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Relatos Ardientes

La capitana eligió a la recluta más joven del cuartel

Renata era capitana, y en el cuartel nadie sospechaba lo que escondía detrás de su impecable uniforme. A sus cuarenta y ocho años seguía siendo una mujer espléndida: alta, de piel clara, cabello negro recogido sin un solo mechón fuera de lugar, ojos azules grandes bajo unas cejas marcadas, y un cuerpo que el ejercicio diario mantenía firme como el de una mujer veinte años menor. Las pecas sobre el puente de la nariz le daban un aire casi juvenil que desentonaba con la dureza de su voz de mando.

Le gustaban las reclutas. Tenía un ojo entrenado para reconocer cuáles de aquellas jóvenes recién llegadas escondían un deseo que ni ellas mismas se atrevían a nombrar. Y desde que el número de mujeres en filas había crecido, el cuartel se había vuelto para ella una especie de cacería permanente. Nada le producía más placer que llevarse a la cama a una recluta nueva.

Vivía sola en una de las casas del recinto, lo que le venía perfecto: podía meter en ella a quien quisiera sin dar explicaciones a nadie. Era ordenada hasta la obsesión, pulcra, elegante en cada detalle. Y tenía una debilidad muy concreta: las mujeres de piel morena, pechos pequeños y traseros grandes. Un buen culo le desviaba la mirada como un imán; siempre había sido así, desde que era una niña.

Renata era dominante. Le encantaba dar órdenes, y por eso amaba el cuartel: su rango la autorizaba a mandar de la mañana a la noche. Había soñado con el ejército desde el colegio, con la disciplina, con el orden por encima de todo. Su único punto flaco era ese deseo insaciable que la nublaba apenas una mujer le gustaba. Era una lesbiana convencida que nunca había salido del clóset, que nunca había tenido una relación duradera, y que cargaba en silencio con una soledad que solo se aliviaba cuando tenía a alguien nuevo entre las manos.

Una mañana, durante la formación, la vio. Daniela. Menuda, de piel trigueña, cabello castaño claro, ojos color miel rasgados, labios delgados, cuerpo flaco y un trasero enorme y redondo que parecía a punto de reventar la costura del pantalón reglamentario. Renata supo en ese instante que iba a hacerla suya, costara lo que costara.

Empezó por lo simple: asignarle tareas que la mantuvieran cerca, las más insignificantes, con tal de tenerla a un brazo de distancia. No dejaba pasar un solo encuentro sin sacarle conversación. Indagó en su vida, en sus gustos, y descubrió que Daniela tenía una personalidad arrolladora: alegre, habladora, sencilla, con una voz que la desarmaba. Lo único que no veía en ella era el menor indicio de deseo por las mujeres, y eso la frenaba en seco. Si había algo a lo que Renata le temía, era a delatarse ante alguien que la rechazara.

Aun así, convirtió a Daniela en su mano derecha. La joven empezó a gozar de privilegios que en el ejército nadie cuestionaba: almorzaban juntas, pasaba las tardes a las órdenes de la capitana, recibía halagos y atenciones constantes. Sin proponérselo, Renata se ganó su confianza y su cariño. Lo que ahora le daba vueltas en la cabeza era una sola cosa: cómo llevarla a la cama sin revelar su secreto.

Tenía un don para la conversación y otro para hacer reír, herramientas que había pulido durante años con un único fin. Cuando entraron en confianza, Daniela le habló de los muchos novios que había tenido, y Renata, llevada por su obsesión, no perdía ocasión de mirarle el trasero cada vez que la joven le daba la espalda. Acostumbró a Daniela al contacto físico con una naturalidad calculada: le tomaba las manos, le acariciaba el pelo, todo como si fuera lo más normal del mundo.

Pero el deseo se le había vuelto obsesión, y la obsesión le había robado la objetividad. Por las noches se masturbaba imaginándola desnuda, soñando con besarla, con recorrerle el cuerpo entero, con hacerla gozar hasta el amanecer. Y lo peor era saber que Daniela suspiraba por los soldados que veía pasar, y que se lo contaba sin reservas, sin imaginar el efecto que aquello tenía en su capitana.

Renata no aguantó más. Ideó un plan. La haría quedarse una noche entera en su casa y desplegaría toda su artillería. Sabía que el vino sería su mejor aliado: una vez con unas copas encima, doblegaría la voluntad de Daniela. La nubla de la obsesión le hacía pensar que el plan era infalible; al fin y al cabo, no sería la primera mujer heterosexual que terminaba en su cama.

