La rubia de la despedida de soltera me eligió a mí
Me invitaron a esa despedida de soltera casi de rebote. Yo era amiga de la novia desde hacía años, pero al resto de las mujeres del grupo no las conocía de nada. La noche anterior ya nos habíamos despedido de su soltería a nuestra manera, desnudas en la que iba a ser su cama de matrimonio, y por eso me extrañó que insistiera tanto.
—¿Por qué no vienes? Lo vas a pasar bien —me dijo por teléfono.
—Yo no pinto nada con tus otras amigas y tus primas. Y con tu suegra delante, por favor.
—Ni caso. Tengo una sorpresa para ti y quiero que estés allí.
Conociéndola, sabía que me estaba preparando una encerrona. Pero las suyas solían tener buena intención, así que terminé cediendo.
—Está bien, tú ganas. Iré.
El plan era de lo más típico: cena en un reservado, reparto de juguetes que imitaban con mayor o menor fortuna el sexo masculino, unas copas para que el grupo sacara los colores a más de una, y un final con un grupo de bailarines en un local de striptease. No era mi idea de diversión, sobre todo la parte de provocar a los hombres, pero siempre podía reírme de las tonterías de las demás. Y, en el peor de los casos, despistarme y buscar yo sola un sitio de ambiente.
La noche siguiente me dirigí al restaurante con uno de mis mejores atuendos de guerra. Botas altas de tacón fino, minifalda de cuero muy corta, un top palabra de honor, una gargantilla de plata como único adorno y la melena lisa suelta sobre los hombros. Tengo una altura respetable, los muslos largos, el vientre plano y un trasero que sé usar como arma. Mis pechos no son enormes, pero comprimidos en ese top llamaban la atención. La piel bronceada de punta a punta y una cara con cierta personalidad terminaban de redondear el efecto.
Tras las presentaciones y los besos de rigor, ninguna de ellas me llamó especialmente la atención. Además, todas me parecieron terriblemente heterosexuales: ninguna despertó mi radar. Había de todo, amigas de los novios, primas de ambos, la mencionada suegra y alguna tía marchosa entre las maduras. Y todas se habían puesto muy sexis, luciendo cuerpos que en más de un caso merecían la pena. Me estaban poniendo los dientes largos y yo no podía tirar la caña con ninguna.
Bueno, salvo con la novia. En un vestido blanco de minifalda y escote vertiginoso, como un anticipo del de la boda, estaba francamente espectacular. Pero esa era su noche y no pensaba estropeársela poniéndome cariñosa. Al comienzo de la velada consiguió susurrarme al oído:
—Todavía falta gente. No te agobies antes de tiempo.
Me conocía tan bien que sabía que yo estaba calculando cómo darles esquinazo. No pensaba marcharme a casa cachonda sin intentar al menos darme un gusto.
***
Con la cena ya empezada, hizo su aparición en el comedor un verdadero ángel. Una belleza cercana a lo imposible se dirigió derecha a la novia y le dio un par de besos casi lascivos que, no sé por cuál de las dos, me pusieron celosa al instante.
—Chicas, ella es Valeria. Compañera de la universidad —la presentó.
Era rubia, incluso un poco más alta que yo, de piel clara, con un cuello perfecto sostenido por unos hombros aún más bonitos. Las puntas de sus pezones se marcaban insolentes en la seda del breve pañuelo que, anudado con cordones finos, le desnudaba toda la espalda. Sus vaqueros parecían haberle crecido directamente sobre la piel. Y en los pies llevaba unas botas altas muy parecidas a las mías.
Debí de quedarme mirándola con tal cara de asombro que la morena pizpireta que tenía al lado me dio un codazo. Parecía la más espabilada de las que estábamos allí desde el principio.
—No seas tan descarada, que se te cae la baba —me dijo riendo.
—Perdona.
—No pasa nada, es una belleza. Yo también la estaba mirando. Qué envidia de cuerpo.
Cuando llegó mi turno de los dos besos, conseguí sujetar su cintura un segundo de más, con unas manos que debían de temblar, y pasé las yemas de los dedos por su piel suave y desnuda. Recuerdo todavía aquel contacto firme de la primera vez que la toqué.
