Seduje a la novia de mi amigo en mi cumpleaños
El mejor día del año para mí es siempre el de mi cumpleaños. Me levanto con una energía distinta, como si el mundo me debiera algo bueno y estuviera dispuesto a pagarlo. Desde temprano empiezan a llegar los mensajes y las llamadas, y cada una me pone de mejor humor. Soy de muchos amigos, de los que disfrutan rodearse de gente, y no hay nada que me guste más que llenar mi casa de voces y de música.
Ese año la fiesta cayó en viernes, así que no había excusas. No mandé invitaciones; mis amigos ya saben que ese día se baila hasta que sale el sol. Cada uno podía traer a quien quisiera, y eso era justamente lo que más me gustaba: que entrara gente nueva por la puerta, caras que no conocía, posibilidades. Soy curiosa por naturaleza, y la curiosidad, cuando una está soltera por decisión propia, se convierte en otra cosa.
Porque eso soy: soltera porque quiero. Me gusta el sexo con quien apenas acabo de conocer, esa tensión de no saber nada de la otra persona y querer saberlo todo con las manos. No me avergüenza decirlo. Sé moverme, sé hablar, sé mirar, y casi siempre consigo lo que se me antoja. Esa noche no iba a ser distinta, aunque todavía no sabía a quién iba a querer.
Para las once la casa estaba a reventar. Había contratado a una chica para que pinchara música electrónica, mi favorita, y entre las luces alquiladas y la máquina de humo aquello parecía una discoteca de verdad. El aguardiente no paraba de servirse, mis amigos llegaban con botellas en la mano, y yo iba de grupo en grupo, brindando, riéndome, dejándome presentar a desconocidos. Estaba en mi salsa.
Y entonces entró ella.
La vi cruzar la puerta del brazo de Damián, uno de mis amigos de toda la vida, y se me cortó la conversación a media frase. Tenía una belleza distinta, de esas que no encajan en ningún molde. Piel canela, ojos grandes y achinados de color café, una boca enorme de labios carnosos que se le adelantaban un poco por los brackets y le daban un aire entre infantil y descarado. Mediana, de caderas firmes, con una camisa blanca de tirantes que dejaba adivinar el pecho y un jean que se le pegaba como una segunda piel.
No perdí ni un segundo. Fui directa hacia Damián, lo saludé con un abrazo y le pregunté al oído quién era ella.
—Mi novia, Bianca —me dijo, orgulloso—. Lleva semanas pidiéndome venir a una de tus fiestas.
Su novia. Debería haberme frenado ahí. No lo hice.
—Encantada —le dije a Bianca, cogiéndole la mano—. Vení, que la mesa del aguardiente está por allá y no se la presento a cualquiera.
Los llevé a los dos hasta el licor, pero a Damián lo fueron reclamando los demás enseguida, y yo me quedé con ella. Hicimos clic desde la primera frase. Tenía una risa fácil, contestaba con gracia, y cada vez que se inclinaba para oírme por encima de la música yo aprovechaba para acercarme un poco más, para olerle el cuello, para rozarle el brazo como si fuera un descuido.
—¿Bailás? —le pregunté, y antes de que respondiera ya la tenía de la mano camino a la pista.
La música estaba tan alta que no quedaba otra que hablarse al oído, y eso me venía perfecto. Me movía despacio frente a ella, le ponía las manos en la cintura, le sentía las caderas seguir mi ritmo. Cada vez que un amigo se acercaba a darme un trago, yo le pasaba uno a ella también. La fui soltando, copa a copa, hasta que la noté más suelta, más risueña, más mía.
—Sos la mujer más linda de la fiesta —le dije al oído, y la sentí estremecerse.
—Vos no te quedás atrás —me respondió, sin apartarse.
Damián se acercó un par de veces, sin mala intención, solo para no dejarla sola. Yo le sonreía y le decía que estábamos en cosas de chicas, que nos diera un rato. No sospechaba nada; confiaba en mí, en su novia, en la noche. Volvía con los demás y me dejaba el terreno libre.
***
La llevé al balcón con la excusa de tomar aire. Afuera el ruido se amortiguaba y se podía hablar sin gritar. Le tomé la cara entre las manos y la miré a los ojos.
—Te quiero besar —le confesé—. ¿Puedo?
Ella no dijo nada. Solo asintió, despacio, mordiéndose el labio. La besé, y fue un beso largo, de los que no se cortan a la primera. Cuando nos separamos los dos respirábamos distinto.
—¿Querés conocer mi cuarto? —le pregunté, jugándome todo en una frase.
—Dale —respondió ella, y esa sola palabra me encendió.
Agarré una botella de la mesa, la tomé de la mano y la guié entre la gente hasta mi habitación. Cerré la puerta y el bullicio de la fiesta se quedó del otro lado, convertido en un latido sordo. Nos sentamos en la cama, seguimos bebiendo, seguí haciéndola reír. Estaba encantada, se le notaba en la forma de inclinarse hacia mí.
La volví a besar y esta vez no hubo pausa. Bajé la boca a su cuello y la oí soltar el primer gemido, suave, ronco, y supe que ya no había vuelta atrás. Le metí los dedos en el pelo, la besé más hondo, le colé la mano por el escote y le acaricié los pezones por encima de la tela. Ella me respondió apretándome los pechos sobre el vestido, sin dejar de besarme.