Aprovechó un día de fiesta, con el cuartel en calma, para invitarla a pasar la noche. «Una noche de chicas, para hablar sin parar», le dijo. Daniela aceptó encantada; sus privilegios de mano derecha le permitían dormir fuera de las barracas sin problema.

***

Esa noche, Renata preparó una cena especial. Desde que Daniela cruzó la puerta, el vino corrió sin pausa y las copas nunca llegaron a vaciarse del todo. Comieron, recogieron juntas la cocina, y la capitana le sugirió que se pusieran cómodas con la ropa de dormir. Fue una jugada perfecta: el pantaloncito corto de Daniela dejó al descubierto unas piernas que la hicieron tragar saliva. Y había un detalle que jugaba a su favor: en aquella casa solo había una cama.

Saltaban de un tema a otro con la soltura de dos amigas de toda la vida. Había buena música, vino y conversación, y a medida que se vaciaban las botellas el ambiente se volvía más cálido. Con habilidad, Renata llevó la charla al terreno del sexo, y descubrió que Daniela, después de tantos novios, tenía mucho que contar. Para soltarle la lengua, le confesó entre risas que ella en la cama era prácticamente una novata, la excusa perfecta para que la joven se explayara en cada detalle.

Y como siempre que se habla de sexo, las dos terminaron encendidas. Renata había contado con eso. Empezó a posarle las manos sobre los muslos, con calma estudiada, hasta que lanzó la pregunta clave: si alguna vez había besado a otra mujer. Daniela admitió que una vez, en una fiesta, lo había hecho. Fue todo lo que la capitana necesitaba. Sin previo aviso, le tomó la cara y la besó.

Daniela se quedó muda.

—Perdóname, pero hace días que tenía ganas de hacerlo —reveló Renata.

—¿Y por qué querías eso? —preguntó la joven.

—No lo sé. Simplemente me dieron muchas ganas. ¿Te molestó? —contestó.

—No es que me molestara. Es que no me lo esperaba —murmuró Daniela.

—Te confieso que todavía tengo ganas. Uno de verdad. ¿Me regalas uno? —insistió Renata.

Daniela no dijo nada. La capitana se quedó helada del susto, pero entonces, de la forma más inesperada, fue la joven la que se acercó y la besó.

—Para que se te quite el antojo —dijo Daniela.

A Renata le volvió el alma al cuerpo. Aquel beso le confirmó que podía dar un paso más. Se montó sobre las piernas de la joven y volvió a besarla, esta vez largo, hondo, con toda la pasión contenida durante semanas. Cuando se separaron, no se bajó de encima: bajó la boca al cuello y lo recorrió con la lengua mientras le ahuecaba las manos sobre los pechos. Daniela la rodeó con los brazos y le apretó el trasero.

Toda la charla sobre sexo había hecho su trabajo. A Daniela la había encendido el morbo, y cuando sintió las manos en sus pechos respondió aferrándose a ese culo que la capitana tanto deseaba. Renata no dejó de besarle el cuello mientras le subía la camiseta; la joven alzó los brazos y la dejó hacer. Ninguna de las dos pronunció una palabra: se dejaron llevar.

La capitana bajó los labios a sus pechos. Los pezones de Daniela ya estaban duros, y los lamió y los mordió con suavidad hasta que sintió que la joven también tiraba de su camiseta. Se la quitó y volvió a entregarse a esos pechos pequeños mientras Daniela le hundía las manos por dentro del pantalón.

***

Renata la tomó de la mano y la llevó a la cama. La puso de rodillas, se colocó detrás, le acarició los pechos un instante y dejó deslizar las manos hacia abajo, dentro del short y la ropa interior, hasta encontrarle el clítoris. Daniela empezó a gemir. La capitana hundió un poco más los dedos y descubrió lo mojada que estaba; los empapó con su humedad y volvió a acariciarla con paciencia, hasta que la joven se giró y la besó de nuevo, buscándole los pechos con las manos.

Aquel gesto desató a Renata. La acostó en la cama, terminó de desnudarla y se subió encima, restregándose contra su vientre mientras le mordía el cuello. Luego bajó. Le pasó la lengua por los pechos, por el estómago, y al llegar a los pies se los llevó a la boca y los lamió uno a uno, recorriéndole la planta, chupándole cada dedo con una calma que hizo a Daniela respirar entrecortado.

