podríamos irnos las dos solas. Llevo toda la noche mirándote. Quiero comerte el coño esta noche, y quiero que me lo comas tú a mí. Sin rodeos.
Sentí cómo se me empapaba la braga de golpe. Yo jugueteaba con el vaso entre los dedos, nerviosa. No tenía nada planeado, pero la noche ya parecía decidida cuando Carmen apareció buscándome.
El problema era Renata. No estaba borracha, pero sí lo bastante alegre como para que dejarla volver sola a su casa fuera una temeridad. La propuesta era que yo condujera su coche y la llevara a dormir conmigo. Habían avisado a su marido y él estaba al tanto. Lucía, al ver mi cara, me convenció con dos frases: era un favor a una vieja amiga, no costaba nada.
Lo que me dijo después, ya con la boca pegada a mi oreja, fue otra cosa.
—Estaría bien que la dejaras pasar la noche con nosotras. La abrimos entre las dos. Le hacemos gritar hasta que le duela.
Arranqué el coche con el pulso en el cuello. Lucía propuso un último trago en su casa. Renata aceptó sin pestañear, le daba lo mismo dónde acabara durmiendo. Durante el trayecto, sentada en el asiento de atrás, no paró de hablar del espectáculo, del cuerpo del policía, de cómo se había reído. Conduje siguiendo las indicaciones de Lucía. No conocía la zona, pero aprecié que entrábamos en una urbanización tranquila de las afueras.
La sala era amplia y olía bien. Nos sentamos las tres con copas de vino y empezamos por temas inofensivos. Lucía la fue picando con el asunto del stripper, con el morbo de las esposas, con cualquier cosa que le aflojara la lengua. El alcohol hizo el resto. Renata acabó contando que llevaba tiempo insatisfecha con su marido. Quería más morbo, más atrevimiento, y él no estaba dispuesto. Se había quedado sin trabajo y pasaba muchas horas sola en casa. Confesó que había ido a una reunión de juguetes eróticos y que una de las anfitrionas le había propuesto un intercambio de parejas y luego, casi en privado, un encuentro con otra mujer. Renata había dicho que no a ambas cosas, pero el tema le rondaba.
—Mira, Renata —soltó Lucía guiñándome el ojo—, hay decisiones que una se debe a sí misma.
—¿Qué decisiones? —dijo apurando la copa.
—Eres joven. Estás en tus mejores años. Y te aburres en la cama. ¿Verdad?
Asintió bajando la cabeza.
—Sé de qué te hablo, cariño. ¿Te importa si te hago unas preguntas?
Le preguntó la edad, el tiempo casada, esas cosas que se contestan rápido. Después fue subiendo el tono. Si se la chupaba a su marido. Si él se lo devolvía. Si se masturbaba. Si veía porno. Si había probado por detrás. Renata contestaba entre risas y rubores.
—Le mamo la polla dos veces por semana, siempre igual, sin ganas —admitió—. Él me come el coño una vez al mes y sin gracia. Me toca sola casi todas las noches, con el vibrador escondido en el cajón de los calcetines. Y por el culo lo probamos una vez y le entró miedo, el muy imbécil.
Mientras tanto, Lucía le había puesto la mano sobre la rodilla y la subía un poco con cada respuesta.
—¿Le has puesto cuernos? —insistió.
—No. Pero esta noche con el chico de uniforme… joder, le habría chupado la polla ahí mismo, encima de la mesa, con todas mirando.
—¿Y con una mujer?
—Nada serio.
Renata me miró un instante.
—Algo hubo en aquellos veranos. ¿Te acuerdas, Adriana?
Me acordaba. Tocamientos torpes en la oscuridad de una caseta de playa, un beso a medias del que nunca volvimos a hablar al día siguiente. Cosas de veinteañeras a las que nunca pusimos nombre.
—¿Te gustaría probarlo ahora? —le susurré—. Quiero comerte el coño hasta que te corras en mi cara.
