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Relatos Ardientes

La tarde que terminé en brazos de otra mujer

Ilustración del relato erótico: La tarde que terminé en brazos de otra mujer

Para quienes no me conocen de otras veces, me presento de nuevo. Me llamo Marisol, tengo cuarenta y cuatro años y llevo media vida casada. Soy pelirroja, de ojos oscuros, y desde hace un tiempo descubrí que el deseo no respeta los planes que una se hace. Empezó casi por aburrimiento, una de esas tardes en que el calor empuja a buscar distracciones, y terminó abriéndome puertas que ni sabía que existían.

El verano pasado mi marido se llevó a los chicos a una casa que tenemos en las afueras para escapar del bochorno de la ciudad. Él podía trabajar a distancia y yo me quedé sola la mayor parte de la semana. Al principio lo llamaba por las noches, jugábamos a distancia, nos contábamos cosas. Pero la curiosidad es un animal que crece solo, y de a poco fui leyendo, mirando, imaginando cosas que nunca habían formado parte de mi vida.

Era la última semana antes de las vacaciones y en el instituto donde doy clases habíamos cambiado las lecciones por actividades sueltas. Los chicos se escapan encantados y para nosotros, los profesores, esos días son un dolor de cabeza. Aquel miércoles volvía a casa cansada cuando me sonó el teléfono. Era Renata, una vecina con la que comparto más secretos de los que conviene admitir. Una lesión vieja la obliga a moverse despacio, pero nada le ha quitado las ganas de vivir, y juntas hemos vivido tardes que no aparecerían en ninguna agenda.

—Pasate un momento por casa —me dijo—. Necesito pedirte un favor.

La idea de relajarme con ella me pareció lo mejor del día. Pero cuando llegué, no estaba sola.

—Marisol, ella es Solange —me presentó—. Viene a echarme una mano con la limpieza una vez por semana.

Solange tendría unos cincuenta años llevados con una elegancia que no se aprende. Era una mujer de piel oscura, de caderas anchas y un pecho que tensaba la blusa amarilla que tenía puesta. Siguió con lo suyo mientras Renata empezaba a contarme para qué me había llamado, aunque enseguida entendí que ese día no iba a pasar nada entre nosotras: mi vecina esperaba otra visita y se notaba impaciente por quedarse sola. Lo que Renata quería de mí queda para otra vez.

Solange terminó, recogió sus cosas y nos despedimos casi al mismo tiempo. La alcancé frente al ascensor y bajamos juntas. Cuando las puertas se cerraron y quedamos las dos solas, ella me miró de reojo.

—¿Puedo hablar un momento con usted?

—Claro —le respondí—. Pero con una condición: dejá de tratarme de usted. Llamame Marisol, como todo el mundo. ¿Por qué no subís a casa y hablamos más tranquilas?

Aceptó. Le serví un café en la cocina y, sentada frente a mí, empezó a contarme algo que me dejó sin palabras. Su marido, me dijo bajando la voz, llevaba un tiempo mirando con demasiada atención a las mujeres de aquí cuando salían juntos por la calle. No se lo había dicho, pero ella lo notaba. Todavía no tenían los papeles en regla, no podía trabajar legalmente, y la asustaba la idea de que él se encaprichara con alguien y la dejara sola con sus hijos.

—Renata me contó que usted… que vos sos una mujer casada, con tu vida resuelta —me dijo—. No ibas a tirar todo por la borda por un hombre. Por eso pensé en vos.

La propuesta era tan disparatada que tardé en entenderla: quería presentarme a su marido, de forma casual, y que yo lo sedujera. Una aventura sin consecuencias, alguien que no fuera a robárselo.

—¿Y por qué no se lo pediste a Renata? —pregunté.

—Ella es soltera, tiene su piso, su libertad —contestó—. Podía ser peligrosa.

Me reí por dentro de la lógica del asunto. Pero más allá de la propuesta, había algo que no podía dejar de mirar: la forma en que la blusa se abría apenas en el escote, el brillo de su piel bajo la luz de la cocina, esos labios gruesos que se movían despacio. Me senté a su lado.

—Acepto tu idea —le dije—. Pero con una condición. Quiero hacerlo también con vos.

La vi dudar, encogerse un poco en la silla.

