La chica del club me siguió hasta las duchas
Lo que voy a contarles pasó hace unas semanas y todavía me sorprende lo rápido que se desató todo. Cerca de mi casa hay un club deportivo con varias actividades. Mi marido y yo somos socios desde hace años y vamos juntos a jugar al tenis los sábados por la mañana. Como yo tengo horario libre entre semana, decidí apuntarme también los miércoles para entrenar por mi cuenta.
Una de las ventajas de ser socio es que la piscina queda libre los miércoles, porque ese día no hay clases de natación hasta la tarde. A mí me encanta meterme un rato después de la pista de tenis. El agua fría me quita el cansancio y, sobre todo, me deja un humor extraño, como si tuviera el cuerpo más despierto que la cabeza.
Desde hacía un par de meses había notado algo curioso. Una chica más o menos de mi edad andaba siempre por ahí los miércoles a la misma hora que yo, y se la pasaba mirándome. No era la mirada de quien te ve y sigue de largo. Era una mirada larga, con sonrisas pequeñas, casi tímidas, que se asomaban cuando nuestros ojos se cruzaban. Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero la coincidencia se repitió tantas veces que terminé por convencerme de que no era casualidad.
—Quizá le gustas —me dijo Damián cuando se lo conté una noche.
Damián es mi marido. Lo tomé a broma, le di un empujón en el hombro y me reí.
—Imposible. Es una chica. Y yo nunca he estado con una.
—Eso no significa nada —contestó—. Si un día te dan ganas de averiguarlo, hazlo. Y si después quieres invitarla a casa, ya sabes que estoy disponible.
Nuestra relación es complicada. No hace falta entrar en detalles ahora, pero a esas alturas yo ya estaba más curiosa que ofendida. La idea de que aquella chica estuviera fijándose en mí me había metido un cosquilleo nuevo, raro, que no terminaba de irse.
El siguiente miércoles decidí salir de dudas. Esta vez no entrené primero. Llegué al club a eso de las once y media, me cambié rápido y me fui directa a la piscina. Sabía que ella aparecía siempre por esa hora.
No tardó ni cinco minutos. Llegó con un vestido playero blanco que se quitó delante de mí sin mirarme, dejando ver un bikini diminuto color coral. Esta vez me permití observarla con calma. Tenía los pechos pequeños, el culo redondo, los muslos firmes. Era morena, con el pelo rizado largo cayéndole por la espalda, y una piel tostada que parecía pedir que la tocaran.
Me hice la distraída y me puse de pie a unos pasos de ella. Llevaba debajo del short una tanga amarilla de hilo y un sostén triangular de tela transparente. Cuando me bajé el short, lo hice despacio. Cuando me quité la blusa, lo hice más despacio todavía. Después me giré para coger la crema solar y, al doblarme, la pillé mirándome el culo sin disimulo.
Ella reaccionó tarde. Se le subieron los colores y soltó la primera frase que se le ocurrió.
—Está haciendo un sol de infierno —dijo, intentando que sonara natural.
—Mucho —contesté—. Pero un chapuzón lo arregla todo. ¿Te animas?
Se puso de pie tan rápido que casi tropezó. La piscina estaba prácticamente vacía a esa hora; los empleados aún no andaban por ahí, porque las clases de natación no empezaban hasta las dos. Yo me dirigí a la parte menos honda y ella me siguió.
Durante un rato fingimos que solo nos refrescábamos. Chapoteamos, hablamos de tonterías, nos reímos. Pero yo me las arreglaba para que mi cuerpo quedara siempre a la vista del suyo. Cuando me agachaba para mojarme el pelo, me ponía de espaldas. Cuando flotaba boca arriba, le rozaba el brazo con el mío.
Sin que ninguna lo dijera, la distancia entre las dos se fue reduciendo. En algún momento estábamos tan cerca que sus manos terminaron en mi cintura, debajo del agua. No las quitó. Yo tampoco me aparté.