Creo que me pasé toda la cena buscando sus ojos por encima de los platos y los vasos. Y a veces sentía su mirada clavada en mi cara o en mi cuerpo.
Al final llegó la hora de los regalos. Desde un libro de «cómo dominar a un hombre», de lo más light, hasta un vibrador enorme y descomunal que provocó el escándalo general, sobre todo por parte de la suegra, que resultó ser buena pieza.
—Por si con tu marido no te basta —fue el comentario que se hizo.
Mi regalo fue un conjunto de lencería: sujetador y tanga blancos de encaje fino, con liguero y medias a juego, perfecto para el día de la boda. El de Valeria era un body calado rojo, terminado en tanga, con medias negras. Las grandes mentes piensan igual, aunque yo no me había atrevido con un color tan descarado. Como estábamos solas en el reservado, se lo hicimos probar todo a la novia y montamos un improvisado pase de modelos que, por no estar preparado, no resultó menos sexi. Mientras las demás se fijaban en las prendas, Valeria y yo mirábamos el cuerpo que las llevaba puestas.
***
De allí, con la novia ya vestida, fuimos a un bar de copas, donde estuvimos bailando y calentando al personal. A mí me dio igual el personal.
—¿Bailas? —le pregunté, con miedo a que me rechazara.
—Por supuesto —respondió, y sujetó mi mano con firmeza.
Conseguí así mi primer baile con Valeria. Lo hicimos tan sensual y desenfrenado como nos atrevimos en público. La diferencia con las demás era que ellas miraban al tendido mientras bailaban, y nosotras nos mirábamos a los ojos, detectando cada una algo en los de la otra. Su muslo firme, enfundado en el algodón del vaquero, se metía entre mis piernas desnudas. Mis manos recorrían la piel de su espalda, deslizando caricias casi imperceptibles que solo nosotras sabíamos leer.
Sus antebrazos rodeaban mi cuello, acariciando mi nuca. Sus labios dejaban algún beso suave sobre mis hombros. Mis manos bajaban por su cintura hasta donde me atrevía. La morena de antes, viendo cómo avanzaba la cosa, nos dedicó un guiño y una sonrisa. Igual me había equivocado con ella y no era tan hétero como pensaba.
De camino al siguiente bar, la novia nos pasó los brazos por encima de los hombros y, en un descuido de las demás, nos retuvo un poco rezagadas.
—Sé que os queréis perder juntas, pero tened un poco de paciencia. Os quiero a las dos y sé que vais a tener una bonita amistad.
Y, bendiciendo con esas palabras todo lo que pudiera surgir entre nosotras, nos besó a ambas en los labios. Después nos empujó hasta juntarnos delante de ella. No voy a decir que nos forzó, porque las dos lo estábamos deseando, pero provocó nuestro primer beso, suave y casi casto, en medio del abrazo de las tres. Nos miramos a los ojos con un entendimiento casi total.
Parecieron eras las que pasamos deslizándonos de bar en bar sin poder acercarme más de la cuenta al objeto de mi deseo. Dulce tortura de la espera, peor todavía sabiendo que ella también quería acercarse a mí.
***
Por fin llegamos al local del striptease. Algunas de nuestras acompañantes ya iban visiblemente afectadas, lo que no impidió que pidieran otra ronda de alcohol fuerte a un camarero sin camisa y de músculos exagerados. El ambiente estaba caldeado en la sala poco iluminada. Salió al escenario el típico cachas vestido de bombero, que respondía a los piropos acercándose a las mesas. El nuestro perdió el tanga cuando sacó a bailar a la novia, que para nada se corta y le arrimó el trasero hasta que en cuestión de segundos consiguió ponerlo nervioso. Toda la sala coreaba y abucheaba aquella actuación dedicada.
Hubo un torero que sacó a una madura de otra mesa, algo pasada de kilos pero maciza y de muy buen ver, que terminó con los pechos al aire. Y hubo, como novedad, la actuación de una bailarina espectacular cuya figura de reloj de arena habría llamado la atención del hombre más heterosexual. Su belleza consiguió mantener caldeado el ambiente y el interés de las dos únicas lesbianas presentes. Por fin había algo en el espectáculo un poco más de mi gusto.
