Mi compañera de maestría me dejó su tanga en el bolsillo
Tengo cuarenta y dos años, dos divorcios, una hija universitaria y una maestría en gestión cultural que estoy haciendo a contracorriente, casi por terquedad. Lo cuento para que se entienda quién era yo el viernes que conocí a Renata por dentro. Una mujer cansada, lúcida, sin tiempo para mentirse.
En la facultad todo el mundo sabe que las mujeres son lo único que me mueve. No es un secreto ni una bandera: es un dato, como mi edad o que me gusta el cine búlgaro. Lo digo cuando hace falta y no lo repito.
Renata llegó al programa en septiembre. Treinta años, recién mudada desde Quito, con una sonrisa que entendía demasiado rápido. Desde que alguien le contó lo mío, buscaba sentarse a mi lado en las pausas. Hablábamos de Clarice Lispector, de la última película de Almodóvar, de lo mal que se duerme en hoteles nuevos. Yo creía que era curiosidad intelectual. Era curiosidad, sí, pero no de esa clase.
El viernes terminamos la última clase del trimestre y alguien propuso ir a bailar al Mandinga, un sótano horrendo del barrio sur. Renata vivía cerca, así que su casa fue la elegida para la previa. Cinco mujeres, tres hombres, dos botellas de vino blanco y una cocina con luz amarilla.
—¿Quién necesita cambiarse? —preguntó al llegar—. Está el baño de servicio, y arriba el de mi habitación.
Fui de las últimas. Subí con mi bolsa de tela, un vestido negro corto y unos tacones que llevaba sin usar más de un año. El baño de su cuarto era estrecho. Mientras me cambiaba escuchaba las risas abajo, los hielos chocando contra los vasos.
Salí descalza, con los tacones en la mano. Y la vi.
Renata estaba inclinada sobre el espejo de su tocador, en sostén y una falda corta que ya se había puesto. El brasier negro le levantaba los pechos hasta hacerlos parecer dos frutas a punto de partirse. Tenía el pelo castaño recogido en una coleta floja, y los músculos de la espalda se le marcaban cada vez que se inclinaba más para ver bien sus pestañas.
Me quedé tres segundos demasiado en la puerta. Suficiente para que ella me viera a través del espejo.
—Hola —dijo, sin girarse. Tenía un labial en la mano, sin destapar—. ¿Cuál es tu color favorito?
—Rojo —contesté. No pensé la respuesta. Salió antes que el aire.
Sonrió de lado. Destapó el labial. Era exactamente del color que yo había dicho. Se inclinó más cerca del espejo, abrió los labios apenas, y se lo aplicó despacio, como si me lo estuviera enseñando a usar. La punta del tubo iba dejando una línea perfecta, primero el labio superior, después el inferior. Se mordió la boca para fijarlo y se miró satisfecha.
Está jugando conmigo, y lo sabe.
—¿Te gusta? —preguntó.
Antes de que pudiera contestar, Marcela entró por la puerta sin tocar, vaso en mano, gritándonos que ya nos íbamos. Renata se levantó, me pasó por al lado tan cerca que sentí su perfume en la garganta, y bajó las escaleras como si nada hubiera pasado.
***
El Mandinga estaba lleno y caro. Bailamos en grupo durante una hora, hasta que el alcohol y la música deshicieron las geometrías y cada quien empezó a moverse donde quería. Renata estaba siendo acosada con paciencia por Esteban, un compañero pesado de la clase, y por otros dos hombres que ni siquiera eran del grupo.
En una pausa, mientras hacíamos cola para el baño, me apretó el brazo.
—Hazme un favor —dijo al oído—. Finge que sales conmigo esta noche. Solo hasta que cierren el bar. No aguanto más.
—¿Y cómo se finge eso?
—Tú agárrame de la cintura como si tuvieras derecho.
Lo hice. Y descubrí algo: ella no era una mujer que se dejara abrazar, era una mujer que se acomodaba al abrazo. Encajó la cintura contra mi mano como si fuera su sitio. Cuando volvimos a la pista, Esteban se rindió a los dos minutos. Los demás también. Pasamos las últimas dos horas pegadas, riéndonos de cosas que no tenían gracia, y de a ratos se me olvidaba que el papel se acababa al cerrar el bar.
Sonó la última canción. La de las luces que se prenden y todos parecen feos. Fuimos al baño juntas y la esperé apoyada en el lavamanos mientras orinaba en el cubículo del fondo. Cuando salió, no me dijo nada. Solo me pasó por al lado, me metió algo doblado en el bolsillo del pantalón, y me dijo cerca de la oreja:
—No me olvidé de tu color favorito. Gracias por ser mi novia un rato.
Salió antes de que yo pudiera reaccionar. Me quedé sola frente al espejo de un baño público con la mano en el bolsillo. Saqué lo que había metido. Era una tanga roja, todavía tibia, claramente usada. La olí porque no pude no hacerlo. Olía a ella. La toqué con la punta de la lengua, temblando como una idiota, y la guardé otra vez.
***
Afuera, el Uber del grupo esperaba con las puertas abiertas. Éramos seis personas para cinco asientos. Yo entré primero, Renata después, y se sentó arriba mío sin pedir permiso, como si ya lo hubiéramos hablado. Los demás se acomodaron entre risas, cabezas pesadas, alguno empezó a roncar al minuto.
