La mujer del ascensor supo de mí en diez segundos
Siempre creí que sabía lo que quería. Llevaba años acumulando experiencias con mujeres y, en cada una de ellas, había sido yo quien marcaba el ritmo. Lo que pasó aquella tarde en el ascensor del edificio donde trabajo destrozó esa idea en menos de un minuto.
Era jueves, día festivo para casi todo el mundo, y la oficina estaba prácticamente vacía. Subí al ascensor del vestíbulo y apreté el nueve. Las puertas habían empezado a cerrarse cuando una mano se interpuso entre ellas con un golpe seco y, antes de que pudiera reaccionar, entró una mujer.
Tendría unos cuarenta y ocho años. Traje azul marino impecable, blusa de seda blanca abierta dos botones, tacones negros que sonaban en el mármol. Era rubia, con el pelo corto peinado hacia un lado, una mandíbula firme y una postura que no admitía discusión. Pulsó el botón del piso doce sin mirarme y luego, sí, me miró.
No fue una mirada. Fue una revisión. Bajó los ojos por mi falda gris, por mis medias, por mis zapatos planos, y volvió a subir despacio, deteniéndose en mi boca y, por último, en mis ojos. Yo tengo treinta y tres años. He tenido amantes que se han pasado meses tratando de leerme. Esta mujer me leyó entera entre el piso tres y el piso cinco.
—Eres sumisa —dijo. No fue pregunta—. Se reconocen a un kilómetro.
Me ardió la cara. Bajé la mirada, pensé cuatro respuestas distintas, ninguna me salió por la boca. Ella esperó dos segundos, dio un paso, me tomó del brazo justo encima del codo y repitió la frase.
—¿Lo eres o no lo eres?
—Sí —contesté, y mi propia voz me sonó ajena.
Bufó. No fue desprecio. Fue algo más sucio.
—Todas iguales. Se arreglan, se perfuman, salen a la calle como gatas en celo esperando que alguien las recoja del cuello y las ponga en su sitio.
El ascensor seguía subiendo. Mi cuerpo respondió antes de que yo decidiera nada. Sentí el calor instalarse entre mis muslos, un latido espeso en el clítoris, una humedad que ya empapaba la ropa interior. Me agarró con más fuerza el brazo.
Las puertas se abrieron en el doce.
—Es mi planta. Vienes conmigo.
No dijo «ven», no dijo «te invito», no me preguntó. Salió tirando de mí y yo la seguí sin protestar por un pasillo enmoquetado hasta la última puerta del corredor. Sacó una llave, abrió, me empujó al interior. La puerta se cerró a mi espalda y por un instante pensé que había perdido la cabeza, que iba a aparecer en un noticiero al día siguiente. Y por otro instante, mucho más fuerte, pensé que no me importaba.
—Quítate la chaqueta —ordenó—. Desabróchate la blusa. Quiero verte las tetas.
Mis manos temblaban tanto que el primer botón me costó tres intentos. Me bajé la chaqueta, la dejé caer al suelo, abrí la blusa hasta la cintura y la dejé colgando de los hombros. Llevaba un sujetador de encaje negro, escotado, demasiado pequeño para mi pecho. Ella se acercó, alargó las dos manos y, sin tocarme la piel todavía, me pellizcó los pezones a través del encaje. Tiró hacia arriba con una crueldad calculada. Yo solté un quejido entre el dolor y el alivio.
—Camina. Salón.
Me llevó de la nuca, con dos dedos, como si llevara a un perro pequeño. Y yo, que llevaba media vida convencida de que ningún hombre y casi ninguna mujer iba a manejarme nunca, caminé descalza sobre el parqué detrás de ella con un nudo en la garganta y la entrepierna chorreando.
***
El salón estaba ordenado como un escaparate. Sillón gris, alfombra clara, una sola lámpara de pie encendida. Ella se acomodó en el reposabrazos, levantó una pierna y la apoyó sobre él. Se subió la falda hasta la cadera con un gesto perezoso. No llevaba ropa interior. Tenía el pubis sin depilar, oscuro, los labios ya hinchados y brillantes.
—De rodillas. Cómemelo. A ver si sirves para algo.
Me arrodillé en la alfombra. El olor me llegó antes que el contacto: caliente, metálico, vivo. Apoyé las dos manos en sus muslos abiertos y le pasé la lengua por toda la hendidura, de abajo hacia arriba, despacio. Ella echó la cabeza atrás y suspiró largo.
—Ahí. Más arriba. Más fuerte.
Le obedecí. Le encontré el clítoris con la punta de la lengua, ya duro como un guisante, y empecé a girar alrededor con presión. Le metí dos dedos. Ella me agarró del pelo con una mano y me hundió la cara contra su sexo con la otra. Yo no podía respirar y no me importó.
—Así, perra. Cómete mi coño. Trágatelo.
Llevaba años sin escuchar a nadie hablarme así. Llevaba años sin entender por qué nadie lo hacía. Le chupé el clítoris como si me fuera la vida en ello, alternando lengüetazos largos con succiones cortas, metiendo y sacando los dedos al mismo ritmo. Cuando empezó a temblarle el muslo bajo mi mano izquierda supe que faltaba poco. Subí la otra mano, le pellizqué un pezón por encima de la blusa de seda y ella se vino con un grito ronco que rebotó en las paredes desnudas del salón.
