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Relatos Ardientes

Mi ama nos castigó por desobedecerla esa tarde

Aquella tarde de domingo era distinta a las demás. Por primera vez íbamos a sesionar las tres juntas en mi piso: la señorita Sienna, la señorita Marlene y yo, bajo la autoridad de nuestra ama, la señorita Helena. Habíamos hablado del encuentro durante semanas, comparándolo con una primera cita que nadie quiere arruinar.

Esta vez, a diferencia de la última, no había una mota de polvo fuera de su sitio. Pasé el plumero por las repisas, fregué el suelo dos veces y dejé las copas alineadas como si esperara una inspección militar. No quería volver a decepcionarla. La decepción de mi ama era peor que cualquier vara.

Llevaba tres cafés en el cuerpo y las manos me sudaban. Los nervios y el deseo iban mezclados, como siempre que se acercaba una sesión con ella. En el dormitorio dejé todo dispuesto: el flogger negro de tiras largas, la vara fina, el látigo de mango corto, las esposas de acero, las cuerdas de algodón y las velas blancas con su caja de cerillas al lado. Soy de la vieja escuela y nunca usaría un mechero para algo así.

La primera en llegar fue la señorita Marlene. Llevábamos meses hablando por mensajes y la sensación de verla en el rellano fue rara y bonita a la vez, como abrazar a una hermana que nunca tuviste. Nos quedamos unos segundos así, sin hablar, y la invité a pasar. Le preparé un café cargado, como sabía que le gustaba. Nuestra ama y la señorita Sienna no llegarían hasta dentro de tres horas.

La conversación saltó de un tema a otro con la facilidad de quien se reconoce. Hablamos de trabajos, de exparejas, de manías. Nos fumamos un cigarrillo en la ventana y, en algún punto, saqué la botella de ron añejo que guardaba para ocasiones que casi nunca llegaban. A ella le iba la marcha. Una copa se convirtió en dos, dos en tres, y cuando me levanté a por algo de picar acabé bajando también la lata de CBD.

Marlene me miró liar el porro con curiosidad.

—Estoy un poco achispada —dijo, riéndose de sí misma—. La verdad es que ahora mismo no le diría que no.

—Pues no se hable más, señorita. Le hago uno.

La mañana se nos escurrió entre risas, recuerdos del grupo y confesiones que solo se hacen con la guardia baja. Cuando me quise dar cuenta, el salón olía a tabaco, a hierba y a perfume mezclados, y yo no había abierto ni una ventana. Sonó el timbre. Nuestros ojos se cruzaron con el mismo susto. Marlene me sonrió igual, pero el corazón me bajó al estómago.

Abrí la puerta con una sonrisa fingida que duró exactamente dos segundos. La señorita Helena entró sin saludar, husmeando el aire como si la casa entera fuera un crimen.

—Bienvenida, mi ama —dije, intentando sonar contenta.

—¿Qué es este olor? —preguntó en seco.

Sentí cómo la sangre se me iba de la cara. Marlene, desde el sofá, se echó a reír por lo bajo.

—Nada, ama. Ambientador.

—Ah, ¿ambientador? —Helena cruzó el salón hasta las copas vacías—. Veo que se han estado divirtiendo.

—Sí, mucho, ama —contestó Marlene con una sonrisa que era una bofetada.

—Marlene, cállese —le susurré entre dientes.

—No, no. Que hable, está muy contenta. ¿Verdad, señorita?

—¿Por qué no vino la señorita Sienna? —pregunté, intentando cambiar de tema.

—No ha podido. Un problema de última hora —respondió mi ama sin mirarme—. Y hágame el favor de abrir esas ventanas ahora mismo.

—La que te va a caer, Camila —murmuró Marlene cuando pasé a su lado.

—¿Cree que a usted no?

La sonrisa de Marlene se evaporó. Yo no pude evitar soltar una risa breve, todavía floja por el ron, y eso fue suficiente para que la mirada de la ama girase hacia mí como un foco.

—¿Le divierte que castigue a su hermana?

Miré a Marlene. Algo travieso, casi infantil, se me revolvió por dentro.

—Sí —dije, sonriendo.

