Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La madre de mi mejor amiga me esperó despierta

Tengo lo que algunos llamarían problemas con la figura materna, y prefiero decirlo de frente. Nunca fui cercana a mi mamá. Es difícil de explicar sin sonar dramática, pero entre lo mucho que insistía en que yo fuera independiente y la falta de cariño durante mi infancia, cuando crecí jamás sentí esa conexión que se supone que hay entre una madre y una hija.

No era del todo consciente de ese vacío hasta que conocí a Marcela, la madre de mi mejor amiga. Ver la ternura con la que cuidaba cada detalle de la vida de Daniela me hizo pensar, más de una vez, que yo había nacido en la familia equivocada.

Marcela pasaba buena parte del año viajando por su trabajo de consultora, así que en cuanto se enteró de que su hija tenía una nueva amiga, no dudó en confiarle a Daniela a mi cuidado. «Cuídense entre las dos, que la calle cada día está peor», repetía como un mantra cada vez que salía por la puerta con la maleta.

Daniela es la típica chica de casa: algo tímida, sin demasiados amigos. Yo soy más extrovertida y lanzada, y después del trabajo que nos tocó hacer juntas en la universidad nos dimos cuenta de que éramos como el agua y el aceite. Aun así, nuestra afinidad fue creciendo, y con ella la confianza que su familia depositaba en mí.

Una noche, Daniela se abrió un poco más y me contó que quería hacer algo especial por su mamá ese año, por el día de las madres. Marcela estaba pasando por un momento difícil: había terminado su divorcio hacía apenas un par de meses, se había alejado de casi todos y el trabajo volvía a consumirla. O quizá ella se estaba dejando consumir.

—Algo tenemos que hacer, Dani, ella siempre fue muy atenta conmigo —le dije.

—No te sientas tan especial, Renata, mi mamá es así con todo el mundo —se rio.

—Ay, qué manera de romperme el corazón —respondí con tono burlón.

—Con todos menos cuando se trata de trabajo. Te juro que ahí es como otra persona.

—Claro, tiene que imponer respeto, qué esperabas.

—No querrías conocer esa faceta, da miedito.

—No me asustes, que esta va a ser la primera vez que la veo en persona y quiero dar buena impresión.

—En ese caso, querida Renata, solo sonríe y no des muchos detalles de nuestras salidas si pregunta.

—Captado.

Por supuesto que no le iba a contar a Marcela que su inocente hija estaba conociendo un poco más el mundo gracias a mí. Nada demasiado loco, pero soy de las que creen que la vida es una sola como para pasarla siguiendo todas las reglas.

Ese domingo, lo reconozco, estaba nerviosa. De verdad quería caerle bien. La habíamos convencido de pasar el día con nosotras en su restaurante favorito.

Opté por ir básica: jeans azul cielo, una camiseta blanca y mis zapatillas de siempre. No soy de mucho maquillaje, pero creo que mis facciones delicadas ayudan a que me vea bien sin demasiada producción. El pelo castaño, lacio, suelto a media espalda. El plan parecía sencillo, así que asumí que mi atuendo encajaba. Eso pensé, hasta que Daniela pasó por mí y quise que me tragara la tierra.

—¡Dani, te mato! No me dijiste que había que vestirse de etiqueta, espera que me cambio —protesté.

—No abriste el enlace del restaurante que te mandé, ¿verdad?

—Sin comentarios.

—Calma, bestia feroz, ya no hay tiempo. Tengo una idea: ponte este blazer. Te va a dar un aire semiformal —me dijo, mirándome con esperanza de que aceptara.

Me puse el blazer maldiciendo en voz baja y respirando hondo para tranquilizarme. Cuando Daniela me dijo que tenía el lugar perfecto, no se me pasó por la cabeza que sería tan elegante. Tendría que haberlo supuesto: Marcela era sofisticada, toda una dama. Era obvio que sus sitios preferidos estuvieran a su altura.

Al verla, los nervios solo empeoraron. Quería encajar, no podía arruinarlo.

—Al fin te conozco, Renata. Un placer —me dijo, dándome un abrazo medido, sin demasiado contacto.

—Igualmente, el placer es mío —articulé en automático, sin romper el contacto visual.