Le quité la camisa de un tirón suave. No llevaba nada debajo. Le exploré los pechos con los dedos antes de probarlos, le mojé las yemas en mi boca y se las pasé por los pezones endurecidos. Gemía bajito, con los ojos entrecerrados, y cada sonido suyo me ponía más caliente.
—¿Lo estás sintiendo rico? —le pregunté.
—Muchísimo —murmuró—. Estoy temblando.
Bajé la boca a sus pechos y la dejé recorrerlos con la lengua, entera, no solo los pezones. Mientras tanto le solté el botón del jean y se lo fui bajando con esfuerzo, porque le quedaba como pintado. Cuando por fin la vi en ropa interior, tuve que detenerme un segundo para mirarla. Tenía las piernas largas, el cuerpo firme, una piel que pedía a gritos que la tocara.
Ella me devolvió el favor. Me bajó el cierre del vestido, me lo quitó por los hombros, me soltó el sostén. Quedé medio desnuda frente a ella, y por la forma en que me miró supe que estaba tan perdida como yo.
—Sos demasiado linda —le dije, acostándola boca arriba y subiéndome encima.
—Quiero que me toques toda —me pidió, con la voz quebrada.
***
Empecé despacio. Le recorrí el cuello con la lengua, de arriba abajo, sin prisa, y la sentí arquearse. Bajé por el cuerpo entero, me detuve en su vientre, le mordí apenas la cadera. Cuando llegué a la cara interna de los muslos, ella ya se retorcía y empujaba sin querer hacia mi boca.
—Me dan ganas de probarte —le dije, mirándola desde abajo—. ¿Querés?
—Sí, por favor —respondió, casi sin aire—. Soy muy sensible, tené cuidado.
Le aparté la ropa interior y le abrí las piernas. No fui directa. Primero pasé la lengua por todo el contorno, subí, la hice esperar, y cuando por fin la toqué donde más lo necesitaba, dio un respingo y un grito corto. Afuera la música se tragaba cualquier sonido; podía gritar todo lo que quisiera.
Empecé suave, atenta a cada reacción suya. La separé con los dedos y la fui penetrando despacio mientras la lamía, midiendo el ritmo por sus gemidos. Cuando encontré el punto exacto, lo supe: su cuerpo se cerró sobre mis dedos y ella enterró las manos en las sábanas.
—No pares —me suplicó—. Me voy a venir.
No paré. Seguí, sin cambiar el ritmo, sin soltarla, mirándole la cara mientras se deshacía. Mordía el labio, apretaba los puños, encogía los dedos de los pies. Entonces todo su cuerpo se tensó de golpe, se quedó rígido un segundo eterno, y se vino con un temblor largo que no la soltó hasta que yo decidí parar.
Cuando volvió a respirar tranquila, me chupé los dedos delante de ella y se los acerqué a la boca para que probara. Lo hizo sin dudar, con una mirada que me prendió fuego.
—No te imaginás cómo me hiciste gozar —me dijo.
—Me encantó tu sabor —respondí—. ¿Te animás a probar el mío?
—Nunca lo hice con una mujer —confesó, y se mordió el labio—. Pero quiero.
—Siempre hay una primera vez —le dije, y la frase nos hizo reír a las dos.
***
Me acosté boca arriba y ella se subió encima, todavía torpe, todavía aprendiendo. Me besó el cuello, me chupó los pechos, fue bajando con una mezcla de timidez y ganas que me volvió loca. Cuando llegó entre mis piernas se quedó mirándome un instante, como reconociendo un territorio nuevo, y esa pausa suya me excitó más que cualquier caricia.
Después puso la lengua donde yo más lo deseaba, y aunque era la primera vez, no le hizo falta que le explicara nada. Iba y volvía, probaba, se daba cuenta de qué me gustaba por la forma en que yo respiraba. Yo la miraba a los ojos y ella me sostenía la mirada, y eso, esa complicidad de dos mujeres descubriéndose, fue lo que terminó de empujarme al borde.
Me empezó a penetrar con los dedos mientras seguía con la boca, y ya no pude aguantar más. Le agarré la cabeza, la apreté contra mí y me vine con uno de los orgasmos más fuertes que recuerdo, largo, intenso, de los que dejan temblando un buen rato. Cuando por fin la solté, la subí hasta mi cara y la besé despacio.
—¿Te gustó? —me preguntó, con una sonrisa nueva.
—Me hiciste venir como pocas veces en mi vida —le respondí, y era verdad.
No sé cuánto tiempo había pasado. La música seguía sonando del otro lado de la puerta, ajena a todo. Pensé en Damián, que a esas horas seguramente estaría buscándola, y por un momento me sentí culpable. Solo por un momento.
Nos vestimos, nos peinamos como pudimos, le dimos un último trago a la botella y salimos de nuevo a la fiesta como si nada. Volví a bailar, volví a brindar, volví a ser la anfitriona de siempre. Pero cada vez que cruzaba la mirada con Bianca entre la gente, las dos sabíamos que ese había sido, de lejos, el mejor regalo de cumpleaños que me habían hecho jamás.