La vendedora del 7B y su tanga de perlas
Hoy voy a contar cómo un juego entre dos mujeres puede irse de las manos en una tarde de lunes.
Tengo treinta y nueve años, soy alta, morena, con bastante carne encima y unos pechos que siempre llamaron más atención de la que yo hubiera querido. Trabajo en una oficina del centro y vuelvo a mi departamento pasadas las siete, agotada, casi siempre con la única idea de tirarme en el sillón.
Hace meses que vengo dándole vueltas a una idea que no le cuento a nadie. No quiero un trío, no quiero a una chica que me toque mientras un hombre nos mira desde una silla. Quiero a una mujer sola, conmigo, durante horas. Ya estuve con otras, sí, pero siempre formó parte de un paquete: el cumpleaños de alguien, una pareja abierta, una noche larga con vino. Esta vez la quería sin testigos, casi como en una película porno, con la luz prendida y nadie esperando en la puerta.
Vera vivía dos pisos más arriba, en el 7B. Yo era su clienta y ella mi vendedora. Trabajaba para una marca chica que importaba lencería italiana, y desde que se mudó al edificio se acostumbró a tocarme la puerta cada quince días con un bolso lleno de muestras. Me traía cosas que no eran mi estilo: tangas diminutas, conjuntos con encaje hasta donde la imaginación pudiera, camisones que tapaban menos de lo que prometían. Yo le compraba algo de vez en cuando, más por costumbre que por necesidad, y porque me gustaba verla revolear todo eso sobre mi cama mientras hablaba sin parar.
Aquel lunes llegué del trabajo arrastrando los pies y Vera estaba en el rellano, apoyada contra el ascensor, con su bolso negro entre los pies. Me vio y se le iluminó la cara.
—Justo a ti te andaba buscando —dijo.
—Hoy no, Vera, no doy más —contesté mientras revolvía la cartera en busca de las llaves.
—Es un segundo. Te muestro algo nuevo y me voy.
—No tengo plata.
—No importa, mira nada más. Si no te gusta, me voy.
Insistió tanto que terminé abriéndole la puerta. Entró antes que yo, como hacía siempre, y se dejó caer en el sillón con la confianza de quien ya estuvo cien veces. Dejé la cartera, me saqué los zapatos y me senté frente a ella sin ganas, todavía con el saco puesto.
Empezó a sacar prendas del bolso, una detrás de otra, comentándolas en voz baja como si me las estuviera vendiendo a media voz en un local vacío. Yo asentía sin mirar. En un momento se quedó callada, levantó la vista y se mordió el labio.
—¿Te muestro algo, pero no te ríes?
—Muéstrame lo que quieras —dije, todavía pensando en si iba a cocinar algo o pedir comida hecha.
Se sacó las zapatillas. Se sacó el pantalón. Y se quedó parada en medio de mi salón, con la blusa todavía abrochada y nada más debajo que una tanga azul cobalto con un detalle que no había visto nunca: una hilera de perlas pequeñas, blancas, cosidas a lo largo de la tira que se metía entre los muslos. Cada perla quedaba apoyada exactamente donde tenía que apoyarse.
Sentí cómo se me iba el cansancio de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor y encendido otro.
Vera era más baja que yo, más flaca, con la piel muy blanca y unos lunares chiquitos repartidos por las piernas. Sobre esa piel, el azul de la tanga parecía pintado encima. No se movía. Esperaba que yo dijera algo y yo no estaba pudiendo armar una sola palabra coherente.
No la voy a tocar. No la voy a tocar. No la voy a tocar.
—Tócala —dijo ella, como si me hubiera escuchado, y dio un paso hacia mí.
Le agarré la mano, no sé si para frenarla o para guiarla, y ella aprovechó para llevarse mi mano hacia su pubis. Mis dedos pasaron por encima de las perlas y, por debajo, sentí que la tela estaba mojada.
Se rio bajito.
—¿Ves para qué sirven?
—Vera —dije.
—Dime que pare y paro.
Pasé un dedo por la tela, ahí donde las perlas la apretaban contra ella, y la sentí temblar. Tomó mi dedo, se lo llevó a la boca y lo chupó sin sacarme los ojos de encima. Tenía la boca chica y los dientes muy parejos.
—Espera —dije, pero la voz me salió sin convicción.
Me miró, levantó una ceja y soltó la frase más calculada que escuché esa tarde:
—Hoy no te voy a dejar entera, te aviso.
***
Me agarró de la muñeca y me llevó a mi propio cuarto. La cama estaba hecha desde el domingo y todavía olía al perfume del lavandero. Me sentó en el borde, se puso entre mis piernas todavía con la tanga puesta y me empezó a desvestir como si lo hiciera todos los días: el saco primero, después la blusa, el corpiño se lo sacó sin mirar el broche, los pantalones cayeron sin que yo me diera cuenta del momento exacto.
Tuvo el cuidado de doblar el saco y dejarlo sobre la silla, lo que me pareció absurdo en ese momento, casi tierno. Después se acordó de la situación y volvió a la cama con una sonrisa de pena fingida, como si me debiera una disculpa por haberse distraído.
