Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Camila se metió en la ducha conmigo esa mañana

Esto pasó la misma mañana en que me senté a escribir, y todavía tengo la piel sensible al recordarlo. He contado muchas veces lo que hacemos en la cama, pero nunca lo que pasa en el lugar donde más me gusta sentir su cuerpo: la ducha.

En el departamento de Camila, pegado a su habitación, hay un baño chico, casi para ella sola. Huele a limón y madera tibia, y tiene una ventana angosta junto a la regadera por donde entra una luz que vuelve todo más íntimo. Cada vez que duermo en su casa, esa ducha se convierte en mi ritual privado.

Me desperté pasadas las nueve y media. El edredón se había caído hacia un costado y yo estaba boca arriba, desnuda, con los pechos al aire y una pierna doblada. Giré la cabeza para mirarla. Ella dormía de espaldas a mí, el cabello castaño desparramado sobre la almohada. Bajé la sábana con cuidado hasta dejar al descubierto su espalda blanca, los lunares dispersos como un mapa y la marca tenue del sujetador del día anterior.

Le pasé los dedos por la columna sin apretar, despacio, casi sin tocarla. Quería sentir su piel sin despertarla. Después agarré el teléfono y dejé que el rato pasara entre mensajes y un par de fotos que pensaba mandarle más tarde. Una en blanco y negro, con el brazo cruzado sobre los pechos. Otra con la sábana enredada en la cadera.

Cuando ya llevaba una hora dando vueltas, me levanté. Caminé al baño, abrí la ventana, regulé el agua hasta que salió bien caliente y me metí.

El chorro me cayó primero en la nuca y bajó por toda la espalda. Cerré los ojos. Estuve así un rato largo, dejándome estar, hasta que escuché la puerta. Giré la cabeza. Camila apareció en el marco, despeinada, recién despierta, todavía con la marca de la almohada en la mejilla. Me sonrió como sonríe siempre que sabe lo que va a hacer.

Se metió conmigo. Le hice lugar para que el agua le cayera encima y se mojara el pelo. Después intercambiamos posiciones, me eché champú y empecé a frotármelo con los dedos mientras ella ya tenía espuma corriéndole por la espalda.

—Buen día —le dije.

—Buen día —respondió, todavía con los ojos medio cerrados.

Agarró la esponja, le echó gel y empezó a pasársela por el cuello, por los pechos, por el vientre. Yo seguía de espaldas a ella, dejando que el agua me corriera por la cara. De pronto sentí su mano. Primero el brazo rodeándome la cintura, después la esponja en mi vientre, subiendo despacio. La otra mano se cerró sobre uno de mis pechos y me apretó el pezón entre dos dedos.

No me moví. Solo eché la cabeza hacia atrás y apoyé la nuca en su hombro.

La esponja bajó. Pasó por debajo del ombligo, por la cadera, hasta que se quedó quieta entre mis piernas, justo arriba. Empecé a mover la cadera contra ella. No quería pensar, solo seguir sintiendo. Mi culo rozaba sus caderas, su piel mojada contra la mía, y cada movimiento se volvía más lento y más exacto.

Camila me besó el cuello. Le agarré las nalgas con las dos manos y la atraje contra mí. Le clavé un poco las uñas.

La esponja se cayó. Sus dedos la reemplazaron. Pasaron primero por fuera, sin entrar, una y otra vez. Yo soltaba el aire como si me costara. Cuando finalmente me metió dos dedos, tuve que apoyarme en la pared con las dos manos. Las piernas se me cerraban solas, atrapaban su muñeca, y a ella eso le gustaba. Aumentó el ritmo. Empezó a embestir con la mano, la palma chocaba contra mí y sonaba contra el agua que seguía cayendo. Me corrí ahí, contra la pared, sin aviso, con un gemido que se me escapó después de aguantarlo mucho rato.

Me di vuelta. Le agarré la cara y la besé fuerte. Le mordí el labio. Le pasé las manos por la espalda y por la cintura, le metí una mano entre las nalgas y le pasé un dedo, sin apretar, por el ano.

La empujé contra la pared. Me arrodillé. El agua me caía en la espalda mientras yo le abría los labios con la lengua y la oía respirar fuerte arriba mío. Ella se tocaba con una mano y con la otra me agarraba la cabeza, no para empujarme, solo para sentirme. La pegué más a su cuerpo, apoyé la boca entera contra ella, y empecé a mover la cara contra su pelvis.

—Date la vuelta —le pedí.

Lo hizo. Apoyó las palmas contra la pared, las nalgas hacia afuera. Le abrí una pierna y me acerqué desde atrás. Empecé por arriba, le pasé la lengua despacio por el ano, en círculos, sin apurarme. Después bajé. Cada vez que bajaba, mi nariz quedaba apoyada contra el otro lugar. Subía y bajaba sin pausa.

Ella empezó a temblar. Las piernas se le aflojaron y se rió cuando se vino, con la frente apoyada en los azulejos. Me levanté y nos besamos con la cara mía empapada, y ella me lamió las mejillas y el mentón y se rió otra vez.

