Mi estudiante de intercambio me sedujo en el sofá
Tres meses divorciada y mi vida ya no se parecía a la de antes. Aquella mañana de septiembre, en la zona de embarque del aeropuerto, abracé a mi hijo como si no fuera a verlo en años. Se iba seis meses a Toronto con un programa de intercambio universitario y, aunque sabía que era lo mejor para él, las lágrimas se me escaparon antes de que pudiera disimularlas.
—Mamá, vuelvo para Navidad —me dijo apartándome el pelo de la cara—. Y nos llamamos todos los días.
Asentí sin poder hablar. Lo vi cruzar el control con la mochila al hombro y, cuando se perdió de vista, me quedé un buen rato frente a la pantalla de salidas, fingiendo que esperaba a alguien. La verdad era otra: no quería volver a una casa vacía.
Salí a la zona de fumadores y encendí un cigarrillo. Trabajaba como directora de operaciones en un centro logístico a veinte minutos del aeropuerto, así que ese mismo día me presenté en la oficina. Cualquier cosa antes que llegar a un piso silencioso a las cinco de la tarde.
Esa noche cené poco, dos rebanadas de pan con queso, y me metí en la cama con el portátil. Abrí la página de seguimiento de vuelos y vi que su avión acababa de aterrizar en Toronto. Le mandé un mensaje de voz pidiéndole que descansara. Después, casi por costumbre, revisé el correo.
Había un mail del programa de intercambio. «Cambios en el procedimiento», decía el asunto. Lo abrí esperando una notificación administrativa, pero el contenido me hizo incorporarme contra el cabecero. La cláusula de reciprocidad —que yo había firmado sin leer dos meses atrás— implicaba que durante el semestre debía alojar en mi casa a una estudiante extranjera. Y la chica llegaba en cuatro días.
***
Pasé el sábado limpiando la habitación de mi hijo y comprando sábanas nuevas. Me imaginaba a una empollona con gafas gruesas y una maleta llena de libros, alguien que apenas saldría del cuarto. La idea no me molestaba. Necesitaba compañía, aunque fuera silenciosa.
El miércoles a las siete de la tarde sonó el timbre. Abrí la puerta y, durante un par de segundos, no supe qué decir.
La chica que tenía enfrente medía casi mi misma altura. Llevaba el pelo negro hasta la cintura y los rasgos asiáticos suavizados por una piel morena de Sudamérica. Padre coreano, madre chilena, me explicaría más tarde. Veintitrés años, estudiante de diseño gráfico, una sonrisa que no encajaba con la imagen mental que yo me había hecho.
—Hola. Soy Selene —me dijo en un español perfecto.
—Marina —contesté, y le tendí la mano más por reflejo que por convicción.
Ella me la apretó, me sostuvo la mirada un segundo de más y entró arrastrando una maleta pequeña.
Cenamos en la cocina algo improvisado, una pasta con tomate y una copa de vino. Selene hablaba sin esfuerzo, contaba anécdotas de su vuelo, preguntaba por la ciudad. Yo la escuchaba intentando no quedarme mirando la curva de su cuello cuando se reía. Esto no me había pasado nunca, pensé. Y enseguida, casi con vergüenza, lo descarté.
***
La primera semana apenas coincidimos. Selene salía temprano a recorrer galerías y volvía pasada la medianoche. Yo trabajaba hasta tarde, así que solo nos cruzábamos para el desayuno. Hasta el jueves.
Llegué del trabajo a las nueve, con la cabeza pesada y un dolor en los hombros que arrastraba desde la mañana. Cerré la puerta, dejé las llaves en el cuenco de la entrada y enfilé hacia mi habitación. En el pasillo, justo donde se cruzan el baño y los dormitorios, me encontré con Selene saliendo de la ducha. Sin toalla. Sin nada.
—Perdona —dijo, sin moverse del sitio—. Pensé que estabas en la oficina.
Tendría que haber bajado los ojos. Tendría que haber dicho «no pasa nada» y seguir mi camino. En cambio, la miré.
