La mujer que mi hermana contrató me hizo dudar de todo
Nadia encendió una vela aromática de lavanda barata, pero la fragancia apenas tapaba el olor a porro que había dejado una de sus amigas antes de irse. Lucía, sentada en el sillón blanco que crujía cada vez que se movía, arrugó la nariz detrás de sus anteojos de montura redonda.
—¿Por qué tu departamento huele a colchón quemado? —preguntó.
—Porque ahora es mi nuevo hobby —bromeó su hermana—. ¿Vas a relajarte de una vez? Faltan dos días para tu boda. Esta noche es para vos.
—Justamente por eso estoy nerviosa. No me gustan las fiestas, Nadia. Lo sabés.
—No es una fiesta. Es una reunión de chicas. Viene mamá, viene la tía. Casi una cena familiar.
Lucía bajó la mirada hacia la alianza que llevaba en el dedo. Casi una cena familiar, sí. Con mamá vigilando cada cosa que hago.
—Es que no me gusta fingir que estoy tranquila cuando no lo estoy —dijo en voz baja.
—¿No estás segura de casarte?
—Sí, mucho. Es otra cosa. No sé explicarlo.
El timbre sonó antes de que pudiera intentarlo.
***
En menos de media hora el pequeño living quedó lleno de mujeres. Llegó la tía Marta, erguida y con un vestido azul petróleo de corte recatado, perfumada de esa elegancia algo anticuada que la definía. La acompañaba su hija Brenda. Después llegó Dora, la madre de Lucía y de Nadia, con el ceño ya fruncido, como si oliera el escándalo antes de que ocurriera. Y por último Tamara y Renata, las dos mejores amigas de la novia.
Tamara entró como una llamarada: vestido rojo profundo, tirantes finos, escote en V, los labios pintados de carmín y los ojos delineados como los de una gata. Renata, en cambio, callada y pálida, se sentó en el rincón del sofá y casi desapareció en él.
—Me dijeron que iba a haber una sorpresa —dijo Tamara, frotándose las manos.
Lucía suspiró. Si había algo que no necesitaba, eran más sorpresas. Llevaba un vestido blanco sencillo que su tía Marta le había regalado, pero que le quedaba más ajustado de lo previsto. Se adhería a su cuerpo como una segunda piel, marcaba la cintura, el vientre trabajado en el gimnasio, y dibujaba sus pechos con una claridad que la hacía cruzar los brazos cada dos minutos.
—Le erré con el talle, perdón, chiquita —dijo Marta, evaluándola de arriba abajo—. No tenía que ser tan revelador.
—En Lucía hasta lo revelador es elegante —intervino Tamara, abrazándola. Los pechos de las dos quedaron apretados en el centro, y Lucía se sonrojó, todavía incapaz de acostumbrarse a esos abrazos.
—Ni se te ocurra salir a la calle así —agregó Dora, más para incomodar a su hermana que por pudor—. Se te marcan los pezones.
Lucía sintió arder las mejillas. No había nada que le diera más vergüenza que hablar de su cuerpo. Bueno, sí lo había: el sexo. Por eso temía las despedidas de soltera. Eran terreno fértil para todo lo que la avergonzaba.
El timbre volvió a sonar. Nadia corrió hacia la puerta con una sonrisa ancha.
—¡Llegó la sorpresa! Yael, bajá las luces. Lucía, sentate ahí, en el medio.
***
Lucía obedeció sin cuestionar. Se acomodó en la silla del centro de la sala, convencida de que la sorpresa sería una torta o un regalo para la casa nueva. No tenía motivos para imaginar otra cosa. Hasta que empezó la música.
No reconoció la melodía. Una base lenta, envolvente, con un ritmo grave y una insinuación inconfundible. Era el tipo de música que sonaba de fondo en las escenas que ella cambiaba de canal apenas las cruzaba en la tele. Las invitadas se acomodaron en los sillones, todas de cara a ella. Lucía quedó sola en el centro, bañada por una luz rojiza, expuesta como una balsa a la deriva mientras el resto la miraba desde la orilla.
—¿Lista? Esto te va a encantar —dijo Nadia, con los ojos brillando.
—Nadia, yo...
—No hay tiempo, no hay tiempo.
Abrió la puerta con gesto teatral, y un murmullo recorrió la habitación.