Su porte era fino. Llevaba un vestido azul marino ceñido al cuerpo, a media pierna, y unos tacones de aguja que la hacían parecer salida de otra película. Sentir su tacto en aquel abrazo me erizó la piel. A medida que avanzaba la conversación, todo en ella me hipnotizaba.

Dios, ¿qué demonios me estaba pasando? Escuchar su voz, sentir su perfume invadiéndome las fosas nasales, cada palabra que pronunciaban sus labios, cada mirada hacía que la presión me subiera hasta sentir que iba a estallar. No, no, no, esto no me podía estar ocurriendo. Más de veinte años mayor que yo y madre de mi mejor amiga. Tenía mil maneras de terminar mal.

Sobra decir que la comida fue una tortura en cámara lenta. Toda la situación me superaba. Ellas, en cambio, parecían ajenas al remolino que yo tenía dentro. Mientras se ponían al día, mis pensamientos se volvían cada vez más impuros. Marcela se veía exquisita. Su forma refinada de hablar, su sonrisa, la ternura de sus gestos, ese escote que asomaba del vestido e incluso las ligeras arrugas marcadas alrededor de sus ojos me tenían encendida. Encendida del tipo que no podía dejar de imaginar que la desnudaba, la besaba, la sentía.

Sí, definitivamente era el vino en mi sistema. No tenía otra explicación lógica para semejante descontrol.

—Necesito aire —dije de repente, interrumpiendo la charla.

—¿Te sientes bien, cariño? —me preguntó Marcela, preocupada.

—Sí, sí, no pasa nada. Voy al baño un momento y vuelvo.

Prácticamente salí corriendo. Me refresqué la cara repitiéndome que me calmara. «Bien, no tienes por qué volver a verla. Solo sobrevive a hoy, ella no sospecha nada y siempre está de viaje».

—¿Renata? ¿Estás bien?

Lo que faltaba. Marcela no se había conformado con mi respuesta y ahí estaba, junto al lavabo, asegurándose de que estuviera bien. En otra situación habría agradecido el gesto, pero yo huía de la tentación y la tentación me perseguía.

—Sí, estoy bien, creo que fue el vino —respondí, nerviosa.

—A veces pega más fuerte si no estás acostumbrada —dijo con una media sonrisa.

Salí del cubículo y mi mirada me traicionó. Sin querer, mis ojos se posaron en su escote y después en sus labios. Solo fue un instante, no podía haberse dado cuenta. Pero cuando levanté la vista, su rostro tenía una expresión divertida, casi coqueta.

—¿Entonces, mejor? —preguntó, acercándose peligrosamente.

—Eh… yo… sí, como nueva.

—Perfecto, deberíamos volver. Por cierto, lindo blazer.

Se dio la vuelta y se alejó contoneando las caderas, dejándome en llamas. ¿Qué había sido eso? La atmósfera se había vuelto densa, una tensión que no terminaba de descifrar. Y lo más importante: ¿era unilateral o Marcela también lo había sentido?

De vuelta en la mesa, Daniela estaba entretenidísima con el teléfono. Levantó la vista y dijo:

—¿Listas? Renata, ¿te dejo en tu casa?

—Cómo crees, hija. Renata no se siente bien, puede quedarse con nosotras —intervino Marcela.

—No, no, ni loca, no quiero molestar. Además ya estoy bien.

—Te ves pálida, cariño. Tenemos cuarto de huéspedes. Puedes descansar todo lo que necesites.

—Ay, Renata, no te conviene llevarle la contraria —dijo Daniela, abriendo mucho los ojos.

—Bueno, muchas gracias —respondí, captando la indirecta.

Lo último que quería era hacer sentir rechazada a Marcela, y Daniela ya me había advertido de las consecuencias de discutirle a su madre.

***

Ya en la casa, Daniela me llevó a la habitación, me explicó dónde estaba todo y me dejó un conjunto de pijama. Me di un baño largo. El agua fría resbalando por mi piel hacía su trabajo: apagar esas ganas absurdas.

Pasó media hora. Una hora. Dos. Y el sueño parecía haberse peleado conmigo. Mi cuerpo estaba alerta, expectante a algo que no iba a suceder.

Me levanté y, de puntillas para no hacer ruido, fui a la cocina por un vaso de agua. Rezaba por no cruzarme con nadie. La pijama que me había prestado Daniela me quedaba chica: yo soy más alta y un poco más corpulenta que ella, así que el short de seda me quedaba a mitad de las nalgas.

