Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde que Renata vino con dos amigas a casa

Había vuelto la noche anterior de cuatro días en la costa y todavía tenía el sol metido bajo la piel. Mi marido se había ido temprano a una reunión que se alargaría hasta entrada la tarde, mi hermana se había llevado a los chicos para que yo pudiera respirar y la casa entera era mía. No recordaba la última vez que había tenido tantas horas seguidas sin que nadie me reclamara nada.

Me preparé un baño largo. Eché sales, encendí dos velas y dejé sonar una lista de canciones lentas desde el celular apoyado en el lavabo. El agua estaba caliente, casi al límite de lo que aguantaba. Me hundí hasta que solo quedaron afuera la nariz y las rodillas.

Cerré los ojos y la cabeza se fue sola a la playa. A la última noche en aquella casa alquilada, cuando todas terminamos en la terraza con vino tibio y sin demasiada ropa. A Marina, sobre todo. Marina con el pelo todavía húmedo, riéndose de algo que había dicho yo, dejando que la toalla se le abriera sin ningún apuro. La forma en que se había sentado a mi lado, cómo me había mirado cuando nadie miraba.

Mi mano bajó sola por debajo del agua.

Me toqué los pechos primero, despacio, dejando que los pezones se me pusieran duros contra las yemas. Pensé en la boca de Marina, en lo que habíamos hecho en aquel cuarto cuando las demás ya dormían. Cómo se había arrodillado entre mis piernas, cómo había tardado, cómo me había mirado desde abajo antes de bajar la cabeza.

Bajé los dedos hasta el sexo. Estaba ya completamente abierto, mucho más caliente que el agua. Me acaricié el clítoris en círculos lentos, después más rápido, y me corrí antes de lo que esperaba, mordiéndome el labio para no hacer ruido aunque no había nadie en la casa.

Me quedé un rato más, flotando, hasta que el agua empezó a enfriarse. Salí de la tina envuelta en una toalla, todavía con la cara encendida, y entonces sonó el teléfono.

—Hola, soy Renata. ¿Estás ocupada?

Renata era la que había organizado el viaje a la playa. La que más se había soltado allí, la que había vuelto del fin de semana diciendo, sin vueltas, que ahora sabía que también le gustaban las mujeres. Lo decía con la misma calma con la que pedía un café.

—Estoy sola toda la tarde —le dije—. Vení cuando quieras.

—Es que… estoy con dos amigas. ¿Te molesta?

Algo en cómo lo dijo me hizo saber, antes de preguntar más, que esas amigas no venían a tomar el té.

—Tráelas.

Colgué y me quedé un momento con el teléfono en la mano. Me sequé el pelo lo justo, me puse un vestido corto sin nada debajo y me serví una copa de vino blanco. No tenía tiempo de pensarlo demasiado y, sinceramente, tampoco quería.

Veinte minutos después, sonó el timbre.

***

Renata entró primero. Llevaba un jean ajustado y una blusa fina con los dos primeros botones abiertos. Detrás venían las amigas: Aisha y Noemí. Las dos altas, las dos con esa seguridad de mujer que sabe perfectamente cómo la miran. Aisha llevaba un vestido negro entallado; Noemí, una falda corta y una camiseta blanca que dejaba adivinar todo lo que había debajo.

—Te traje refuerzos —dijo Renata, y se rió.

Las invité a pasar al living. Serví otras tres copas. Nos sentamos en el sillón grande, las cuatro apretadas, y durante el primer minuto nadie habló de lo que estaba claro que iba a pasar. Renata contó, igualmente, que les había explicado a las chicas todo lo del viaje, sin filtros, y que les había dado curiosidad.

—Mucha curiosidad —aclaró Noemí, mirándome por encima del vaso.

Aisha apoyó la mano en mi rodilla, así, sin preguntar. Tenía los dedos largos y las uñas cortas, pintadas de un rojo oscuro. Subió la mano dos centímetros y se detuvo, esperando que yo dijera algo.

No dije nada.

La mano siguió subiendo.