***

Salió de la ducha sin secarse. La vi alejarse por el pasillo, mojada, dejando huellas, las nalgas saltando con cada paso. Volvió un minuto después con dos cosas en la mano. Un dildo violeta, grueso, con venas marcadas en silicona, de unos dieciocho centímetros. Y un frasco de aceite de almendras.

Yo ya sabía. Sonreí.

—Al piso —dijo.

Me puse en cuatro sobre las baldosas mojadas, la espalda arqueada, el culo apuntando hacia ella. Sentí el chorro frío del aceite caer entre las nalgas. Camila lo esparció con dos dedos, dibujando círculos, sin entrar todavía. Después aceitó el dildo. La punta resbaló al primer apoyo, y ella tuvo que sostenerla con la mano.

Entró despacio. Yo no tenía de dónde agarrarme: las palmas se me deslizaban en el piso húmedo, así que me apoyé en los antebrazos. Iba metiéndolo en tandas, parando, echando más aceite, volviendo a entrar. La sentí avanzar de a poco, sentí el silicón estirarme, y por fuera del agujero la textura venosa marcando cada milímetro.

Cuando estuvo casi todo adentro, ella se quedó quieta. Respiraba fuerte arriba mío. Después se fue rápido al cuarto y volvió con un vibrador rosa de dos puntas, una para el clítoris y otra para adentro. Le echó aceite, lo encendió, me lo metió en la vagina.

El zumbido se mezcló con el goteo del agua que seguía cayendo en la ducha al lado mío. Camila empezó a mover el dildo, despacio primero, después más rápido. Yo gemía sin disimular, la voz me rebotaba contra los azulejos. Mis pechos colgaban y se movían con cada empujón. Estaba al borde del temblor todo el tiempo.

Sin darme cuenta, me corrí con un chorro que empujó el vibrador hacia afuera y mojó el piso entero. Quedó una capa de aceite y agua y todo se volvió aún más resbaloso. Camila se rió, agarró el vibrador, me lo volvió a meter.

—Sí, amor, sí —dijo, casi en voz baja, como si la frase fuera para ella sola.

Lo repitió varias veces. Cada chorro me sacudía y soltaba un grito que ya no controlaba. Hasta que no pude más y le pedí que parara con un gesto.

Sacó el dildo despacio, lo que también me hizo cerrar los ojos del gusto. Quedé vacía, lubricada, con el ano abierto unos segundos antes de cerrarse. Nos miramos. Le saqué una foto sin pensarlo demasiado, con el teléfono que estaba en el borde del lavabo. Después se la mandé. Para nosotras, no para nadie más.

Me levanté. Tenía el cuerpo medio tembloroso. Me senté en la encimera del lavabo, con las piernas abiertas, y Camila se pegó contra mí. Nos besamos largo, sin urgencia ya, acariciándonos las caras.

—Me reventaste —le dije, riéndome.

—Perdón, pero tenés un culo muy lindo.

—¿Qué hago para que me perdones?

—Muchas cosas. Empezá por mis pechos.

Bajó la cabeza y me los besó. Después los mordió. Me los apretó con las dos manos, los movió, los hizo rebotar mientras yo me apoyaba contra el espejo y tiraba sin querer un perfume al piso. Le agarré el pelo y la empujé hacia abajo.

—Ahora acá.

Bajó y me comió con el mismo ritmo con el que me besó los pechos. Le cerré las piernas alrededor de la cabeza y la sentí gemir contra mí. Le solté un chorro pequeño en la cara, casi sin querer, y me reí con un chillido tonto.

Se levantó, se limpió la boca con el dorso, y me besó.

***

Agarré el vibrador del piso. Nos metimos de nuevo en la ducha. La paré delante de mí, de espaldas, le rodeé el cuerpo con un brazo y con la otra mano le metí el vibrador. Lo encendí. Ella se aferró a mi antebrazo.

—Más rápido —pidió.

La obedecí. Le metía y le sacaba el vibrador deslizándolo entre los labios, sintiendo cómo se le tensaba el cuerpo entero contra el mío. Sus pechos rebotaban, su culo se apoyaba contra mis muslos. Le besé el cuello, la oreja, el lóbulo.

Soltó un grito agudo y se vino. Le tembló todo. La abracé fuerte por delante, dejé el vibrador apoyado en el piso, y la sostuve contra mi pecho. Le pasé apenas la mano por la vulva, casi sin tocar, y cada roce le sacaba otro suspiro. Estuvimos así un rato largo, sin movernos, con el agua cayendo arriba nuestro.

Después se dio vuelta. Nos miramos riéndonos, con las pestañas pegadas y los labios hinchados. Nos besamos largo, despacio, terminando la mañana del único modo posible.

Cuando salimos, el espejo estaba todo empañado y el piso, un desastre.

—Después limpiamos —dijo ella, envolviéndose en una toalla.

—Después —repetí, y le agarré la mano.

Valora este relato

Comentarios (2)

SandraV_BA

Que lindoooo!!! me encantó, se nota que lo sentiste de verdad

ClaraRossi

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.