—Si mi marido se entera… —murmuró.

—No se va a enterar —le prometí—. Cariño, si vos estás dispuesta a dejar que él pruebe otras cosas, lo justo es que vos también disfrutes. Te lo aseguro.

No le di tiempo a responder. Me incliné y la besé. Tenía la boca cálida, generosa, y tras un instante de quietud me devolvió el beso con una entrega que me dijo todo lo que necesitaba saber. Sus manos se adelantaron a las mías y empezaron a desabrochar mi camisa hasta dejarme en sostén. Yo hice lo mismo con su blusa amarilla, que cayó al respaldo de la silla.

—La señora tiene un cuerpo precioso —dijo, mirándome.

—Marisol —le corregí con una sonrisa, mientras le bajaba los pantalones—. Solo Marisol.

Quedamos las dos de pie en medio de la cocina, en ropa interior, y como si lo hubiéramos ensayado nos quitamos la última prenda la una a la otra. Me arrodillé frente a ella. Nunca había tenido tan cerca el cuerpo de una mujer así, y el deseo me golpeó sin aviso. Acerqué la boca y empecé a recorrerla con la lengua. Ella se sostuvo del borde de la mesa y dejó escapar un gemido largo, sorprendida de su propio placer.

—Por favor, no le cuentes nada de esto a Renata —dijo de pronto, con un hilo de voz—. No quiero que piense mal de mí.

Levanté la cabeza un segundo.

—Tranquila, mi amor. Esto queda entre nosotras.

Volví a lo mío. Tenía un sabor intenso, distinto, y seguí hasta que su respiración se quebró y sus muslos temblaron contra mis hombros.

—Me corro, Marisol —alcanzó a decir.

Y se dejó ir con un estremecimiento que sentí en toda ella. Cuando la miré, tenía los ojos húmedos y una sonrisa de incredulidad.

—Nunca pensé que con una mujer se pudiera sentir esto —susurró.

***

Entonces fue ella la que quiso devolverme el gesto. Me guió hasta la alfombra del salón, me pidió que me recostara y se arrodilló entre mis piernas. Era su primera vez, me confesó después, pero aprendía rápido. Lo que yo acababa de hacerle le había servido de mapa, y su lengua encontró enseguida el camino. La sujeté de la nuca, hundiéndola un poco más, y dejé que el placer me recorriera entera. Para ser una principiante, parecía una alumna aventajada.

Estuvimos así un buen rato, hasta que quise cambiar. La hice tenderse de espaldas con las piernas abiertas y me coloqué sobre ella de modo que nuestros cuerpos se rozaran. Yo apenas tenía algo de vello; ella, en cambio, estaba completamente depilada.

—A mi marido le gusta así, aunque jure lo contrario —dijo entre risas—. Dice que es cosa de mujeres descaradas, y después se las queda mirando por la calle.

Nos reímos las dos. Cuando empezamos a movernos, el roce nos arrancó gemidos a la vez. La sentí tan caliente y húmeda como yo, y nos dejamos llevar hasta que el orgasmo nos alcanzó casi al mismo tiempo. Después giré sobre ella y nos buscamos en un sesenta y nueve lento, sin prisa.

—Marisol, esto es lo más lindo que sentí en mi vida —murmuró contra mi piel—. Pero prometeme que no se lo dirás a nadie.

—Es nuestro secreto —le contesté, y volví a perderme en ella.

***

Cuando nos detuvimos, quedamos abrazadas sobre la alfombra, recuperando el aliento. Solange empezó a hablarme de su tierra, de lo difícil que había sido dejarla, del viaje, de los años de adaptarse a un país que no terminaba de recibirlos. La escuché y solo sentí ternura. Había en ella una dulzura que me desarmaba.

Tras un rato me levanté y fui a la cocina. Abrí la nevera, saqué un pepino que tenía guardado y volví al salón. Ella abrió los ojos, divertida.

—¿Te entró hambre, Marisol?

—En cierto modo —le dije—. Aunque no es exactamente para comerlo con la boca. ¿Nunca probaste meterte algo?

Me confesó que no, que en su casa esas cosas estaban mal vistas, que hasta esa tarde solo su marido la había tocado.

—Pues ya es hora —respondí—. Si él anda metiendo lo suyo donde no debe, lo mínimo es que vos también te des un gusto.

