Mi compañera de oficina nunca había besado a una mujer
Me llamo Lucía y este es el primer relato que escribo, así que pido perdón de entrada si me extiendo más de la cuenta. Desde los dieciocho años decidí dejar de fingir y aceptar lo que siempre había sido. Por mi cama han pasado bastantes mujeres en estos años, pero hoy quiero contarles sobre la única de la que de verdad me enamoré, y por la que en algún momento estuve dispuesta a dejarlo todo.
A Elena la conocí en la oficina. Era morena, con el pelo a media espalda y unos kilos de más que le sentaban de maravilla, justo como me gustan a mí. Tenía treinta y seis años, una voz grave que se quedaba dando vueltas en la cabeza, y esa manía de pararse a media frase para mirar al techo cuando buscaba la palabra exacta. Era de las mujeres que entran a un sitio y consiguen, sin proponérselo, que tres personas dejen de hablar a la vez.
Desde el primer día tuvimos una química que no había sentido con ninguna otra. Empezamos compartiendo el café de la mañana y terminamos esperando la hora del almuerzo solo para sentarnos enfrente la una de la otra. Hablábamos de cualquier cosa: política, libros, las últimas elecciones, los chismes del departamento de arriba, lo mal que olía el comedor los miércoles. Nunca se nos acababan los temas.
Con el paso de las semanas mis sentimientos por ella se fueron acomodando en un sitio del que ya no había manera de sacarlos. Cada quincena, cuando cobraba, le compraba una caja de bombones o una rosa de las que vendían en la esquina del metro. Al principio puso cara de no entender nada. Después empezó a sonreír cuando me veía llegar con el paquete escondido en la espalda, y a guardarlos en su mesa como si fueran un secreto compartido entre las dos.
Un viernes le propuse aprovechar el almuerzo para acercarnos al centro comercial que estaba a dos calles. Necesitaba ropa interior nueva. Entre el turno largo y la pereza, la cesta de la ropa sucia me había ganado la batalla esa semana.
—Te acompaño —dijo ella sin dudarlo—. Tengo curiosidad por ver qué eliges.
En la tienda nos atendió una chica jovencita, casi una adolescente, que nos sonrió con esa amabilidad ensayada de los comerciales. Nos guio hasta la sección de lencería y se retiró con discreción. Yo me planté delante de un perchero y le pedí a Elena que me ayudara a elegir algo bonito, sin saber muy bien si lo decía por la ropa o por verla revolver entre las prendas.
Encontré enseguida una tanga negra con detalles de encaje que era exactamente de mi talla. Para alguien con mi cuerpo, encontrar algo que me guste y que me quede no es tarea fácil; soy selectiva, y prefiero llevarme una sola pieza que me enamore antes que un montón de cosas a medias. Cuando me giré para enseñársela, Elena venía con otros dos modelos en la mano, sosteniéndolos contra su pecho como si los estuviera midiendo.
—Estos también te quedarían bien —dijo, y luego, sin levantar la vista—. Te verías muy sexy.
Te verías muy sexy. Repetí las palabras en mi cabeza tres veces mientras pagaba en la caja.
De camino al trabajo le rocé el dorso de la mano con los dedos, despacio, como midiendo. Ella no la apartó. Al contrario: vi cómo se le erizaba el vello del antebrazo y cómo se le entreabrió la boca, sin decir nada. Le pregunté si podíamos volver tomadas de la mano hasta la entrada. Asintió. Estaba nerviosa, lo noté en lo apretado de sus dedos, pero no me soltó hasta que cruzamos la puerta del edificio.
Esa tarde fue rara. Yo, que en horas de trabajo soy de las que se aíslan del mundo, no podía concentrarme en nada. Pasaba por su oficina con cualquier excusa y la encontraba mirándome desde el cristal. Ella, que era todo lo contrario, dejó tres veces la puerta entreabierta y me sonrió en cada ocasión. No hizo falta hablar.
Al salir le propuse ir a por una hamburguesa. El turno había sido largo y tenía hambre de las que no se quitan con un sándwich.
—Claro que sí, mi amor —respondió.
Mi amor. Nunca, en todos los meses que llevábamos hablando, me había llamado así. Lo dijo con la naturalidad de quien lo lleva pensando hace tiempo.
***
Pedimos un taxi para no perder más tiempo. Ella se sentó pegada a mí en el asiento de atrás, mucho más cerca de lo necesario. Olía a un perfume cítrico que se había puesto esa misma mañana y que ya casi se le había ido.
—Lucía, ¿te puedo hacer una pregunta? —dijo a media voz, mirando por la ventanilla.
—Claro, lo que quieras.
—Tú eres lesbiana, ¿verdad?
Me quedé mirándola como si me hubieran sorprendido a media frase. Habíamos hablado de sexo mil veces, en abstracto, en bromas, contando anécdotas ajenas, pero nunca me había preguntado por mí. Tragué saliva.
—Sí. Desde siempre. Nunca he estado con un hombre.
Se inclinó un poco más, hasta que su aliento me rozó el lóbulo de la oreja.