Renata fue la primera en moverse en serio. Se inclinó sobre mí, me apartó el pelo del cuello y me besó debajo de la oreja. Olía a un perfume que no le conocía. Noemí, desde el otro lado del sillón, empezó a desabrocharse la camiseta sin ningún apuro, mirándome todo el tiempo, como si estuviera midiéndome la reacción.

—¿Estás segura? —me susurró Renata.

—Sí —dije.

—Decilo otra vez.

—Sí.

El vestido me lo quitaron entre las tres en menos de un minuto. Yo no llevaba nada debajo y eso pareció gustarles. Aisha bajó la cabeza directamente sobre uno de mis pechos, lo tomó con los labios y la sentí morderme apenas el pezón con los dientes. Renata se ocupó del otro. Noemí se quedó arrodillada en el suelo, frente a mí, separándome las rodillas con las dos manos.

Nunca me habían tocado tres mujeres a la vez. La sensación de no saber a cuál atender, de tener una boca en cada pecho y otra entre las piernas, era algo distinto a todo lo de la playa. En la playa siempre había sido íntimo, casi tímido. Esto era otra cosa.

Noemí me lamió despacio al principio, recorriéndome los labios sin entrar todavía. Después subió hasta el clítoris y se quedó ahí, jugando, sin dejarme llegar. Cuando intenté empujar la cadera para más, levantó la cabeza y se rió.

—Todavía no.

Renata me metió un dedo entre los labios y empezó a moverlo despacio. Aisha me besó la boca por primera vez. Tenía el labio inferior carnoso y mordía con una mezcla de delicadeza y exigencia que me obligaba a contestarle. Noemí volvió a bajar la cabeza y, esta vez, no se detuvo.

Me corrí con un grito que se me escapó a mitad del beso. Aisha se lo tragó con la boca.

***

Cuando me dejaron respirar, fui yo la que quiso devolver el favor. Le pedí a Noemí que se acostara en la alfombra. Me arrodillé entre sus piernas, le abrí el sexo con los pulgares y me tomé mi tiempo. Tenía un perfume mucho más cálido que el mío, un sabor que me hizo cerrar los ojos. Le pasé la lengua arriba y abajo, sin prisa, mientras escuchaba a Renata gimiendo en algún lado del sillón con Aisha encima.

Noemí me agarró del pelo. No para empujarme, sino para guiarme, para indicarme exactamente dónde quería que insistiera. Cuando encontré el ritmo, le metí dos dedos despacio y los curvé hacia arriba. Empezó a temblarle el vientre casi enseguida.

—Más abajo —dijo, casi sin voz.

Le levanté las piernas. Le besé la cara interna de los muslos, después más adentro, hasta llegar a un sitio que no esperaba. Apoyé la lengua ahí, suavemente, y Noemí dio un grito ronco que no parecía haberse esperado tampoco. Me dijo después, con el cuerpo todavía sacudiéndose, que nadie le había hecho eso en su vida.

Renata se acercó arrastrándose por la alfombra, completamente desnuda, riéndose en voz baja.

—Esperá. Tengo algo en el bolso.

Sacó dos consoladores de látex, uno cada una. Eran los mismos que habíamos llevado al viaje. Me lanzó uno y se ajustó el otro con una rapidez que demostraba que lo había hecho varias veces más desde aquella noche en la playa.

Aisha vio los arneses y se mordió el labio.

—Bueno —dijo—. Ahora se complica la cosa.

Las dos se acercaron a Renata primero, una desde adelante y la otra desde atrás. Aisha se arrodilló y le tomó el dildo con la boca, lamiendo todo el largo como si fuera real. Noemí se puso detrás de Renata, le abrió las nalgas con las manos y le pasó la lengua por la espalda baja, bajando despacio.

Yo me dejé caer en el sillón y miré, un poco aturdida, cómo mi amiga se dejaba hacer entre las dos. Renata tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, y cuando Aisha por fin se metió el dildo en la boca de verdad, soltó un sonido que no le había escuchado nunca.