Le pedí que se sentara y se abriera para mí. Despacio, fui deslizando el pepino en su interior mientras la observaba. Volvió a gemir, esta vez más fuerte, y empecé a moverlo con un ritmo parejo. En un momento lo dejé a medio camino y me acomodé encima de ella, de modo que las dos compartiéramos esa caricia improvisada. Nuestros cuerpos volvieron a rozarse, empapados, y mientras nos movíamos no pude evitar preguntarle si, ya que dejaba que su marido probara otras mujeres, no le tentaba probar ella otros hombres.

—Me daría miedo que se entere —dijo otra vez.

—Se puede hacer sin que sepa nada —insistí—. Pero eso será otro día.

Ella tomó la iniciativa. Quiso devolverme cada cosa que le había dado, y se aplicó con una entrega que me dejó sin defensas. Me acaricié los pechos mientras su lengua recorría cada centímetro de mí, sin descanso, hasta que un orgasmo me sacudió de arriba abajo y ella lo recibió como si fuera lo más natural del mundo.

Quise hacerle algo distinto. La llevé de la mano al baño, abrí el grifo y le pedí que me dejara enjabonarla. Tenía la piel suave, de un tacto increíble. La sequé con cuidado y, colocándome detrás, la besé en lugares que ella nunca había imaginado ofrecer. Acompañé las caricias con los dedos, despacio, hasta que la sentí derretirse contra mí, apoyada en el lavabo, repitiendo mi nombre.

—Con mi marido nunca lo pasé así —dijo cuando recuperó la voz.

***

Volvimos al salón tomadas de la mano, como dos novias que vuelven de un paseo. Nos sentamos a descansar y fue ella quien me buscó la boca con un beso largo, mientras su mano se deslizaba entre mis piernas. La principiante de hacía un par de horas se había vuelto experta. Sus dedos entraron en mí con una precisión que no parecía improvisada, y otra vez me hizo terminar.

No iba a quedarme atrás. La invité a acercarse a mi boca mientras yo seguía recostada, y se arrodilló sobre mí. La saboreé despacio, ya conociendo lo que le gustaba, mientras sus gemidos llenaban la habitación.

—Marisol, me hacés muy feliz —dijo entre suspiros, antes de dejarse ir una vez más.

En lugar de apartarse, se acomodó sobre mí en sentido contrario y me buscó de nuevo con la lengua. Así, cada una entregada a la otra, se armó entre nosotras una especie de competencia silenciosa por ver quién hacía terminar antes a la otra. Yo estaba más hambrienta y perdí la apuesta enseguida; ella, atenta, no desperdició nada.

—No imaginaba que pudiera gustarme tanto otra mujer —dijo después, con la cabeza apoyada en mi vientre.

—No es cuestión de raza ni de nada —le contesté, acariciándole el pelo—. Es cuestión de animarse.

Se giró para besarme una última vez, dulce y apasionada a la vez.

—Espero que esto no te quite las ganas de conocer a mi marido —murmuró—. Te aseguro que vale la pena.

—Por supuesto que lo voy a conocer —le prometí—. Pero si te animás, también te voy a ayudar a vos a probar otras cosas. Para que puedas comparar.

Lo pensó un momento y sonrió.

—Está bien, Marisol. Pero con mucho cuidado.

Se hacía tarde y ella tenía que volver a su casa. Se vistió despacio, sin dejar de mirarme, y antes de irse me dio un último beso que me dejó con ganas de mucho más. Cuando cerró la puerta, me quedé sentada en la alfombra, sonriendo sola, pensando en todo lo que aquella tarde acababa de abrir. Y en lo que todavía estaba por venir.

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Comentarios (5)

Romina_88

Increible!!! me dejo sin palabras de verdad. Que relato.

LucianaYK

Ay por favor necesito una segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas!!!

GeminiLector

Lo lei de una sentada, no pude parar. Se nota que esta muy bien narrado, sin apuros.

MartinaCba22

Me recordo a algo que me paso hace años, esas situaciones que llegan de la nada son las mas intensas jaja

Valen_Cba

Esta basado en algo real? Porque se siente muy autentico todo, especialmente el detalle del ascensor. Excelente.

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