—¿Tampoco puedes dormir?

—¡Dios! Qué susto.

—Perdona, pensé que me habías visto —dijo, divertida.

No me había percatado de que Marcela estaba sentada a la mesa de la cocina, tomando té. Ni siquiera se había cambiado de ropa. Seguía impecable.

—¿Todo bien? —pregunté, sentándome a su lado.

—Sí, solo tengo unos informes atrasados, me estaba poniendo al día.

—Supongo que pueden esperar un poco más, ¿no?

—¿Por qué? ¿Tienes algún plan distinto? —dijo, regalándome otra vez esa sonrisa que me enloquecía.

—Eh… no, no me refería a eso —respondí, avergonzada, sintiendo el rubor en las mejillas.

—Te ves tan linda cuando te pones nerviosa.

Tanto que me había costado convencerme de que no podía pasar nada, de que esto estaba mal, de que jamás alguien como ella se fijaría en una niñata como yo. Todo se fue al carajo en un segundo. Mejor me iba al cuarto antes de hacer algo de lo que después me arrepintiera.

—Bueno, mejor me voy. Buenas noches —dije, cortante.

Al parecer, eso solo la provocó más.

—Espera, no te vayas. Solo quiero saber por qué te pongo nerviosa.

Mi carcajada resonó en la cocina.

—¿Y qué te hace pensar que eres tú?

—Cariño, tu manera de reaccionar me lo confirma —dijo, victoriosa.

Se me borró la sonrisa. Nos quedamos mirándonos en silencio. Su vista me escaneaba de arriba abajo y yo me sentía expuesta. Mis pezones se despertaban contra la tela, exigiendo atención. Sentía el clítoris dolorosamente presente, imposible de ignorar con cada mínimo movimiento del short. Con solo observarme, ella me estaba deshaciendo sin haberme puesto un dedo encima. Yo permanecía inmóvil.

De pronto rompió el silencio.

—Renata, no era mi intención incomodarte —dijo mientras se acercaba. Su expresión parecía sincera.

—No pasa nada, de verdad. Perdona si te di una impresión equivocada —respondí con determinación. No sé de dónde saqué las fuerzas, pero por un instante me lo creí.

—Quiero que te quede algo claro, cariño: no olvides mi edad. No me subestimes.

Se acercó todavía más, me colocó un mechón detrás de la oreja y me besó en la comisura de los labios. Solté un gemido ahogado, con los ojos cerrados. Volvió a besarme, esta vez en el cuello. Estaba perdiendo la batalla. Tenía que parar lo que fuera que estaba pasando.

—Dime que pare —murmuró, acariciándome la mejilla.

—Daniela puede bajar en cualquier momento —dije con dificultad.

—Dime que me detenga y me voy ahora mismo —respondió, deslizando la mano por mis hombros, por mis brazos.

Mis labios se entreabrieron con la intención de pedirle que se detuviera, de decirle que esto no estaba bien.

—No… no puedo —dije sin pensar.

—Eso ya lo sabía, cariño.

Lo siguiente que sentí fue su lengua cálida abriéndose paso en mi boca, explorando cada rincón sin pudor. Me sentía como una presa frente a un depredador. Sus manos manoseaban mis pechos por encima de la blusa sin dejar de besarme. Mis jadeos se descontrolaban. Cuando una de sus manos se coló en mi short y tocó directamente mi clítoris, trazando círculos, supe que esta mujer sabía exactamente lo que hacía.

—¡Sí! —grité.

—Silencio, cariño —me reprendió, tapándome la boca con la mano libre.

No paró de masturbarme y yo no paraba de mojarme y de gemir contra su palma. Metió dos dedos dentro de mí mientras con el pulgar seguía atendiendo mi clítoris.

—Se siente tan bien —dije entre jadeos.

—Estoy de acuerdo. Estás tan mojada, tan rica.

Unos minutos después, sus embestidas se intensificaron en fuerza y velocidad, metió un dedo más y ya no aguanté. Me entregué al placer, mis gemidos ahogándose en su mano y mi cuerpo convulsionando sobre sus dedos como señal inequívoca del orgasmo.

—Eso es, buena chica.

Sacó los dedos despacio y los chupó. Después me besó. Sentir mi propio sabor en su boca volvió a encenderme. Todavía tenía hambre, no estaba satisfecha.