—Estás muy guapa —me dijo, ya sin mirar a los lados.
—Tú no te quedas atrás, preciosa.
Su dedo subió por el costado de mi pecho y se detuvo justo antes del pezón. Lo vi dudar. Yo no quería que dudara. Tomé su mano y la apoyé sobre mi sostén. La piel se me erizó entera con ese gesto.
—Qué pechos tan bonitos tienes —murmuró.
—¿Te gustan?
—Mucho.
—¿Quieres besarlos?
Miró alrededor.
—Aquí podrían vernos.
—No tengas miedo. —Le aparté un mechón mojado detrás de la oreja—. Empieza despacio.
Se inclinó. Me corrió el triángulo del sostén con dos dedos y rozó el pezón con la punta de la lengua. Después lo chupó, primero suave, después con más confianza. Yo sentí el frío del agua contraponerse al calor que me subía desde el vientre. Me costó no gemir en voz alta.
Su mano libre bajó por mi cintura y pasó entre mis piernas. Me rozó por encima de la tanga con un dedo plano, sin presionar, solo dejándome saber que estaba ahí. Mi coño ya estaba mojado por algo más que el agua de la piscina.
—No quiero parecer aburrida —dijo, separándose un poco—, pero me da miedo que aparezca alguien.
—¿Quieres ir a un lugar más privado?
—¿Las regaderas?
Asentí. Salimos las dos del agua, recogimos nuestras cosas y caminamos hacia la zona de duchas envueltas en la toalla. El pasillo estaba vacío. Las regaderas también. En cuanto cerramos la puerta principal del vestuario, ella me empujó contra los azulejos y me besó por primera vez en serio.
Fue un beso largo, con lengua, con dientes. Me agarró el culo con las dos manos y me apretó contra ella. Mi toalla cayó al suelo. La suya enseguida. Nos quedamos casi desnudas, solo con los bikinis empapados pegados al cuerpo.
Le quité el sostén yo a ella. Ella el mío. Sus pechos eran pequeños, perfectos, con los pezones oscuros y duros. Le pasé la lengua por encima de uno y la sentí estremecerse. Sus manos volvieron a mi tanga y la bajaron en un solo movimiento. La de ella bajó al suelo con la misma facilidad.
Quedamos las dos completamente desnudas bajo la luz blanca del vestuario. Las baldosas frías. El aire húmedo. El olor a cloro mezclado con el de su perfume.
La empujé despacio hacia una de las bancas largas y la senté. Le puse las manos en las caderas y la fui acostando hasta que quedó tumbada, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el borde. Cuando me arrodillé entre sus muslos, le vi el sexo totalmente depilado, los labios brillantes, la entrada palpitando.
Me recogí el pelo con una mano y bajé la cara. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lenta, y la oí soltar un suspiro que parecía contenido desde hacía horas. Le rodeé el clítoris con la punta, sin tocarlo del todo, hasta que las caderas se le levantaron solas buscando mi boca.
—Qué rica estás —le dije contra ella—. Sabes a verano.
Le metí la lengua entre los labios y la moví por dentro, despacio. Sus manos se aferraron al borde de la banca. Le subí un par de dedos por el muslo y se los hundí en la entrada mientras seguía chupándole el clítoris. Empezó a gemir bajito, mordiéndose la palma de la otra mano para no hacer ruido.
—Soy una zorrita —murmuró—. Soy tu zorrita, dime que sí.
—Eres mi zorrita —se lo dije sin parar de lamerla.
Antes de que se corriera, se incorporó. Me pidió que esperase y se levantó. Pensé que se había arrepentido, pero la vi ir hasta su bolsa y sacar un cepillo de pelo. Uno largo, de los de cola redonda y lisa, plástico duro.
—¿Te importa si te lo meto a ti? —preguntó, mostrándolo.
La punta del mango era del grosor justo. Me reí.
—Pídemelo con esa cara y te dejo hacer lo que quieras.