—Eres una capulla —masculló Marlene.

—Esa boca, señorita Marlene.

—Perdón, ama.

—¿Han fumado marihuana? —preguntó la ama, ya sin contenerse.

—Ella me la ofreció —soltó Marlene, rápida como una rata.

—¡Eh, eso no se hace! —protesté.

—¿Desde cuándo fuma usted eso, Camila? —dijo mi ama, acercándose despacio.

Agaché la cabeza y no contesté.

—¡Conteste! —¡Plaf! La palma me cruzó la mejilla con un golpe seco que me hizo apretar los dientes.

—Desde hace tiempo, mi ama. Es medicinal. Para relajarme.

Su mano cambió de gesto y me acarició la mejilla recién golpeada, despacio, casi con ternura.

—Sabe que no me gusta que me oculte cosas. —¡Plaf!, en la otra mejilla—. ¿Por qué no me lo había contado?

—Quería decírselo en persona, mi ama, no por mensaje. Lo siento —respondí con las lágrimas asomando.

—Desvístase.

—Sí, mi ama.

Me quité el vestido por la cabeza sin pensar y lo dejé caer en el suelo. La ropa interior cayó al lado. Cuando estuve desnuda, ella me llamó con un dedo.

—Acérquese.

Sus manos empezaron por mis pezones, los pellizcó con suavidad hasta endurecerlos, y entonces sacó del bolso las pinzas de acero y me las cerró sin advertirme. Me arqueé hacia atrás y solté un quejido entre los dientes.

—No se merece que sea suave hoy. Señorita Marlene, desnúdese usted también.

—Sí, ama. ¿Qué parte quiere que me desnude primero? —dijo con una risilla agotada.

—No se reirá tanto cuando se las vea con la vara.

Su cara cambió, igual que antes. Yo intenté contener la risa, pero los dedos de mi ama, todavía sobre las pinzas, las apretaron un poco más, y un gemido ahogado me obligó a ponerme de puntillas.

—Apoye las manos en la mesa, Camila. Abra las piernas.

Hice lo que me pedía. La encimera estaba fría contra mis muslos. Sentí su mano recorrer mis nalgas, bajar entre mis piernas y rozar mi sexo. Cogió las pinzas que colgaban del extremo opuesto de la cadena y, una a una, me las cerró en los labios. Solté el aire de golpe.

—Ahora usted, señorita Marlene.

—Las pinzas no, ama.

—¿Cómo dice?

—Las pinzas no.

—Entonces va a tener que venir igualmente.

—¿Y si no quiero?

—Su hermana pagará por usted.

—¿Qué? —dije yo.

La mano de mi ama cayó sobre mi sexo con un golpe corto. Me mordí el labio para no gritar.

—¿Sigo, señorita Marlene?

—Haga lo que quiera —contestó Marlene, mirando el cuadro de la pared.

—Pues sigo. Pero quiero que mire.

Dos, tres, cuatro golpes más. Cada uno me obligaba a levantar un pie sin querer, a equilibrarme sobre la punta del otro. Las pinzas tiraban con el peso de la cadena en cada movimiento.

—Marlene, por favor —rogué.

—Está bien, está bien…

Se acercó a la ama, que la cogió del pelo y le tiró la cabeza hacia atrás.

—Voy a asegurarme de que no vuelva a desobedecerme.

—Lo siento, ama.

Le puso las pinzas igual que a mí, en los pezones y en los labios del sexo. Marlene no se quejó tanto como yo, y eso me hizo sentir patética. La azotó con la mano y aguantó mucho mejor, mirándome desde el otro lado de la mesa con una mezcla de complicidad y reproche.

Cuando terminó, recogió las cadenas como si fueran correas y nos llevó hasta el salón. Contó las copas vacías. Contó las colillas en el cenicero.

—Tres copas cada una y dos porros. ¿Es así?

—Sí, mi ama —respondí.

—Eso determina la sesión de hoy.

Tiró de las cadenas y nos arrastró hasta la habitación. La sentí mirar el cuarto con aprobación.

—Me alegra ver que tiene la casa en orden, Camila.

—Gracias, mi ama.

—Hoy les he traído algo.