La miré entera, despacio, como si tuviera derecho. Llevaba el pelo recogido en alto, y unas gotas le bajaban por la clavícula hasta los pechos pequeños, firmes, con los pezones oscuros endurecidos por el aire del pasillo. El vientre liso. Las caderas estrechas. Entre las piernas, el sexo depilado, una línea fina. Los pies descalzos sobre el parqué.
Selene no se cubrió. Se quedó así, con una mano apoyada en el marco de la puerta, sosteniéndome la mirada como si me estuviera dando permiso.
—Voy a cambiarme —murmuré, y pasé por su lado rozándole el hombro sin querer.
***
Me encerré en mi cuarto con el corazón golpeándome las costillas. Me senté en el borde de la cama y respiré hondo. Tiene veintitrés años. Tiene veintitrés años. Tiene veintitrés años. Lo repetí como un mantra, como si la edad pudiera apagar lo que sentía entre las piernas.
No sirvió de nada.
Cené sin levantar la vista del plato. Selene apareció con un pantalón de pijama y una camiseta sin sujetador, los pezones marcados bajo la tela. Hablamos del clima, de un café que había probado en el centro, de cualquier cosa menos del pasillo. Cuando subí a acostarme, mi cuerpo iba por delante de mi cabeza.
Hice videollamada con mi hijo y le mentí diciéndole que estaba todo bien. Colgué, apagué la luz y me quedé tumbada boca arriba con los ojos abiertos. La imagen volvía sola: las gotas, el pelo recogido, la mirada sostenida. Bajé la mano por debajo del camisón sin pensarlo. Las bragas estaban húmedas. Las aparté con dos dedos y empecé a tocarme despacio, después con más insistencia, mordiéndome el labio para no hacer ruido. No lo conseguí. Cuando me corrí, gemí dos veces seguidas, fuerte. Después me quedé inmóvil, esperando oír algo del otro lado del tabique. Hubo silencio. Demasiado silencio.
***
A la mañana siguiente bajé a hacer café como si nada. Selene apareció a los pocos minutos, descalza, con el pelo enredado y una sonrisa de recién despertada.
—Buenos días, dormilona —le dije sin girarme, fingiendo concentrarme en la cafetera.
Se acercó por detrás. La sentí apoyarse en el banco de la cocina, a un palmo de mí.
—Anoche te escuché —dijo, sin tono de juicio, sin malicia. Como quien comenta el tiempo—. Me pusiste cachonda.
La cafetera escupió el último chorro. Me giré despacio, agarrando dos tazas que ya no me hacían falta para nada.
—Las paredes son finas —contesté, y noté cómo se me subía el rubor desde el cuello hasta las orejas.
—Marina —dijo, y dio un paso hacia mí—. No te pongas así. Eres una mujer y necesitas correrte. No hay nada raro en eso.
Me apoyé en la encimera intentando recuperar el control. Tenía treinta y ocho años, una hipoteca, un divorcio reciente y una chica casi —porque eso era ella, casi una chica— diciéndome con toda naturalidad que me había oído masturbarme.
—Llego tarde —murmuré, dejando las tazas vacías sobre el granito.
Salí de casa sin tomarme el café. En el coche, parada en el primer semáforo, me di cuenta de que tenía las bragas mojadas otra vez.
***
Aguanté el resto de la semana evitándola. Volvía tarde, me encerraba en mi cuarto a leer, salía pronto. El sábado por la mañana me sorprendió encontrarla en el sofá, con una manta sobre las piernas y un libro abierto.
—¿No sales esta noche? —le pregunté, dejando la chaqueta en el perchero.
—No tengo plan —dijo, levantando la vista del libro—. ¿Vemos una peli?
Quise decir que estaba cansada. Quise decir que tenía un informe pendiente. En cambio, asentí.
Pedimos pizza y abrí una botella de vino. Yo llevaba un camisón corto y unas bragas de algodón. Ella, un pantalón de chándal y la misma camiseta sin sujetador de aquella noche. Nos sentamos en el sofá, con un bol de palomitas entre las dos, y empezamos una película que ninguna de las dos estaba viendo.
A la media hora, Selene movió el bol al suelo. Sin dramatismo. Como si fuera el siguiente paso lógico de una conversación que llevábamos teniendo en silencio toda la semana.
