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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la sauna a mis cincuenta años

Si alguien me hubiera dicho hace seis meses que tendría mi primera experiencia con una mujer a los cincuenta y un años, le habría respondido que estaba loco. Yo no era de esas. Era una mujer casada, con dos hijos adultos y una vida ordenada como un cajón de pañuelos. La sauna del centro de hidromasaje formaba parte de mi rutina desde hacía ocho años, igual que la peluquería del barrio o el café con leche de los domingos.

Amo a Ricardo. Llevo más de la mitad de mi vida con él y sería injusta si negara los buenos momentos. Pero el deseo entre nosotros se había ido apagando como una vela olvidada. No hubo discusiones ni reproches, solo una resignación lenta a que el cuerpo del otro dejara de provocar lo que provocaba antes. Sospecho que él tiene una amante. No tengo pruebas, solo el instinto de las mujeres que llevan décadas leyendo a la misma persona. Y la verdad es que no me molesta tanto como debería. A nuestra edad, el orgullo se vuelve un mueble incómodo.

Aquella tarde de noviembre fue como tantas otras. Ricardo me dejó frente a la puerta del complejo, me dio un beso seco en la mejilla y me dijo que volvería a las siete. No esperé a verlo arrancar. Entré a vestuarios, abrí mi taquilla y me detuve un momento frente al espejo de cuerpo entero antes de desnudarme del todo.

No me engaño. Sé que a los cincuenta y uno ya no tengo la piel de los veinte ni los senos donde estaban. Pero también sé reconocer lo que me queda. Una boca todavía bien dibujada, una cintura que sigue siendo cintura, unas piernas que no me dan vergüenza. En la calle, los hombres de mi edad aún se giran. Y eso, aunque suene tonto, ayuda a sostenerse.

A Solange la conocí en esa misma sauna hacía casi un año. Diez años mayor que yo, francesa de nacimiento aunque llevaba media vida en este país. Pelo gris cortado corto, ojos verdes muy claros, una manera de hablar pausada que obligaba al otro a escuchar. Empezamos a coincidir los martes y los jueves. Después, sin acordarlo, empezamos a esperarnos. Si yo llegaba primero, le guardaba sitio en la cabina. Si llegaba ella, me hacía una seña desde dentro.

—Tienes un cuello muy bonito —me dijo el primer día que hablamos en serio—. No te has dado cuenta nunca, ¿verdad? Las mujeres no nos miramos como deberíamos.

Lo dijo sin doble intención aparente y yo se lo agradecí con una sonrisa. Pero el comentario se me quedó pegado todo ese día. Esa noche, cenando con Ricardo, me toqué el cuello sin querer dos o tres veces.

Pasaron las semanas y los cumplidos se multiplicaron. Que mi piel parecía la de una mujer más joven. Que mis manos eran finas. Que tenía la espalda derecha de alguien que no se rinde. Yo me reía y le decía que exageraba, pero por dentro guardaba cada palabra como quien guarda piedras pequeñas en un bolsillo.

Una tarde de enero, dentro de la cabina y con el vapor borrándolo todo menos los contornos, Solange me puso una mano en el brazo. Apenas un roce. Yo podría haberme apartado, podría haber dicho algo, podría haber convertido aquello en una broma. No hice nada. Me quedé quieta, sintiendo el calor de su palma sobre mi piel mojada, y entendí que mi quietud era una respuesta tan clara como cualquier palabra.

Mi cuerpo había recordado que aún sabía hacerse preguntas.

Esa noche no dormí. No por culpa, no por miedo, sino por una cosa que llevaba años sin sentir: curiosidad.

***

El jueves siguiente, Solange me esperaba en la cabina con la toalla doblada al lado del banco. Estaba completamente desnuda.

—Hoy probemos así —dijo, como quien sugiere cambiar de marca de café—. La toalla aquí dentro es absurda. Sudas más, te incomoda. Estamos solas a esta hora.

Tragué saliva y asentí. Dejé caer mi toalla con un gesto que pretendía ser natural y no lo fue. Me senté frente a ella, separadas por un metro de aire denso, y por primera vez en mi vida estuve desnuda delante de otra mujer sin que mediara un vestidor, un médico o una hija pequeña.

Solange no me miraba con descaro. Me miraba con paciencia. Como quien tiene tiempo y sabe que mirar también es una forma de tocar. Yo intentaba sostenerle la mirada y a la vez no, intentaba pensar en otra cosa y no podía pensar en otra cosa. Cada vez que el silencio se hacía demasiado largo, una de las dos comentaba alguna tontería y la otra se reía con demasiado entusiasmo.

—Estás temblando un poco —dijo ella al rato.

—Es el calor.

—No.

Se levantó del banco de enfrente y vino a sentarse al mío. Su muslo rozó el mío. Yo cerré los ojos. Sentí su mano en mi rodilla, subiendo despacio, sin prisa, esperando a que yo dijera basta. No lo dije. Su palma llegó hasta la mitad del muslo y se detuvo ahí, calculando.

