Mi jefa madura me enseñó quién mandaba esa noche
Después de mi segundo divorcio, las cuentas no daban tregua. Tuve que aceptar lo primero que apareciera y terminé entrando como secretaria en una constructora del centro. No era el mejor trabajo del mundo, pero pagaba el alquiler y me sacaba de la cabeza al imbécil con el que había malgastado seis años.
Allí conocí a Mariela.
Tendría cuarenta y siete, tal vez cuarenta y ocho. No era una belleza de revista —cara redonda, brazos llenos, cintura ancha— pero tenía unas piernas largas que se le marcaban debajo de las faldas y un pecho enorme que parecía pesarle al caminar. Yo siempre fui tetona, pero ella me triplicaba sin esfuerzo.
Era amable con todo el mundo. Te regalaba aretes, te traía caramelos importados, te preguntaba por tu mamá. Una de esas señoras que se ganan el cariño de la oficina porque saben exactamente cómo hacerlo.
Conmigo era especialmente atenta. Yo lo atribuía a que era nueva, a que me veía deshecha por el divorcio. Pensaba que era cariño maternal. Qué tonta fui.
Aquella noche cerramos un informe pesado y salimos de la oficina pasada la medianoche. Yo había llevado el coche de mi hermana y le ofrecí acercarla a su edificio. Vivía sola, en un departamento grande en una zona buena de la ciudad.
Camino a su casa, mientras esperábamos un semáforo eterno, empezó a preguntarme cosas que no me esperaba.
—Oye, Camila, ¿cuántos amantes tienes ahora mismo?
—Ja, ninguno. Ni pareja, ni amantes, ni nada. Mi cama es solo mía.
—Mentirosa. Con ese cuerpo que te cargas no puede ser.
—Pues lo es. A veces ni hablar, me arreglo conmigo misma.
Se rió fuerte, con esa risa ronca que tenía. Después suspiró y dijo, casi como hablándose a sí misma:
—Tienes a la oficina entera babeando. Esa cara, esas piernas, esa forma de moverte. Hasta a mí me tienes mareada, te lo juro.
Me reí porque no supe qué otra cosa hacer. Pensé que era broma. Ella iba mirando por la ventana, ajena a mi reacción, y no insistió. Llegamos a su edificio y me invitó a subir a tomar una cerveza «para bajar la tensión del informe».
Acepté sin pensar demasiado.
***
El departamento era enorme y olía a perfume caro. Yo llevaba puesta una minifalda negra, una blusa verde con un escote que no había planeado mostrarle a nadie, y mi saco encima. Ella iba con falda larga y una blusa de cuello alto. Se descalzó nada más entrar y me sirvió una Sol bien fría.
Nos sentamos en el sillón de la sala, ella con las piernas cruzadas hacia mí. Empezó a contarme cosas de su vida: parejas pasadas, su tendencia a aburrirse, lo difícil que era para una mujer de su edad encontrar algo que la hiciera sentir viva. Hablaba sin parar, llenándome el vaso cada vez que se acababa.
Yo no me daba cuenta de cuánto estaba bebiendo. Cuando quise contar, habíamos vaciado dos packs de seis. Estaba mareada y caliente, no por ella sino por el alcohol. O eso quería creer.
—Cuéntame algo, Camila —me dijo apoyando el codo en el respaldo—. ¿Alguna vez te acostaste con una mujer?
Me reí, nerviosa.
—La verdad… sí, un par de veces.
—¿Con quién? ¿Con Estefanía, que se la pasa colgada de ti? ¿Con Adriana? Esa Adriana tiene cara de rarita.
Estaba demasiado borracha para callarme. Le conté las dos veces de la universidad, una con una amiga del coro y otra con una chica que conocí en una fiesta. Le di detalles que no debía haber dado. No me di cuenta de cómo se le iba poniendo la mirada.
—Eres más mujer de lo que pareces —murmuró—. Y dime, ¿te acostarías conmigo?
La miré, sin entender bien si era una broma más.
—¿Qué?
—Es broma, mira tu cara, ja.
—Ay, qué cosas dices.
—Aunque, mirá —y se acercó un poco—. Yo no necesito pedírtelo. Si quiero, te tomo.