Se arrodilló sobre el sofá, frente a mí. Me tomó la cara con las dos manos. Me dio un beso pequeño, casi un picoteo, en los labios. Otro. Y otro.
—Pídeme que pare —susurró.
No lo hice.
Me besó entonces de verdad. Su lengua era cálida, ligeramente azucarada por el vino. Una de sus manos bajó por mi cuello, encontró el escote del camisón y lo apartó. Tenía los pechos más grandes que ella, más caídos por la edad y por haber amamantado a un hijo, pero a Selene no pareció importarle. Se inclinó y me lamió un pezón despacio, en círculos, hasta que se me escapó un gemido.
—Shhh —dijo riéndose contra mi piel—. Esta vez no tienes que aguantarte.
***
Su mano libre bajó por mi estómago, encontró el elástico de las bragas y se metió dentro sin pedir permiso. Yo abrí las piernas casi sin darme cuenta, ofreciéndomela. Dos dedos encontraron mi sexo empapado y se deslizaron hacia adentro sin esfuerzo. Su pulgar se quedó arriba, sobre el clítoris, presionando con un ritmo lento que me obligaba a respirar por la boca.
—Estás muy mojada —murmuró contra mi cuello—. ¿Hace cuánto que no te follaban bien?
No le contesté. La verdad —años, demasiados años, nunca así— me daba más vergüenza que tenerla con la mano dentro de mí.
Me sacó el camisón por la cabeza. Me bajó las bragas hasta los tobillos. Cuando intenté incorporarme para devolverle algo, lo que fuera, me empujó con suavidad contra el respaldo del sofá.
—Quédate quieta —me dijo—. Esta primera vez es tuya.
Me levantó los pies del suelo, me los puso sobre sus hombros y los besó. Después me pasó la lengua entre los dedos, despacio. Me chupó el dedo gordo entero. Yo no sabía dónde meter las manos. Me agarré al cojín que tenía detrás de la cabeza y cerré los ojos.
—Me gusta cómo te huelen los pies —dijo, casi para sí—. Eres una marrana, Marina.
Me reí sin querer, una risa nerviosa que se rompió en un jadeo cuando me abrió las piernas del todo y me arrastró hasta que las nalgas me quedaron al borde del sofá. Entonces bajó la cabeza.
***
Lo primero que sentí fue su respiración. Caliente, lenta, paseándose por la cara interna de los muslos. Después la lengua, apenas un toque, una pasada larga desde abajo hasta arriba que me hizo arquear la espalda. Volvió a hacerlo. Y otra vez. Después separó los labios con los dedos y se metió la lengua dentro como si supiera exactamente dónde dolía.
—Nunca me lo han hecho así —le dije, y la voz me salió rota.
—Ya lo sé —contestó sin levantar la cabeza.
Subió hasta el clítoris y se quedó ahí. Lamiendo en círculos primero, después chupándolo con los labios, después atrapándolo entre los dientes con una delicadeza que me hizo gritar. Yo le agarré la cabeza con las dos manos, hundí los dedos en su pelo, la apreté contra mí sin saber si quería que parara o que no parara nunca.
—Me voy a correr —le avisé—. Selene, me voy a…
—Hazlo —dijo, y me mordió otra vez.
El orgasmo me subió desde las plantas de los pies. Se me cerraron los ojos, se me curvó la espalda, se me escapó un grito que en otra circunstancia me habría avergonzado. Me sacudí entera contra su boca, tres, cuatro veces, hasta que las piernas dejaron de obedecerme y me dejé caer sobre los cojines.
Selene se incorporó despacio. Tenía la barbilla brillante, el pelo revuelto, una sonrisa que ya no parecía la de una invitada.
—Levántate —me dijo, ofreciéndome la mano—. No hemos terminado.
—¿A dónde…?
—A mi cama. O a la tuya, me da igual. Te voy a follar bien, Marina. Como llevas años esperando que te follen.
La seguí descalza por el pasillo, sin camisón, sin bragas, sin nada salvo el pulso golpeándome entre las piernas. Cuando entramos en la habitación que había sido de mi hijo y cerró la puerta con el pie, supe que mi vida acababa de cambiar otra vez. Y que esta vez no iba a llorar.