Noemí dejó a Renata por un momento, se incorporó y vino hacia mí. Sin decir nada, me empujó contra el respaldo del sillón, se montó encima de mí y se hundió ella sola sobre el arnés. Se mordió el labio mientras bajaba, despacio, hasta tomarlo entero.

—Quietita —me dijo—. Dejame a mí.

Empezó a moverse arriba y abajo, apoyándome las manos en los hombros para tomar impulso. Yo le miraba la cara, cómo se le iba aflojando la mandíbula, cómo se le entrecortaba la respiración. Le apreté las caderas y empujé hacia arriba justo cuando ella bajaba. Soltó algo a medio camino entre un insulto y un agradecimiento.

—Mi novio nunca me coge así —dijo, casi al oído—. Seguí, no pares, seguí.

Mientras tanto, Aisha tenía a Renata de cuatro patas en el suelo y le entraba desde atrás con su propio arnés, una mano apoyada en la cintura, la otra dándole una palmada de vez en cuando que sonaba más a juego que a otra cosa.

***

Cambiamos posiciones tantas veces que perdí la cuenta. En algún momento estuve con Aisha en el suelo, en un sesenta y nueve lento, mientras Renata y Noemí seguían en el sillón. Aisha me metía dos dedos mientras yo le lamía el clítoris, y los dos cuerpos se iban acompasando solos sin necesidad de hablar.

Después fui yo la que se puso de cuatro. Aisha me había pedido sexo anal y me lo había pedido bien, con una voz baja que no admitía discusión. Le dije que sí, que despacio. Me pasó saliva primero, después algo más, y entró con tanta paciencia que casi me reí. Lo que no esperaba era cuánto iba a gustarme cuando agarró ritmo.

Noemí, en paralelo, le daba a Renata por el sexo con su arnés mientras Renata y yo nos buscábamos las bocas a medio metro de distancia, sin poder terminar de besarnos del todo, riéndonos entre gemido y gemido.

Cuando me corrí esa vez, fue largo y silencioso, y se me llenaron los ojos de lágrimas sin saber muy bien por qué. Aisha lo notó y se quedó quieta dentro de mí, esperando, acariciándome la espalda con la palma abierta hasta que volví.

***

Las cuatro terminamos tiradas en la alfombra, una arriba de la pierna de la otra, sudadas, sin nadie con ganas de moverse. La copa de vino seguía intacta en la mesa baja. Alguien había encendido una segunda vela en algún momento y nadie se había dado cuenta.

—Tengo que irme —dijo Aisha al rato, con voz de no querer.

—Yo también —dijo Noemí.

Se vistieron despacio, sin pudor ya, mientras Renata y yo seguíamos desnudas en el suelo. Antes de salir, Aisha se agachó y me besó en la frente como si fuéramos amigas viejas.

—Repetimos —dijo—. Cuando quieras.

Noemí asintió, me apretó el hombro y se fueron las dos juntas.

Renata y yo nos quedamos en silencio un rato. Después agarró un cigarrillo del bolso, lo encendió y me lo pasó. Fumamos sin hablar, mirando el techo. Cuando se terminó, se giró hacia mí.

—¿Estás bien?

—Mejor que bien.

—Te puedo contar cómo las conocí.

—Después —dije, y la tomé de la nuca.

La besé despacio, sin urgencia, como no nos habíamos besado en todo el viaje. Renata se acomodó arriba de mí y, esta vez, no hubo arneses ni tres bocas a la vez. Solo ella y yo, en mi alfombra, terminando lo que en realidad había empezado hacía meses, una noche en la playa, cuando ninguna de las dos se animaba todavía a decirlo en voz alta.

Valora este relato

Comentarios (4)

MariLen_21

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo

Pame_cba

Por favor que haya segunda parte. Me quede con ganas de saber como siguio la tarde jaja

Lauri_Mdz

Me recordo a algo que me paso hace anos... menos espectacular pero con la misma sorpresa jaja. Muy bien contado

Equilicua

el timbre mas productivo de la historia jajajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.