Aun así, sus contoneos solo me distraían un poco de las piernas desnudas de la novia, pegadas a las mías, o de la espalda torneada de Valeria, sentada delante de mí. Me mataba oír su voz conversando con las demás y que sus frases no fueran para mí. De vez en cuando giraba la cabeza para mirarme, y me parecía ver un asomo de celos cuando la mano de la novia se posaba en mi rodilla.
Con la actuación de otros dos chicos terminó aquella tortura y por fin pudimos dirigirnos a los coches. La protagonista, con un disimulo y una cara de no haber roto un plato, consiguió que Valeria, que era de otra ciudad, se viniera a dormir a mi casa. Nos acercaron en el coche de otra chica que se había mantenido bastante serena. Al bajar a despedirnos, la novia logró quedarse a solas con nosotras en mi portal.
—A ver, nenas. Sé que os vais a llevar muy bien. Y si hay otra boda cerca, quiero que sea la vuestra —susurró.
Nos abrazó fuerte, a mí acariciándome el trasero y a Valeria los pechos, y se marchó.
***
Por fin solas en el ascensor, nos lanzamos la una sobre la otra con verdadera ansia. Conseguí que mi mano bajara por dentro de su vaquero y, como sospechaba, el mínimo tanga no fue impedimento. Fueron solo unos segundos, pero muy intensos.
—¡Por fin! —dijimos a coro, y nos echamos a reír como locas.
Tras la puerta de mi apartamento, me acorraló contra la pared y, sin darme tiempo a reaccionar, bajó el escote de mi top dejando mis pechos al aire. Se lanzó sobre ellos para chuparlos y mordisquearlos. A mí no me hacía falta mucho para empezar a suspirar.
—Qué ganas tenía de hincarles el diente. Parece que me llevan llamando toda la noche.
—Pues imagina las ganas que tengo yo de tu trasero. Por cómo lo mueves al andar, me tienes hipnotizada.
Su top no tardó en revelarme los dos tesoros que apenas escondía. Dos senos perfectos de color claro, con los pezones rosados y durísimos y una areola tan pálida que apenas se distinguía del resto de su piel.
—Eres perfecta —murmuré.
Casi sin aliento, la conduje a mi dormitorio. Y allí, sobre las mismas sábanas donde nuestra amiga común había dormido un par de noches antes, se dejó caer. Me pareció de justicia poética empezar lo nuestro justo en ese lugar.
Mis botas quedaron al pie de la cama. Al tumbarse conmigo, se llevó uno de mis pies a la boca y empezó a lamerme los dedos sin importarle el sudor de toda la noche. Me encantó que no fuera remilgada. Sin separar la lengua de mi piel, fue subiendo por la pantorrilla y la cara interna del muslo, sin dejarme hacer nada más que suspirar.
—Qué ganas tenía de probar tu piel —dijo.
Una eternidad tardó en llegar al borde de mi falda, que se había subido hasta dejar mi tanga húmedo al alcance de su lengua. Con la tela liviana de por medio sentí el roce de sus labios. Después metió la mano bajo el cuero y retiró la prenda, una copia idéntica de la que yo le había regalado a la novia.
—Vaya. Este tanga me suena. Esta noche ya lo he visto puesto.
—Compré dos —reí.
—¿Y el sujetador y el liguero?
—Están en ese cajón. Por si te los quieres probar luego.
Sin más charla, depositó los labios sobre los míos de abajo y succionó mi clítoris hasta hacerme correr con fuerza en su boca. Un poco más calmada, conseguí desnudarla del todo, besándole los pies cuando le quité las botas. Ella me ayudó a terminar de desnudarme, porque yo era un desastre con el top en la cintura y la falda recogida.
—Vaya, no pensé que me iba a liar con una nudista. Pero, joder, ¡qué bien te queda!
—Conozco una playa tranquila donde se puede estar en cueros. Ya te llevaré.
