Mi compañera, su hermana y una noche entre mujeres
Me llamo Renata y a los cincuenta y cuatro años creía conocer ya todos los rumbos que podía tomar mi deseo. Pelo castaño hasta los hombros, alguna cana que no me molesto en disimular, y un cuerpo que los años habían vuelto más mío que nunca. En la editorial donde trabajo, lo de Lorena y yo era una corriente baja: bromas que se demoraban un segundo de más, miradas que decían cosas que la boca callaba. Por eso, cuando una tarde me dijo «mi hermana Beatriz quiere conocerte», no le di importancia. Acepté la invitación a cenar sin imaginar lo que esa noche iba a remover.
Llegué a su casa con un vestido negro que me ceñía las caderas y un escote que no pedía permiso. Me había puesto perfume de azahar, ese que reservo para las ocasiones que todavía no sé nombrar. Lorena me abrió con una sonrisa cómplice y el aire olía a comida casera, a romero y a vino abierto. Pero fue Beatriz quien me dejó sin palabras en el umbral del salón.
Tenía algunos años más que su hermana, el pelo color ceniza recogido con descuido y unos ojos oscuros que parecían medir cada cosa que tocaban. Un vestido rojo le marcaba un cuerpo firme, trabajado, de mujer que se cuida porque le gusta gustarse. No me dio la mano. Me sostuvo la mirada el tiempo justo para que yo entendiera que aquello no era una cena cualquiera.
—Así que tú eres Renata —dijo, y mi nombre sonó distinto en su boca.
—Y tú la hermana misteriosa —respondí, fingiendo una calma que ya empezaba a abandonarme.
Nos sentamos a la mesa. La conversación fue fácil, con esa elegancia de las personas que no tienen prisa. Hablamos de libros, de viajes que aún no había hecho, de la editorial y de cómo Lorena y yo nos habíamos vuelto inseparables sin proponérnoslo. Pero por debajo del mantel todo era otra cosa. Beatriz dejaba que sus ojos bajaran por mi cuello, por el escote, y volvieran a mi cara sin ningún apuro, como quien revisa algo que ya considera suyo.
Cada vez que yo alzaba la copa, ella alzaba la suya, brindando por algo que ninguna de las tres nombraba. Lorena nos observaba con una sonrisa que tardé en descifrar: no era de sorpresa. Era de quien había preparado el terreno mucho antes de que yo cruzara la puerta. En algún momento sentí el pie descalzo de Beatriz rozando mi tobillo bajo la mesa, y no lo retiré.
—Lorena me ha hablado de ti durante meses —dijo Beatriz, inclinándose sobre la mesa con la copa entre los dedos—. Y ahora entiendo por qué. No vine a conocerte por cortesía, Renata. Vine porque te deseo. No solo tu cuerpo. Quiero saber cómo eres cuando bajas la guardia.
La franqueza me golpeó más que cualquier caricia. Miré a Lorena, esperando un gesto, una corrección, algo. Pero ella solo asintió despacio, los ojos brillando con una mezcla de orgullo y expectación.
—No me mires a mí —dijo Lorena—. Esta noche es vuestra. Yo solo quería estar cerca cuando pasara.
***
Pasamos al salón. Lorena preparó unos gin-tonics con una lentitud deliberada, como si cada hielo fuera parte de una ceremonia, y se acomodó en el sillón frente al sofá. Beatriz y yo nos sentamos juntas. Su muslo encontró el mío sin pedir disculpas, y ese roce me recorrió entera, despertando una parte de mí que llevaba demasiado tiempo en silencio.
No hubo preámbulos largos. La mano de Beatriz se posó en mi rodilla y subió despacio, dibujando el contorno de mi muslo por encima de la tela.
—Estás temblando —murmuró contra mi oído.
—No es miedo —dije.
—Lo sé.
Me giré y nuestros labios se encontraron. El beso empezó suave, una pregunta, y se volvió hondo en cuanto los dos supimos la respuesta. Su lengua buscaba la mía con hambre, pero también con una ternura que no esperaba de alguien tan directo. Sus manos subieron por mi cintura hasta cubrir mis pechos por encima del vestido, y sus pulgares encontraron mis pezones a través de la tela. Cada presión era un tirón que sentía mucho más abajo.
Hundí los dedos en su pelo ceniza y le incliné la cabeza para besarle el cuello. Olía a algo cálido, a piel y a vino. Le mordí despacio el lóbulo de la oreja y la sentí estremecerse, esa mujer que parecía tan dueña de todo. Bajé las manos por su espalda, sentí la firmeza de sus músculos, y me colé bajo el borde de su vestido para acariciar la cara interna de sus muslos. Beatriz dejó escapar un sonido grave, casi un gruñido, y su propia mano se aventuró bajo mi falda.
—Estás empapada —dijo, y no era una pregunta.