Un silencio largo. Lucía se levantó y se arrodilló frente a ella. Le metió las manos por debajo del vestido y le acarició los muslos sin dejar de mirarla. Le subió la tela hasta la cintura, le apartó la braga a un lado y le pasó dos dedos por el coño abierto. Los sacó brillantes, hilos de flujo entre ellos, y se los enseñó a Renata antes de metérselos en la boca y chupárselos con obscenidad. Renata soltó un suspiro, dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá y eso fue un sí.
—Estás muy tensa —dijo Lucía—. Y muy mojada. Te vendrían bien unos masajes.
—¿Ahora?
—Ahora. Ven.
La llevó de la mano hasta una habitación al fondo. Era amplia, con una cama tipo tatami en el centro y un cabezal de barrotes de hierro. Una cómoda baja, un pequeño diván, todo en blancos y maderas claras. Lucía encendió un par de velas, bajó la lámpara a una luz tenue y puso música apenas audible. Sacó del cajón una cinta de tela negra.
—Lo único que importa ahora es que disfrutes. ¿Lo entiendes?
—Sí. Estoy nerviosa.
Le preguntó si quería irse y olvidarlo. Renata dijo que no con una rotundidad que me sorprendió. Le vendó los ojos y se quedó de pie, inmóvil, esperando. Me acerqué, le dije al oído que se relajara y le di un beso suave en los labios. Ella abrió la boca y me buscó la lengua con hambre, se me pegó al cuerpo aunque no podía verme. Entre las dos le sacamos el vestido, el sujetador y los botines. Quedó en una braga culote color burdeos con encajes y unas medias elásticas que se le sujetaban a los muslos.
Estaba como yo la recordaba, más mujer pero igual de rellenita. Curvas suaves y armónicas, pechos generosos que empezaban a perder firmeza, areolas anchas y rosadas, los pezones en punta, ya endurecidos. Las caderas anchas, los muslos pesados, un trasero redondo y compacto. La braga marcaba el bulto del pubis y se intuía, a través de la transparencia, una mancha más oscura: seguía con el vello sin recortar. En aquellos veranos siempre destacaba por eso, por la abundancia de su pelaje y por su negativa a tocarlo, aunque se le saliera del bañador. La entrepierna de la braga estaba negra de humedad, empapada, y despedía un olor espeso y dulzón que me hizo apretar los muslos.
La ayudamos a tumbarse boca abajo sobre la cama y nosotras nos desnudamos hasta quedar también con liguero, las dos del mismo tipo, las que dejan al aire muslos y trasero. De pie y desnuda, Lucía parecía más alta. Tenía el vientre plano, los pechos pequeños, casi sin areola pero con los pezones marcados, el pubis recortado en un triángulo perfecto. Entre los muslos asomaban unos labios mayores largos y colgantes, como dos lóbulos, brillantes ya de su propio flujo. Me besó despacio y me pasó la mano por el pubis, completamente rasurado. Me metió un dedo entre los labios y lo hundió hasta el fondo, sin aviso. Lo sacó, se lo llevó a la boca y sonrió.
—Estás chorreando, guarra —murmuró—. Igual que ella.
—¿Te estás divirtiendo? —preguntó luego, más alto, para que Renata lo oyera.
Asentí.
—Me gustas —murmuré—. Quiero mamarte los labios, se te ven riquísimos.
—Eres increíble. Pero primero es ella. A ella la vas a comer tú, y yo os miro y os digo cómo.
***
Vertió aceite sobre la espalda de Renata y empezó con masajes circulares. Los dedos resbalaban hasta la goma elástica de la braga y volvían a subir. Con una seña me indicó que le quitara las medias. Le esparcimos aceite por las piernas y nos repartimos el trabajo desde los tobillos. Cada subida le separaba un poco más los muslos. Cuando los dedos rozaban la tela de la entrepierna, ella ya respondía con un suspiro contenido. Bajo la braga se le marcaba el surco del sexo y el aceite se mezclaba con lo que estaba soltando ella misma; una gota espesa le bajaba ya por el interior del muslo.