—Quiero más.

—Ven.

Tomó mi mano y me guio hasta su habitación.

***

Al entrar en su cuarto, perfecto, todo en su lugar, la valentía que había mostrado un segundo antes flaqueó.

—Tranquila, no muerdo. Bueno, a menos que quieras —dijo, juguetona, adivinando lo que pasaba por mi cabeza.

Eliminé el espacio entre nosotras y esta vez fui yo quien empezó el beso. De nuevo parecía una pelea por el poder; la desesperación de nuestras bocas delataba todo lo que habíamos contenido durante la cena.

La empujé sobre la cama y me senté a horcajadas en sus caderas. Ella se dejó hacer. Cuando le desabroché la blusa, Marcela intentó detenerme. Por primera vez vi a una mujer distinta: encendida, sí, pero con la mirada insegura. Si tan solo supiera que para mí era perfecta.

—Eres preciosa. Déjame demostrarte cuánto me gustas.

Retiró las manos despacio, dándome luz verde. Llevé sus pezones a mi boca, lamiendo apenas la punta, y aquella mujer se descontroló. La sensibilidad de su pecho y sus chillidos roncos, casi imperceptibles, me volvían loca.

Seguía encima de ella, ambas desnudas, nuestros sexos rozándose. Nuestros clítoris hinchados y húmedos chocaban en perfecta sincronía. Yo no soltaba sus pechos y ella, con las manos en mis caderas, me presionaba más fuerte contra su cuerpo. No sé cuánto duramos así, pero cabalgar a esa mujer fue lo mejor que me había pasado en la vida.

Cuando empecé a sentir ese cosquilleo que avisa que estás cerca, me hizo parar.

—Espera, todavía no quiero terminar.

—No, por favor, lo necesito —le supliqué.

—Date la vuelta, cariño. Quiero terminar en tu boca y quiero que te lo tragues todo —dijo con un deseo tan crudo que juraría que sus ojos se oscurecieron.

Entendí al instante y me coloqué sobre ella en un sesenta y nueve. Sentir su respiración en la entrada de mi sexo y tener el suyo tan cerca de la cara, perfectamente cuidado, me hizo la boca agua y el cuerpo me empezó a temblar. No tenía la capacidad de concentrarme en tantas sensaciones a la vez.

—Qué delicia —murmuré con la boca pegada a su centro.

—Solo cómeme —respondió.

Su desesperación se convirtió en la mía. Empezamos a chuparnos, a succionarnos, a dar lengüetazos. Yo rebotaba contra su lengua y ella prácticamente me devoraba. Su sabor era fuerte, salado, adictivo.

—Así, qué bien chupas, cariño… no pares… ya casi —decía entre jadeos.

Mi sexo estaba listo para explotar. Cuando su lengua subió un poco más, explorándome entera mientras me estimulaba como podía, esta mujer me arrancó otro orgasmo. Yo le chupaba con más fuerza, mi única meta era hacerla venir mientras me venía yo. De pronto sentí su cuerpo tensarse, sus jadeos contra mi sexo, y no estuve dispuesta a desperdiciar nada. Todo era mío. Me lo había ganado.

Cuando terminamos, Marcela me levantó y me giró. Respirábamos agitadas, con los cuerpos sudados. Nos quedamos dormidas acurrucadas; su calor me relajaba como nada lo había hecho antes.

Muy temprano me desperté sobresaltada. Tenía que volver al cuarto de huéspedes: Daniela no podía enterarse. Antes de irme, Marcela me besó. Pero este beso era distinto, calmado, solo saboreándonos con delicadeza. Era el beso que sellaba nuestra complicidad y el comienzo de algo que me iba a marcar mucho más de lo que imaginaba.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

MarisolRosario

excelente!! que tension desde el principio, me dejo enganchada

Pili_sur

Por favor una segunda parte, no puede terminar ahi asi como asi

ClaraBaires

me encanto el ambiente nocturno que lograste crear. La imagen de ella impecable a las tres de la manana dice todo sin decir nada. Sigue escribiendo!

PaulaFdz

tremendo relato, muy bien narrado. Se nota que sabes contar una historia

ViajeraNocturna

Que bien logrado el contraste entre la incomodidad de la situacion y la calma absoluta de ella. Se siente real, no forzado. Espero leer mas de esta autora

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.