De su bolso sacó dos collares idénticos de cuero negro, anchos, con una argolla pesada cosida en el centro.

—Vamos a formalizar esto. El de la señorita Sienna se lo daré cuando la vea.

Nos hizo arrodillarnos. Nos puso los collares con cuidado, ajustándolos para que ni apretaran demasiado ni colgaran. Luego nos ordenó la posición militar, con las piernas dobladas y la espalda recta. Mientras elegía el primer instrumento, miré a Marlene de reojo. Ni un parpadeo. Aguantaba como si llevara horas allí.

Cogió el flogger negro, el de las tiras largas y pesadas. Empezó a azotarnos por la espalda. La primera tira siempre era la peor, no por dolor sino por sorpresa, pero después el cuerpo aprendía a recibirlo. Cada golpe me dejaba la piel hirviendo. Era exactamente eso lo que me gustaba.

Estuvo un buen rato así, hasta que decidió pasar al frente. Cuando vi que el flogger se acercaba a mis pechos, me eché un poco hacia atrás sin querer. Le tocó primero a Marlene. La pobre perdió el equilibrio dos veces, pero apretó los dientes y aguantó. Luego me tocó a mí.

El primer golpe lo desvié girándome. Le cayó en la espalda. Lo sé porque la oí soltar el aire por la nariz.

—Camila…

—Lo siento, mi ama, lo siento.

—Póngase en posición.

—No, por favor.

—No me obligue a atarla.

—No quiero —dije, y las lágrimas me vinieron sin pedir permiso.

Hizo ademán de agarrarme del brazo y yo me escabullí por instinto. Fue peor.

—Camila, está acabando con mi paciencia. Venga aquí. Ahora.

Su voz llenó la habitación. Cerré los ojos. Sabía que la había liado. Volví hacia ella arrastrando los pies. Me cogió del brazo, no con violencia pero sí con firmeza, y me sentó en la silla. Brazos atados a los reposabrazos. Piernas atadas y abiertas a las patas.

—Señorita Marlene, mire bien lo que pasa cuando se me desobedece. Su hermana lo va a lamentar.

—Ama, por favor —murmuré.

No me respondió. Vi la cara de espanto de Marlene antes de ver lo que mi ama había cogido. Cuando se dio la vuelta y reconocí la vara, intenté soltarme. La vara en los pechos siempre era peor que el flogger.

—Usted lo ha querido así, Camila.

—Mi ama, por favor, no volveré a escapar, se lo juro.

—Ya no me vale.

Empezó con caricias, dibujando círculos con la punta de la vara por encima de mis senos. Después, golpecitos suaves. Subieron a los pezones y bajaron al sexo, ya abierto y vulnerable entre las cuerdas. Cuando el primer golpe llegó de verdad, me mordí el labio sin querer. Me había gustado. Y ella lo notó. El segundo golpe fue más fuerte. Solté un «¡ah!» que sonó demasiado entregado.

—¿Solo eso, Camila?

El tercero me sacudió entera. Eché la cabeza hacia atrás y oí mi propio grito desde fuera, como si no fuera mío. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas. Entonces paró.

—Gracias, mi ama.

Ella sonrió.

—¿Cree que he terminado?

—Ama, por favor.

—No, Camila. Lo que ha hecho es grave. Es una falta de respeto.

—Lo siento, lo siento mucho.

—Lo va a sentir en el pecho.

Tiró de las pinzas y me las arrancó sin avisar, primero las de los labios, después las de los pezones. La sangre volvió de golpe a las zonas castigadas y el dolor me dejó sin aire. Acto seguido, la vara cayó sobre el primer pecho. Si los vecinos estaban en casa, esa tarde se enteraron de mí.

Odiaba que me castigara los senos. Era mi debilidad. Prefería la espalda, el culo, los muslos. Pero los pechos no. Y ella lo sabía.

Fue dura. Muy dura. Cuando terminó, se acercó a mi cara, me limpió las lágrimas con el pulgar y me besó la frente.

—¿Cómo se encuentra?

—Me duele todo, mi ama. No volveré a hacerlo. Lo prometo.

—Para eso es el castigo, querida. Si no duele, no se aprende.

