Mi vecina madura me esperaba con dos cervezas frías
Aquella tarde de viernes el calor era insoportable. El asfalto del barrio devolvía la luz como un espejo blanco y el aire se quedaba quieto entre los edificios, sin moverse. Yo acababa de bajar del colectivo con la camisa pegada a la espalda y unas ganas enormes de meterme bajo la ducha antes que cualquier otra cosa.
Tengo veintisiete años, vivo sola en un departamento del segundo piso y trabajo en una oficina de contadores donde el aire acondicionado siempre está demasiado bajo. Salgo a las seis, llego a casa a las siete y los viernes me parecen interminables.
Cuando crucé la vereda, la vi. Mariela. Mi vecina del piso de abajo, esa mujer que cada vez que se cruzaba conmigo me hacía perder el hilo de lo que estaba pensando.
Debía rondar los cincuenta y largos, aunque su cuerpo se negaba a aceptar la cuenta. Tenía las caderas anchas, llenas, esa clase de cuerpo que se mueve despacio porque sabe que lo miran. Pechos generosos bajo la blusa de algodón blanco, una pollera de jean que le marcaba todo y unas piernas firmes que terminaban en sandalias bajas. El pelo negro, suelto sobre los hombros, le caía en mechones brillantes.
—¡Vecina! —me llamó desde la puerta del edificio—. ¿Me das una mano con esto, querida?
Tenía tres bolsas del supermercado apoyadas en el suelo y la frente perlada por el calor. Le sonreí.
—Claro, Mariela, dejame que te ayudo.
Levanté dos de las bolsas y la seguí hasta su puerta. Caminaba delante de mí con esa cadencia despacio que siempre me había llamado la atención: los pasos cortos, las caderas marcando un compás silencioso. No pude no mirarla.
—Pasá, así te invito algo fresco —dijo mientras metía la llave en la cerradura—. Hace un calor que no se aguanta, mi amor.
Dudé un segundo. Me esperaba mi propio departamento vacío, la ducha y un plato de algo cualquiera. Pero ella ya había empujado la puerta y la corriente que salía del interior olía a jazmín y a algo dulce. Entré.
***
El departamento de Mariela era todo lo contrario al mío. Muebles de madera oscura, una alfombra gruesa, dos plantas grandes junto al ventanal y una cortina liviana que dejaba pasar la luz filtrada de la tarde. En el fondo del living había un sillón largo, de tres cuerpos, tapizado en pana color crema.
—Sentate ahí —me dijo, señalando el sillón—. Voy y vengo.
Me dejé caer sobre los almohadones. Desde donde estaba la veía en la cocina, abriendo la heladera, eligiendo dos cervezas. Se inclinó para sacarlas y la pollera de jean se le subió apenas. Aparté la vista enseguida, como si me hubieran agarrado en falta.
Volvió con dos botellas frías y se sentó a mi lado. Demasiado cerca. Tan cerca que cuando cruzó las piernas, su rodilla tocó la mía sin pedir permiso. No se corrió.
—Salud —dijo, chocando suavemente su botella contra la mía.
Tomé un trago largo. La cerveza estaba helada y me bajó por la garganta como un alivio. Ella me miraba por encima del cuello de la botella, sin disimular.
—¿Sabés que sos muy linda, Camila?
Sonreí, incómoda. Sentí que se me subían los colores y odié que se notara.
—Gracias. Vos también.
—No, en serio —insistió—. Tenés algo. Una manera de moverte. Te he visto pasar por el pasillo y… —se rió bajito—. Perdón. Hace mucho que no hablo con nadie y se me suelta la lengua.
Hablamos un rato. Del calor, del portero que era un chusma, de cómo el edificio se vaciaba los viernes porque todos se iban al campo. Mientras hablaba, su mano se apoyó como sin querer en mi rodilla. Un toque liviano. Después la sacó. Después volvió.
—A mi edad uno empieza a extrañar ciertas cosas —murmuró, ya sin sonreír—. El fuego, ¿sabés? Una se acuerda de cómo era y se da cuenta de que pasó mucho.
Me quedé sin saber qué decir. Sus ojos eran de un castaño profundo, casi negros, y me miraban como si estuvieran esperando que yo hiciera algo. La mano se le había quedado quieta en mi rodilla y las uñas, pintadas de rojo, me arañaban apenas la piel.
***
Sentí un calor que no era el de la tarde. Era otro, uno que me subió desde la pelvis hasta la cara en dos segundos. La respiración se me cortó. Bajé la vista a su mano y después la subí hasta su boca. Tenía los labios entreabiertos, todavía húmedos por la cerveza.
No sé quién se inclinó primero. Creo que fui yo, porque me acuerdo del impulso, de adelantar la cara como si me llamaran. Pero también podría haber sido ella. Lo que sí recuerdo es el beso: lento al principio, apenas un roce, y después una boca abierta sobre la mía, una lengua tibia buscando la mía sin apuro.
Mariela besaba como hablaba: despacio, segura, sabiendo lo que quería. Me apretó la nuca con una mano y con la otra me bajó el cuello de la camisa. Yo me dejé. Estaba mareada, no de cerveza sino de no haberme imaginado nunca que la tarde podía terminar así.
—Vení —me dijo bajito, y se incorporó.
Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio.
