Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que descubrí espiando a mi prima en la ducha

Me llamo Carla. Soy delgada, de pechos pequeños, cadera estrecha y piel canela. Mi prima Lucía es lo contrario en color y parecida en forma: blanca como la leche, ojos verdes, pelo castaño que siempre lleva a medio recoger. Es un año mayor que yo y desde niñas fuimos inseparables, aunque lo que terminó pasando entre nosotras no tiene nada que ver con esa infancia compartida.

Todo empezó en un viaje a un balneario al que nos llevaron nuestras madres. Pasamos el día entero en el agua, el sol nos quemó los hombros y, cuando volvimos al autobús de noche, Lucía se quedó dormida casi al instante. Yo iba sentada a su lado, con la mejilla pegada al cristal y los dedos inquietos sobre el muslo de ella, que llevaba uno de esos shorts de tela suave que tanto le gustaban.

No sé en qué momento dejé de mirar por la ventana y empecé a mirarle las piernas. Tenía las rodillas levemente separadas, la cabeza ladeada hacia el otro lado y la respiración tranquila. Subí un dedo por encima de su rodilla, despacio, como si esperara que se despertara y me apartara la mano. No lo hizo. Llegué hasta el borde del short y ahí me quedé un instante, conteniendo la respiración.

Si se despierta, le digo que me quedé dormida y le caí encima.

Aproveché que la luz interior del autobús estaba apagada y que el resto del pasaje dormía. Pasé la yema del índice por el doblez de su ingle y, después, por encima de la tela. Pensé que ahí terminaría todo, pero Lucía abrió un poco más las piernas, como dejándome sitio. Le rocé el pecho con el dorso de la mano y sentí el pezón endurecerse bajo la camiseta. Entonces noté un movimiento mínimo en su párpado y retiré la mano de golpe.

Durante meses creí que no se había dado cuenta de nada. Yo seguí haciendo mi vida, saliendo con chicos, dejándome llevar por lo que se suponía que debía gustarme, sin entender por qué la imagen que más me excitaba cuando me tocaba sola por la noche era la de mi prima dormida con el short corrido.

***

La segunda razón tiene que ver con un cambio de barrio. Mis tíos se mudaron a tres calles de mi casa y mi madre decidió que Lucía y yo fuéramos juntas al colegio. Salíamos a las siete y media, volvíamos al mediodía y casi todas las tardes acabábamos en su cuarto haciendo las tareas o, en realidad, hablando de chicos mientras yo intentaba no mirarle demasiado el escote.

Lucía tenía la costumbre de ducharse en cuanto llegaba del colegio. Decía que el uniforme le picaba. Yo le inventaba cualquier excusa para no irme a mi cuarto: que me dejara un libro, que tenía que contarle algo importante, que estaba aburrida. Su habitación tenía baño propio y la puerta nunca cerraba del todo, porque el marco estaba mal alineado y se quedaba entreabierta aunque ella la empujara con el pie.

La primera vez que la espié fue por accidente. Pasé por delante para coger una toalla y la vi de perfil, con el agua corriéndole por la espalda y la mano sosteniendo el jabón contra el cuello. Me quedé clavada, dos pasos atrás, escondida en el pasillo. Después se volvió un ritual. Yo me sentaba en el suelo de su cuarto, fingía mirar el móvil y, por el resquicio, veía cómo Lucía se enjabonaba los pechos hasta dejarse los pezones tiesos sin darse cuenta.

Lo peor empezó cuando se depilaba. Vi cómo abría las piernas apoyada en la pared, cómo se pasaba la cuchilla por encima del pubis hasta dejárselo limpio. Vi cómo se separaba con dos dedos los labios para asegurarse de no cortarse. Una tarde, mientras la espiaba, me llevé la mano por debajo de la falda y me corrí con la frente apoyada en el marco de la puerta, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido.

Pasaron meses así. Yo seguía sin entender qué me ocurría. Salía con chicos, alguna vez me había acostado con dos o tres, y nada de lo que sentía con ellos se parecía a lo que sentía mirando a mi prima por una rendija.

***

Un viernes vinieron a casa de Lucía un par de amigas del colegio. Nos quedamos a dormir las cuatro. Bebimos un par de cervezas robadas de la nevera de mi tío y, a eso de la una de la mañana, alguien propuso jugar a verdad o reto. Yo siempre elegía verdad. Los retos en ese grupo solían terminar con alguien en ropa interior asomada al balcón.

—A ver, Carla —dijo Romina, la más descarada de las cuatro—. ¿Te liarías con alguna de nosotras si fuera a oscuras?

Las miré una por una. Lucía estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, removiendo el hielo de su vaso. No levantó la vista cuando me tocó contestar.

—Probablemente —dije.

Hubo un silencio raro. Romina soltó una carcajada nerviosa, la otra chica se ruborizó y Lucía siguió mirando su vaso. Cuando me volvió a tocar, la misma Romina dejó la botella señalándome a mí.

—Reto. Bésate con tu prima. En la boca.

Me acerqué a Lucía sin pensarlo demasiado. Le puse una mano en la mejilla. Ella levantó la cara con cara de susto.

—¿Qué haces, idiota? —murmuró.

—Tranquila —dije—. No te va a doler.

Antes de que llegáramos a besarnos, otra de las chicas pidió cambiar a confesiones y Lucía aprovechó para alejarse medio metro. La pregunta que me hicieron fue clarísima.

