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Relatos Ardientes

La noche en que Camila dejó de ser solo mi amiga

Conocía a Camila Hurtado desde que las dos teníamos quince años. Llevábamos compartiendo tantas cosas que ya no recordaba en qué momento había dejado de pensar en ella como una amiga cualquiera. Tiene los ojos claros, el pelo oscuro hasta media espalda y un cuerpo que llama la atención sin que ella tenga que hacer nada para conseguirlo.

Siempre tuve la sospecha de que en ella había algo más que la confianza propia de los años. Cuando salíamos a bailar, sus manos terminaban en mi cintura más tiempo del necesario. Cuando dormíamos juntas en su cama, me besaba el hombro como si fuera un saludo de despedida y no un buenas noches. Yo nunca le dije nada porque me gustaba esa cercanía, y porque imaginar que pudiera ser otra cosa me daba un vértigo que prefería no mirar de frente.

Aquella noche llegué a su departamento con una botella de tequila reposado y dos limones en el bolso. Camila acababa de terminar con Marcos, un tipo guapo y aburrido que la había dejado por una compañera de oficina más joven. Llevaba dos semanas escribiéndome a las tres de la madrugada y yo no quería que pasara otra noche llorando sola en su sala.

—Te ves bien para alguien con el corazón roto —le dije apenas me abrió la puerta.

—Será porque sabía que venías —contestó, y me besó en la mejilla durante un segundo demasiado largo.

Vivía en el primer piso de un edificio viejo del centro: una sala, una cocina pequeña y una recámara donde la cama ocupaba casi todo el espacio. Esa noche puso música vieja, de la que escuchábamos a los diecisiete cuando nos juntábamos a llorar por chicos que ya ni recordábamos. Bebimos despacio al principio. Después dejamos de servir caballitos y empezamos a beber directo de la botella.

Hacia la medianoche ella ya estaba apoyada en mí, descalza, con las piernas cruzadas sobre las mías. Me hablaba pegada al oído porque decía que no me escuchaba bien, aunque la música estaba bajita. Su mano subía y bajaba por mi muslo de una manera que cualquiera habría llamado coqueteo, pero entre nosotras siempre había sido así. O eso me había repetido durante años.

—Te pones tensa cuando te toco —murmuró.

—Estás muy tomada, Camila.

—No necesito estar tomada para tener ganas de ti, chiquita.

Me reí. No supe qué hacer con esa frase, así que me reí. Ella no se rió conmigo. Se incorporó un poco, se acomodó el pelo detrás de la oreja y se acercó a mi boca con tanta calma que me dio tiempo de detenerla. No lo hice.

No iba a hacerlo. Esa fue la primera mentira que me dije esa noche.

El beso fue corto. Apenas un roce. Pero cuando se separó, sus labios seguían húmedos del tequila y sus ojos no apartaban los míos. Volvió a acercarse, y esta vez su boca se quedó sobre la mía. Yo dejé que pasara. Sus labios eran más suaves de lo que había imaginado, y sabían a limón.

—Para —le pedí en voz baja, sin convicción.

—¿De verdad quieres que pare?

—Somos amigas.

—Por eso mismo. Mejor yo que cualquier otra.

Me llevó al cuarto sin soltarme la mano. La luz de la sala se quedó encendida y entró por la puerta entreabierta como un foco mal colocado sobre un escenario. Yo iba detrás de ella mirando cómo le caía la camiseta sobre las caderas, pensando que nada de lo que estaba por pasar tendría vuelta atrás.

***

Me empujó hacia la cama con una suavidad que era casi una pregunta y se subió encima de mí sin terminar de quitarme la mirada. Olía a perfume mezclado con sudor. Empezó a besarme el cuello despacio, y luego más abajo, justo donde la clavícula se hunde. Yo cerré los ojos. Tenía la respiración acelerada y las manos quietas, como si todavía estuviera decidiendo qué hacer con ellas.

—Tócame, Renata —dijo contra mi oreja—. No me dejes a mí sola en esto.

Subí las manos por su espalda hasta encontrar la línea del sujetador. Lo desabroché de un movimiento y ella se separó solo lo justo para quitárselo. Sus pechos eran grandes y firmes, con los pezones más oscuros de lo que había imaginado en años de mirarla de reojo. No supe qué hacer con esa información salvo seguir mirando.

Me quitó la blusa con una urgencia que la traicionaba. Después el sujetador. Cuando su lengua se cerró sobre uno de mis pezones, tuve que morderme el labio para no soltar un quejido demasiado fuerte. Conocía a Camila desde la adolescencia y nunca había imaginado que su boca podía hacer eso.

—Hermosa —dijo con la cara entre mis pechos—. Eres hermosa.

Bajó por mi vientre con la boca abierta, dejando un rastro tibio. Me desabrochó el pantalón sin levantar la cabeza, me lo bajó hasta los tobillos y se llevó las medias con él. Yo me quedé en ropa interior, con las piernas separadas porque no podía sostenerlas juntas, y ella se sentó en el borde de la cama solo para mirarme.