Subió despacio por las piernas. Renata no cabía en sí: lo que había sido fantasía era ahora carne tibia bajo su boca. La giró boca abajo y se rindió a ese trasero que la obsesionaba. Lo apretó, lo besó, lo recorrió con la lengua sin prisa, sentada sobre su espalda, bajando desde los hombros por la columna hasta las nalgas. No tenía ninguna intención de apurarse.

Cuando la volvió a poner boca arriba, le separó las piernas, la miró un segundo a los ojos y bajó la lengua. Daniela tenía los labios grandes y el clítoris prominente, y Renata se tomó todo el tiempo del mundo. Recorrió cada rincón, succionó, exploró con los dedos hasta dar con un punto que hizo a la joven arquearse y apretar las piernas. Sin dejar de chuparla, lo presionó una y otra vez hasta arrancarle un orgasmo que la sacudió entera, cabalgando sobre sus dedos como si la vida se le fuera en ello. Le costó un buen rato recuperar el aliento.

—No tenías ni idea, ¿verdad? —dijo Daniela cuando pudo hablar, todavía agitada—. Eso no lo hace alguien sin experiencia.

Renata sonrió sin contestar.

***

Entonces Daniela la acostó boca arriba y la desnudó. No le pasó desapercibido lo hermosa que era; esa piel clara le daba un aire delicado que la hizo sentirse pequeña a su lado. Se subió encima y la besó. No tenía un solo kilómetro de recorrido con mujeres, así que se limitó a imitar a quien la había hecho gozar tanto.

Le sorprendió el morbo que sintió ante la idea de chupar otro coño. Nunca, ni por curiosidad, había pensado en estar con una mujer, y ahí estaba, decidida a devolverle el favor. Recordaba cada paso. Empezó por el cuello, recorriéndolo con la lengua tan despacio como lo había hecho la capitana, y ahora era Renata la que no paraba de gemir, incrédula. El cuello era su zona más sensible, y a punto estuvo de venirse solo con eso.

Daniela siguió bajando hasta unos pechos mucho más grandes que los suyos. Antes de chuparlos los apretó con las manos, curiosa por su tamaño, y luego se concentró largo rato en los pezones. Cuando comprendió que la siguiente parada era el sexo de la capitana, una curiosidad enorme la empujó hacia abajo: quería saber cómo sería, a qué sabría, qué textura tendría. Y al fin y al cabo, ella también tenía uno; no podía ser tan distinto.

Renata ya le había abierto las piernas. La sola idea de sentir la lengua de la joven la enloquecía. Daniela se acomodó con la cabeza entre sus muslos y sació su curiosidad: lo encontró rosado, delicado, de labios grandes y clítoris marcado. Le gustó cómo era. Pasó la lengua sin pensarlo más, y el sabor la sorprendió, nuevo y agradable. Por primera vez supo a qué sabía otra mujer.

La capitana estaba fuera de sí. Lo que más morbo le daba era saber que era el primero para Daniela, y que ese primero fuera el suyo. La joven la recorrió de lado a lado, descubriendo su textura suave, y subió hasta el clítoris. Cuando lo sintió hinchado y duro bajo la lengua, el saberse responsable de aquello la encendió aún más. Lo acarició, lo chupó con fuerza, le dio pequeños mordiscos, y esa fue la gota que colmó el vaso. Renata se vino al tercer o cuarto mordisco, tan excitada que le fue imposible contenerse, dejándose ir sin pudor contra la boca de la joven.

Por fin se sintió libre de la obsesión que la había dominado durante semanas. No quedaba deseo, solo una plenitud completa: había cumplido su fantasía y había sido mejor de lo que esperaba.

—¿Te gustó? A mí me encantó —dijo Renata.

—Sí. Se sintió muy rico —confesó Daniela.

Con esa respuesta le bastó. No dijo nada más. Atrajo a la joven hacia su pecho, la abrazó, y las dos se quedaron dormidas después de tanto placer.

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Comentarios (5)

Pablo

Excelente!!!! que nivel de tension tiene este relato

CarlaMVD

Por favor una segunda parte! Me quedé con ganas de mas, justo cuando se ponia bueno termino

SolePcias

La dinamica de poder entre las dos esta muy bien lograda. Nada forzado, se siente autentico. Muy buen relato!

Marcos_LN

Tremendo!! seguí subiendo historias asi

Vicky_Paran

Me recordó a algo que viví en el trabajo jaja, obvio que no tan... interesante. Buenisimo igual

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