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Relatos Ardientes

Lo que pasó después de la despedida de mi prima

Llovía con furia esa noche y el sonido distante de la tormenta me acompañaba mientras entraba en la habitación de la otra Lucía. Miré la fotografía sobre la cómoda y la reconocí enseguida. Para entenderla tuve que retroceder seis años, hasta la noche en que mi prima Carmen me invitó a su despedida de soltera.

Faltaban dos meses para su boda, pero ella adelantó la fiesta a un viernes cualquiera porque tenía la agenda llena. Me vestí con una blusa de seda oscura y una falda granate que combinaba con mi cazadora. Me pinté apenas los labios y me di un poco de color en las mejillas. Casi nunca me maquillo, pero esa noche me apetecía.

En total éramos doce o catorce mujeres: compañeras suyas del trabajo y un puñado de amigas viejas. Entre ellas estaba Renata, una sorpresa que no esperaba. La había conocido en los veranos de un pueblo de la costa cuando éramos casi niñas y había perdido el contacto con ella hacía mucho. Seguía siendo esa mujer que ya se adivinaba desde pequeña: presumida, con una media melena rubia, mirada tranquila, esa sonrisa apenas torcida. Tenía dos pechos generosos que se insinuaban con descaro bajo el vestido y unas caderas anchas que rellenaban la tela. Se casó joven, sin hijos, y no había dejado de subir un poco de peso desde la adolescencia.

Me senté a su lado durante la cena. Hablamos sin parar, repasando ausencias y reconstruyendo los años. Llegó la hora de los regalos y, como era de esperar, todo iba bañado de comentarios subidos de tono. Después nos repartimos en coches para ir a un club nocturno donde había shows de strippers. No era mi escena, pero no quise contradecir a mi prima. Me tocó subirme al coche de Lucía.

Era la primera vez que la tenía cerca, aunque la había observado durante toda la cena. Me ganaba en altura por unos tacones imposibles. Llevaba chaqueta de cuero negro, un vestido rojo cortísimo, medias oscuras y zapatos de aguja. La melena castaña le caía suelta y tenía los labios pintados de un rojo agresivo. Nos miró de arriba abajo cuando entramos en el coche, como si nos estuviera tasando.

El local tenía una mesa reservada casi pegada al escenario. Salió primero un chico con uniforme de mecánico, todo músculos y aceite simulado, bailando con esa lentitud forzada que se ve en las películas. Algunas del grupo le gritaban barbaridades. Vino después otro vestido de policía, menos musculado pero más atrevido. La música subió, la gente se calentó, y en algún momento subieron a dos mujeres al escenario. Una fue Renata. La esposaron como en una broma y todas reían y sacaban fotos. El chico se les restregó por la cara hasta que solo quedó un tanga ridículo cubriéndolo. Renata cambió la expresión en cuanto el bulto le pasó cerca de la boca, pero siguió el juego.

Yo me había retirado a una barra del fondo donde había menos jaleo. Tenía calor y sed. Lucía se acercó y se sentó frente a mí en un taburete alto. Le dije que el espectáculo no me interesaba demasiado. No le confesé que algo de ella me había atraído desde el principio y que empezaba a sentir frío, esa sensación que tengo cuando alguien me excita sin esperarlo.

La música obligaba a acercarse para hablar y, sin pedir permiso, posó la mano sobre mi muslo cada vez que se inclinaba hacia mi oído. En una de esas se quedó un segundo de más y me besó muy despacio en el cuello. Levantó su copa hacia la mía con una sonrisa que no necesitaba palabras.

Hoy, con el paso del tiempo, no recuerdo las frases exactas. Sí recuerdo los hechos.

—Brindemos por nosotras —dijo.

—Claro, encantada.

—¿Esperas a alguien o estás libre?

—¿A qué te refieres?

—A que podríamos irnos las dos solas. Llevo toda la noche mirándote.

Yo jugueteaba con el vaso entre los dedos, nerviosa. No tenía nada planeado, pero la noche ya parecía decidida cuando Carmen apareció buscándome.