***
La pieza era oscura, fresca, con una cama grande cubierta por una colcha blanca. Mariela cerró la puerta aunque no había nadie más en la casa. Se quedó parada delante de mí, mirándome de arriba abajo, y empezó a desabotonarse la blusa sin sacarme los ojos de encima.
Los pechos cayeron pesados, llenos, con unos pezones grandes y oscuros que se endurecieron en cuanto sintieron el aire. Me quedé mirándola sin moverme. Era hermosa. Una belleza distinta a la de las chicas de mi edad, una belleza que sabía cuánto valía.
—¿Qué pasa, querida? —preguntó, sonriendo—. ¿Te quedaste quieta?
Me reí de los nervios. Me saqué la camisa, después el corpiño. Ella se acercó y me apoyó las dos manos en los pechos, como pesándolos. Me sostuvo así un segundo. Después se inclinó y me besó en el cuello, justo donde el pulso me golpeaba contra la piel.
—Tranquila —murmuró—. Yo te llevo.
Me empujó suavemente hacia la cama. Caí de espaldas sobre la colcha y ella se subió a mi lado, todavía con la pollera puesta. Me besó la boca, los hombros, el medio del pecho. La sentí lamer un pezón despacio, dibujando un círculo, y después chuparlo con fuerza. Solté un sonido que no había escuchado salir de mí nunca.
—Eso es —dijo contra mi piel—. Soltate.
Me bajó los pantalones tirando de las dos perneras a la vez, hasta sacármelos por los pies. Me dejó la bombacha puesta un rato, jugando con el elástico, pasando los dedos por encima de la tela. Sentí cómo me empapaba, cómo el roce de su mano me hacía mover las caderas sola.
—Mojadita estás —se rió bajito—. Mirate.
Bajó la cabeza. Sentí su aliento entre mis muslos, primero por encima de la tela y después debajo, cuando me corrió la bombacha hacia un costado. Su lengua llegó directa al clítoris, sin rodeos, como si supiera exactamente dónde golpear.
Arqueé la espalda. Me agarré de la colcha con las dos manos. Mariela chupaba lento, con una constancia que me iba sacando del cuerpo. Subía y bajaba, marcaba el ritmo, se detenía justo antes de que me corriera y volvía a empezar. Lo hizo tres veces. A la cuarta no me dejó parar y me corrí contra su boca con una sacudida que me dobló las piernas.
—Buena chica —dijo, y se subió a besarme.
Sentí mi gusto en sus labios. La besé hondo, todavía temblando.
***
—Ahora vos —le pedí.
Sonrió. Se levantó, se sacó la pollera de un tirón y la bombacha la dejó caer al piso. Quedó parada al lado de la cama, desnuda, una mujer plena de carne y de tiempo, sin nada que esconder. Se me secó la boca.
La agarré de la cintura y la traje a la cama. Me puse encima de ella y la besé como me habían enseñado las pocas veces que había estado con otra chica, pero esto era distinto. Mariela respondía con una intensidad que no se aprende en una sola vida.
Bajé por su cuello, por sus pechos, los chupé uno y otro hasta que ella me clavó los dedos en el pelo. Seguí bajando. Apoyé la cara entre sus muslos y la encontré ya mojada, latiendo. La probé despacio, descubriendo, sin saber bien qué le gustaba más. Ella me lo dijo con las caderas, con las manos, con los gemidos cortos.
—Así, así —jadeó—. No pares, mi amor.
Subí los dedos para acompañar la lengua. Uno primero, después dos. Mariela se cerró sobre mí con una fuerza que me sorprendió. Empezó a moverse contra mi boca con un ritmo propio, ya sin pudor, hasta que la sentí temblar entera y soltar un gemido largo, profundo, de animal cansado.
Me quedé quieta sobre ella un rato, apoyada en su muslo, mientras le pasaba la mano por la pierna.
***
Después nos enredamos. Las piernas trenzadas, los sexos juntos, una contra la otra, moviéndonos despacio en un balanceo de marea. Mariela me agarraba la cadera y marcaba el compás. Yo cerraba los ojos y dejaba que el roce me llevara. Sentí el calor de su clítoris contra el mío y eso fue suficiente para que volviera a temblar.
—Vení conmigo —me susurró—. Otra vez. Las dos juntas.
Apoyé la frente contra su frente. Apreté los dientes. Nos miramos a los ojos en el momento exacto en que el segundo orgasmo me agarró, y ella se vino al mismo tiempo, apretándome contra su cuerpo, los pechos contra los míos, el sudor mezclándose en el medio.
Nos quedamos así un rato largo, sin decir nada, respirando fuerte. La pieza olía a sexo y a algo más viejo, más simple. Olía a tarde de viernes.
***
Cuando me incorporé, ya era casi de noche. La luz del ventanal se había vuelto naranja. Mariela me miraba desde la cama, todavía desnuda, con una sonrisa cansada y nueva al mismo tiempo.
—Cuando quieras más cerveza, sabés dónde tocar —dijo.
Me reí. Me agaché y la besé otra vez, un beso largo, sin urgencia.
—Mañana paso —le contesté.
Salí de su departamento con el pelo revuelto y la camisa mal abrochada. Subí los dos pisos en chancletas, sin pensar en nada. Cuando llegué a mi puerta y metí la llave, me di cuenta de que estaba sonriendo sola, como una idiota, y que el barrio entero se había vuelto otra cosa.