Esto sí no era broma.
Antes de que pudiera reaccionar ya tenía su boca encima de la mía. Me tomó las manos por las muñecas y me las pegó contra los hombros. Mariela medía casi un metro ochenta y cinco; yo no llego al uno sesenta y cinco. La diferencia de fuerza era abismal. Su lengua entró rápida, sin pedir permiso, y me dejó sin aire.
—Espera —intenté decir, pero ya estaba bajándome la blusa.
Me levantó la tela y el sostén de un solo tirón y se metió un pezón en la boca. Lo chupaba fuerte, casi con rabia, y se me puso duro al instante. Su otra mano se metió debajo de la falda y empezó a apretarme por encima del calzón. Yo no podía creer lo húmeda que ya estaba.
—Mira lo mojada que estás, Camila —dijo separándose un segundo—. Y todavía te haces la digna.
—Basta, así no…
—Cómo me gustan las putitas como tú.
—No me digas así.
Y sin embargo lo dijo otra vez. Y otra. Y cada vez que lo decía, yo me derretía un poquito más.
Me bajó al sillón de espaldas y me levantó las piernas. Me arrancó la tanga con una mano, sin ninguna delicadeza, y se metió entre mis muslos como si llevara años esperando hacerlo. Su lengua era ancha, paciente, expertísima. Me chupaba los labios uno por uno y después subía al clítoris y bajaba al ano, sin orden, manteniéndome en una desesperación continua.
—Qué piernas, mami —murmuraba entre lamida y lamida—. Siempre quise probarlas.
Yo gemía sin poder evitarlo. Sus dedos entraban y salían mientras la lengua trabajaba por fuera, y en algún momento dejé de pensar en cómo había llegado a esto. Solo quería que no parara.
Me vine en su boca con un grito que se escuchó hasta el pasillo. Ella me chupó hasta la última gota y se relamió mirándome a los ojos.
—Apenas estamos empezando, preciosa.
***
Me levantó del sillón tomándome del pelo. No fuerte, pero con autoridad, como diciendo «de aquí no te vas». Me llevó al cuarto sin soltarme.
El dormitorio estaba en penumbra, con una lámpara de pie encendida en un rincón. Me empujó sobre la cama, una matrimonial enorme con sábanas oscuras, y empezó a desnudarse delante de mí. Cuando se quitó la blusa, me quedé muda. Tenía las tetas más grandes que había visto en mi vida, caídas pero firmes, con los pezones gruesos y oscuros.
—Ahora te toca a ti.
Me saqué la ropa con manos torpes. Ella se acostó a mi lado y empezó otra vez, ahora más lenta. Me besaba desde los tobillos hasta el cuello, alternando ternura y mordidas. Me daba vuelta y me mordía las nalgas. Me chupaba los pezones hasta dejármelos morados.
Yo, ya entregada, le devolvía cada caricia. Le apretaba los pechos enormes, le mordía el cuello, le pasaba las uñas por la espalda. En algún momento bajé hasta su sexo, espeso y húmedo, y la chupé como si fuera la primera vez. Le metí tres dedos de golpe y se arqueó entera.
—Mira qué puta resultaste tú también —le dije, encontrándome valiente.
—Sí —jadeó—, sigue así.
Le encontré el clítoris, hinchado y duro, y se lo chupé hasta que se vino temblando contra mi cara. Por un instante creí que la noche se acababa ahí, que ya estábamos a mano.
Me equivoqué.
***
Todavía con la respiración entrecortada, abrió el cajón de la mesita y sacó un arnés con un consolador negro. Era enorme, grueso, mucho más largo que cualquier cosa que hubiera tenido dentro alguna vez. Se lo ajustó delante de mí con una calma que daba miedo.
—Ahora vas a ser mi puta, preciosa.
Me agarró del pelo y me bajó la cabeza al falo. Me ordenó chuparlo y obedecí. Apenas si podía meterme la punta. Ella me daba palmadas en la cabeza, suaves al principio, después un poco más fuertes, y me hablaba al oído.
—Mira cómo te gusta. Con razón Hernán y Damián andan tras de ti en la oficina.
—Mmm…
—Chúpala toda, no me hagas repetirlo.