—Tenía esto en la cabeza desde que teníamos diecinueve —confesó—. Cada vez que dormíamos juntas en mi cuarto, yo me iba al baño después de que te dormías.

—Nunca me lo dijiste.

—¿Habrías querido que te lo dijera?

No le contesté. Estiré la mano y la jalé hacia mí.

***

Camila bajó por mis piernas besando cada centímetro. Cuando llegó a los pies, en lugar de seguir, los tomó entre las manos y los besó con una devoción que me hizo entender algo más sobre ella. Me lamió el empeine, los dedos, la curva del talón. Yo la miraba desde lejos, con el pelo revuelto, sin terminar de creer que esa mujer arrodillada al final de la cama era la misma que conocía desde adolescente.

Subió de nuevo despacio. Me quitó la ropa interior con los dientes en un gesto que me hizo reír y temblar al mismo tiempo. Cuando su lengua tocó la parte interna de mi muslo, me agarré a las sábanas con las dos manos.

—Mírame —pidió.

La miré. Y entonces empezó.

Lo que hizo no se parecía a nada de lo que yo había vivido antes. Su lengua se movía con una paciencia que no era humana, como si supiera exactamente cuándo presionar y cuándo apenas rozar. Sus dedos llegaron después, despacio, sin invadir nada, solo acompañando. Yo dejé de pensar. Dejé de preocuparme por si nos oían los vecinos o por si me arrepentiría al amanecer. Solo dejé que sucediera.

—No pares —le pedí cuando sentí que se iba a separar—. Por favor no pares.

—No voy a parar, mi vida.

El primer orgasmo me llegó con una violencia que me dejó muda. Apreté las piernas alrededor de su cabeza sin querer, y ella se rió contra mí, contenta. Cuando levantó la cara tenía la boca brillante y los ojos todavía hambrientos.

—Tu turno —le dije.

La tumbé de espaldas, le quité los pantalones y la ropa interior de un tirón. Tenía la piel más blanca que yo, con marcas pequeñas en la cadera de la ropa de gimnasio. Me arrodillé entre sus piernas y la miré primero. Quería recordar cada cosa. Quería estar segura de que esto iba a pasar, de que no era un sueño raro provocado por el tequila.

—¿Sabes hacerlo? —preguntó con una sonrisa de costado.

—Vamos a averiguarlo.

***

Bajé con la boca como ella había bajado conmigo. La besé entera antes de llegar al centro. Cuando la probé por primera vez, supe que no iba a volver a ser la misma. Ella se arqueó entera, se llevó una mano a la boca para morderse el dorso, y con la otra me sostuvo la cabeza donde estaba.

—Más despacio —pidió—. Quiero que dure.

Le hice caso. Aprendí su cuerpo en esos minutos. Aprendí dónde le gustaba que la besara con la lengua plana y dónde quería los círculos pequeños. Aprendí que cuando le ponía dos dedos dentro mientras seguía con la boca, los muslos le temblaban sin que ella pudiera evitarlo. Aprendí que tenía un punto sobre el ombligo que la hacía reírse y otro debajo del seno izquierdo que la hacía gemir como si le doliera.

Cuando terminó, lo hizo en silencio. Apretó la mandíbula, cerró los ojos y se quedó así un momento largo, como si necesitara cerrarse para no perderse del todo. Después me jaló hacia su boca y me besó con sabor a las dos.

—Llevaba años pensando en esto —dijo.

—Yo no tantos —contesté—. Pero ahora ya no voy a poder dejar de pensar.

Nos quedamos enredadas hasta que el cielo empezó a clarear por la ventana de su recámara. Hablamos poco. Nos acariciamos mucho. Hicimos el amor otra vez, más despacio, casi sin palabras. La segunda vez ella se sentó sobre mí, con la pelvis pegada a la mía, y nos movimos juntas hasta que el ritmo dejó de pertenecer a una u otra. Fue así, mirándonos a los ojos, como entendí que esto no había sido un accidente del tequila.

Me vestí cuando ya entraba la luz por las cortinas. Camila se quedó en la cama, envuelta en la sábana, con el pelo revuelto y una sonrisa que yo no le había visto desde hacía meses.

—¿Y ahora qué? —pregunté desde la puerta.

—Ahora nos quedamos con esto entre nosotras —dijo—. Y la próxima vez que te invite a tequila, sabes para qué es.

Salí a la calle con el bolso al hombro y los labios todavía sensibles. Caminé tres cuadras hasta encontrar un taxi, pensando en que esa noche tenía que haber pasado hacía años. Pensando en que probablemente iba a volver. Y pensando, sobre todo, que ya no sabía con qué cara iba a mirar a Camila la próxima vez que me dijera que solo éramos amigas.

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Comentarios (2)

Romina_84

increible relato, me tuvo pegada de principio a fin!!!

Luciana_Riv

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo entre ellas

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