La hippie del pubis rosa la esperaba en su tienda
Uno de los problemas de pasar tres días en un festival al aire libre es encontrar baños que no den ganas de salir corriendo. Y si eras mujer, peor todavía. Carla había rastreado el recinto entero hasta dar con una caseta apartada, escondida entre los puestos de comida y el bosque, que casi nadie usaba y donde el papel todavía aguantaba. El único inconveniente era la distancia desde su tienda. Después de la séptima cerveza y de aguantar más de la cuenta, tuvo que apretar el paso para llegar.
Empujó la puerta con prisa y se quedó parada en el umbral. Dentro había una chica de aire hippie, con dos coletas castañas y una camiseta tan corta que le dejaba el ombligo al aire. Llevaba un short vaquero arrugado en torno a las rodillas y un tanga negro enredado con la tela. Pero lo que terminó de descolocar a Carla no fue la sorpresa de la intrusión, sino el pubis de la desconocida.
Ella se rasuraba casi del todo desde hacía años, una costumbre que arrastraba de su última relación. Esta chica, en cambio, tenía el pubis poblado y teñido de un rosa intenso, a juego con los mechones que asomaban entre sus coletas. Carla se quedó embobada, con la mano aún en la puerta y la vejiga olvidada por un momento.
—Ay, perdón. Pensé que estaba libre.
—Tranqui, el pestillo está roto desde ayer. Termino en un segundo.
Lo lógico habría sido cerrar la puerta y esperar fuera. Pero Carla no se movió. Llevaba meses sin acostarse con nadie, las cervezas le habían encendido la sangre y aquel pubis rosa era lo más raro y excitante que había visto en mucho tiempo. La chica se dio cuenta enseguida.
—¿Te llama la atención, eh?
—¿Qué?
—Joder, tía, el tinte. Lo tienes clavado con la mirada.
—Ah… sí. Nunca había visto algo así. Pensé que esos tintes eran solo para el pelo de la cabeza.
Era una respuesta torpe y las dos lo sabían. Carla nunca se había fijado en el cuerpo de otra mujer más allá de la curiosidad fugaz del vestuario del gimnasio. O eso creía hasta esa noche.
—Mira, acabo aquí, te dejas el sitio para que mees tú, y luego, si quieres, te lo enseño con más calma. ¿Cómo lo ves?
—Vale —respondió Carla, sin pensarlo del todo.
—Pues vigila la puerta. Aquí casi no viene nadie.
¿Vale? ¿Cómo que vale? Carla no se reconocía, pero ya estaba dicho. Se quedó apoyada en el quicio, mirando de reojo a la desconocida terminar de mear. Cuando se subió el short, lo hizo sin volver a ponerse el tanga, y le pasó al lado tan cerca que rozó el brazo de Carla con el pecho.
—Ale, tu turno —dijo, dándole un azote suave en el culo al cruzarse con ella.
Carla entró todavía con la piel ardiendo donde la mano de la chica la había tocado. Cerró la puerta a medias, sin atreverse a cerrarla del todo, y se bajó los vaqueros y la braga blanca de encaje sin prisa, casi a propósito. Por el resquicio vio que la otra la observaba sin disimulo. Se entretuvo más de la cuenta en limpiarse, rozándose con dos dedos para confirmar lo mojada que estaba. Era una pasada lo rápido que se había puesto cachonda.
—Soy Carla —dijo cuando salió, intentando que la voz le saliera firme.
—Vera —contestó la otra, y antes de que Carla pudiera tenderle la mano, la cogió por la cintura y le plantó un beso largo en la boca. Carla se quedó tiesa un instante. Luego respondió. La lengua de Vera sabía a tabaco y a algo dulce que no supo identificar.
—Vente a mi tienda. Mis colegas están en el escenario grande y van para largo.
Tardaron cinco minutos en cruzar la zona de acampada hasta un rincón apartado, casi pegado a la valla del recinto. La tienda era pequeña, para tres, pero por dentro apenas quedaba sitio entre las mochilas, las latas vacías y un par de colchonetas hinchables. Vera cerró la cremallera, se sentó sobre una de ellas y se quitó el short de un tirón. Carla volvió a tener delante el pubis rosa, esta vez sin la luz fluorescente del baño.
—Ven, mira lo bien que queda con luz suave.
Carla se arrodilló frente a ella. Le temblaban un poco las manos. Estiró los dedos y acarició el vello con la punta, despacio, casi con miedo. Era más suave de lo que pensaba. Vera la dejó hacer, mirándola con media sonrisa mientras se sacaba la camiseta. Carla descubrió entonces dos aros plateados atravesándole los pezones. La cabeza le iba demasiado rápido para asimilarlo todo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Vera—. ¿Te quedas mirando o haces algo?
Carla acercó la boca al interior del muslo de Vera y la besó con cuidado. Le llegó el olor caliente de su sexo y supo que ya no había marcha atrás. Subió poco a poco, dejando un rastro de besos por la ingle, esquivando el vello rosa hasta que no pudo más. Abrió los labios de Vera con los pulgares y pasó la lengua por el clítoris, primero tímida, después con más decisión. Estaba imitando lo que su ex le había hecho a ella las pocas veces que se había animado.