Lucía le dio una palmada seca en una nalga. Renata soltó un gritito sorprendido. Repitió en el siguiente recorrido y me hizo un gesto para que yo hiciera lo mismo. Renata levantó las caderas, ofreciendo el culo a las dos manos, aceptando lo que viniera. Entre las dos le dimos más de una docena de nalgadas que ella siguió con suspiros rítmicos. Las nalgas se le pusieron rojas, calientes bajo la palma, y cada golpe la hacía empujar el pubis contra el colchón buscando fricción.
—Mira cómo empuja el coño, la muy puta —murmuró Lucía—. La estamos volviendo loca.
Le bajó la braga por debajo de las nalgas, solo un palmo, para dejar al aire el culo entero y el nacimiento del sexo. Metió tres dedos entre las nalgas separadas, encontró el agujero de atrás y lo dibujó despacio con el pulgar untado en aceite. Renata soltó un gemido largo y arqueó la espalda.
—Aquí también, esta noche —le dijo Lucía al oído—. Aquí también te vamos a follar.
Lucía sacó unas esposas de tela de la cómoda. Le hizo levantar los brazos por encima de la cabeza, se las puso y las ató a uno de los barrotes del cabezal. La giramos boca arriba. La braga seguía cubriéndola pero ahora se veía la mancha de humedad, oscura, extendida por toda la entrepierna. Tenía las muñecas tensas, los hombros marcados, la respiración cada vez más rápida.
Repetimos el proceso por delante. Aceite sobre los pechos, masajes lentos, tirones suaves a los pezones. Nos inclinamos para chuparlos y Renata respondió con gemidos cada vez más altos. Yo le atrapé un pezón entre los dientes y tiré hasta que se le arqueó el pecho entero; Lucía le mordía el otro, se lo lamía y se lo escupía con desprecio de puta cara. Le dejamos las tetas brillantes de saliva, los pezones hinchados y rojos, casi el doble de gruesos.
Volvimos a sus piernas. Lucía me indicó que tirara de la braga hacia abajo. Renata movió las caderas para ayudarme. Cuando se la deslicé por los muslos, quedó al descubierto: un sexo abultado, los labios mayores carnosos y largos, cubiertos por una mata densa de vello castaño empapado, con hilos de flujo pegados. Lucía le separó las piernas del todo, levantó el vello con dos dedos y descubrió la abertura ya húmeda, rosada, palpitando. El olor a coño caliente inundó la habitación.
—Mira este coño de guarra —dijo, señalándomelo—. Se muere por que se lo revienten. ¿A que sí, Renata?
—Sí… joder, sí —contestó ella con la voz rota.
Bastó un par de dedos para que se arqueara. La penetró despacio, escuchando el chapoteo, mirándola crecer en la respiración. Metía dos, sacaba, metía tres, los giraba dentro y los sacaba brillantes. Cada vez que los volvía a hundir, el coño de Renata soltaba ese ruido líquido y obsceno de agua batida. Cuando Renata estaba a punto, Lucía paró en seco y le dio una palmada fuerte, sonora, directa sobre el sexo abierto. Renata gritó por el dolor y la frustración.
—Tranquila. Aún no. Después suplicarás.
Me hizo arrodillarme entre sus piernas. Me las separó del todo. Entendí el mensaje. Bajé la cara y hundí la nariz en su vello empapado antes de sacar la lengua. Su sabor era a la vez dulce y salado, imposible de describir, el sabor concentrado de una mujer que llevaba años sin ser comida como Dios manda. Le chupé la vulva con una avidez que no me reconocía. Se la abrí con los pulgares para tener el clítoris a la vista, hinchado, brillante, y me lo metí entero en la boca. Lo succioné como si le mamara una polla pequeña. Elevó la pelvis y le doblé las piernas para abrirla más. Por detrás, las nalgas separadas dejaban a la vista su ano, las terminaciones nerviosas tensándose y aflojándose. No me contuve. Lo rocé con la punta de la lengua y ella se descontroló. Le clavé la lengua entera en el culo, giré, chupé, y volví arriba a comerle el coño alternando entre los dos agujeros. La saliva le corría por el perineo, mezclada con su propio flujo, y le empapaba las sábanas.
