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Relatos Ardientes

Lo que Valeria hizo mientras yo dormía

Valeria y yo nos conocimos el primer día de la carrera. Cinco años compartiendo casi todo: clases, apuntes, trabajos en grupo, alguna que otra fiesta donde terminábamos en el mismo taxi de vuelta. Era de esas amistades que se construyen sin esfuerzo, a base de repetición y de confianza acumulada.

No era el tipo de mujer que llama la atención al entrar a un cuarto. Era delgada, de estatura media, con el pelo oscuro y liso que casi siempre llevaba recogido en clase. Bonita de cerca, de las que mejoran cuanto más las conoces. Tuvo pretendientes a lo largo de los años, pero yo nunca le conocí ninguna relación seria mientras estudiamos. Y yo nunca la había mirado de otra manera. Nunca me había planteado hacerlo.

Todo pasó en tercero, durante la semana de entregas del trabajo final de Gestión Empresarial. Como era habitual, nos quedamos en su departamento a terminarlo. Vivía sola desde que su hermana se había mudado con el novio, y su mesa de comedor era más grande que la mía y más cómoda para trabajar.

Eran casi las dos de la mañana cuando cerramos el archivo por última vez.

—Las dos necesitamos dormir —dijo Valeria frotándose los ojos—. Quédate.

Me quedé, como otras veces. El cuarto tenía dos camas: la suya y la de su hermana, que seguía ahí como si esperara que alguien volviera a ocuparla. Yo siempre dormía en esa.

Me desnudé sin pensarlo mucho. Hacía calor, el departamento no tenía aire acondicionado y la ventana apenas dejaba entrar algo de brisa. Me quedé en ropa interior —una tanga y el corpiño— y me metí en la cama mirando hacia la pared. Ella siguió un rato con la lámpara del velador encendida, leyendo. La luz no me molestaba. Me dormí en minutos.

No sé cuánto tiempo después sentí algo en la piel.

Al principio lo interpreté como parte de un sueño. Una sensación difusa, casi imperceptible, como cuando el viento mueve la sábana sobre el cuerpo. Pero me fui despertando de a poco y la sensación era demasiado concreta: alguien me estaba tocando las nalgas.

Me quedé inmóvil.

No te muevas. Piensa.

Era su mano. Tenía que ser su mano. Estábamos solas en el departamento y yo sabía reconocer el peso de una persona en el colchón. Valeria estaba sentada al borde de mi cama y me acariciaba las nalgas con una delicadeza que me desconcertó por completo. No era un manoseo. Era algo lento, casi cuidadoso, como si estuviera aprendiendo la forma de algo que le generaba curiosidad.

Respiré despacio para que no notara que estaba despierta.

No entendía qué estaba pasando. No entendía qué quería que pasara. Valeria era mi amiga desde hacía tres años. Habíamos hablado de chicos, de relaciones, de lo que nos gustaba y lo que no. Nunca habíamos cruzado esa línea ni de lejos. Nunca había sentido que ella me mirara de esa manera, que existiera algo distinto debajo de todo lo cotidiano que compartíamos.

Y sin embargo ahí estaba su mano, moviéndose sobre mi piel con una paciencia que me resultaba imposible de ignorar.

Decidí no hacer nada. No por cobardía, sino porque en ese momento no quería que se detuviera.

***

Sus caricias siguieron durante un tiempo que no podría calcular. El calor del cuarto, la oscuridad y esa mano moviéndose despacio sobre mi piel crearon una especie de burbuja donde el tiempo se volvió impreciso. Sentí que me estaba excitando y eso me sorprendió más que cualquier otra cosa. No había anticipado esa respuesta en mi cuerpo. No la había buscado.

Esto no debería estar pasando.

Pero está pasando.

Me puse boca abajo de forma deliberada. No sé si fue un gesto consciente o una decisión tomada por alguna parte de mí que había dejado de consultar al resto. Simplemente me moví, como si fuera un cambio de postura natural durante el sueño, y esperé.

Ella se detuvo.