El problema era Renata. No estaba borracha, pero sí lo bastante alegre como para que dejarla volver sola a su casa fuera una temeridad. La propuesta era que yo condujera su coche y la llevara a dormir conmigo. Habían avisado a su marido y él estaba al tanto. Lucía, al ver mi cara, me convenció con dos frases: era un favor a una vieja amiga, no costaba nada.

Lo que me dijo después, ya con la boca pegada a mi oreja, fue otra cosa.

—Estaría bien que la dejaras pasar la noche con nosotras.

Arranqué el coche. Lucía propuso un último trago en su casa. Renata aceptó sin pestañear, le daba lo mismo dónde acabara durmiendo. Durante el trayecto, sentada en el asiento de atrás, no paró de hablar del espectáculo, del cuerpo del policía, de cómo se había reído. Conduje siguiendo las indicaciones de Lucía. No conocía la zona, pero aprecié que entrábamos en una urbanización tranquila de las afueras.

La sala era amplia y olía bien. Nos sentamos las tres con copas de vino y empezamos por temas inofensivos. Lucía la fue picando con el asunto del stripper, con el morbo de las esposas, con cualquier cosa que le aflojara la lengua. El alcohol hizo el resto. Renata acabó contando que llevaba tiempo insatisfecha con su marido. Quería más morbo, más atrevimiento, y él no estaba dispuesto. Se había quedado sin trabajo y pasaba muchas horas sola en casa. Confesó que había ido a una reunión de juguetes eróticos y que una de las anfitrionas le había propuesto un intercambio de parejas y luego, casi en privado, un encuentro con otra mujer. Renata había dicho que no a ambas cosas, pero el tema le rondaba.

—Mira, Renata —soltó Lucía guiñándome el ojo—, hay decisiones que una se debe a sí misma.

—¿Qué decisiones? —dijo apurando la copa.

—Eres joven. Estás en tus mejores años. Y te aburres en la cama. ¿Verdad?

Asintió bajando la cabeza.

—Sé de qué te hablo, cariño. ¿Te importa si te hago unas preguntas?

Le preguntó la edad, el tiempo casada, esas cosas que se contestan rápido. Después fue subiendo el tono. Si se la chupaba a su marido. Si él se lo devolvía. Si se masturbaba. Si veía porno. Si había probado por detrás. Renata contestaba entre risas y rubores. Mientras tanto, Lucía le había puesto la mano sobre la rodilla y la subía un poco con cada respuesta.

—¿Le has puesto cuernos? —insistió.

—No. Pero esta noche con el chico de uniforme… joder, no me habría importado.

—¿Y con una mujer?

—De adulta no.

Renata me miró un instante.

—Algo hubo en aquellos veranos. ¿Te acuerdas, Adriana?

Me acordaba. Tocamientos torpes en la oscuridad de una caseta de playa, un beso a medias del que nunca volvimos a hablar al día siguiente. Cosas de adolescentes a las que nunca pusimos nombre.

—¿Te gustaría probarlo ahora? —le susurré.

Un silencio largo. Lucía se levantó y se arrodilló frente a ella. Le metió las manos por debajo del vestido y le acarició los muslos sin dejar de mirarla. Renata soltó un suspiro, dejó caer la cabeza contra el respaldo del sofá y eso fue un sí.

—Estás muy tensa —dijo Lucía—. Te vendrían bien unos masajes.

—¿Ahora?

—Ahora. Ven.

La llevó de la mano hasta una habitación al fondo. Era amplia, con una cama tipo tatami en el centro y un cabezal de barrotes de hierro. Una cómoda baja, un pequeño diván, todo en blancos y maderas claras. Lucía encendió un par de velas, bajó la lámpara a una luz tenue y puso música apenas audible. Sacó del cajón una cinta de tela negra.

—Lo único que importa ahora es que disfrutes. ¿Lo entiendes?

—Sí. Estoy nerviosa.