Cuando estuve desnuda me hizo subir más arriba en la cama y se puso de rodillas sobre mí. Sacó del bolso —¿en qué momento había metido el bolso al cuarto?— una tanga negra de encaje, idéntica a la suya en el diseño pero con las perlas un poco más grandes. Me la calzó despacio, una pierna por vez. Después me besó por encima de la tela y empezó a tirar de la tira hacia arriba, milímetro a milímetro, hasta que las perlas quedaron alineadas justo donde ella había acomodado las suyas.
—Quédate quieta —me dijo.
Cada vez que yo me movía, las perlas se acomodaban distinto. Sentía cinco, seis, siete puntos de presión que me iban pidiendo cosas. Vera me miraba desde arriba, sonriéndose, mientras tiraba la tira un poco más fuerte cada vez que yo intentaba protestar.
—Me las puse para ti —dijo en algún momento, casi al oído.
No le contesté. No podía.
Me hubiera reído de la frase si hubiera podido mover los músculos de la cara. Pero estaba toda volcada hacia abajo, hacia esa hilera de presiones que no me dejaba respirar normal. Cerré los ojos. Sentí su pelo cayéndome sobre el cuello, su aliento atrás de la oreja, y un dedo de ella entrando despacio por debajo de la tira de la tanga, sin tocarme todavía donde más yo quería.
Bajó por mi cuerpo besando todo lo que encontraba, sin apuro, como si la tarde fuera de ella y yo solo tuviera que dejarla. Llegó a las perlas y empezó a chuparlas una por una, despegándolas de mí, mojándolas, devolviéndolas a su lugar. Después corrió la tanga a un costado con dos dedos y me chupó directamente, mientras la otra mano subía hasta agarrarme un pecho.
Hizo lo mismo más abajo, con la lengua entre mis nalgas, sin pedirme permiso pero sin pasarse de lo que yo estaba dispuesta a dejar. Sentí que se me caía algo adentro, una especie de pudor que ya no me servía de nada.
De pronto se subió sobre mí y apoyó su tanga contra la mía. Las dos hileras de perlas quedaron una frente a la otra, separadas apenas por dos capas de tela. Empezó a moverse despacio, en círculos, y yo la agarré de las nalgas y la apreté contra mí, buscando que esas perlas hicieran lo que ya estaban haciendo, pero más fuerte.
—Así —dijo ella sin abrir los ojos.
Tenía los pechos chicos y muy claros, y me los pasaba por la cara cada vez que se inclinaba. Le mordí uno sin pensar y soltó un sonido que me hizo apretarla todavía más. Sus caderas eran finitas, mucho más finitas que las mías, y entre mis manos parecían de otra escala. La pelvis se le hundía con cada empujón y las perlas no se movían de su lugar: era nuestro propio movimiento el que las arrastraba.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. En algún momento dejé de pensar en los muebles, en la cena, en el lunes que tenía mañana. Solo había la tela mojada entre nosotras, sus pechos sobre los míos, su pelo cayéndome en la cara.
Acabamos casi juntas, ella un poco antes, con un grito corto que pareció más una protesta que un placer. Se quedó pegada a mí, respirando rápido contra mi cuello, mientras yo todavía iba bajando del último temblor.
Yo terminé poco después, con la mano todavía clavada en su nalga y la cara contra su clavícula. No fue un grito sino una larga exhalación que me dejó la garganta seca. Sentí que el corazón me iba a quedar latiendo así durante una hora.
***
Cuando recuperamos el aire, ella se acostó a mi lado boca arriba. Las dos tangas seguían en su lugar, empapadas, ridículas y perfectas.
—Estás abierta —me dijo de repente, mirándome con una sonrisa rara.
—Sí —contesté.
—Tienes ganas de algo más.
Pensé un segundo si valía la pena ser sincera. Decidí que sí.
—Tengo ganas de un hombre ahora —admití—. No te ofendas.
No se lo tomó a mal. Se quedó callada unos segundos, después se rio y se incorporó en la cama. Empezó a vestirse sin decir nada, pero la sonrisa no se le iba.
—A mí los hombres no me gustan —dijo mientras se ataba las zapatillas—. Pero conozco a alguien que va a estar contento de subir.
Sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y mandó un mensaje sin que yo viera a quién. Me besó en la boca, sin lengua, como se besa a alguien con quien todavía no se sabe si una se va a cruzar al día siguiente o no, y se fue. Escuché la puerta del departamento abrirse y cerrarse, y después la del ascensor.
Yo me quedé en la cama, todavía con la tanga puesta, mirando el techo. Las perlas seguían apoyadas exactamente donde habían empezado, y cada vez que respiraba hondo me recordaban que estaban ahí. Pensé que en algún momento iba a tener que sacármela y lavarla, pero todavía no. Quería seguir sintiéndola un rato más, mientras esperaba a ver si el mensaje de Vera tenía respuesta.