Sabía que volverías esa noche a mi cama
Mariana cruza el umbral con esa mezcla de orgullo y nervios que la delata cada vez que vuelve. Cierra la puerta sin hacer ruido, como si temiera que algo se rompiera con el portazo, y se queda parada en mitad del pasillo, esperando.
Yo no me muevo del marco de la habitación. Tengo una copa de vino en la mano y la veo desde el otro extremo del corredor, dejándola sostener su propio peso. La tensión hace su trabajo mejor que cualquier palabra.
—Sabía que ibas a venir —le digo al fin, sin levantar la voz—. No importa cuánto te tardes. Siempre vuelves.
Ella baja la mirada. Le tiembla apenas la mandíbula, ese gesto pequeño que solo aparece cuando intenta armar una excusa y se queda sin material. Lleva un vestido negro corto, el que se pone cuando quiere convencerse de que vino a discutir y no a entregarse. Los tacones están un poco gastados del lado del talón. Detalles que nadie ve, pero yo sí.
Cierro la distancia en cuatro pasos. Le tomo la cara con una mano firme, le levanto la barbilla y la obligo a mirarme. Sus ojos están húmedos antes de que pase nada. Hay rabia ahí, hay deseo, hay esa rendición silenciosa que la avergüenza.
—Mírame —le pido, aunque ya lo está haciendo.
No le doy tiempo a responder. La beso. Fuerte, sin preámbulos, con la rabia acumulada de las semanas en las que no contestó mis mensajes. Su boca se abre apenas y entro con la lengua, mordiéndole el labio inferior hasta que gime contra la mía. Siento que se afloja, que el cuerpo le cede antes que la voluntad.
Mientras la beso, le bajo el cierre del vestido por la espalda. Lo hago despacio, oyendo cada diente del metal contra el silencio. El vestido cae a sus pies y descubro lo que ya sospechaba: no lleva nada debajo. Ni sostén ni bragas. Solo piel.
Me separo unos centímetros y sonrío contra sus labios.
—Sabía que vendrías lista para mí.
Ella se sonroja, pero no aparta los ojos. La empujo suavemente contra la pared del pasillo y bajo la mano entre sus muslos. La encuentro empapada, tan mojada que mis dedos se deslizan sin esfuerzo entre sus pliegues. Cierro los ojos un instante. Hay algo perverso en sentir cuánto me desea cuando lleva días jurándose a sí misma que iba a olvidarme.
Mariana suelta un quejido, me agarra del cabello con fuerza y empieza a empujar mi cabeza hacia abajo. No me da opción. No me pide permiso.
Obedezco. Me arrodillo en la alfombra del pasillo, le abro las piernas con las manos y la miro desde abajo un segundo. Quiero que vea cómo me hundo. Quiero que recuerde esto la próxima vez que jure que no va a volver.
Cuando entro con la lengua, su columna se arquea contra la pared y deja escapar un gemido largo. La saboreo entera, lenta, profunda. Subo hacia su clítoris y lo chupo con presión justa, alternando lametones suaves con succiones más intensas. Ella me jala el pelo con más fuerza, marca el ritmo, me usa.
—Más despacio —jadea—. Por favor.
Le hago caso. Me detengo justo cuando sé que está al borde, le soplo el clítoris frío y la siento temblar contra mi boca.
—Te detengo cuando yo quiera —le digo, levantando la vista—. No tú.
Sus ojos brillan de furia y deseo. Le doy una lamida larga, lenta, perversa, y ella gime. Vuelvo a parar. Vuelvo a empezar. Tres veces la dejo al borde y se la quito. La cuarta, cuando ya tiene las uñas clavadas en mi cuero cabelludo y la respiración rota, la dejo terminar.
Se viene contra mi boca con un grito que rebota en las paredes del pasillo. Le tiemblan las rodillas, se deja caer un poco contra la pared, y yo la sostengo de las caderas mientras bebo lo último de ella. Cuando levanto la mirada, tengo la boca húmeda y la sonrisa peligrosa.
—Esto es solo el principio, Mariana.
***
La empujo hacia la habitación. Apenas la mantengo en pie, así que termino casi cargándola. La tiro sobre las sábanas y la veo respirar, los pechos subiendo y bajando, el pelo pegado a la frente. Está más bonita así, deshecha y a medio rendir.
Voy al cajón del fondo. Saco el arnés y se lo muestro sin decir nada. Ella lo mira, traga saliva y baja los ojos. Es su forma de decir sí.
Me lo coloco frente a ella, deliberadamente lenta, dejando que vea cada correa, cada nudo, cada ajuste. Cuando termino, le pongo la mano en el tobillo y la giro de espaldas. Le levanto las caderas sobre la cama y la pongo en cuatro patas.
—Pídelo.
Tarda un segundo en contestar. Está orgullosa todavía. Pero la siento empujar las caderas hacia atrás, buscándome.
—Por favor.