El silencio duró unos segundos que me parecieron eternos. Luego la sentí moverse: se sentó más cerca, a la altura de mis caderas. Cuando volvió a tocarme fue diferente. Más decidida. Menos exploratoria.

Comenzó a recorrer mis nalgas con la nariz.

La primera vez que lo hizo me tensé entera. No era algo que hubiera anticipado. Sentí su respiración cálida sobre mi piel y algo en mi interior se rindió sin hacer ruido. Sus labios siguieron el camino que había trazado su nariz: no besando todavía, sino rozando, apenas contacto, como si quisiera ir construyendo algo antes de llegar al punto donde las cosas no tendrían vuelta atrás.

Entre mis piernas la humedad era ya evidente.

No dije nada. No hice ningún gesto visible. Pero separé ligeramente las rodillas.

Ella entendió.

Me bajó la ropa interior con una calma que me sorprendió. Lentamente, centímetro a centímetro, sin tirones ni urgencia. La tanga quedó a la mitad de mis muslos y sus manos abrieron mis nalgas con suavidad. Sentí su aliento antes que su boca.

Cuando su lengua me tocó por primera vez contuve un gemido enterrando la cara en la almohada.

Ningún hombre me había hecho sentir eso. No de esa manera. Había algo en la forma en que lo hacía —la precisión, la paciencia, el ritmo— que era completamente diferente a todo lo que había experimentado antes. Como si supiera exactamente qué buscar porque ella misma lo conocía desde adentro, porque habitaba el mismo tipo de cuerpo y entendía sin necesidad de ensayo lo que funciona y lo que no.

***

No recuerdo en qué momento empecé a gemir en voz alta.

Fue gradual. Primero fue el sonido de mi propia respiración, más agitada de lo normal. Después un sonido que salió sin que yo lo autorizara, suave, casi inaudible. Y después ya no importó controlarlo. El cuarto estaba en silencio y cada pequeño sonido que hacía llenaba el espacio de una manera que me hacía sentir más expuesta de lo que nunca me había sentido con nadie.

Mientras su boca trabajaba, sus dedos encontraron la entrada de mi vagina y entraron despacio. Uno primero, después otro. Sin prisa. Con una atención al detalle que me hizo doblar las rodillas de forma instintiva y aferrarme al borde de la almohada con las manos.

Esto es real. Esto está pasando de verdad.

Con la mano libre se tocaba a sí misma. Lo supe por el movimiento de su cuerpo, por el cambio en su respiración, por los sonidos pequeños y contenidos que empezaron a mezclarse con los míos en la oscuridad. Estábamos las dos acercándonos al mismo lugar desde ángulos distintos, y había algo en esa simultaneidad —en saber que lo que me estaba haciendo a mí también la estaba llevando a ella— que intensificó todo lo que yo sentía.

El orgasmo llegó sin anuncio previo.

Fue largo y profundo, de los que te vacían por completo. Me aferré a la almohada y dejé que me recorriera entera mientras sus dedos no se detenían. Un instante después escuché que ella también llegaba: un sonido breve, contenido, casi privado. Como si incluso en ese momento quisiera guardar algo para sí.

***

Después, en el silencio que siguió, pensé que se iba a quedar. Que se acostaría a mi lado y que tendríamos que hablar, o no hablar, o hacer algo con lo que acababa de ocurrir entre las dos.

Pero no.

Me acomodó la ropa interior con los mismos movimientos lentos con que me la había quitado. Se levantó. Volvió a su cama. Apagó la lámpara.

Me quedé en la oscuridad escuchando su respiración hasta que se hizo más lenta y regular. Hasta que supe que dormía.

¿Qué acaba de pasar?

No dormí mucho esa noche. Me quedé mirando el techo pensando en cómo iba a ser el desayuno, la presentación del trabajo, el resto de la carrera. Pensando si ella iba a mencionar algo a la mañana siguiente o si iba a hacer como si nada hubiera ocurrido. Pensando qué quería yo que pasara después.