—Sois unas cerdas —jadeaba moviendo las caderas—. Me estáis comiendo el culo, hijas de puta, me estáis…
—Te encanta. Lo estás disfrutando —le soltó Lucía—. Di que te encanta que te coman el culo. Dilo.
—¡Me encanta, joder, me encanta! Por favor, no pares, chúpame el clítoris, chúpame…
—Por favor, no pares. ¡Joder!
Le temblaban las piernas. La bestia que llevaba dormida hacía años se había despertado. Mientras le succionaba el clítoris, busqué con un dedo el otro orificio. Resbaló con sus propios jugos. Renata dio un brinco pero no me apartó. Se hundió entero. Sentí el anillo cerrarse alrededor de mi dedo y latir. Empecé a bombearla despacio en el culo y a chuparle el clítoris al ritmo, y ella empezó a gemir a gritos, sin vergüenza, sin pensar en los vecinos ni en nada.
—¡Hija de puta, ahhh, me corro, me corro, me estoy corriendo…! —chilló mientras se desbordaba en mi boca.
Le brotó un chorro caliente que me cubrió la barbilla y el cuello. No la solté. Le seguí chupando el clítoris a través del temblor hasta que se corrió una segunda vez, encima de la primera, retorciéndose contra las esposas hasta hacerlas crujir.
Lucía se había tumbado a su lado y le acariciaba los pechos, tirando de los pezones con una mirada de viciosa lujuria que no le había visto hasta entonces. Asomaba la dominante que llevaba dentro.
—¿Te ha gustado cómo te ha comido el coño tu amiga?
—Ha sido… raro. Increíble. Nunca… nunca me habían hecho eso, nunca me habían metido la lengua en el culo, joder…
—Y te has corrido como una perra. Dos veces.
—Sí…
—Ahora le toca a ella. —La voz le había cambiado. Le quitó la venda pero no las ataduras de las muñecas.
—¿De qué manera?
—De la que te diga yo. Vas a comerle el coño a Adriana. Y como no lo hagas bien, te vuelvo a follar el culo con los dedos, pero esta vez sin lubricante.
Me ordenó colocarme a horcajadas sobre la cara de Renata. Yo necesitaba correrme, llevaba media hora al borde. Presioné el sexo mojado contra su boca, le abrí los labios con los dedos y me quedé sin aire cuando me lamió el clítoris con una agresividad que no esperaba de ella. Después metió la lengua dentro, la sacó, la volvió a meter. Un latigazo me recorrió entera. Me la clavaba profunda, como si me la follara con la boca, y me chupaba los labios uno detrás del otro. Empecé a montarla como si tuviera una polla debajo, restregándole el clítoris contra la nariz. Grité sin querer y me derramé sobre su cara. No quise dejar perder una gota. Bajé y le lamí los labios mojados, le limpié mi flujo de las mejillas y de la barbilla, le metí la lengua en un beso largo, cerdo, con mi propio sabor entre las dos.
Lucía se colocó detrás de mí y me metió tres dedos en el coño de golpe. Me arqueó el cuerpo entero. Me la abrió, me la exploró, me buscó ese punto de arriba y lo apretó hasta hacerme temblar. Con la otra mano me pellizcaba un pezón. Renata seguía chupándome el clítoris desde abajo, con las manos atadas por encima de la cabeza, y yo colgada entre las dos me corrí una segunda vez, gritando obscenidades que no reconocía como mías.
***
Mientras me apartaba, Lucía le colocó unas tobilleras de tela y, con mi ayuda, se las sujetó a los muslos. Le puso una almohada bajo las caderas. El culo se le alzó y quedaron expuestos de forma obscena el ano y los labios brillantes. El clítoris asomaba duro y rojo, como una pequeña polla, latiendo a la vista.
—Me vais a matar —dijo entre jadeos. Estaba excitada pero también asustada.
—No te vas a morir. Te está gustando demasiado. Mira cómo tienes el coño, mira cómo chorrea. Estás rogando por que te la meta alguien.