Le preguntó si quería irse y olvidarlo. Renata dijo que no con una rotundidad que me sorprendió. Le vendó los ojos y se quedó de pie, inmóvil, esperando. Me acerqué, le dije al oído que se relajara y le di un beso suave en los labios. Entre las dos le sacamos el vestido, el sujetador y los botines. Quedó en una braga culote color burdeos con encajes y unas medias elásticas que se le sujetaban a los muslos.

Estaba como yo la recordaba, más mujer pero igual de rellenita. Curvas suaves y armónicas, pechos generosos que empezaban a perder firmeza, areolas anchas y rosadas, los pezones en punta, ya endurecidos. Las caderas anchas, los muslos pesados, un trasero redondo y compacto. La braga marcaba el bulto del pubis y se intuía, a través de la transparencia, una mancha más oscura: seguía con el vello sin recortar. De adolescente siempre destacaba por eso, por la abundancia de su pelaje y por su negativa a tocarlo, aunque se le saliera del bañador.

La ayudamos a tumbarse boca abajo sobre la cama y nosotras nos desnudamos hasta quedar también con liguero, las dos del mismo tipo, las que dejan al aire muslos y trasero. De pie y desnuda, Lucía parecía más alta. Tenía el vientre plano, los pechos pequeños, casi sin areola pero con los pezones marcados, el pubis recortado en un triángulo perfecto. Entre los muslos asomaban unos labios mayores largos y colgantes, como dos lóbulos. Me besó despacio y me pasó la mano por el pubis, completamente rasurado.

—¿Te estás divirtiendo? —preguntó.

Asentí.

—Me gustas —murmuré.

—Eres increíble. Pero primero es ella.

***

Vertió aceite sobre la espalda de Renata y empezó con masajes circulares. Los dedos resbalaban hasta la goma elástica de la braga y volvían a subir. Con una seña me indicó que le quitara las medias. Le esparcimos aceite por las piernas y nos repartimos el trabajo desde los tobillos. Cada subida le separaba un poco más los muslos. Cuando los dedos rozaban la tela de la entrepierna, ella ya respondía con un suspiro contenido.

Lucía le dio una palmada seca en una nalga. Renata soltó un gritito sorprendido. Repitió en el siguiente recorrido y me hizo un gesto para que yo hiciera lo mismo. Renata levantó las caderas, ofreciendo el culo a las dos manos, aceptando lo que viniera. Entre las dos le dimos más de una docena de nalgadas que ella siguió con suspiros rítmicos.

Lucía sacó unas esposas de tela de la cómoda. Le hizo levantar los brazos por encima de la cabeza, se las puso y las ató a uno de los barrotes del cabezal. La giramos boca arriba. La braga seguía cubriéndola pero ahora se veía la mancha de humedad. Tenía las muñecas tensas, los hombros marcados, la respiración cada vez más rápida.

Repetimos el proceso por delante. Aceite sobre los pechos, masajes lentos, tirones suaves a los pezones. Nos inclinamos para chuparlos y Renata respondió con gemidos cada vez más altos. Volvimos a sus piernas. Lucía me indicó que tirara de la braga hacia abajo. Renata movió las caderas para ayudarme. Cuando se la deslicé por los muslos, quedó al descubierto: un sexo abultado, los labios mayores carnosos y largos, cubiertos por una mata densa de vello castaño. Lucía le separó las piernas, levantó el vello con dos dedos y descubrió la abertura ya húmeda.

Bastó un par de dedos para que se arqueara. La penetró despacio, escuchando el chapoteo, mirándola crecer en la respiración. Cuando Renata estaba a punto, Lucía paró en seco y le dio una palmada fuerte en el sexo. Renata gritó por el dolor y la frustración.

—Tranquila. Aún no. Después suplicarás.

Me hizo arrodillarme entre sus piernas. Me las separó del todo. Entendí el mensaje. Su sabor era a la vez dulce y salado, imposible de describir. Le chupé la vulva con una avidez que no me reconocía. Elevó la pelvis y le doblé las piernas para abrirla más. Por detrás, las nalgas separadas dejaban a la vista su ano, las terminaciones nerviosas tensándose y aflojándose. No me contuve. Lo rocé con la punta de la lengua y ella se descontroló. Volví al sexo y le succioné el clítoris hasta hacerlo asomar entre los labios.