Vera arqueó la espalda y soltó un gemido grave. Carla se sintió absurdamente orgullosa. Bajó la lengua hasta la entrada del coño, lo rodeó y volvió a subir al clítoris en un patrón que se le ocurrió sobre la marcha. El sabor era salado y limpio, no se parecía a nada que hubiera probado antes.
«No debo estar haciéndolo tan mal», pensó.
La respuesta llegó pronto. Vera la agarró del pelo y la apretó contra su sexo, marcándole el ritmo. Carla obedeció. Estaba más caliente de lo que recordaba haber estado nunca con su ex. Notó una oleada de flujo en la boca, lo tragó casi sin pensar, y oyó a Vera gritar como si estuvieran solas en mitad del campo. El orgasmo duró un buen rato. Cuando Vera la soltó, Carla levantó la cara empapada y se encontró con una mirada nueva.
—Para ser tu primera vez con una tía, no estuvo mal —dijo Vera, y la atrajo hacia su boca para besarla. Carla notó su propio sabor mezclado en los labios de la otra.
—¿Tanto se nota?
—Un poco. Pero me pone bastante convertir nenas heteros, así que tranquila.
***
Vera la empujó hacia atrás hasta tumbarla sobre la colchoneta. Le quitó la camiseta y el sujetador con dos movimientos y se subió encima a horcajadas. Los aros de los pezones le rozaron a Carla los pechos al moverse y le mandaron un escalofrío directo a la entrepierna. Vera le besó el cuello, la clavícula, el espacio entre los senos. Carla se dejaba hacer, paralizada por la novedad.
Vera bajó muy despacio hasta acomodarse entre sus piernas. Le abrió el coño con dos dedos y la lamió de abajo arriba en un solo movimiento. Carla soltó un grito ronco que no se reconoció. Era la primera vez que una boca femenina la chupaba, y la diferencia con la torpeza habitual de los hombres se notaba en cada centímetro de piel.
Vera lamió con paciencia, alternando lengua y labios, encontrando ángulos que Carla no sabía que existían. De vez en cuando bajaba más, rozaba la entrada del culo con la punta de la lengua y volvía al clítoris antes de que Carla pudiera asustarse. Cuando le metió dos dedos y empezó a curvarlos contra la pared interna mientras seguía chupándole el clítoris, Carla notó que se iba sin remedio.
El orgasmo le llegó en oleadas. Apretó los muslos contra la cabeza de Vera y se sacudió contra la colchoneta, intentando no gritar demasiado por si se oía desde fuera. Vera siguió hasta que los espasmos se calmaron y entonces subió despacio, besándole el vientre, los pechos, el cuello, hasta tumbarse sobre ella.
—Joder —fue lo único que pudo decir Carla.
—Ningún tío te había hecho esto, ¿a que no?
—Ninguno. Te lo juro.
—Y todavía no hemos terminado.
***
Carla no tuvo tiempo de responder. Vera ya estaba sobre ella otra vez, frotando su pubis contra su muslo, dejándole un rastro húmedo cada vez más caliente. Subió poco a poco, deslizándose hasta acomodar su coño abierto sobre el de Carla. Carla había visto esa postura solo en los vídeos que miraba a escondidas, y siempre le había parecido un montaje. Ahora la tenía encima.
Vera se separó los labios para encajar el clítoris contra el de ella. Cuando los dos sexos se tocaron, Carla notó el calor mezclado y el flujo de Vera deslizarse sobre el suyo. Vera se inclinó, buscó el ángulo y empezó a moverse con un balanceo lento.
Carla se ladeó un poco para que el contacto fuera más directo. Vera respondió con la misma maniobra. Cada empuje era un beso húmedo entre los dos coños, y la fricción del clítoris contra el otro le mandaba descargas a la nuca. Estiró las manos hacia los pezones de Vera y los apretó con cuidado, jugueteando con los aros. Vera gimió y le metió las manos por debajo del culo, ayudándola a marcar el ritmo.
El balanceo se aceleró sin que ninguna de las dos lo decidiera. Carla notaba cómo se iba acercando otra vez, todavía sensible del orgasmo anterior. Vera fue la primera en avisar, con un gemido roto que le bajó del pecho. Carla lo notó en el flujo nuevo que se mezclaba con el suyo, y eso bastó para que se fuera detrás de ella. Las dos se corrieron casi a la vez, agarradas y empujando, intentando no romper la tienda con la sacudida.
Cuando pararon, Vera se dejó caer sobre los pechos de Carla, sudorosa y sin aire. Carla no atinaba a hablar. Tenía el cuerpo abierto, una desconocida encima y la sensación de que algo en su cabeza acababa de cambiar de sitio para siempre.
Entonces oyeron la cremallera de la tienda abrirse desde fuera.
CONTINUARÁ