Me empujó la cara hacia atrás de un tirón, me agarró de la mandíbula y me besó. Me metió la lengua hasta la garganta, saboreándose a sí misma en mí. Yo tenía la barbilla empapada y el corazón en la boca.
—Te gusta —murmuró—. Te encanta. Eres una zorra para esto.
Asentí. No me salía la voz.
—Desnúdate. Toda. Ya.
Me levanté, me quité la blusa que aún colgaba de mis hombros, el sujetador, la falda, las medias, la ropa interior empapada. Doblé cada prenda por costumbre y las dejé apiladas en el suelo. Ella me miró hacerlo sin decir nada, las piernas todavía abiertas en el sillón, una sonrisa torcida.
—Acércate.
Di tres pasos. Mis pezones se habían endurecido por el aire frío del aire acondicionado. Ella alargó las dos manos y los retorció a la vez con una precisión que me arrancó un gemido nuevo. Después se inclinó y me chupó uno entero, mordiendo el pezón con los dientes hasta que grité.
—Me gustan las tetas grandes —dijo contra mi piel—. Y me gustan más cuando tienen dueña.
Me agarró por las caderas, me hizo girar y me empujó al sillón. Quedé sentada con las piernas abiertas y ella se arrodilló entre mis muslos. Tenía la cara a centímetros de mi sexo. Notaba su aliento caliente sobre la piel mojada y todo mi cuerpo se contraía esperando un contacto que no llegaba.
—¿Qué quieres, niña?
—Cómeme —pedí con un hilo de voz.
—Más alto.
—Cómeme, por favor.
—¿Quién manda?
—Tú. Mandas tú.
Sonrió. Me dio una lamida larga, una sola, de abajo hacia arriba, y se separó. Yo dejé caer la cabeza contra el respaldo y solté un quejido de frustración pura.
—Por favor. Por favor. Necesito correrme.
Me hizo esperar todavía un poco más. Me sopló sobre el clítoris, me lamió por los lados, me ignoró el centro. Cuando por fin se decidió, lo hizo con una experiencia brutal: lengua entera, plana, firme, alternando con la punta sobre el clítoris, dos dedos dentro buscando un punto preciso que ningún amante anterior me había encontrado. Le agarré la cabeza con las dos manos y me corrí en menos de un minuto, con un orgasmo largo que me dejó las piernas temblando y un sollozo atravesado en la garganta.
***
Pensé que se había terminado. Me equivoqué.
Se levantó del suelo, se quitó la falda, se quedó solo con la blusa abierta y la piel desnuda de cintura para abajo. Tenía las caderas anchas, los muslos firmes, el vientre marcado. Me agarró por las rodillas, me abrió bien las piernas y se colocó encima en una posición que yo había visto en vídeos pero nunca había practicado. Apoyó su sexo contra el mío, hizo que nuestros clítoris se encontraran y empezó a moverse despacio.
—Ahora juntas —dijo entre dientes—. Aguanta.
No pude aguantar nada. Ya estaba al borde otra vez. Ella se movía con una cadencia precisa, frotándose contra mí, y yo solo podía sostenerle las caderas y rezar para que no parara. La sentí tensarse, la oí jadear cada vez más rápido y, cuando me clavó las uñas en los muslos, supe que llegábamos juntas. Me corrí gritando, ella se corrió mordiéndose el labio, y nos quedamos pegadas un rato largo, las dos respirando como si hubiéramos subido una cuesta corriendo.
Se dejó caer a mi lado en el sillón. Me pasó un brazo por encima de los hombros. Por primera vez su voz sonó suave.
—Bien, niña. Lo has hecho bien.
No supe qué contestar. Me dolían los pezones, tenía marcas de uñas en los muslos, la barbilla pringosa y el cuerpo flotando. Y, por primera vez en años, una calma rara en el pecho, como si por fin alguien me hubiera puesto en mi sitio sin pedirme permiso.
***
Me ayudó a vestirme ella misma, abrochándome los botones de la blusa uno a uno como si me preparara para volver al mundo. Antes de abrir la puerta me pidió el teléfono. Marcó el suyo, dejó sonar una vez, colgó.
—Helena —dijo—. Por si dudas.
—Mariana —contesté.
Bajé al ascensor con las piernas todavía temblando. Tenía que subir al piso nueve, terminar dos informes y simular durante el resto de la tarde que no había pasado nada de nada. Justo cuando las puertas se cerraban, ella se asomó al pasillo.
—¿Mañana a la misma hora?
Pensé en mi vida ordenada, en los planes del fin de semana, en todas las razones para decir que no. La miré de arriba abajo, recordé la sensación de su mano en mi nuca, su voz contra mi oído, sus dedos dentro de mí.
—Mañana —dije—. A la misma hora.
Las puertas se cerraron y me quedé sola frente al reflejo de mi cara en el espejo del ascensor. Estaba colorada, despeinada, con los labios hinchados y una marca roja en el cuello que no recordaba haber sentido. Sonreí. Era la primera vez en muchísimo tiempo que alguien me había hecho sentir verdaderamente desarmada. Y lo único que quería ya era que llegara mañana a las cinco para volver a subir al piso doce.