Me hizo apoyar las manos en la banca y levantarle el culo. Me separó las piernas con los pies y se arrodilló detrás de mí. Sentí primero su lengua entre las nalgas, después su boca contra el sexo, lamiéndome de atrás hacia adelante. Cuando llevaba un rato así, sentí la punta lisa del mango entrar en mí, despacio.
Solté un gemido que me sorprendió incluso a mí. El plástico estaba frío y duro, y entraba con facilidad porque yo estaba empapada. Lo movió con ritmo, mientras me chupaba al mismo tiempo. Sus dedos se me clavaban en la cadera.
Me sentí entera entregada. Una mujer desconocida me estaba follando con un cepillo en las duchas de un club, y yo le pedía más, en voz baja, agarrada al borde de la banca.
—Aaah… sigue así, no pares…
—¿Te gusta, zorrita?
—Sí, sí, sigue…
Estábamos llegando muy lejos cuando oímos la puerta del vestuario.
Las dos nos quedamos quietas. Pasos. No supimos si venían hacia las duchas o si pasaban de largo. No quisimos arriesgarnos. Recogí mi ropa hecha un bulto, ella la suya, y nos metimos en uno de los cubículos de regadera. Cerramos el pestillo y nos quedamos abrazadas, mojadas, riéndonos en silencio.
Los pasos pasaron y se alejaron. Esperamos un minuto más, por las dudas. Cuando todo volvió al silencio, ella me besó otra vez. Esta vez sin prisa.
Nos tendimos en el suelo del cubículo, sobre las toallas. Ella se me subió encima, pegó su sexo al mío y empezó a moverse despacio. Mi clítoris contra el suyo. Su humedad mezclándose con la mía. Era una sensación nueva, distinta a todo lo que conocía.
Le agarré las caderas para guiarla. Ella se inclinó y me besó el cuello. Los movimientos se hicieron más rápidos, más profundos. Sentí cómo iba subiendo el calor por toda mi cintura. Ella ahogó un gemido contra mi piel y de pronto su cuerpo se sacudió. Sentí algo tibio escurrirme por el vientre. Squirteó sobre mí, sin avisar, y se quedó inmóvil unos segundos.
La aparté con cuidado, todavía con el cuerpo encendido. Ella se acomodó a un lado, con los ojos cerrados, y yo me llevé los dedos al sexo. Me froté el clítoris con la mano que aún tenía mojada de su flujo, y con la otra me metí dos dedos a fondo. No tardé. Me corrí con un grito ahogado contra los azulejos, sintiendo cómo un chorrito tibio me bajaba por el muslo.
Nos quedamos un buen rato así, las dos en el suelo, recuperando el aliento. Después nos vestimos en silencio. No hubo palabras grandes, ni promesas, ni intercambio de números.
—Nos vemos —me dijo desde la puerta del cubículo.
—Nos vemos —contesté.
Salió primero. Yo esperé unos minutos antes de salir.
***
Lo más raro es lo que pasó después. Nunca más volvió. Esperé los siguientes miércoles, fui a la piscina a la misma hora, me dejé ver con los mismos bikinis, y nada. No apareció. Se lo conté a Damián y el muy idiota se partió de risa durante una hora entera.
Semanas más tarde la vi de lejos jugando al tenis con otra amiga, en un horario distinto al mío. Levanté la mano para saludarla. Ella desvió la mirada como si no me conociera y siguió a lo suyo. Ni una sonrisa, ni un gesto. Como si no hubiera pasado nada.
Sigo sin entender qué pasó por su cabeza. Quizá le dio vergüenza después. Quizá tiene una vida en la que esa mañana no entra. Quizá solo quería probar una vez y ya. Yo no le voy a reclamar nada.
Solo sé que aquella mañana de miércoles, en las duchas de un club cualquiera, una desconocida y yo nos dimos algo que no se compra ni se planea. Y eso, aunque parezca poco, fue muchísimo.
Besos. Las leo en los comentarios.