No encontré respuesta a ninguna de esas preguntas.

A la mañana siguiente sonó el despertador a las siete. Valeria se levantó, fue al baño, preparó café. Desayunamos hablando del trabajo que teníamos que entregar en tres horas, de si habíamos dormido bien, del calor. Nada más.

Como si nada.

***

Pero todo había cambiado.

No en la superficie —seguíamos siendo las mismas amigas, con los mismos chistes, los mismos planes de siempre— sino en algo más difícil de nombrar. Una corriente debajo de todo lo demás. Una conciencia nueva de su presencia cuando estábamos en el mismo cuarto, de la distancia exacta entre su cuerpo y el mío, de cada pequeño gesto que antes pasaba desapercibido.

Empecé a notar cosas que antes no veía. La forma en que me miraba cuando yo hablaba con alguien más. La fracción de segundo extra que su mano se demoraba cuando me pasaba algo. La manera en que a veces, en medio de una conversación completamente normal, sus ojos bajaban un momento antes de volver a los míos. No lo había visto antes porque no estaba buscando verlo.

Tardamos casi dos semanas en volver a estar solas en su departamento. Esta vez no hubo ningún pretexto de trabajo pendiente. Yo llegué con una botella de vino que ninguna de las dos había pedido. Ella la abrió sin preguntar por qué la había traído. Nos sentamos en el sofá y hablamos de cualquier cosa durante un rato, con esa comodidad un poco forzada de quien sabe que la conversación va a cambiar en algún momento pero no sabe cuándo.

En algún momento el silencio se instaló entre las dos.

—¿Vas a decir algo? —preguntó ella.

—No sé qué decir —respondí. Era la verdad.

—Está bien —dijo, y se encogió de hombros de una manera que no era indiferencia sino algo más parecido a la paciencia.

No sé quién se movió primero. Tampoco importa. Lo que importa es que esa noche no hubo ninguna performance de sueño, ninguna fingida inconsciencia, ninguna distancia segura desde la cual observar lo que pasaba sin tener que reconocerlo. Estábamos las dos despiertas y las dos sabíamos exactamente hacia dónde íbamos.

Fue diferente con luz. Verla, poder tocarla a mi vez, notar su reacción cuando mis manos encontraban los lugares que ella me había enseñado sin palabras —todo eso fue una revelación distinta a la de la primera noche. Más recíproca. Más honesta. No había nada que fingir ni nada que esconder.

Aprendimos juntas cosas que no se aprenden de otra manera.

***

Nunca le pusimos nombre a lo que éramos. Terminamos la carrera, nos fuimos a vivir a ciudades distintas por trabajo, seguimos hablando por mensaje con la regularidad que tienen las amistades que importan de verdad. De vez en cuando, cuando coincidimos en la misma ciudad, volvemos al sofá y a las cosas que aprendimos.

Y cuando alguien me pregunta si alguna vez estuve con una mujer, respondo que sí, sin más detalle. Sin necesidad de explicar qué fue, qué significa, hacia dónde fue.

Lo que pasó en ese cuarto es mío. Es nuestro. Y no necesita más palabras que esas.

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Comentarios (9)

lectora_mistica

que bueno!! me dejaste con ganas de saber que paso despues

SofiaB

Hermoso relato, se siente real. Esperando ansiosa la segunda parte!

MarinaCba

Me encanto como lo contaste, sin apuros. Se nota que lo sentiste de verdad al escribirlo.

LuciaBA77

Me recordo a algo que me paso hace un tiempo... esas noches que empiezan sin querer y despues ya no podes ignorarlas. Muy bien narrado.

vane_mtz

Sigue asi, necesitamos escritoras como vos aca!

NightOwl33

Me pregunto si Valeria sabia que vos no dormias de verdad... o si le daba igual jajaja

Luciana_F

increible relato, me hizo un nudo en el pecho leyendolo

RosarioSur

corto pero intenso. gracias por compartirlo :)

curiosa88

El titulo solo ya te engancha. Excelente!!

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