Entró una morena de melena espesa, rizos apretados como resortes oscuros enmarcando un rostro color café con leche. Caminaba como quien pisa un escenario: sin pedir permiso, sin dar explicaciones. Llevaba un abrigo largo de cuero negro y brillante que se abría apenas a cada paso, dejando entrever sombras y destellos. Se detuvo justo frente a Lucía, se quitó el abrigo y lo arrojó sobre un sillón.
Debajo, un conjunto de cuero negro le cubría el torso, medias de red trepando por las piernas, botas altas hasta la rodilla. Una imagen entre la audacia y la amenaza. Lucía notó que los anteojos se le empañaban, tal vez por el calor, tal vez por la súbita cercanía. Nunca había visto a una mujer así de cerca: alta, poderosa, con un cuerpo esculpido para el pecado.
—¿Qué es esto, Nadia? —preguntó Dora, con la voz cargada de furia.
—Es una despedida de soltera, mamá. No una misa de domingo.
—Es obsceno. Se termina ahora.
Hubo un cruce de palabras, reproches viejos, la tía Marta que por puro rencor decidió contradecir a su hermana, Tamara aplaudiendo a favor del show. Pero Lucía apenas escuchaba. Su atención estaba clavada en la mujer que aguardaba en silencio, profesional, acostumbrada a ese tipo de escenas familiares.
—¿Cómo te llamás? —preguntó Lucía, sorprendiéndose a sí misma.
—Dayana —respondió la morena, con un marcado acento brasileño y una sonrisa blanca, afilada como una perla recién pulida.
—No te vayas. No hiciste nada malo. —Lucía buscó los ojos de su madre—. Mamá, por favor. Quiero una despedida tranquila, pero también alegre. No todo puede estar prohibido porque a vos te incomode.
El silencio se hizo denso. Dora apretó los labios, miró alrededor buscando un apoyo que nadie le dio, y al final alzó una mano como quien se rinde a regañadientes.
—Está bien. Pero si después te queda cargo de conciencia, no vengas a llorarme a mí.
—No veo por qué tendría que sentirme culpable —dijo Lucía, sin levantar la voz, pero con una firmeza que la sorprendió incluso a ella.
***
La música volvió a llenar el ambiente, más intensa, y las luces de colores giraron sobre las paredes. Dayana retomó el show. Movía las caderas con fluidez, cada paso calculado para provocar sin caer en lo vulgar. Era una profesional, y se notaba.
Se acercó a Lucía, peligrosamente cerca, y bajó el torso hasta quedar a la altura de su cara. Los pechos, apenas contenidos por el cuero, se acercaron lo suficiente como para dejarla sin aire. Antes de tocarla, giró y meneó la cadera en un movimiento perfecto. Después, sin dejar de moverse, se despojó del top y reveló un corpiño de encaje negro que dejaba adivinar el contorno de los pezones a través de la tela.
Lucía se quedó inmóvil, las manos apretadas en el regazo. No sabía dónde mirar, pero no podía hacer otra cosa que mirar. Sentía un calor distinto al de la luz rojiza, una mezcla de vergüenza, incomodidad y algo más que no quería nombrar. Quiso reírse, romper el encanto con un chiste bobo, pero la garganta se le cerró. Tenía los dedos helados contra el vestido blanco que ahora le parecía demasiado corto, demasiado delgado, demasiado todo.
Porque había algo más. Una corriente eléctrica le recorría la espalda. Una parte de ella, la firme, la que siempre tomaba el control, quería levantarse y poner fin a la escena con una sonrisa educada. Pero otra parte, silenciosa y enterrada, observaba fascinada la manera en que ese cuerpo moreno se deslizaba contra su piel sin pedir permiso.
Y entonces, más violenta que el rubor, llegó la conciencia de que su cuerpo respondía. El corazón le latía rápido. Las piernas le temblaban. La respiración era corta. Esto es una traición. No quiero sentirme así. No quería confundirse, ni atraerse, ni mucho menos excitarse. Y sin embargo, algo dentro suyo se había encendido como una llama.