Lucía sacó del cajón un doble dildo. Me introdujo un extremo en el sexo con dos empujes lentos hasta que noté el tope y me ajustó un arnés que sostenía el otro: un pene oscuro, simulado con venas y un glande grueso, casi obsceno. Lo untó con lubricante y me lo masturbó como si fuera una polla de verdad, mirándome a los ojos, sonriendo.
—Acepta a la putita viciosa que llevas dentro. Te vamos a follar. Vamos a partirte el coño.
—Pues folladme ya, cabronas —levantó la cabeza para mirarnos, desafiante—. Rómpemelo. Métemela hasta dentro. Quiero notarla en la garganta.
Pasé la punta sobre los labios hinchados, mojándola en su flujo, y le rocé el clítoris hasta hacerla gemir. Empujé con fuerza. Tan mojada como estaba, el pene de goma entraba y salía sin resistencia, con un chasquido húmedo cada vez que la sacaba entera y la volvía a hundir. Sentía mi propio dildo moverse dentro de mí a cada embestida, presionándome el punto justo. Lucía se me abrazó por la espalda, acompasando el ritmo, me cogió los pezones y los retorció hasta hacerme gritar. Con la otra mano me apretaba el culo, me lo abría, me metía un dedo entre las nalgas y me lo hundía en el ano al ritmo de mis embestidas. Yo follaba a Renata mientras Lucía me follaba a mí. Renata se tensó debajo, lloraba y se reía a la vez.
—Más fuerte, joder, más fuerte, dame más… —suplicaba con las tetas rebotando a cada golpe.
La agarré de las caderas y me la clavé hasta el fondo, tan hondo que se le escapó un gemido casi ronco. La embestí con toda mi rabia, con mis años de no follar así, con mi propia excitación que iba y venía. Lucía se apartó un segundo, cogió del cajón un vibrador pequeño, lo encendió y lo apoyó sobre el clítoris de Renata mientras yo seguía metiéndosela. Renata soltó un grito agudo, se puso rígida y explotó por dentro. Sentí cómo su coño se cerraba en espasmos alrededor del dildo, cómo la penetración se volvía más resbaladiza aún porque se había vuelto a correr.
—Otra vez —le ordenó Lucía sin apartar el vibrador—. Otra vez, ahora, córrete otra vez.
—No puedo, no puedo, no puedo…
—Sí puedes. Adriana, dale por el culo con el pulgar mientras se la clavas.
Le humedecí el pulgar con su propio flujo y se lo hundí en el ano. Se abrió sin resistencia, todavía flojo del dedo de antes. Renata rugió en un orgasmo largo que pareció no terminar nunca, con la boca abierta y los ojos en blanco, chorreando por el coño mientras el ano me apretaba el pulgar hasta hacerme daño. Yo seguí embistiendo hasta vaciarme yo también, corriéndome con el dildo dentro, gritando pegada a la nuca de Lucía que me mordía el hombro.
Cuando le soltamos las ataduras, dejó caer la cabeza en la almohada y soltó un gemido de derrota. Tenía las venas marcadas en la frente y los ojos húmedos, las mejillas pegajosas de mi flujo, la boca hinchada, el coño abierto y palpitando entre las piernas separadas. Nos miró desafiante, con una voz áspera, y nos insultó casi sin fuerzas.
—Zorras —murmuró—. Cerdas… hijas de puta… me habéis reventado…
Después se encogió de lado, abrazada a sí misma, y se quedó dormida.
Lucía y yo nos miramos, todavía jadeantes. Me quitó el arnés despacio, sacó el otro extremo del dildo de mi coño con un beso en la nuca, y me llevó al diván. Se arrodilló entre mis muslos y me comió el coño una vez más, sin prisa, hasta hacerme correr por tercera vez de la noche, contra su lengua, mientras yo miraba el cuerpo desnudo de Renata dormida al otro lado de la habitación.
***
Seis años más tarde, frente a esa fotografía, todavía me pregunto qué la atravesó esa noche. Si fue Lucía la que la abrió, o si yo la había abierto mucho antes, en aquellos veranos de los que nunca nos atrevimos a hablar.