—Si quieres que pare, dilo ahora —murmuró cerca de mi oído.

No dije nada. Y ese silencio fue mi consentimiento.

***

Lo que vino después lo he reconstruido tantas veces en la cabeza que ya no sé qué es recuerdo exacto y qué es invento. Sé que la primera vez que sus labios tocaron los míos fueron suaves de un modo que me sorprendió. Llevaba treinta años besando una boca de hombre, una boca firme y a veces brusca. La de Solange era como morder fruta madura.

Sus manos sabían moverse con la lentitud de quien conoce el terreno. No iban a ninguna parte con prisa. Subieron por mis costados, rodearon mis pechos sin agarrarlos del todo, los acariciaron como si los descubriera. Yo nunca había imaginado que se pudiera tocar así. Mi marido, en sus mejores años, era atento pero directo. Solange era todo lo contrario: rodeaba, demoraba, regresaba al mismo punto tres veces antes de avanzar.

—¿Estás bien? —me preguntó en algún momento, separándose lo justo para verme la cara.

—Sí.

—¿Quieres que pare?

—No.

Volvió a besarme y yo me atreví, por primera vez en toda la tarde, a poner mis manos sobre ella. Su piel era distinta a la mía. Más blanda en algunos lugares, más firme en otros. La curva de su cintura existía todavía. Los pechos, más pequeños que los míos, descansaban contra mi torso de un modo que ningún cuerpo de hombre podría imitar.

Salimos de la cabina cuando el cronómetro nos avisó. Solange me llevó del brazo a las duchas privadas, esas dos cabinas individuales del fondo que casi nadie usa entre semana. Cerró la puerta de la suya y me tendió la mano para que entrara con ella. Entré.

Bajo el agua tibia, sus dedos se atrevieron a más. Me apoyé contra los azulejos para no caerme. Cerré los ojos. Lo que ocurrió allí no se parece a nada de lo que había vivido antes. No era la urgencia ansiosa de mis veinte años ni la rutina cómoda de los cuarenta. Era otra cosa. Era una mujer que sabía exactamente dónde estaban mis preguntas y se tomaba el trabajo de responderlas una por una, sin saltarse ninguna.

Cuando el placer me alcanzó, me mordí el labio para no hacer ruido. Solange me sostuvo la cabeza con una mano para que no me golpeara contra los azulejos y con la otra siguió tocándome hasta el final. Después me besó la sien, me apartó el pelo mojado de la cara y me sonrió.

—Bienvenida —dijo solamente.

***

Ricardo me recogió a las siete y cuarto. Yo iba con el pelo todavía húmedo y un perfume de jabón ajeno encima del mío. Me preguntó qué tal la sauna y yo le dije lo de siempre: que muy bien, que era lo que más me relajaba en toda la semana. Él asintió mirando la carretera y puso la radio.

En el coche pensé que tendría que sentirme culpable. Esperé un rato a que apareciera la culpa, como quien espera un tren que sabe que va a llegar. Pero no llegó. En su lugar había una calma rara, una sensación de haber resuelto algo que llevaba mucho tiempo sin resolver.

Esa noche cené poco, me acosté pronto y Ricardo no me preguntó por qué. Acostada en la oscuridad, repasé el día como quien repasa una película. La toalla cayendo al suelo. Su mano en mi rodilla. El agua tibia. Su voz diciendo «bienvenida».

***

Han pasado cinco meses desde aquella tarde. Sigo yendo a la sauna los martes y los jueves. Sigo sin contarle nada a Ricardo y sigo sin sentir la urgencia de hacerlo. Lo que tengo con Solange no le quita nada a lo que tengo con mi marido, porque hace tiempo que con mi marido no tengo eso. Son territorios distintos, regados por ríos distintos.

A veces, cuando salgo del centro y veo a Ricardo esperándome en el coche con la radio puesta y los ojos un poco perdidos, me pregunto si él tendrá también su propio rincón secreto en alguna parte. Si tendrá también una Solange, una cabina, un agua tibia. Espero que sí. A los cincuenta y uno, una empieza a desear que los demás también encuentren lo suyo.

Lo que aprendí en esa sauna no fue solo el cuerpo de una mujer. Aprendí que el deseo no se acaba: cambia de forma, se esconde, espera. Y un día, en una cabina llena de vapor, alguien te pone una mano en el brazo y todo lo que creías sabido sobre ti misma se desmorona como un terrón de azúcar en el café.

Mañana es jueves. Solange ya me ha mandado un mensaje. Dice que esta tarde llevará una sorpresa.

Estaré allí.

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Comentarios (4)

karinaLP

Que relato tan bien escrito!! me atrapo desde la primera linea, no pude parar de leer.

MaribelR

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues de esa tarde en la sauna

Claudia_Stgo

Las historias de descubrimiento tardio son las que mas me llegan. Muy bien contado, gracias por animarte a compartirlo.

Sofii_nnk

increible!!! sigue escribiendo

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