Su boca quedó a un par de centímetros de la mía. Sentí su aliento. Pero no me besó. Yo no lo merecía y las dos lo sabíamos.

—Su turno, señorita Marlene. Manos en la cama.

—Sí, ama.

Marlene se colocó sin discutir.

—¿Lo ve, Camila? Ella obedece y no pone pegas como usted.

Me sentí ofendida. Si yo hubiera visto un castigo así antes que ella, también habría obedecido. Eso me dije, aunque las dos sabíamos que no era verdad.

—¿Enfadada, Camila?

—No, mi ama.

—¿Segura?

—Sí, mi ama.

Acarició las nalgas de Marlene con suavidad antes del primer golpe. Marlene me había confesado que la vara era lo único que le daba miedo de verdad.

—Conque porros y bebida, señorita Marlene.

—Solo nos estábamos divirtiendo, ama. ¿Es que no podemos?

Mi ama soltó una carcajada limpia.

—Claro que pueden divertirse. Pero no así.

Y de pronto, ¡zas! El primer varazo le cruzó las nalgas. Marlene se echó hacia adelante hasta casi tumbarse del todo.

—Vuelva a su posición.

—Sí, ama.

Siguió. Marlene era orgullosa y aguantaba, pero algún grito se le escapaba sin querer. Por eso, quizás, su castigo se alargó un poco más que el mío.

Cuando terminó, mi ama se acercó otra vez a la silla y me desató los brazos y las piernas. La piel me ardía donde habían estado las cuerdas.

—Camila, ¿dónde tiene el arnés que se compró?

—Guardado, mi ama.

—Pues sáquelo.

Algo se me encendió por dentro y por un instante olvidé el dolor. Cuando se lo entregué, ella misma se lo colocó sin preguntarme nada. El consolador era grueso y largo. Como me gustaba.

—Señorita Marlene, túmbese en el borde de la cama y abra las piernas.

Mi expresión cambió. Marlene obedeció en silencio.

—Camila, chúpemelo.

Hice lo que me pedía, pero con la rabia justa para que se notara. Si quería ensalivar a Marlene, podía haber usado el lubricante. La cabeza me hervía. Entonces sentí los dedos de mi ama entrar de golpe en mi sexo.

—Está empapada, Camila —dijo con la boca cerca de mi oreja.

Sus dedos jugaron dentro de mí un rato más. La rabia se me iba bajando. Marlene también estaba excitada; lo notaba por cómo se movían sus caderas, aunque la vergüenza le tapaba los gemidos. De repente, mi ama sacó los dedos. Me quejé. ¡Zas!, otro azote en las nalgas. Y entonces, sin avisar, sentí el consolador entrar de una sola embestida.

—No se pueden correr. Están castigadas.

El calor me subió a la cabeza. Mientras yo le comía el sexo a Marlene, mi ama me embestía desde atrás con un ritmo seco y firme. Marlene jadeaba contra mi boca. Yo gemía contra ella. Cuanto más profundo, más me dolía, y cuanto más me dolía, más cerca estaba de algo que no me dejarían tener. Solo se oían nuestras respiraciones y el roce del cuero del arnés.

—Ama, por favor —rogó Marlene.

—No.

—Por favor —rogué yo.

—No.

Y entonces la sacó.

—Pare, señorita Camila.

Estaba sudando, dolorida, encendida. Quería más. Quería todo. Levanté la cabeza del sexo de Marlene y la miré con los ojos llenos de súplica.

—Me tengo que marchar. No tienen permiso para correrse. Pórtense bien.

Recogió su bolso y se fue, cerrando la puerta con la misma calma con la que había llegado. Marlene y yo nos quedamos solas, mirándonos desde dos cuerpos que ya no sabían qué hacer con tanto deseo retenido.

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Comentarios (4)

Valeria_Noc

intensisimo desde el primer párrafo!! me encanto, se siente muy real

MascaraVerde

La tension que lograste crear es genial. Seguí publicando, por favor

Cecilia_ok

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que pasa despues

cordobes_noc

ese momento de esperar el castigo es lo mas intenso que existe jajaja muy bien narrado

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