Entro de una sola estocada. Ella suelta un grito que se traga contra la almohada y yo me quedo quieta unos segundos, dejándola sentir el peso. Luego empiezo a moverme. Lento al principio, marcando cada embestida, oyendo el sonido húmedo de su cuerpo recibiéndome. Después acelero. La sostengo de la cintura con las dos manos y empujo con todo el peso, y sus nalgas rebotan contra mí con un ritmo que llena la habitación entera.
Le doy una palmada. Fuerte. La marca se enciende rosada sobre su piel y ella gime, no de dolor, sino de algo más oscuro. Le doy otra del otro lado. Otra más. Cada una le saca un quejido distinto.
—Más —pide, y la palabra suena como una súplica vergonzosa.
Le agarro el pelo con la mano izquierda y se lo enrollo en el puño. Le tiro de la cabeza hacia atrás hasta que su espalda se arquea contra mi pecho, y le acerco la boca al oído.
—Te gusta que te use así, ¿verdad?
Asiente. No le sale la voz.
—Dilo.
—Sí —murmura—. Me gusta.
Mi mano libre se desliza por su cuello. La cierro despacio, sintiendo el pulso bajo mis dedos. Aprieto justo lo suficiente, como ella sabe, como ella me enseñó la primera vez. Sus gemidos se vuelven sordos, ahogados entre placer y rendición. Sigo penetrándola sin pausa, marcando cada embestida con el aliento contra su nuca.
Cada golpe la lleva más alto. La siento contraerse, romperse, recomponerse. Cuando se viene es un terremoto. Le tiemblan los brazos, se le doblan, se cae contra las sábanas y se aprieta contra mí con una fuerza que casi me tira atrás.
Tengo que taparle la boca con la palma para que no la oigan los vecinos. Hay lágrimas en sus ojos, pero son del tipo que conozco, ese tipo bueno que solo aparece cuando la llevo al borde del límite que ella misma se puso.
Le doy un beso en el omóplato, salado de su sudor, y empiezo a salir despacio.
***
Pero ella reacciona antes de que termine.
Se gira sobre la cama, me empuja por los hombros y me tira de espaldas. Hay algo distinto en sus ojos ahora. El fuego es otro. No es la rendición de hace un rato. Es otra cosa.
—Ahora yo —dice, con esa voz ronca que me vuelve loca.
Me quita el arnés con manos rápidas y lo lanza al piso. Me trepa encima, me empuja las muñecas contra el colchón y me besa con una violencia que me corta el aliento. Después baja, mordiéndome el cuello, los pechos, el vientre. Su boca aterriza entre mis piernas sin avisar.
No me ha pedido permiso. No lo necesita.
Su lengua trabaja con la urgencia de quien sabe exactamente qué busca. Yo cierro los ojos, le agarro el pelo, y por primera vez en la noche soy yo la que cede. Me lleva al borde dos veces y me deja caer, devolviéndome la moneda. La tercera, cuando ya estoy gimiendo sin pudor, me deja terminar.
Cuando el orgasmo me atraviesa, le aprieto la cabeza entre los muslos y le dejo escuchar el grito completo, el que ella tuvo que ahogarse antes contra la almohada.
Después me trepa otra vez y se sienta encima de mí. Pero no se mueve todavía. Se queda ahí, mirándome, las puntas del cabello cayéndole sobre los pechos, los labios hinchados, todavía tomando aire.
—Te quería rendida —me dice, y se inclina a besarme.
Empieza a moverse despacio sobre mi muslo, deslizando su humedad sobre mi piel. Yo le agarro las caderas con las dos manos y dejo que marque el ritmo. La veo cabalgarme, los pechos saltando, la boca entreabierta en un gemido eterno. Acelera. El sonido de nuestros cuerpos húmedos llena la habitación.
—Pensaste que me ibas a domar —murmura entre risas rotas.
—Y todavía lo creo —le contesto, y le clavo los dedos en la cintura.
Acelera más. Se inclina hacia adelante, me agarra del cuello y me besa mientras se sigue moviendo. Su lengua tiene mi sabor, el mío tiene el suyo. Hay algo casi sagrado en esa mezcla.
—Siempre voy a volver a ti —jadea contra mi boca, justo antes de romperse otra vez.
Su orgasmo la atraviesa entera y se desploma sobre mí, temblando, con la cara hundida en mi cuello. La abrazo fuerte mientras vibra. Le acaricio la espalda con la palma abierta, le beso la sien empapada, le susurro tonterías que ninguna de las dos va a recordar mañana.
Cuando por fin se calma, levanta la cabeza y me mira. Tiene las mejillas rojas, los ojos brillantes y un asomo de sonrisa cansada.
—Te dije —murmura—. Siempre vuelvo.
—Lo sé —le contesto, y le aparto un mechón de la frente—. Eres mía, Mariana. Aunque te vayas. Aunque jures que no. Siempre vas a volver.
Ella no contesta. Solo apoya la cabeza contra mi pecho y deja que su respiración encuentre la mía. Afuera, en algún lugar, debe estar amaneciendo. Pero no importa. Lo único que importa es esa cosa pequeña y firme, terca como un nudo, que vuelve a tirar de ella cada vez que intenta soltarse.
Y que esta noche, otra vez, ganó la cuerda.