El auto arrancó. Renata levantó un poco las caderas, abrió las piernas todo lo que el espacio le permitía, y se sentó otra vez. Encima de mi mano izquierda. No llevaba ropa interior, claro. La había dejado en mi bolsillo.
Estaba mojada. No de saliva ni de sudor. Mojada de ella.
El conductor tenía la radio encendida y los demás estaban demasiado borrachos para mirarnos. Empezó a moverse despacio, dejando que las curvas del trayecto hicieran el trabajo por las dos. Yo giré la mano hacia arriba con cuidado y la dejé apoyada contra ella. Sentí cómo se separaba para mí, cómo se abría por sí sola.
Pasé el pulgar por la entrada, en círculos lentos, sin meterlo. Ella respiró fuerte una vez y giró la cara para que su mejilla quedara contra la mía. No dijo nada. No tenía que decirlo. Su pelvis hablaba sola: me estaba pidiendo más, pero también me estaba diciendo que tenía que esperar. Quince minutos de auto pueden ser muy largos cuando estás midiendo cada movimiento para no hacer ruido.
Cuando llegamos, los demás se desparramaron por las habitaciones de invitados. Marcela se quedó dormida en el sofá sin sacarse los zapatos. Renata me agarró de la mano con los dedos entrelazados, sin esconderse, y me llevó escaleras arriba.
***
Cerró la puerta con el pie. Se quitó la falda sin ceremonia. Quedó solo con la blusa, los tacones puestos y la piel encendida.
—Me tienes destruida —dijo—. ¿Te das cuenta?
—Me doy cuenta.
—¿Y qué piensas hacer?
—Lo que tú llevas pidiendo desde que te aplicaste el labial.
Se inclinó sobre la cama, de espaldas a mí, y se abrió con las manos. La luz del velador caía justo ahí. Estaba brillante, hinchada, todavía con rastros de lo que había guardado durante todo el viaje. No me acerqué enseguida. Me arrodillé en el piso, detrás de ella, y la miré. Quería que sintiera la mirada antes que la boca.
—Mírame —le dije, y ella giró la cabeza hacia atrás.
Tenía el labial corrido, el pelo deshecho, y los ojos verdes encendidos como si me odiara por hacerla esperar. Me incliné y la lamí de abajo hacia arriba, en una sola pasada lenta, sin meter la lengua, solo recorriéndola. Renata soltó un quejido cortado y se agarró del borde del colchón.
Empecé despacio. La lamí por los costados, alrededor, sin tocar el centro, hasta que se le notaba en la respiración que no aguantaba más. Recién entonces puse la boca encima del clítoris y succioné apenas. Su columna se arqueó como si la hubieran tocado con corriente.
—Por favor —dijo, y era la primera vez en toda la noche que decía esa palabra.
Le metí dos dedos despacio, mientras seguía con la lengua. La sentí cerrarse alrededor, caliente y resbalosa. La penetré sin prisa, midiendo el ritmo por sus respiraciones. Cada vez que se contraía, esperaba un segundo más antes del siguiente movimiento. Quería que perdiera la cuenta de su propio cuerpo.
Con la otra mano le subí la blusa y le bajé el sostén. Sus pechos cayeron pesados, los pezones duros contra mis dedos. Le pellizqué uno y la oí respirar distinto, más grave. La di vuelta. La quería de frente.
Renata se acostó boca arriba, las piernas abiertas, los tacones todavía puestos. Esa imagen me la voy a llevar a la tumba: ella desarmada, brillante, con el labial rojo corrido por el mentón.
Me eché sobre ella sin dejar de tocarla. La besé por primera vez en la noche, y supo a su propio perfume y a tequila barato. Bajé otra vez. Esta vez no me detuve. La probé con un hambre vieja, de años, mientras seguía con los dedos adentro, primero dos, después tres. Le humedecí el ano con saliva y empecé a presionar con el pulgar, sin entrar todavía. Se le escapó un sonido que no controló, y supe que ya casi estaba.
—Sigue, no pares —decía, y la voz le temblaba como si tuviera frío.
Subí el ritmo. Apreté con la lengua, hice círculos rápidos, metí los dedos hasta donde quería que llegaran. Renata se agarró del pelo, no del mío, del suyo, y empezó a moverse contra mi boca con los talones clavados en el colchón. El orgasmo le salió desde adentro hacia afuera, una contracción larga que la dejó sin aire por casi diez segundos. Vi cómo le temblaban los muslos, cómo se le marcaba el cuello al echar la cabeza hacia atrás.
No me retiré enseguida. Bajé el ritmo poco a poco, hasta que el último temblor se apagó. Le besé el muslo, el vientre, el costado de la cadera, y me quedé apoyada con la mejilla contra su estómago.
Ella me acarició el pelo en silencio. Mucho rato.
—¿Sabes lo que más me gustó? —dijo al fin—. Que me hicieras esperar.
Levanté la cabeza para mirarla. Tenía cuarenta y dos años, dos divorcios y una hija universitaria, y nunca en mi vida me había sentido tan despierta como en ese momento.
—Mañana no voy a querer volver a ser tu compañera de clase —le dije.
—No tienes que serlo —contestó—. Sé mi novia un día más.