—Sois unas cerdas —jadeaba moviendo las caderas.

—Te encanta. Lo estás disfrutando —le soltó Lucía.

—Por favor, no pares. ¡Joder!

Le temblaban las piernas. La bestia que llevaba dormida hacía años se había despertado. Mientras le succionaba el clítoris, busqué con un dedo el otro orificio. Resbaló con sus propios jugos. Renata dio un brinco pero no me apartó. Se hundió entero.

—¡Hija de puta, ahhh…! —chilló mientras se desbordaba en mi boca.

Lucía se había tumbado a su lado y le acariciaba los pechos, tirando de los pezones con una mirada de viciosa lujuria que no le había visto hasta entonces. Asomaba la dominante que llevaba dentro.

—¿Te ha gustado cómo te ha comido el coño tu amiga?

—Ha sido… raro. Increíble. Nunca…

—Ahora le toca a ella. —La voz le había cambiado. Le quitó la venda pero no las ataduras de las muñecas.

—¿De qué manera?

—De la que te diga yo.

Me ordenó colocarme a horcajadas sobre la cara de Renata. Yo necesitaba correrme. Presioné el sexo mojado contra su boca, le abrí los labios con los dedos y me quedé sin aire cuando me lamió el clítoris con una agresividad que no esperaba de ella. Después metió la lengua dentro. Un latigazo me recorrió entera. Grité sin querer y me derramé sobre su cara. No quise dejar perder una gota. Bajé y le lamí los labios mojados, le metí la lengua en un beso largo.

***

Mientras me apartaba, Lucía le colocó unas tobilleras de tela y, con mi ayuda, se las sujetó a los muslos. Le puso una almohada bajo las caderas. El culo se le alzó y quedaron expuestos de forma obscena el ano y los labios brillantes. El clítoris asomaba duro y rojo, como una pequeña polla.

—Me vais a matar —dijo entre jadeos. Estaba excitada pero también asustada.

—No te vas a morir. Te está gustando demasiado.

Lucía sacó del cajón un doble dildo. Me introdujo un extremo en el sexo y me ajustó un arnés que sostenía el otro: un pene oscuro, simulado con venas y un glande grueso. Lo untó con lubricante.

—Acepta a la putita viciosa que llevas dentro. Te vamos a follar.

—Pues folladme ya, cabronas —levantó la cabeza para mirarnos, desafiante.

Pasé la punta sobre los labios hinchados. Empujé con fuerza. Tan mojada como estaba, el pene de goma entraba y salía sin resistencia. Lucía se me abrazó por la espalda, acompasando el ritmo, me cogió los pezones y los retorció hasta hacerme gritar. Renata se tensó debajo, lloraba y se reía a la vez, hasta que rugió en un orgasmo largo que pareció no terminar nunca. Yo seguí embistiendo hasta vaciarme.

Cuando le soltamos las ataduras, dejó caer la cabeza en la almohada y soltó un gemido de derrota. Tenía las venas marcadas en la frente y los ojos húmedos. Nos miró desafiante, con una voz áspera, y nos insultó casi sin fuerzas. Después se encogió de lado, abrazada a sí misma, y se quedó dormida.

***

Seis años más tarde, frente a esa fotografía, todavía me pregunto qué la atravesó esa noche. Si fue Lucía la que la abrió, o si yo la había abierto mucho antes, en aquellos veranos de los que nunca nos atrevimos a hablar.

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Comentarios (4)

MarisolVH

increible!!! me quede sin palabras la verdad

SofiaRoca

Necesito una segunda parte, no me puede quedar así jajaja. Muy bien escrito, se nota que le pusiste corazon

CarlaGdl

Me recordó a una situación parecida que viví hace años. Leerlo me trajo esa misma mezcla de nervios y adrenalina. Gracias por compartirlo

Daniela_BA

¿Escribís seguido? Porque con este nivel quiero leer todo lo que tenés publicado

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