—Por ti —admití, y la palabra me costó menos de lo que pensaba.
Sus dedos encontraron el camino con una precisión que me arrancó un gemido. Me dejé caer hacia atrás contra el respaldo del sofá mientras ella trazaba círculos lentos, leyendo mi cuerpo como si lo conociera de antes. Yo no quería quedarme quieta. Le subí el vestido hasta la cintura y la toqué donde ya estaba húmeda y caliente, y la sentí abrirse contra mi mano.
Nos movíamos como dos mujeres que han aprendido a no tener vergüenza de lo que quieren. Beatriz me recostó en el sofá, su cuerpo sobre el mío, y bajó con la boca por mi cuello hasta atrapar un pezón entre los labios. Su lengua giraba mientras sus dedos seguían su danza más abajo, llevándome poco a poco hasta un borde donde el aire se volvía espeso.
Desde el sillón, oí la respiración de Lorena. No nos interrumpía. Solo miraba, y saber que miraba añadía una corriente nueva a todo.
Cuando Beatriz encontró el ritmo exacto, el orgasmo me atravesó sin aviso. Arqueé la espalda, me aferré a sus hombros y dejé salir un grito roto que llevaba demasiado tiempo guardado. Ella no se detuvo hasta que el último temblor me dejó floja entre sus brazos.
—Te toca —jadeé, y la besé mientras mis dedos volvían a ella.
No tardó mucho. Beatriz se tensó contra mi mano, la frente apoyada en la mía, y su clímax llegó como un eco del mío, un gemido profundo que me hizo sentir poderosa. Nos quedamos así un instante, jadeantes, las narices rozándose, riéndonos bajito de lo que acabábamos de hacer.
***
Fue entonces cuando Lorena se movió. Hasta ese momento había sido una presencia callada, casi una sombra cómplice, pero algo en ella había cambiado. Se desabrochó la blusa con una calma que era pura provocación, dejando al descubierto sus pechos. Se acarició la piel, se rozó los pezones hasta endurecerlos, sin dejar de mirarnos.
—Os he visto suficiente —dijo, y su voz sonaba ronca—. Ahora me toca a mí.
Se puso de pie y terminó de desnudarse frente a nosotras, sin un gramo de pudor. Había una seguridad en cada uno de sus gestos que me hipnotizó. Yo conocía a la Lorena de la oficina, la de las bromas y los plazos de entrega. Esta era otra, una que se había guardado para esta noche.
Se acercó al sofá y miró alternativamente a su hermana y a mí.
—Quiero sentiros a las dos —dijo—. Lo planeé así desde el principio.
Sobre la mesa baja descansaba un arnés. Beatriz lo tomó con una sonrisa que sugería que no era la primera vez, y se lo ajustó con manos firmes. Yo, todavía vibrando, me arrodillé delante de Lorena con el corazón latiéndome en la garganta.
Le besé el vientre primero, la suavidad tibia de su piel, y fui bajando. Mi lengua la encontró húmeda y dispuesta, y el primer contacto le arrancó un suspiro que se rompió en mitad del aire. La saboreé despacio, atenta a cada cambio en su respiración, a la forma en que sus dedos se aferraban a mi pelo.
Detrás de ella, Beatriz se acomodó. Entró en su hermana con una lentitud medida, y Lorena se arqueó entre las dos, atrapada entre mi boca y el empuje firme a su espalda. Yo intensifiqué las caricias, sincronizando mi lengua con el vaivén de Beatriz, y Lorena empezó a deshacerse.
—Sí… así… no paréis —jadeaba, y su entrega era tan cruda que sentí mi propio deseo encenderse otra vez.
Su clímax llegó como una tormenta. Se sostuvo de nosotras, el cuerpo sacudido por oleadas, un grito largo escapando de su garganta. La sostuvimos entre las dos hasta que dejó de temblar.
Después nos atrajo hacia ella y nos besó a ambas, despacio, con una ternura que no encajaba con la fiereza de minutos antes.
—Sois un incendio —murmuró.
***
Nos dejamos caer en el sofá, un enredo de piernas y risas, las copas de gin-tonic olvidadas pero el calor de lo nuestro más vivo que nunca. Beatriz me buscó la mano. Lorena apoyó la cabeza en mi hombro. Y en ese instante entendí que no éramos solo tres mujeres que habían compartido una noche.
Éramos algo que no me había atrevido a buscar antes: tres deseos que se reconocían sin pedir permiso, sin disculparse por la edad ni por el hambre. A la mañana siguiente Lorena me trajo café a la cama y me miró con la misma sonrisa cómplice de la oficina, solo que ahora yo sabía todo lo que escondía.
—¿Repetimos el viernes? —preguntó Beatriz desde la puerta, ya vestida, peligrosamente despeinada.
No tuve que pensarlo. Algunas noches no se cierran: solo esperan a la siguiente.