—¿Por qué no vamos a tu casa y hablamos del tema con calma?
Le pedí al taxista que cambiara la dirección. Le di mi calle en un susurro porque tenía la garganta seca.
***
Subimos en silencio. Cuando cerré la puerta, ni siquiera me dio tiempo a buscar el interruptor. Elena me empujó contra la pared del recibidor con las dos manos en mis caderas y me besó como si llevara mucho más tiempo del que reconocía pensando en esa boca.
Yo le devolví el beso despacio al principio y después con todas las ganas que llevaba guardadas. Le puse las manos en las nalgas, por encima de la falda, y la pegué a mí.
—No sabes la cantidad de veces que he soñado con esto —le dije contra el cuello.
—Yo también —respondió—. Te lo notaba en la manera de mirarme. Y al final empezaste a gustarme. Mucho.
No le pregunté nada más. No quería abrir una conversación que me cortara el momento. La fui llevando a tientas hasta el dormitorio, desabotonándole la camisa por el camino sin separar la boca de la suya. Cuando le quité la blusa y le bajé el sostén, encontré unos pechos llenos, pesados, con los pezones ya tan duros que respondían al menor roce. Me incliné y los lamí despacio, y ella dejó escapar un sonido grave, contenido, como si todavía estuviera dudando si darse permiso.
Nos terminamos de desnudar entre risas y prisa. La acomodé en la cama, le abrí las piernas sin pedirle perdón, y le pasé la lengua entre los muslos como llevaba meses imaginando. Ella se aferró a las sábanas, levantó las caderas, y me dejó que la fuera abriendo a mi ritmo. Sus pies acabaron apoyados en mis hombros. Cada vez que apretaba los muslos contra mis orejas me llegaban sus jadeos amortiguados, y yo seguía, sin prisa, sintiendo cómo le temblaban las piernas.
—No pares, por favor —me pidió, con esa voz que ya no era de oficina.
No paré. Le sostuve las caderas con las dos manos cuando se le fue el control, y la dejé acabar despacio, mientras le besaba el interior del muslo y le susurraba que la tenía donde quería tenerla.
Subí lentamente por su vientre, le mordí la cadera, le pasé la lengua por debajo de los pechos. Cuando llegué a su boca, ella me besó saboreándose a sí misma sin reservas, y eso me terminó de encender. Me bajé de la cama, abrí el cajón de abajo y saqué el arnés. Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin asustarse.
—¿Quieres? —le pregunté.
Asintió con la cabeza, mordiéndose el labio.
La puse boca abajo, le levanté las caderas con una almohada y entré despacio, atenta a cada uno de sus sonidos. Al tercer empuje ya tenía la cara contra la sábana y la espalda arqueada. La fui llevando, midiendo el ritmo, cambiando el ángulo cuando notaba que iba a perderla demasiado pronto. Era una maravilla cómo se movía debajo de mí. No tenía miedo. Cada vez que paraba para respirar, me empujaba con las caderas para que siguiera.
Cuando acabó por segunda vez, me dejé caer sobre su espalda, sudada, y le besé la nuca.
***
Después me quité el arnés y me tumbé boca arriba. Ella se incorporó, todavía con la respiración cortada, y me miró desde arriba con una sonrisa que era pura travesura.
—Ahora me toca a mí.
Le acerqué la cadera a la cara y se entregó con una mezcla de inexperiencia y entusiasmo que me derritió. No sabía exactamente qué hacer al principio, pero aprendía con cada sonido mío. Cuando le indicaba con la mano que subiera, subía. Cuando le decía «más despacio», bajaba el ritmo y se quedaba justo donde tenía que estar.
Acabé temblando, agarrada a su pelo, sin entender de dónde había sacado esa boca. Nadie me había hecho disfrutar así en mucho tiempo.
Subió a mi pecho, jugó con mis pezones, los lamió con calma. Nos quedamos así un buen rato, ella encima de mí, yo recorriéndole la espalda con la yema de los dedos, sin hablar.
—Hace dos días dejé a mi marido —dijo de pronto, contra mi clavícula—. Le encontré unos mensajes con una chica del gimnasio. Llevaba meses con ella.
—Lo siento.
—No lo sientas. Hacía mucho que no me sentía bien con él. —Hizo una pausa larga, y luego, sin levantar la cabeza—. Siempre supe que era bisexual, pero nunca había pasado de besarme con alguna amiga en una fiesta. Esta es mi primera vez de verdad con una mujer.
Se me cerró un poco la garganta. No por orgullo, sino por la responsabilidad de lo que acababa de pasar.
—¿Y cómo te sientes?
—Como si llevara años sin respirar bien —dijo, y se rio bajito contra mi piel.
Nos arropamos. Apagué la luz de la mesita. Ella se acomodó contra mi costado, pasó una pierna sobre la mía y se durmió antes de que pudiera decirle nada más.
Esa fue la primera de muchas noches a su lado, y la única vez en toda mi vida en la que pensé, mientras la oía respirar, que esto sí podía ser para siempre.