Dayana le tomó la mano con suavidad. Lucía no se resistió, aunque sus dedos estaban fríos por los nervios. La bailarina la guió, sin apuro, hasta posarla en su propia cintura. El cuero era liso, tibio. Lucía sintió que el mundo se detenía. No sabía si soltar, si quedarse quieta o si, simplemente, permitirlo. Miró hacia arriba y la morena le guiñó un ojo, como diciéndole que estaba bien.
El gesto le aflojó algo por dentro. Soltó el aire, bajó los hombros, dejó que el cuerpo se relajara apenas. Por primera vez en toda la noche no se sintió atrapada, sino simplemente confundida.
—¡Vamos, ponele un poquito de onda! —gritó Nadia, eufórica.
Dayana se sentó con gracia sobre las piernas de Lucía, sin apoyar todo el peso, un gesto apenas insinuado. Le acarició el muslo con la uña del índice, dibujando una línea invisible. El corpiño se desprendió, y Lucía ni siquiera entendió cómo ni cuándo ocurrió. De pronto esos pechos morenos quedaron completamente expuestos, los pezones oscuros ofrecidos a un palmo de su cara.
Cerró los ojos. Un segundo. Solo un segundo. El mundo giraba demasiado rápido. Su mente le gritaba que se levantara, que se tapara con un almohadón, que se disculpara. Pero algo más primitivo, más callado, solo quería quedarse ahí. Sentir. Vivirlo. Aunque fuera una sola vez en la vida.
—Una probadita, morocha —insistió Tamara, que se había acercado para quitarle a Lucía los anteojos empañados—. Que no se olvide nunca de esta noche.
Dayana le sostuvo la cara entre las manos y la hundió, con dulzura, en el centro de esos dos pechos tibios. El perfume le llenó la nariz, la piel suave le rozó las mejillas, y Lucía sintió que se le erizaba todo el cuerpo. No opuso resistencia. No reaccionó. Simplemente se dejó estar, como una muñeca de trapo, mientras la humedad incómoda entre sus piernas la delataba en silencio.
Cuando la liberó, Lucía respiró hondo. Esta noche voy a soñar con este aroma. El pensamiento la asustó más que la propia escena.
***
Dora se levantó del sillón sin apuro, alisándose la falda.
—Bueno, bueno. Ya estuvo, ¿no? Se divirtieron, se rieron. Pero nosotras no somos esto.
—¿No somos qué, mamá? —Lucía se puso de pie, todavía agitada—. ¿Mujeres? Porque eso es lo único que hay en esta sala.
El comentario cortó el aire. Dora la miró como si no la reconociera. Quizás no la reconocía: esa Lucía firme, encendida, con el rubor en las mejillas y el desafío en la voz, no se parecía a la chica tímida de los anteojos redondos.
—Si seguís, después van a decir que sos medio lesbiana —soltó Dora, con desprecio.
—¿Y si lo soy? —La pregunta se le escapó antes de poder medirla. Un silencio absoluto se tragó la música.
Nadie respondió. Tamara sonreía de medio lado. Marta arqueó una ceja. Dora se quedó tiesa, sin palabras por primera vez en la noche. Y Lucía, sorprendida de su propia voz, sintió que no estaba avergonzada. Estaba, por fin, diciendo algo verdadero.
Dayana, recogiendo su abrigo, se acercó para despedirse. Le rozó el oído con los labios y le habló tan bajo que solo Lucía pudo oírla.
—Mi número está en la tarjeta que dejé en tu bolso. Por si alguna vez querés que el show sea solo para vos.
Se fue con la misma seguridad con la que había entrado. La fiesta siguió, los reproches se diluyeron en risas y daiquiris, su madre terminó cediendo a regañadientes. Pero Lucía ya no estaba del todo en esa sala.
Más tarde, cuando todas se hubieron ido y el departamento quedó en silencio, encontró la tarjeta en el bolsillo interno del bolso. La sostuvo entre los dedos un largo rato, mirando los números como si fueran un acertijo. Faltaban dos días para su boda. Dos días para convertirse en la mujer decente que todos esperaban que fuera.
Guardó la tarjeta en el cajón de la mesa de luz, debajo de la ropa interior. No la rompió. Por las dudas. Y esa noche, tal como había temido, soñó con un perfume a piel tibia y con unos ojos que la miraban como nadie la había mirado nunca. Cuando despertó, sudada y sin aire, supo que algo dentro de ella se había abierto y que ya no iba a poder cerrarse.