Me tomó del pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza ella misma. Era humillante y excitante al mismo tiempo. Mis tetas se balanceaban con cada empujón y ella aprovechaba para apretármelas hasta dejarme las marcas de los dedos.
Después me tiró de espaldas a la cama, me abrió las piernas con las rodillas y se acomodó sobre mí. Me miró un segundo, sonriendo, y me metió el consolador de un solo empujón.
—¡Ay, espera, espera!
—Aguanta, mami. Te dije que te iba a tomar entera.
Dolía. Dolía de verdad. Nunca me habían metido algo de ese tamaño. Pero al rato el cuerpo se acomodó, el dolor empezó a mezclarse con el placer, y de pronto me encontré pidiéndole más. Le mordía el cuello, le clavaba las uñas en la espalda, me arqueaba para sentirla más adentro.
—Así, mami, así, no pares.
—Toma, corazón, toma toda.
Me puso de cuatro. Yo me empiné como ella quería, con la cara hundida en la almohada. Me chupó un segundo antes de volver a entrar, esta vez por adelante, y empezó a embestirme con un ritmo brutal. Tenía las dos manos en mis caderas, dejándome moretones, y no hablaba; solo resoplaba.
Entonces me agarró de las muñecas, me las llevó hacia atrás como si fueran riendas, y sin avisar me sacó el falo y me lo metió por el otro lado.
—¡No! ¡Ahí no!
—Cállate y aguanta.
—¡Duele, por favor, duele!
—Ya entró la punta. Mira cómo te abre.
Me gustaba el anal, pero con un hombre, con calma, con lubricante. Aquello era otra cosa. Sentía que me partía en dos. Pero ella no se detenía, y mis gritos —que yo creía de dolor— a ella la encendían más. Me jalaba del pelo y me metía más de la mitad de un empujón.
—Muévete, perrita. No te quedes quieta.
—Me estás destrozando…
—Toma, mami, toma todo.
En una maniobra que no entendí, sin sacármelo, me jaló hacia atrás y quedó ella debajo, conmigo encima, sentada sobre el consolador, con todo el peso bajándome. Me tomó las manos por delante y me pidió que me moviera.
Y me moví.
Me moví como si me hubiera vuelto loca. Cabalgué ese falo absurdo con los ojos cerrados, mordiéndome los labios, sintiendo cómo me llenaba entera. El dolor seguía ahí, pero el placer era más fuerte. Nunca había sentido nada parecido. Cada movimiento mío era una mezcla de tortura y de éxtasis.
—Así, sabía que eras una putita rica —decía ella, jadeando, apretándome los pechos desde abajo—. Cómo me gusta cogerme putas como tú.
Me vine de una forma que nunca me había venido. Grité, lloré, me sacudí entera, y ella, debajo de mí, se vino casi al mismo tiempo. El cuarto quedó lleno de gemidos y de un olor a sexo que no se iba a ir en días.
***
Me apartó de un movimiento, sacándome el consolador de golpe. Grité otra vez. Me dejé caer boca abajo, con la cara en la almohada, llorando sin querer llorar. Tenía la respiración agitada y el cuerpo entero temblando.
Mariela, después de unos minutos, volvió a ser la señora amable de la oficina. Me trajo agua, una pastilla para el dolor, una crema que sabía perfectamente dónde aplicar. Era obvio que no era la primera vez que tenía que calmar a alguien después de hacerle eso.
—Perdón, corazón. Me dejé llevar.
—Olvídalo —dije, sin mirarla—. Me recupero y me voy.
Una hora después, cuando pude caminar, manejé hasta mi departamento con las luces de la avenida pasándome por la cara y un dolor sordo entre las piernas. Al llegar me tiré en la cama y lloré un poco más. Después, sin entender por qué, me toqué pensando en ella y me vine otra vez, más fuerte que la primera.
***
Nunca volví a ser la misma con Mariela. La saludaba con la cabeza, le aceptaba los regalos, hacía mi trabajo. Pero ella sabía. Y cada vez que me miraba con esa sonrisa hipócrita que ponía delante de todos, lo único que me decía con los ojos era una cosa: «cuando yo quiera, otra vez».