—¿Te gusta tu prima?

Tardé en contestar. Miré a Lucía. Lucía miraba al techo.

—Más o menos —dije.

***

Cuando las otras dos se fueron al cuarto de invitados, Lucía y yo nos quedamos solas en su habitación. Le puse el pestillo a la puerta sin pedirle permiso. Ella estaba sentada en la cama con la espalda muy recta, mordiéndose el labio inferior. No habíamos hablado desde la confesión.

—¿En serio ibas a besarme delante de todas? —preguntó al fin—. Dime que era una broma para joderme.

—No era broma.

—No mames, Carla. ¿De verdad?

—De verdad.

—No te creo.

—¿Quieres que te lo demuestre?

Levantó la barbilla con esa mezcla de orgullo y reto que le conocía desde los doce años.

—A ver. Te reto. Y si te rajas, eres una mentirosa.

—Y si lloras, te rompo la cara —contesté, intentando sonar dura, aunque las manos me sudaban.

Me acerqué despacio. Le puse las manos en las rodillas y las subí, milímetro a milímetro, por la cara interior de los muslos. Lucía no se movió. Cuando estuve lo bastante cerca, le rocé los labios con los míos. Una vez, suave. Otra vez, más larga. A la tercera ya no fue un beso de reto.

Su lengua entró en mi boca con una decisión que no me esperaba. Me agarró de la nuca con una mano y me empujó hacia ella hasta que terminé encima, con una rodilla entre sus piernas. La sentía respirar fuerte por la nariz. Mis manos dejaron sus muslos y subieron a sus pechos por encima de la camiseta. Eran firmes, más pequeños que los míos, y notaba los pezones marcarse contra la tela.

Lucía se separó un segundo, lo justo para quitarse la camiseta y el sujetador. Yo me quedé mirándola sin saber qué hacer con las manos. Ella me las cogió, se las puso sobre el pecho y me sonrió por primera vez en toda la noche.

—Por algo lo tenías que entender —dijo.

Le besé un pezón con miedo, como si pudiera romperlo. Después con más rabia, chupándoselo entero, mientras la otra mano le bajaba por el costado hasta el elástico del pantalón corto del pijama. Le metí los dedos por dentro sin entrar todavía. Estaba mojada hasta el muslo.

Lucía me empujó hacia atrás, me ayudó a quitarme las medias y la falda. En menos de un minuto estaba desnuda sobre su cama, con las piernas sobre sus hombros y su boca pegada a mi sexo. No tenía técnica todavía. Ninguna de las dos tenía técnica esa primera vez, pero lo que le faltaba en pericia le sobraba en ganas. Me lamía como si llevara meses esperando hacerlo. Probablemente los llevaba.

—Así, Lucía —se me escapó—. Así está bien.

—Me alegra que te guste, primita.

Su lengua fue desde el clítoris hasta la entrada, dando vueltas, entrando un poco y saliendo, simulando una penetración lenta. Yo le agarré la cabeza con las dos manos. Le sentía la respiración caliente contra el muslo. Cuando empecé a temblar, me sostuvo las caderas con las manos para que no me apartara y siguió hasta que se me escapó el primer orgasmo de mi vida con otra mujer.

—¿Me quieres probar? —dijo cuando levantó la cabeza, con la boca brillante.

—Sí. Quiero.

Se subió a mi cara con cuidado. Le agarré las nalgas con las dos manos y la atraje hacia mí. No tenía ni idea de qué hacer, pero copié lo que ella había hecho conmigo. Pasé la lengua por todo lo largo, dejé el clítoris para el final y, cuando se lo chupé, sentí cómo sus muslos se cerraban alrededor de mi cabeza. Olía a jabón y a algo más, algo concreto y suyo que no podría describir aunque lo intentara.

Terminamos en un sesenta y nueve que duró todo el tiempo que pudimos sostener. Después nos quedamos con las vulvas pegadas, rozándonos despacio, mirándonos a los ojos. Lucía tenía el pelo pegado a la frente por el sudor. Le pasé el pulgar por el labio inferior.

—Me debes esto desde el autobús —dijo.

Me incorporé como si me hubiera mordido.

—¿Lo sabías?

—Carla, llevabas la mano metida en mi short. Estaba medio dormida, no en coma.

—¿Y por qué nunca dijiste nada?

—Porque me gustó —dijo—. Y porque pensé que si lo decía no volverías a hacerlo.

***

Nos duchamos juntas antes de que volvieran las otras. Nos tomamos la molestia de despeinarnos una a la otra para que no se notara. No se enteró nadie. Tampoco se ha enterado nadie en todos los años que llevamos haciéndolo. Lucía tiene ahora veintisiete; yo, veintiséis. Las dos hemos tenido novios, alguna pareja seria. Ninguna de las dos ha conseguido dejar a la otra del todo.

A veces pienso que nací así, que la atracción ya estaba ahí esperando una excusa, y que el viaje del balneario fue solo la coartada que me di a mí misma para tocarla por primera vez. Lucía me dice que no le dé tantas vueltas. Que en esta familia no hay antecedentes de nada, que somos las primeras y, por mí, también seremos las últimas.

Pero esto que cuento es solo el principio. Lo que vino después, cuando empezamos a meter a otras personas en nuestra cama, es otra historia.

Valora este relato

Comentarios (1)

Cata_cba

tremendo!! de los mejores de esta categoria, en serio

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.