Me tumbé sobre ella para besar sus labios y robarle mi propio sabor, mientras nuestros cuerpos tomaban contacto total por primera vez sin el estorbo de la ropa. Mis pechos sobre los suyos, mis muslos entre los suyos. Ardía por probarla. Me aparté con un esfuerzo terrible de voluntad y le pedí:
—Siéntate sobre mi cara. Quiero lamerte.
Arrodillada sobre mis hombros, bajó lentamente las caderas hasta dejar su sexo al alcance de mi lengua. Le hice los honores enseguida, agarrando sus nalgas con las manos como si fuera a perderlas, abriéndolas y deslizando los dedos por el canal que las separaba.
—Cómemelo, cielo. Es todo tuyo —jadeó.
La maniobra pareció gustarle, porque movió las caderas para que continuara. Lamí el perineo y jugué con sus alrededores. Mis dedos no abandonaban su clítoris, tocándolo y humedeciéndolo. Ahora era ella quien gemía y suspiraba, agarrándose los pechos y pellizcándose los pezones.
—Me vas a derretir. No sé cómo adivinas lo que me gusta —dijo casi sin voz.
Volví a su sexo con la boca justo cuando se corría, y seguí lamiendo hasta que lo hizo una segunda y una tercera vez. Se entregaba con cierto salvajismo que a mí me encantaba, como todo lo demás de ella. Jadeaba como una locomotora.
***
Agotadas por la noche, nos tumbamos la una junto a la otra para descansar entre mimos y caricias, alternando ratos de sexo salvaje con una ternura increíble. No dejó de masturbarme suavemente mientras nos besábamos despacio, y yo le acariciaba los senos.
—¿Cómo os conocisteis? —pregunté por fin, cuando conseguimos un rato relajado para charlar.
—Nos encontramos en una discoteca de mi ciudad, en la costa. Ella estaba de veraneo una quincena.
Podía imaginármela perfectamente, vestida muy sexi, calentando al personal con las caderas, acercándose a su presa: la belleza pálida con la que yo ahora compartía la cama.
—Así que un ligue de discoteca. No me lo puedo creer —ironicé.
—Iba arrebatadora, con sus botas altas y la mini de vuelo. Cuando me sacó a bailar y le apoyé las manos en el culo, confirmé que debajo solo llevaba un tanga mínimo.
—Ya sé cómo es. No se corta por nada. Pero parece que tú tampoco te quedas atrás.
—Cuando algo me gusta, desde luego que no.
Y como lo decía con una mano entre mis piernas, acariciando mi clítoris, la creí.
Yo tuve que contarle cómo nos habíamos encontrado nosotras, en un bar de ambiente, un día crudo de invierno. Hablamos, nos conocimos, y ella me confesó que era bisexual. Comparando fechas, descubrimos que había estado con las dos casi a la vez: después de mi invierno vino su verano. Ninguna de las dos relaciones fue exclusiva, sino una intensa amistad con sexo. Nos resultó gracioso pensar que en algún momento había dejado los brazos de una para reunirse con la otra, o con su actual novio.
—Pero qué pícara. Ese verano tuvo que estar liada con media ciudad.
—Pero gracias a eso nos hemos conocido nosotras —contesté.
Todo esto sin dejar de acariciarnos ni un segundo. Yo le tocaba los pechos que me fascinaban, ella mis caderas, y lamíamos la piel que alcanzábamos sin dejar de besarnos. Seguimos contándonos la vida, el trabajo, los amigos, la familia. Lo típico para conocerse mejor. Y, sin embargo, sabíamos desde antes de hablar que éramos compatibles de forma casi perfecta. Aquella atracción inmediata podía llevarnos al amor, a compartir la vida y la cama. Eso ya lo veríamos con el tiempo.
Quizá montáramos algún día esa bonita boda que nuestra amante común quería para nosotras. Solo que en esta habría dos novias y muchas damas de honor lesbianas, amigas y ex amantes. Por cierto, tuvimos que vestirnos, maquillarnos y peinarnos a toda prisa para llegar a la ceremonia de la otra. Ayudándonos la una a la otra, conseguimos no presentarnos demasiado tarde.